lunes, 22 de diciembre de 2008

AGUINALDO

Sales del trabajo, son las seis en punto. Las aceras del Centro están repletas de gente. Apenas puedes moverte entre esa enorme fila de personas que marchan lentamente y se detienen a observar las ventas callejeras. Ropa, piratería, aparatos electrodomésticos, juguetes… un río de luz y estruendos. Bocinas alimentadas con toda la fuerza que puede dar el tomacorriente de un almacén de 9.99. Letreros caleidoscópicos que anuncian teléfonos móviles con centenas de minutos gratuitos. Automovilistas rabiosos que derrapan y bocinan a la mujer embarazada que pasmosamente atravie-sa la calle con sus tres pequeños hijos. Ancianos que van de la mano de jóvenes impacientes por hacer que avancen. Muchos policías de tránsito y transmetros hilados por esa melancolía verde y navideña que propone el aguinaldo.El aguinaldo más seguro, ese que va comprometido de antemano. Caminas entre esa calle rebalsada de gente con salarios como el tuyo. Vas llevando cálculos mentales ¿quedará algo por ahorrar? —ahora no, la vida es cara, la vida es ancha y ajena. Todo concluirá en un par de semanas: las luces, el ponche y los convivios donde todos son un poco mejores, un poco cercanos y un poco alcohólicos. Esa Navi-dad para los niños, esa infancia tan remota y deseable. Esa álgebra de la vida cotidiana que deviene en pequeños enunciados de alegría. Los pocos billetes de más pondrán un nuevo vestido en tu esposa, el juguete tan codiciado por tu hijo, las uvas y la carne de tu mesa. ¿Consumismo? Bueno, a veces el dinero vale algo. Esas formas aprendidas que despistan la soledad y las grises utopías deshechas entre los gritos de la oferta y la demanda.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

SOLES INTERMITENTES

Liderazgo es la palabra más manida de nuestros tiempos. Ha perdido su significado desde el momento en que se le colgó el adjetivo de líder casi a cualquier cosa. Desde los monopolios locales con intereses expansionistas que se dicen llamar empresas líderes en el mercado, pasando por los jóvenes showman que compiten por conseguir un espacio en los programas caza-talentos de la televisión extranjera, hasta llegar a los mal repellados electoreros guatemaltecos que desde hace medio siglo se sienten amos y señores de la política nacional. Claras muestras del desinterés que ponen los medios por revelarnos a personas cuyas ideas y trabajo esmerado pueden ser motivo de inspiración para algo más profundo que un eslogan, un artista enlatado e instantáneo y un improvisado Gobierno corrupto.Ese pobre diablismo que nos hace pensar que hoy no tenemos líderes como los de antes y nos mantiene adocenados en la cómoda apatía que llamamos “distancia crítica”. Distancia, sí; crítica, lo dudo. Mientras la escasa gente leída de este país se esmera en demostrar el fracaso histórico en el que vivimos, la masa se hace a la idea de que la única ruta para el éxito es competir por cierto estatus de supremacía individual. Muchos de los líderes que conozco y admiro no compiten contra nadie. Trabajan por una sociedad que continuamente les da la espalda. Su campo de lucha está en rescatar a jóvenes de las maras, en conseguir medicamentos gratuitos para personas con VIH, en educar a nuevas generaciones u organizar festivales de arte en las regiones más invisibles y olvidadas del país. Muy pocas veces les dedicamos unas cuantas palabras en los medios y, por supuesto, no tienen patrocinios privados ni serán reconocidos por los políticos de turno.

lunes, 24 de noviembre de 2008

REDUCTOS

Pienso en los tiempos difíciles. Incluso más difíciles que estos que vivimos. Épocas terribles de hambre y miedo. Períodos de guerras o de desastres naturales que traen al suelo la frivolidad humana. Episodios donde la sociedad se ve desprovista de su blindaje de bisuterías y no le queda otro remedio que amalgamarse para lograr sobrevivir ante la pérdida. ¿Por qué ante el infortunio colectivo surge la necesidad de corresponderle al vecino, al que es diferente o al que tiene un distinto origen?
La crisis a gran escala deja un reducto para la filosofía. Pero no me refiero al galimatías teórico que rellena gruesos tomos. Me refiero a lo sustancial, a ese extraño convenio que hacemos con la vida cuando lo perdemos todo y entendemos que la muerte nunca está demasiado lejos.
No es el dolor el que construye la vida, es la insistencia por no doblegarnos ante la debacle. Aprendemos mucho de la historia y de su recetario de injusticias, pero comprendemos mejor quiénes somos cuando examinamos la actitud de los sobrevivientes. Es contradictorio que en tiempos donde cabe la posibilidad de salir adelante, seamos renuentes a la esperanza. Quienes poseemos una vida menos difícil nos ocupamos esmeradamente en el lamento.
No busco edulcorar la realidad con argumentos trasnochados. La verdad es que yo sería un pésimo autor de libros de motivación. Pero no vale la pena desperdiciar el tiempo buscándonos argumentos y razones que justifiquen el estado actual de cosas. Reincidir en la comparación de sociedades modelo que han resuelto -en apariencia- todas sus carencias, es un quejumbroso ejercicio de vergüenza y simulación. El aporte reflexivo y la denuncia son útiles cuando en la práctica construimos la posibilidad de un cambio. Profesionales de la derrota ya sobreabundan por todos lados.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

