viernes, 5 de agosto de 2016

LA PALABRA CONSTANTE


Guatemala dos mil dieciséis: episodios de lluvia torrencial acompañados de largas sequías que dan la idea de que el clima también se volvió loco. Conversamos de mil cosas, uno escucha en la calle desde las pláticas más triviales hasta las teorías de la conspiración más extrañas. La media docena de periódicos impresos resaltan las capturas, juicios, fianzas y vergüenzas de personas que hace tan solo un año se pensaban intocables. La ciudad siempre colapsada por una cantidad de carros que nos hacen pensar si no existe por ahí una fuente inagotable de gasolina gratuita.

El país, este país que al día de hoy se ve colmado por todo tipo de opiniones. Algunas sensatas, otras dogmáticas; muchas sensacionalistas y otras tantas banales. Todo en el fuero especial de una narcisista clase media que ama, cree y odia con la misma temporalidad de lo que dura la batería de su teléfono. Hoy más que nunca la fama (por muy pequeña y aldeana que sea) no es otra cosa que un paredón de fusilamiento.

Las buenas intenciones pueden ser tomadas como corruptibilidad u oportunismo. El radio de destrucción ha dejado las decisiones más importantes en manos de unos cuantos protagonistas dignos, algunos reconocidos y otros invisibles. El optimismo es de inmediato censurado y el fanatismo es el gran privilegio de quienes únicamente son espectadores. Todos estos síntomas arrojan el diagnóstico de una sociedad en crisis apuntando hacia una incierta transición.

Quiero pensar que esta opinión será para el presente inmediato y que la indignación abrirá camino a un verdadero compromiso de cambio. En diez años que llevo escribiendo para este medio he reincidido más de una vez en palabras, imágenes o circunstancias que forman parte de una cultura fija. La sociedad de la improvisación y de la ignorancia celebrada; la del “pisto compra todo” y la del regateo al esfuerzo ajeno; la de “qué le vamos a hacer” y la del crítico inoperante ansioso de subalternos. Ojalá que este año dos mil dieciséis con todas sus convulsiones se transforme en pasado y en ceniza.

lunes, 4 de julio de 2016

NUESTRO RUIDO INTERIOR

A veces la bocina de un carro nos despierta. Vamos cruzando una esquina. Es tan intenso nuestro ruido interior que pareciera encerrarnos en su laberinto.
Nuestros pensamientos nos van tragando. A veces tanto deseo, a veces tanto miedo, tanta tristeza, tanta intensidad… nos distrae ese espectáculo adentro de nosotros, sentimos, incluso, que no lo podemos controlar y que nos vamos desbordando. Perdemos contacto con las cosas de afuera.
Pero son tantos los gritos que vamos tragando. Son tantas las voces que hacen eco en nosotros y tantas las palabras graves, bellas, tiernas, tercas, y tanta la información inútil, la hora desperdiciada; la rabia, la lástima y es tanto el apego a nuestra propia derrota, que se hace imposible salir de lo que otros pusieron en nosotros; aquellos que colonizaron todas nuestras decisiones.
Hace falta aprender a escuchar y a observar para reeducarnos en una sociedad repleta de frustraciones. La retórica del éxito con que taladramos la cabeza de los más jóvenes. Los fanatismos religiosos que extraen de los más ignorantes las más retorcidas intolerancias. La muy breve gloria que incentiva luchar por ser parte de la gente bonita. El desperdicio de neuronas que son los programas de concursos. La consigna de que entre más idiotas seremos más populares, o entre más populares seremos más idiotas.
No sabemos a ciencia cierta qué somos dentro de este bosque de símbolos. Todo suena al mismo tiempo y se mezcla con tantas cosas que vienen de afuera. Nos inundamos de lo que no somos. Es un naufragio no encontrar un lugar dónde reposar nuestras ideas. ¿Qué es nuestro y qué es de los demás? ¿Nacimos para ser el basurero emocional de un sistema cuya consigna es vender nuestros miedos e inventar nuestras necesidades?
Detenerse unos minutos y observar en silencio el ir y venir de la gente inmersa en su propio ruido. No existe mejor prisionero que aquel que no descubre su propia cárcel.

miércoles, 22 de junio de 2016

LLUVIA CON SOL

Pateando una piedra y alcanzando a ver hasta dónde llega. Caminando sobre los charcos y alejándome de las esquinas donde los carros aceleran solo para empapar a los ancianos y a las mujeres con niños que esperan el rojo de sus semáforos.
El calor me agrietó el ánimo durante meses. Llevo mis audífonos puestos y escucho alguna canción deThe Smiths que reiteradamente tarareo  en el coro.  Toda esta anormalidad es excesiva: llueve con sol y el vapor inunda todo. Mi respiración se hace fatigosa y no llevo mi inhalador. Una cuadra más adelante  una docena de transeúntes se juntan frente a la vitrina de un almacén para ver un partido de futbol europeo. Oficinistas y niños lustradores parecen congelados frente a la pantalla.
La dependiente de un negocio de ropa usada baila junto a una bocina que pone bachata mientras teclea velozmente sobre su teléfono. Tres adolescentes con el suéter del uniforme amarrado a la cintura comienzan a mentarse la madre. Las muchachas que van con ellos los empujan y los abrazan. Unos corren a otros y simulan que van a sacarse un arma de la espalda.
Mis zapatos van húmedos y perdí de vista la piedra que venía pateando. La mirada de un anciano indigente, que siempre lleva saco y un pañuelo en la cabeza, me alcanza y por un momento siento que está tratando de comunicarme telepáticamente algo. Comienzo a sentir que me vuelvo loco.
Hacia donde vea siempre hay gente tratando con todas sus fuerzas de evadirse de algo. Una confluencia de soledades. Algunos buscando, otros fingiendo que encontraron; algunos topando el volumen al radio de sus carros, otros besándose desesperadamente en la parte más vacía de un parque. Las noticias, la pobreza y el vacío se derraman en cada esquina. Los que pueden quejarse lo hacen del clima. Los que pueden sentirse orgullosos lo hacen de un equipo de fubol español. Otros solo caminamos pensando en cómo seguir vivos.

lunes, 30 de mayo de 2016

#2050


La voluntad fue exterminada; solo quedan unos cuantos sobrevivientes. El calor obsceno que sube desde la tierra sin grama ni árboles. Atardece y los letreros luminosos son soles disparejos que iluminan la calzada. Pantallas con miles de colores muestran en tiempo real los programas que en ese momento se ven en cada hogar a través del acceso a internet global, gran logro de la civilización y bastión del gobernante de turno.

Las personas desfavorecidas por los beneficios estatales caminan por los arriates. Un autobús los recoge dos veces al día y los lleva a un asilo donde trabajan a cambio de dos tiempos de comida. Cada año se hace una selección en la cual se busca darles una muerte digna. Esta modalidad fue adoptada cuando fueron denunciados ciertos infames métodos de control de la natalidad que hicieron reaccionar de inmediato a religiosos conservadores.

La muerte piadosa logró decretarse desde el año 2022 y ha sido uno de los más grandes alcances en el combate de la pobreza. Las personas enfermas que ya no tienen ninguna capacidad de producir para las maquilas estatales son los candidatos más recurrentes.

Las cárceles han sido privatizadas y los presos se encargan de construir la infraestructura de las ciudades. Las pandillas fueron exterminadas cuando el crimen organizado tomó el negocio de la seguridad dentro de los barrios de trabajadores. Además de los beneficios que generaron las zonas liberadas: drogas, apuestas y trabajo sexual sin restricciones lejos de los suburbios y zonas residenciales. Con la aplicación de la muerte piadosa para personas cero productivas, el crimen se volvió en parte importante de la economía de la región. No existe nada ilegal; todo es trabajo convenientemente distribuido. Un asesinato puede ser indultado, siempre y cuando se demuestre que la persona asesinada no tenía capacidad para adaptarse a la sociedad.

El dinero es un valor simbólico; cada salario y cada servicio se descuenta al número asignado a cada ciudadano. Si el código marca mora o irresponsabilidad en sus pagos, su identidad puede ser cancelada y negársele cualquier derecho, engrosando así la lista de los reos y marginados.

jueves, 19 de mayo de 2016

NO SOMOS UN FINGIR


Sentenciados a fingir, aceptamos de buen grado cualquier tipo de chantaje. Nada es más triste que aplacar nuestra opinión ante cosas que nos incomodan. Pienso en los niños que escuchan expresiones racistas por parte de sus compañeros de clase o incluso maestros. Pienso en las jóvenes recién contratadas que no tienen más que disimular indiferencia ante el acoso de sus jefes. Pienso en las personas que deben acatar órdenes que les repugnan. Pienso en la triste lógica de aguantar un tiempo hasta conseguir que las cosas cambien a nuestro favor: concluir los estudios, hallar un mejor trabajo…

La inocencia termina cuando nos iniciamos en el fingir. Es una rueda que se rompe en el camino y que debe cambiarse por otra más blanda y más adaptable al devenir de las piedras y de los baches. Simular que somos lo que no somos; que sentimos lo que no sentimos; que creemos en lo que no creemos; que nos interesa lo que no nos interesa. Todo esto empujado por el temor a perder o a marginarnos o hacernos invisibles. La vida en sociedad no es para gente inocente. O como lo dijo Henry David Thoreau: “La vida ciudadana son millones de seres viviendo juntos en soledad”.

Siempre existe el riesgo de que la máscara se vuelva nuestro rostro. Es entonces cuando la simulación se vuelve algo dañino. Nos desintegramos ante la necesidad de ser aceptados y vamos borrando poco a poco las márgenes de nuestros principios. Toleramos lo intolerable hasta ya no reconocernos. Rumiamos una vida modelo. Somos de todos y nos quedamos muy por debajo de nuestros destinos. Es entonces necesario respondernos esta pregunta: ¿Qué queda realmente de mí en lo que dicen que soy?

LA FUERZA DE GRAVEDAD


La dignidad no se ve a simple vista. No hace alardes, no exhibe méritos. Casi siempre se oculta detrás de la apariencia más sencilla.

Lejos de celebrarla, a la dignidad la vemos de lado. No se aprecia el esfuerzo por hacer las cosas, según las reglas establecidas, desgraciadamente ponemos por encima del honesto al tramposo y al embaucador, al demagogo y al cínico. Todo por el simple hecho que nos parece más “chispudo” el charlatán corrupto que el emprendedor mesurado y correcto.

Usted se habrá dado cuenta de la manera en que cedemos ante el autoritarismo y el descaro. Impresionante ver cómo la ostentación es vista como una cualidad sin importar el origen ilícito de la riqueza. Prueba de esto es la manga de delincuentes que ha destruido el Estado guatemalteco o como los “respetables” monopolios han evadido cientos de millones de quetzales de impuestos. Nosotros hemos pagado sus casas, su viajes y sus lujos de mal gusto,¿con qué?: con gente muerta en los hospitales y en las calles. Con filas de desempleados. Con niños, ancianos, mujeres y hombres muriéndose de hambre, ¿por qué?, sencillo, creemos que los delincuentes siempre vienen con una cara signada de tatuajes, hablando de esta forma, comportándose de esta otra; nunca es el señor trajeado que detrás de un escritorio exhibe su título universitario y se enriquece con el contrabando, tampoco el banquero que avanza velozmente en su BMW o el funcionario siniestro y sonriente que da declaraciones ambiguas a la prensa.