HAMBRE

Imaginemos una fotografía. Digamos que trata de ser una imagen documental que posea la elocuencia suficiente para hacer que el observador se sienta arrobado por un profundo sentimiento de misericordia. Lo primero es hallar a un niño indígena, lo segundo es que posea un rostro cubierto de costras de polvo y lo tercero es que alcance un alto grado de desnutrición.
El fotógrafo entra por un momento en el mundo del niño y de su familia. Caseríos llenos de lodo y con viviendas tan frágiles que cualquier neurosis del clima puede destruir de inmediato. Descubre que modelos para su proyecto abundan, pero selecciona al infante más extrovertido y, por qué no decirlo, al más fotogénico. La comunidad observa la cámara y su sofisticada mecánica de lentes desmontables que bien cuesta todos los animales de patio que poseen. En fin, la foto sale luego de varios intentos de hallar una locación que dé con el color y con el tono de luz necesario.
La crítica especializada recibe la fotografía con elogios. Se muestra en galerías de arte, páginas de Internet y en revistas de todo tipo. Su autor siente la satisfacción por haber mostrado al mundo el deterioro moral en el que hemos caído. Le envía al niño una copia de la revista donde su imagen encabeza un número especial acerca del hambre en el mundo, pero jamás se percata si él la llegó a recibir.
Curiosamente el hambre tiene muchos rostros, pero son más impactantes los que vemos poco. No es el rostro de los empleados de la maquila de la esquina, ni el de las personas que vemos subrayar los clasificados cada mañana con la esperanza de hallar un trabajo donde sea, ni es el de la persona que mal pagamos para que nos ayude con el oficio de la casa. Pero vemos esta foto y nos lamentamos diciendo “es increíble que sucedan estas cosas y que no nos demos cuenta“.

viernes, 31 de octubre de 2008

LA SOLEDAD Y LA FIEBRE

El día viernes algo sucede. Uno pasa por alguna tienda de barrio y encuentra a diez solitarios reuniéndose alrededor de una pequeña mesa de pino llena de envases de cerveza. Pasa por una gasolinera de autoservicio y sucede exactamente lo mismo, pero junto a un vehículo que rechina sus bocinas con música reguetón. Los bares fuera de las universidades rebalsan de estudiantes que trabajan medio tiempo y llegan a recibir clases con el uniforme de la empresa puesto. Las discotecas son tranvías repletos de una clase media ansiosa de consumirse todo. El viernes tiene una sintonía que traspasa las capas sociales. Es un día para huir de esa soledad de la rutina.
¿Qué sucede el resto de la semana?
Pequeñas magulladuras que remiten a empleos que, en todo caso, no son lo que deseamos. Jefes prepotentes. Presiones económicas. La carga de ocupar un pequeño trozo de mundo que no es ni de lejos un lugar propio. Por momentos un deseo hurga dentro de nosotros. El deseo de respirar lejos de nuestras rejas. Deviene cierta amargura. Entonces los que poseemos un empleo alcanzamos el día viernes para salir y estar con nuestros hijos, con nuestra familia –y si se carece de ésta o se le ve mas bien como una carga- pues con los amigos o las amigas. Una breve noche de egoísmo. Ese espacio permitido para hacer demoras entretenidas.
Una vida tan mecánica como la nuestra, hace que hasta la forma de evadirnos sea mecánica. Distraerse con lo mismo y luego incorporase a lo mismo. El deber de congeniar con la soledad y la fiebre. La fiebre que nos enciende el deseo de vivir en pocas horas una vida distinta. Una vida que en realidad es demasiado corta.

viernes, 17 de octubre de 2008

QUIMERA

Las imágenes desde esas vallas publicitarias marcan el clima actual del estándar de belleza. Modelos de cejas perfectamente delineadas, labios carnosos, bronceados letales y cabellos estrictamente lisos y ordenados. O chicos como exactos adonis a prueba de balas edificados alrededor de un abdomen macizo.
Nosotros, los mortales, los que reptamos debajo de esas colosales fotografías, simplemente miramos hacia arriba dudando seriamente de nuestra apariencia. No tenemos ni el cuerpo ni la actitud: la belleza requiere demasiada credulidad, algo de lo que carecemos la mayoría.
Pero, ¿qué nos hace sentirnos bellos?
En primer lugar el reconocimiento público. Un reconocimiento que es proporcional según el valor comparativo que le apliquen a nuestro cuerpo, apariencia y personalidad. O sea, le gustamos más a la gente cuando estamos más cerca de parecernos a esas imágenes digitalizadas que nos bombardean por todos lados.
En segundo lugar, la vigencia de nuestra apariencia. Para ser vigente basta con dejarse llevar por los caprichos de costureros y diseñadores bastante astutos. La ropa es indispensable para mostrar el carácter que deseamos revelarle al mundo. Desgraciadamente al carecer de un criterio propio y definido, terminamos asumiendo modas que serán un buen chiste para las próximas generaciones.
Y en tercer lugar, el estilo de vida. Inscribirse dentro de un lifestyle significa tener una predecible rutina de consumo. Esa especie de territorio que nos venden con la falsa premisa de que sólo podemos viajar en determinada marca de vehículo, comer en estos restaurantes o vestir con trapos de tal o cual marca.
La belleza es con toda seguridad el discurso utópico más vendido en la historia. Siempre vamos tras de ella buscando aliviar nuestra inseguridad, y, al final, lo único que encontramos es un muy alto precio escondido detrás de la etiqueta.

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL

Hablar de sentimientos nunca es fácil. Quizá porque los guatemaltecos no somos personas dóciles. Me gusta definir ese “nosotros” tan manido y extraño, porque en este diminuto lugar del mundo pueden reunirse millones de imágenes e ideas sumamente complejas. En oposición a nuestra aparente timidez, la cultura que nos acompaña desde niños suele ser muy pasional. Aprendemos a odiar o amar con vehemencia, a veces heredamos estos sentimientos sin tener muy claro el motivo de nuestro resentimiento. Pareciera que ésta es la vía rápida de nuestras catarsis: celebrar o aniquilar; prejuzgar o complacer; admirar o deplorar… muchas veces sin argumentos sólidos.
Nuestra educación sentimental (título de una maravillosa obra de Gustave Flaubert) la recibimos directo de nuestros familiares y amigos. Aprendemos actitudes, por ejemplo, la forma de mostrarnos apesarados en el velorio de una tía que apenas conocimos; el rostro de ingenuidad virginal que demuestran los novios frente al altar -aunque lleven años de tener una vida sexual activa-; las retóricas borracheras luego de los partidos de futbol; las pupilas llorosas frente a la telenovela de las nueve de la noche; la resignación con que las quinceañeras bailan un vals con el tío de aliento aguardentoso. Esas cosas maravillosas e ingenuas que llenan los minutos de nuestra vida.
Crecemos junto a esa necesidad de tratar de encajar nuestros sentimientos con nuestras circunstancias. Por esa razón se nos hace muy difícil hablar de lo que realmente queremos u opinamos: pocas veces mostramos nuestras pasiones auténticas, porque aprendimos desde niños a temerle a las diferencias. El precio establecido para nuestra predecible conducta sentimental, es el silencio. Un silencio de gritos e incoherencia, un silencio violento, un silencio que nos inmoviliza en lo pasado, en lo viejo, en lo caduco.