Aunque la dignidad puede hallarse en todo, es poco apreciada. Quizá el problema comienza desde lo que enseñamos a nuestros hijos. No se trata de la moral que imponemos, sino de la ética con que actuamos. La ética plantea un ejercicio de vida y la moral es únicamente censura y adoctrinamiento.

¿Acaso el policía que no acepta mordidas, el funcionario intachable, el empresario que paga salarios dignos a sus empleados o el trabajador esmerado, están salvando a Guatemala de caer en la absoluta degradación?

miércoles, 4 de mayo de 2016

GLADIADOR DE LA TIMIDEZ

La maestra me dice que repita la frase que memoricé para aquel acto del Día de la Madre. No tenía mayor talento para cantar, no me admitieron en el coro. No tenía las mejores notas, era inadmisible que tuviera algún protagonismo. Bueno… me pusieron a dar las palabras de bienvenida.

De pronto uno escucha su nombre y tiene que pasar a hacer algo para un público amante de las escalas de degradación. Primero fueron los payasos en los cumpleaños, “Inflá el globo mijo, ay dios, ay, ay”, algo especulativamente depravado. Luego vino la adolescencia y el reto de declararse a la muchacha de la clase, esa a la que todos querían caerle y que tenía un hermano cinta negra dos grados más arriba. Ya en la vida laboral vinieron esas tristes dinámicas rompehielo donde uno debe repetir los nombres de los compañeros y así evitar el horror, latente y vergonzante, de una mayor penitencia.


No hubiera sobrevivido siendo tímido. Hoy hablo con fluidez y la gente ya no me asusta. Tal reto me llegó cuando buscaba sobrevivir y de pronto me vi frente a un aula con 50  hiperactivos adolescentes, a quienes debía impartir el curso de Literatura Universal después del recreo. Es entonces cuando se debe sacar el sarcasmo, el mal ejemplo, la desmesura, la exageración y la violencia demagógica para competir contra el imperio de la televisión que controla sus cabezas. Hasta ese entonces me enfrenté contra mi enorme monstruo de la timidez como un gladiador frente a una gran tribuna de púberes sedientos de ver correr sangre de maestro inexperto sobre la arena.


A la fecha he logrado ocultar muy bien a ese enorme babuino melancólico de la timidez. Pienso en voz alta y no oculto mis emociones. Pero en el fondo siento lo mismo que cuando tenía 9 años y tenía que dar aquella solemne bienvenida a las mamás del colegio, ese inexplicable deseo de que todo pase rápido y pueda salir corriendo a buscar un sitio que me protega del bochorno
.

miércoles, 27 de abril de 2016

SEXO Y DOGMA


Comenzamos nuestra vida “útil” cuando nos hacemos completamente independientes. De eso que nuestros padres den por hecho, que su labor quedó terminada cuando logramos cubrir por nosotros mismos nuestras necesidades. Así concluye el ciclo ominoso de la paternidad asumida como un tipo de trabajo patriótico y cristiano cuyo sentido fundamental es multiplicarse.
Desde antes del matrimonio, casi desde la infancia, recibimos esa encomienda de ser padres. Traer un niño al mundo es algo tan común y corriente como tener una mascota o una planta, algo que debe celebrarse porque es motivo de una alegría sin complejidad. Muchos son los casos de las adolescentes que se embarazan y construyen sus improvisados núcleos familiares sin darse cuenta del daño tan grande que se hacen y que le hacen a la sociedad. Es que hemos simplificado a tal punto la importancia de la vida que ya ni siquiera podemos darle un mejor significado.
El desastre en sociedades como la guatemalteca comienza con nuestra incapacidad para ver las cosas claramente. La vida en este país no vale nada desde antes de comenzar. Difícilmente vamos a salir de nuestro estado de pobreza, si no llegamos primero a un acuerdo en el tema de la educación sexual y de la planificación familiar en los más jóvenes. Nuestra mayor derrota no está en la violencia, está en la cantidad de niños analfabetas, maltratados y hambrientos que tenemos hoy, y en el horizonte de posibilidades que le aguardará como adultos en el mañana.
Puedo comprender los dogmas que llevan a las personas a asumir posturas religiosas o políticas ante temas como la planificación familiar o cierto tipo de educación encaminada a mantener ciertos principios. Mi única defensa va dirigida a la libertad, no soy quién para sermonear con odio acerca de lo que no comparto. Sin embargo, es notoria la ausencia de sentido común al dejar de lado problemas como los embarazos, el VIH y demás asuntos de salud. Así como es notoria la inclinación demagógica, ideológica y racista que existe en otros temas relacionados con la justicia. Quizá esta extraña mezcla de fanatismos radicales sean la enorme piedra que nos impide avanzar en el camino por convertirnos en una sociedad abierta.

BRILLEMOS PORQUE HAY OSCURIDAD


Tomo un poema al azar del libro Telarañas de Regina José Galindo. Leo y algo me golpea. Una lista de los nombres de quienes nos han dejado. Terreno compartido con mi amiga. Su libro es una mesa para invitados de todas partes, para que vengan y nos espíen por las celosías de nuestras esperanzas confusas y de nuestra soledad tan compartida.
Siempre los libros son testimonios de tiempos difíciles que aguardan días mejores.
Este año se cumplen varias efemérides, entre ellas los cuatrocientos años de Cervantes y los cien años de la muerte de Rubén Darío. Se conmemoran los libros como esos objetos vivos, que fuera de las estanterías son fieles a nuestra vida. Pienso que ningún escritor sueña con que su trabajo se llene de polvo en la última repisa de una biblioteca. Más bien, quienes experimentamos la metamorfosis de escribir para otros, queremos hacer algo portátil que permanezca mucho tiempo cerca de quienes nos leen.
Pienso en los libros de los autores guatemaltecos del presente: impresos o digitales, obras reunidas u opiniones dispersas aún. La vigencia está en el renovado entusiasmo de muchos por escribir y en aquellos que buscan leer una persona viva. Escritores nuevos para públicos nuevos. Esa es la sangre y el relevo que necesita la lectura.
Pienso que si los maestros de literatura se entusiasmaran realmente en los libros, con esto no me refiero a los muy pocos didactas con amor por la lectura, transmitirían su pasión a las generaciones que hoy por hoy pueden hacer un verdadero cambio.
Hay tanta riqueza: películas acerca de libros; libros acerca de películas; libros en internet, internet en libros; libros acerca de pasiones; libros sagrados; libros profanos; libros llenos de malas palabras y libros para buenos modales; libros de música; libros de cocina, sexo, política…
Se necesitan muchos libros nuevos para derrotar este fascismo renovado, porque la dictadura perfecta hoy en día tiene dos nombres: conformismo e ignorancia.

viernes, 8 de abril de 2016

HERMOSAS MENTIRAS


Si bien dicen que el papel aguanta con todo, quizá tal expresión necesita ser actualizada.
En una época en la que “no sólo de papel vive el hombre”, existe un enorme abanico de posibilidades para manejar la información. Lo impreso es apenas una minúscula parte de toda esa galaxia de opiniones que van de lo colosal masivo hasta lo discreto e intelectualoso.
Para informar, desinformar, malinformar, desviar la información, hinchar o apagar, hoy existen muy efectivas herramientas. Tal cosa lo confirma el hecho de que un suceso despierte una indignación inmediata en minutos y se propague en cuestión de horas a todo el planeta. Un vídeo, por ejemplo, en el que se registre un acto aberrante, un asesinato u otra de las muchas bajezas cotidianas, puede conmocionar a esta sociedad del espectáculo, siempre adherida a sus pantallas de televisión, de computadora o de teléfono.
Las indignaciones suben como la espuma y bajan con la misma velocidad. Estamos condenados siempre a moldear nuestra opinión según la etiqueta de turno. Así un escándalo político tarda lo que se pueda sostener en nuestra memoria cortoplacista; de pronto aparece la tragedia humana (de esas que tristemente abundan todos los días) y un maquiavélico equipo de comunicadores ve en ésta la oportunidad para desviar el rumbo de cualquier intención ciudadana que realmente de la pauta para transformar el status quo que malvivimos.
Entre hackers, medios faferos, verdades a medias y mitologías, apenas logramos discernir cuánto de verdad existe dentro de tan tupido bosque informativo: el niño que muere un día, al día siguiente se convierte en un fraude bancario, luego en un bombazo en un aeropuerto, después en la indignación nacionalistoide contra un comentario deportivo, o en la batalla campal entre ideólogos trasnochados, sino en la confesión gay de algún farandulero intrascendente.
Nuestros ojos son víctimas del acoso de mentiras cambiantes. Tal parece que lo que realmente está en juego es nuestro individualismo. Opinar según la agenda impuesta es el mayor logro de domesticación que imponen los poderes detrás de los medios.
Pensar fuera del marco y dejar ideas que permanezcan es acaso la única ambición de quienes nos hacemos llamar librepensadores.

lunes, 4 de abril de 2016

EL PUNTO CIEGO


El punto ciego se ubica cerca de nuestro campo visual, pero es invisible a nuestros ojos. Podemos ir atentos al retrovisor mientras manejamos, podemos cruzar al carril izquierdo o derecho, de pronto algo nos golpea. Nunca lo vimos, el cruce nos parecía despejado, ¿de dónde salió el vehículo?, es incierto sólo nos queda ver con asombro cómo el motorista sale disparado por los aires; solo nos queda ver cómo el carro fantasma queda golpeado.

Tal situación desafortunada es la pesadilla de cualquier automovilista que se desplace por el caos vial de la ciudad de Guatemala. Pero en realidad no es mi intención hablar de esto, más bien quiero usarlo como ejemplo para explicar lo que le sucede a una sociedad completamente desinformada acerca de la naturaleza de sus males.

Un punto ciego para nosotros puede ser todo lo que acompaña silenciosamente nuestra marcha, buscando rehuir de los centros de atención, agazapándose cuidadosamente y desviándonos de cualquier ruta que nos lleve a una verdadera evolución como país. Si pensamos que el mayor de los males se encuentra en la impunidad, corrupción y crimen dirigido por las altas esferas de la política o del mercantilismo, en realidad no estamos viendo claramente; o si opinamos que la maldad pura la representan esos pandilleros tatuados que aterrorizan a su misma gente o los verdugos motorizados que llenan de dolor a cientos de familias, tampoco estamos observando con cuidado.
Muy cerca de nosotros, pero invisibles a nuestros ojos están aquellos que mueven los hilos de las marionetas. Se esconden como personas probas, incapaces de matar una mosca. Se hacen llamar gente de bien, se hacen llamar gente intachable. Se quedan aguardando los relevos del poder y se acercan a ofrecer sus servicios. Ayudan a la gente a olvidar las grandes ofensas, lavan rostros impresentables, justifican, manipulan la información, llevan una, dos o tres agendas según la conveniencia y son ideológicamente promiscuos. Su trabajo es administrar nuestra mansedumbre ante la corrupción y la crisis.