LOS DESCARRIADOS

Todos aman a los descarriados. Por alguna razón nadie puede resistirse a esa rebeldía mezclada con buena dosis de culpa. Quisiéramos extenderles los brazos y llevarlos de nuevo al redil. Ser perdonavidas con ellos. Darles la oportunidad que merecen, porque en el fondo nos identificamos con todos los hijos pródigos que se mueven por el mundo.
Un descarriado no es más que alguien que simula ante los demás. Sabe que su actitud es más efectiva que la de los “otros”, esos tan ecuánimes y planificados. El desencarrilado es aquel que no enfoca bien sus metas y es el mal ejemplo (por no decir chivo expiatorio) que justifica cualquier torcimiento en la conducta de los normalitos. Es el amigote borracho o la patoja perdida. Hedonistas o viciosos, mienten o roban; pero siempre existe el pacto tácito de permitirles existir. Personajes como éstos hacen que los demás aparentemos corrección, pues, por muy malos que seamos siempre hallaremos uno peor que nosotros para compararnos y tener peso a nuestro favor en la balanza de la moralidad acordada.
El descarriado es la materia prima del melodrama. El tema de muchas telenovelas, folletines religiosos, películas y canciones. Todo con ese postre final: su humillación. Esa donde el perdón y la tolerancia de los demás convierten al engendro en una mansa palomita. Eso sucede únicamente en la ficción. En el mundo real todo termina en la cárcel, en la dogmática militancia religiosa o en la muerte. Regresar al redil siempre tiene un precio mucho más alto. En el fondo todos buscamos un solo perdón, el de nosotros mismos.

RESACA

El dolor de cabeza y la sed te despiertan. La mancha amarilla del sol se borra lentamente y descubrís que este no es el techo de tu habitación, que llevás puesta la ropa del día anterior y que estás acostado sobre el sofá de una casa que no conocés.
Después de restregarte los ojos descubrís que a un lado tuyo, sobre una mesita llena de botellas vacías y de ceniceros llenos, está tu teléfono celular: son las 9 de la mañana, tenés 20 llamadas perdidas y ocho mensajes.
Hacés un esfuerzo increíble para levantarte y buscar tus zapatos. Un recuerdo te atraviesa como lejano zumbido: es la casa de la prima de la amiga del amigo que te llevó a la fiesta. Una casa de condominio. La memoria viene como relámpago: estás insultando al vecino que llegó a callarlos, todo en defensa del derecho a la integridad parrandera del sábado. Como premio a tu entereza te obligaron a beberte media botella de whisky en dos tragos.
Tímidamente te acercás a una puerta que está entreabierta. Ves a tu amigo que duerme plácidamente en brazos de la gordita que llegó de último. La habitación de la par está cerrada con llave, te imaginas que es el cuarto de la dueña de la casa.
Antes de salir, enfrentar a tu novia (con la que peleaste a gritos por teléfono) y sobrevivir al solitario y cruel domingo, revisas tu billetera para ver si te queda algo para tomar un taxi. Lo único que encontrás son las facturas de la fiesta que patrocinaste anoche, y entonces, poco a poco, te das cuenta de la verdad.

LA LEY DEL DESEO

Aspavientos. Eso genera en los maestros de secundaria la jerga sexual que manejan hoy en día alumnos de secundaria que ni siquiera tienen catorce años cumplidos. Pláticas que se dan durante los períodos de recreo o entre el timbrazo que separa un período y otro.
Los chicos dentro del aula no son los mismos que cenan silenciosamente en casa y junto a sus padres. Sucede que la complicidad que nace de la convivencia generacional, da más libertad para vivir y experimentar una vida afuera del núcleo concentracional de la vida familiar.
Un vocabulario enriquecido por palabras y experiencias que ni los mismos padres de hijos adolescentes han imaginado -no digamos practicado- en toda su vida. Es evidente que hoy en día existe una conciencia más clara de ese cuerpo que va desarrollando una necesaria y saludable sexualidad activa. Lamentablemente no existe una forma lúcida de cambiar ese paradigma de creer que la censura mojigata es suficiente para evitar que una adolescente quede embarazada o un chico se contagie de una enfermedad de transmisión sexual.
Mi generación, la de los panzones y melancólicos cuarentones, pasamos el morbo de las coloridas revistas pornográficas y el lastre de la iniciación masculina en lupanares, donde nuestros amigos –o incluso nuestros mismos padres- alquilaban un cuerpo que nos transformaría, de mocosos inexpertos, en “machos”.
Todo sigue igual, pero ha cobrado matices. La información ha convertido en anacrónicos algunos tabúes como la virginidad, los anticonceptivos, el VIH y la homosexualidad. El asunto ahora es: ¿podrán nuestros cacareados valores morales imponerse a la curiosidad y al deseo de los adolescentes?
Orientar es saber escuchar y comprender; los “valores” que se imponen a la fuerza, son los primeros que se destruyen.

CÓMO ACABAR CON LA CULTURA

Si usted desea acabar con la cultura en Guatemala estos procedimientos le serán de gran utilidad.