La maldad real no es la que vemos, es la que se adhiere a los relevos y permanece en ese punto ciego del anonimato.

jueves, 17 de marzo de 2016

RAYA


Trato de adivinar qué significa lo que veo escrito en las paredes del Centro Histórico. Trazos hechos de prisa con un marcador negro o rojo. Algunas veces con una lata de pintura en aerosol. Letras cursivas sin otro destino que marcar una calle. A veces palabras incomprensibles o consignas de dos nombres en solitario.

“Quien raya pared y mesa demuestra su bajeza”, expresa aquel letrero puesto junto al espejo del baño del colegio donde estudiaba. Nadie le hacía caso y tanto las puertas como los azulejos aparecían siempre con un dibujo obsceno (una ya saben con dos grandes ya saben) y el nombre de una compañera de clase. A veces declaraciones abiertas de amor y otras tantas pintas de guerra contra la directora o algún maestro odiado y temido.

Esa misma actitud es la que me hace repasar todos los sitios donde he visto signada una pared, un cartel, una mesa, una puerta o una escultura. En todas me encanta ver el trazo perfecto como un dibujo sin pretensiones; eso que parece incomprensible en mi alfabeto; moloteras de formas forajidas, inconformes. De inmediato surge en mi mente la idea del vándalo y su inmortalidad anónima. A medianoche con un litro de cerveza iluminándose con una linterna y una canana de marcadores Sharpie. Al día siguiente la obra estará lista para que los transeúntes la vean y protesten o le busquen un significado o simplemente crean que se trata de cosas de mareros.

Puedo decir que escribo más a mano que en computadora. Acaso porque me gusta dibujar mi escritura. Tal vez porque un cuaderno es un grafiti íntimo. Un tatuaje en el papel. Me gusta la forma de mi letra, esa humildad de ser persona y dato. De parecer una suerte de electrocardiograma e historia emocional impresionista. Mucho de calle existe en eso de escribir a mano. Nuestra letra es nuestra verdad. Mucha de la verdad que en Guatemala existe no está puesta en papeles sino en las paredes de sus calles.

miércoles, 9 de marzo de 2016

EL TIEMPO DE LAS CEREZAS


Querer prosperar rápidamente es lo que empuja a la corrupción. Fortunas que crecen de forma acelerada, descomunal. La presión por alcanzar el “éxito” hunde a familias enteras hasta el fondo del crimen.

El Jardín de las Cerezas de Antón Chejov es una obra que trata acerca de una familia bien posicionada que cae en la miseria. El genial autor ruso hace una emboscada a los valores que se construyen a partir del dinero y el estatus. Pienso en esta magistral pieza literaria, porque el lastre que está removiendo a la gente de buena apariencia en Guatemala, está signada por los beneficios que ofrece participar directa o indirectamente dentro de la burocracia del crimen.

Sin caer en la generalización, pienso que tarda una o dos o tres vidas amasar fortunas como la que ostentan varios millonarios guatemaltecos que en menos de una década se acreditan cuentas bancarias que superan el producto interno bruto de nuestro país. Siempre a través del lavado, de la corrupción y del comercio de favores políticos con los funcionarios de turno puestos por las mafias de siempre.

Hoy están condenados algunos. Algunos de ellos no son más que chivos expiatorios que necesita el linchamiento mediático y la muy imperfecta justicia guatemalteca. Pero en el fondo de todo esto está como eje la corrupción y sus daños colaterales. Detrás del consumismo desaforado que inunda de ilusiones la mente de adolescentes, jóvenes adultos y demás personas que no tienen bien construido su amor propio, prevalece la idea telenovelera de tener suficiente para llegar a ser amado y aceptado por una sociedad espuria adoctrinada por la ostentación de lo innecesario. A ellos les cayó como relámpago el final de su castillo de cartas. Confiaron demasiado en la premisa de que solo con dinero se mantiene el poder.

Ni millonarios ni poderosos. Ni geniales ni exitosos. Solo quedan mercantilistas ladrones y pobres diablos que aún no creen que su torre de billetes se ha convertido en un volcán de cenizas.

miércoles, 2 de marzo de 2016

ÚLTIMA PUERTA DEL PASILLO


Cualquier discusión termina cuando uno dice “Nada de lo que ustedes dicen se aplica a la realidad del país”. Quienes conversan permanecen callados, dubitativos. Ha caído la guillotina categórica en la nuca de cualquier intención.
La “realidad” es un mensaje inactivo. Sobre todo cuando pensamos que la realidad de todos es una. En el turismo de la conciencia es muy habitual pensar que la pobreza, esa triste realidad de las mayorías, es modificable simplemente con una palmada en la espalda, una foto en Facebook, una consigna que sea tendencia en Twitter y un placebo de ira que tarde una semana en disiparse hasta que venga otro tema de moda.
Pensamos que la realidad de la corrupción en Guatemala es la de ese alhajado mal gusto de quienes se “clavaron” el pisto del pueblo. No. La mafia más poderosa del país no es la que recibe dinero a cambio de hacer algo. El lodo estatal realmente está en el burócrata que recibe dinero a cambio de: no hacer nada; no permitir que se haga nada; no mejorar nada; no dejar que se mejore nada. “Fíjese que yo sé como son las cosas… pero entienda que yo sólo recibo órdenes”.
Es muy difícil comprender que esa “realidad” que corta a destajo las discusiones, es una palabra que sostiene la mediocridad humana en la que estamos disueltos. La realidad significa que aquí la gente manda obedeciendo. La realidad significa que aquí siempre alguien se va a escudar en que sólo obedece órdenes. La realidad significa que es muy bien redituado ser un burócrata verborrágico que siempre responde con un “debería”. La realidad significa que no poseemos más que un par de ideas sin mapa, sin horizonte, sin un compromiso real con la “realidad” que tanto mencionamos.
La última puerta de este pasillo de realidades es el compromiso individual con la justicia. Una justicia que se sostenga en nuestra ética y en aceptar las ideas o posturas que sean opuestas a nuestros valores, siempre y cuando no se apropien ni destruyan la dignidad de otros.

miércoles, 24 de febrero de 2016

ABRIR LA CLARIDAD

Hay un momento en el que decidimos, por fin, tirar las cosas viejas. Todo ese ruido de las fotografías, todas esas palabras acumuladas, todas esas maneras extrañas de pertenecer y de hacer que nos pertenezcan las personas o los breves plazos de nuestras vidas.

Hay un momento en el que nos ocupamos en olvidar a quienes nos olvidaron.

Y bueno… siempre es necesario salir para seguir viviendo. Se trata de ir apagando una por una todas las luces, de ir barriendo cada rincón y de ir ordenado cada cosa tomando únicamente lo que nos pertenezca; así quien venga a ocupar ese sitio, perciba el amor que depositamos entre sus esquinas.

Cambiar no es otra cosa que perseguir el silencio. Nuestro sensato silencio. Eso que nunca atendemos por estar llenando nuestra cabeza de ruido.

A quienes nos rodean los contaminamos de nuestra propia bulla y así los destruimos con las mismas herramientas que usamos contra nosotros: ese aberrante pensar que los gritos son compañía y que entre más ruido menos dolor sentimos.
Son tan pocos los que tienen la envidiable gracia de tener una atención plena. Entre más conciencia tenemos acerca de la existencia de los demás, menos sufrimiento acumulamos.
El error está en buscar nuestro reflejo a cada paso; en atribuir nuestros sueños, rencores, grandezas o pequeñeces a quienes no son más que nuestros compañeros en el camino. 

Compañeros que soportan un tiempo nuestra inconciencia hasta que deciden saludablemente cruzar en la siguiente vereda.

Tarde o temprano aprendemos a quedarnos quietos. El bullicio interior merma. Nos quedamos atentos a la vida afuera de nosotros. Entra cierta calma. Tiramos las cosas viejas que nos heredaron quienes nunca nos enseñaron a escuchar.

Se abre la claridad. Quietos y tranquilos aguardamos el segundo presente. Nos comprendemos sin las vergüenzas ni las culpas ni los complejos ni las moralinas de quienes nos contagiaron su miedo innecesario.

miércoles, 17 de febrero de 2016

CARÁCTER


“Cuida tus pensamientos, ellos se convierten en palabras. Cuida tus palabras, ellas se convierten en acciones. Cuida tus acciones, ellas se convierten en hábitos. Cuida tus hábitos, ellos se convierten en carácter. Cuida tu carácter, él se convierte en tu destino” aconseja un texto taoista atribuido al pensador chino Lao Tsé.

El carácter es la sombra que intimida nuestra infancia. Ese engendro que tarde o temprano va a poseernos. Siempre viene adherido a la idea de que crecer duele y de que la inocencia es algo que tarde o temprano muere derrotada por la hipocresía y las malas intenciones del mundo.

Defenderse, atacar, perder escrúpulos, cobrar astucias, trepar, imponer, salirse con la suya... Eso es lo que comprendemos como carácter en su sentido lato. Convertirnos en paranoicos funcionales dentro de sociedades ambivalentes y enfermas.

Siempre me ha llamado la atención la forma en la que determinamos a una persona “de carácter”. Nunca consideramos que sea un manipulador y pagado de sí mismo que busca salir en caballo blanco de cualquier situación.

De eso vemos a una señora aterrada que ve a su marido bajarse a patear la puerta al carro que le pegó un toponcito a su invaluable propiedad o de la mujer que humilla a su vecina diciéndole “Ay noo estás re gorda urge que vayás al gimnasio...”

Decir lo que se piensa sin que pase por un filtro racional es una forma de estupidez. Ese “carácter” no es más que una celebrada paranoia. El paranoico no entiende, solo se remite a poner palabras en la boca de otros y a escuchar medias verdades detrás de las puertas.

Es la derrota del juicio y de la acción, porque en la guerra de gritos siempre gana, no el de los argumentos claros, sino el que grita más fuerte con la voz o con las armas.

Así pues, ocupémonos de formar un verdadero carácter con nuestros hábitos, acciones, palabras y, sobre todo, pensamientos en la vía de la justicia y del bien común.

miércoles, 10 de febrero de 2016

UN ESPACIO EN EL OJO DEL HURACÁN


Es un problema ser demasiado inquieto. Uno termina ubicado siempre al final del salón, viendo con ansiedad hacia la puerta, concentrado en la hora de liberación de ese enorme castigo que son las clases.
Esa ansiedad que no permite concentrarse. Ansia de salir y beberse el mundo; gozar su luz, su contradicción, su peligro. En mi caso, creo que solo puedo estar sentado cuando estoy escribiendo, leyendo o dibujando, cuando mi mente está afuera de mis límites físicos.
De niño construía pequeñas ciudades con cajas de cartón en el patio de mi casa. De adolescente me encerré en mi mundo, la música y los libros; la rebeldía histérica y sin objetivo; un tiempo de excesos y trampas, no regresaría a ese punto porque no fui feliz. En la vida adulta choqué mi vértigo contra la realidad práctica. Siempre llamamos madurez a lo que realmente son las naturales consecuencias de nuestras acciones.
Ahora pienso mucho en el equilibrio entre la pasión y la razón. Escudriñar entre esa galaxia de ideas que llenan los anaqueles de las bibliotecas o los millones de datos colgados en Internet para encontrar una verdad que sea mía. Cada uno de nosotros tiene el derecho a su propia ética y a su propia manera de construirse sin que otros nos moldeen a su conveniencia.
Pienso que los inquietos hemos aportado algo al mundo. Desgraciadamente no es únicamente con intención y talento que se alcanza algo en la vida. Es con horas y horas de trabajo. Acudir a la disciplina para mantener vivo lo que amamos. Para defender el territorio donde somos realmente libres.
Detrás de la mitología de los genios trágicos existe una sombra. El poeta alcoholizado y completamente destruido. El artista que terminó en un psiquiátrico. El genio maldito capaz de componer una obra maestra en la noche y olvidarla al día siguiente… nada de eso es real si en algún momento no existió una disciplina, un espacio lúcido dentro del ojo del huracán.

miércoles, 3 de febrero de 2016

EL RUIDO QUE ANDUVIMOS

Alguna vez me dijiste que lo único que te interesaba era hacer pisto; poco tiempo después llegaste a una exposición que organicé, llevabas tres guardaespaldas y andabas en una camioneta blindada; un año después saliste esposado en las noticias por un escándalo de corrupción. No te volví a ver.

Alguna vez me dijiste que llevabas prisa; tiempo de alcohol-drogas y suicidios ejemplares, todo vos eras un torbellino de ideas, pero poco a poco dejaste de pensar. Te fuiste apagando como un fósforo en el piso, como un zombi ronroneando botellas y compañías desastrosas. No te volví a ver.

Alguna vez me dijiste que sentías miedo; conseguiste un buen marido, tuviste tres niños y una casa linda en una colonia caquera. Tu marido dejó de ser el modelo que pensabas y tus hijos crecieron como palmeras. Hace una semana firmaste el divorcio y te quedaste con los niños. Lo peor que esperabas pasó. No te volví a ver.

Alguna vez secuestraste un bus para llevarlo de la Usac a un piquete en la Avenida Petapa. Llevabas una playera roja de la huelga, gritabas consignas y llorabas oyendo a Pablo Milanés. Hoy cumpliste cinco años trabajando en un bufete que defiende a violadores de derechos humanos, bebés whisky etiqueta azul junto a las personas que tanto odiabas. No te volví a ver.

Una vez leímos poesía en un bar lleno de humo y envases que rodaban por el suelo. Publicábamos en revistas que nadie compraba, llevabas tus dibujos y tus ideas en uno de esos costalitos del mercado; dejaste todo por una estudiante canadiense que te volvió loco; alguien me contó que te separaste y que ahora trabajás en un call center y no querés saber nada de aquel entonces. No te volví a ver.

Una vez te vi irte muy despacio hacia la neblina. Concordamos en que ya eras parte del pasado, que ya no seríamos los mismos porque decidimos ser otra cosa. Nos vimos viejos y cansados de ser los mismos idiotas románticos. Nos sentimos muertos. No nos volvimos a ver.


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viernes, 29 de enero de 2016

SOS UNA DESGRACIA


Decís NO a la intolerancia, pero odias a la gente por su religión y por sus ideas políticas. Sos una desgracia.
Querés amor incondicional poniendo tus condiciones. Sos una desgracia.

Querés justicia y ninguneas el talento de tu pareja, de tus hijos, de tus padres.Sos una desgracia.
Querés que el país cambie, siempre y cuando vos seas la estrella. Sos una desgracia.
Odias el racismo, pero querés mejorar la raza. Sos una desgracia.
Pedís democracia y no cedés el paso ni a vehículos ni a peatones. Sos una desgracia.
Te indignan las violaciones a los derechos humanos, pero tratás a tus empleados como poco menos que esclavos. Sos una desgracia.
Defendés las causas de otros, pero nunca estás para quienes te aman. Sos una desgracia.
No te perdés un partido de la Champions League, pero nunca viste los primeros pasos que dio tu hijo. Sos una desgracia.
Pedís que cambien los parámetros de belleza para que te amen; pero vos te negás a encontrar la belleza en los demás. Sos una desgracia.
Pedís igualdad, pero te gustan los privilegios. Sos una desgracia.
Sos una desgracia.
Sos una desgracia.
Sos una desgracia.
Sos una desgracia

martes, 26 de enero de 2016

LA PÁLIDA LUZ DE LOS POSTES

Al momento de escribir esta columna hace un frío de siete grados. Los intempestivos cambios de clima. El sol neurótico que derrite el asfalto y que contrasta con el aire frío que congela.

Escribo esto desde una oficina que se ha quedado vacía. Obligado de esa manera porque es muy escaso el tiempo que le pertenece a este insistente escribir. Amo mi trabajo, aunque suene cursi y retorcido. Para mucha gente una labor viene siempre llena de amargura y hastío.

Al salir de mi oficina aparecen rostros jóvenes deambulando entre la palidez de las bombillas en los postes. 

La pregunta más simple que nos hacen a los escritores es ¿En qué se inspira? Y nunca existe la respuesta adecuada, aunque creo que sí la tengo: es en todo lo que veo. 

Una muchacha muy joven va corriendo a la parada de su bus con una bolsa del supermercado; madre soltera, me imagino; un niño muy pequeño, pienso; un mal salario, estoy seguro.

Las calles del Centro Histérico. Pasa un bus para la zona dieciocho: colérico, estallando de gente, masticando pasajeros como una hiena. Detrás de los barrotes un muchacho indígena atiende a un grupo de adolescentes que beben un litro de cerveza; ven hacia afuera con cara de pocos amigos; no puedo asegurarlos pero creo que son ladrones; el triste estigma de su mirada los delata.

Un tipo calvo pasa lentamente adentro de un carro blanco; oye una bachata a todo volumen, le mira detenidamente las nalgas a una empleada de banco que va caminando. 

Un perro relame una bolsa al borde de la acera. Unos motoristas cruzan en rojo los semáforos. Una señora muy gorda con un delantal manchado le pasa un soplador a una niña; la muchacha abanica un trozo delgado de carne en una parrilla.

A veces quisiera ser los ojos de quien me lee. A veces es tan limitada mi capacidad de pasar las imágenes a palabras y describir todo esto.

martes, 19 de enero de 2016

MALAS PALABRAS

Aprendí a gritar malas palabras jugando futbol en la cuadra. Nunca las decía en mi casa ni en el colegio. No existe nada tan liberador como sacarle la madre a nuestros opositores a la mitad de un conflicto deportivo o de cualquier tipo. Sin embargo aquello que fue tan habitual en la calle, terminó siendo un rasgo común durante mi malhablada adolescencia. Siempre con mis amigotes de pleito o de borrachera. Mi aproximación a la vida adulta pasaba por tantas sacadas de madre como fueran posibles. Poco a poco se fue haciendo habitual terminar con algún adjetivo o  diminutivo o sustantivo que describiera miserablemente lo que trataba de expresar.

Con la vida adulta seguí ocupándome de cultivar los mejores insultos. Ante una desgracia. Ante las injusticias. Ante el tráfico de El Trébol. Ante la política nacional e internacional. Todo siempre con esa satisfactoria catarsis que nos da mencionar a la señora mamá que ni conozco y que procreó a un ser representante de todo mi desprecio. Algo tan natural que puedo decir que tal vocabulario está transcrito en mis novelas, en algunos de mis cuentos, en mi poesía, e incluso, en alguna que otra columna escrita que se salvó de la censura del corrector. 

Al cabo del tiempo comienzo a preguntarme: ¿Son tan necesarios los insultos para vivir? De inmediato me doy cuenta que los guatemaltecos somos bastante maldicientes y malhablados. Tal parece que si no fuera por el a la mier… a la pu… ala ver… ese cero… que pisa… come mier… no desquitaríamos toda la energía  acumulada en esa frustración cotidiana.  Un mecanismo liberador omnipresente en las conversaciones, protestas y discusiones; en el arte, en la política, en la ciencia, en la economía y en la conversación de nuestros abuelos, padres, hijos y demás. Sin lugar a dudas las malas palabras ocupan un lugar significativo en nuestra sociedad: canalizar con gran elocuencia todo nuestro impotente desahogo.

lunes, 11 de enero de 2016

PRÓXIMO PRESENTE


Las revistas de enero se apartan para el horóscopo. Sus predicciones se van al olvido cuando de inmediato ocurren acontecimientos que no estaban escritos. Así la sequía se vuelve lluvia torrencial; el tsunami es un golpe de estado; la muerte de un presidente es un avión derribado en el desierto; el triunfo de un artista guatemalteco en Estados Unidos es un avión lleno de deportados; o una nueva esperanza médica es otra todopoderosa franquicia farmacéutica. 

Los analistas políticos también recaen en la anticipación. El gabinete del nuevo presidente... La postura de la comunidad internacional... Las negociaciones de los grupos sociales o empresariales... Y muchas veces caemos en el error de creer que nuestro destino viene regido por un guión. Poquísimo o casi nada se acerca a lo que con tanta sapiencia terrenal o astral se predice.

Desde miles de años vemos las cambiantes líneas de nuestras manos. Consultamos oráculos. Hacemos rituales o levantamos plegarias. Sin embargo el destino es algo que nunca llega porque no existe otra cosa sino el presente. Ahí está el sentido de nuestro trabajo y la verdad de lo que somos. En la constancia y en las decisiones. La constancia y las decisiones son lo único que realmente puede anticipar nuestro próximo presente. 

Que el año inicie con dos propósitos: el primero, que nuestra constancia no se vuelva conformismo; el segundo, que nuestras decisiones siempre busquen lo correcto. Si nuestro rumbo ha sido totalmente opuesto a estas dos premisas, siempre existe la posibilidad de enmienda. No permitamos que los arrogantes limiten nuestro esfuerzo por borrar y empezar de nuevo.  

Con un pie en la primera semana del dos mil dieciséis pensemos: ¿Cuánto nos queda de este presente? ¿Existe un paso próximo? ¿Es posible anticipar un destino si no viene acompañado de acciones reales? Dejo un poema de Julio Cortázar que dice: Porque un puente,/aunque se tenga el deseo de tenderlo/y toda obra sea un puente hacia y desde algo,/ no es verdaderamente puente / mientras los hombres no lo crucen./ Un puente es un hombre cruzando un puente.