Primero: Facilite la salida del país a todos los intelectuales y artistas, a través del hambre. Está demostrado que las personas emigran cuando se dan cuenta de que su trabajo no produce nada rentable. Total la culpa es de ellos por querer ganarse la vida de una manera tan inocua como la literatura, la música, las artes visuales o la danza.

Segundo: Destine un buen tiempo para convencer a sus hijos de que el arte solamente sirve para convertirlos en vagos e inútiles y que lo mejor son siempre las carreras administrativas o tecnológicas.

Tercero: Es importante desmotivar a la lectura. Es necesario que los libros tengan más impuestos que el alcohol y los cigarrillos. Las editoriales nacionales deben desaparecer. Quien quiera leer que lo haga en los aeropuertos y únicamente libros de motivación personal.

Cuarto: El Estado debe recortar al mínimo los presupuestos del Ministerio de Cultura y Deportes. Todos sabemos que es mejor un diputado bien pagado, que una beca, un libro o una muestra de arte.

Quinto: Sigamos destruyendo nuestro patrimonio arquitectónico. De nada sirve quedarse cuidando piedras y vejestorios. Los museos muy bien pueden servir de parqueos públicos y darían mejores ganancias.

Sexto: Reduzcamos más el espacio a los suplementos culturales en los medios de comunicación. ¿A quién le importa si un creador guatemalteco alcanza un triunfo, si tenemos tanto qué decir de Lindsay Lohan?

Séptimo: Cerremos la posibilidad para que artistas extranjeros visiten el país. Entre más aislados estemos, siempre será mejor.




PAMELA

Los padres de Pamela se conocieron hace 22 años, cuando trabajaban en un restaurante de comida Tailandesa en Seattle. Un lugar muy extraño para que un guatemalteco y una salvadoreña se enamoraran. Una de tantas parejas de hispanos que se unen para perseguir una vida mejor en los Estados Unidos.
Pamela es la segunda hija del matrimonio Castañeda, actualmente tiene 18 años, es un tanto gordita, de tez morena y se tiñe el pelo de rubio. A sus maestros les cuesta mucho pronunciar esa morosa ene con sombrero que lleva a la mitad de su apellido: “Castaanneda”,“Castnyeda” y Pamela se siente un tanto extraviada.
Desde que era niña sus padres le inculcaron que ella era una ciudadana estadounidense y que hablar inglés le abriría todas las puertas que les cierran a los hispanohablantes. Le describían cómo llegaron de ilegales huyendo de las penurias de aquellos polvorientos paisitos centroamericanos, y de lo extremadamente difícil que fue para ellos adquirir su ciudadanía. Ella piensa en Central Latin America y siente una remota curiosidad. Conoce a mexicanos, ecuatorianos, hondureños y bolivianos, y para ella no existen mayores diferencias entre unos u otros. Tanto para ella como para su hermano Franklin –que trabaja como programador de computadoras y está casado con una norteamericana- el Salvador y Guatemala son nostalgias que les han costado una deuda innecesaria con un origen que poco les interesa. Actualmente Pamela espera ser aceptada en la universidad, pero su inglés se ve un tanto afectado por una extraña pronunciación, una reminiscencia spanglish que no la deja tranquila. Para sus compañeros de la escuela ella siempre fue mexicana, de esos extraños rumbos al sur de los Estados Unidos.

LOS NUEVOS RICOS TAMBIÉN LLORAN

Varios prejuicios construyen un estereotipo. Definimos a las personas a partir de su apariencia, su conversación y de su actitud, pero nunca desciframos quiénes son en realidad, qué las mueve o porqué buscan desesperadamente convertirse en un sinónimo de otros. Cosas de la identidad donde todos participamos, en mayor o menor medida, de esta alienación.
El término “nuevo rico” es una caracterología que dibuja a un determinado personaje. Tal vez una manera de separar a los pistudos sin pedigrí, de todos aquellos que creen sentir la sangre azul por sus venas. Un trepador social que se abre paso con el título de “gran emisario del mal gusto y la ostentación”.
El mal gusto es imposible de definir, sólo podemos reconocerlo. Quizá sea todo aquello que resulta innecesario para vivir: un enorme vehículo que abarca la calle de acera a acera; un teléfono celular saturado de botones; una televisión con una pantalla más grande que la sala de la casa… y esas opciones que definen a un arribista: los restaurantes que visita, el templo al que asiste, el deporte que le interesa, el colegio donde mete a sus hijos y la colonia donde decide vivir. Elecciones basadas en un sentimiento de nulidad ante un grupo al cual desea pertenecer.
Es terrible tratar de agradar a quienes nos detestan. Convertirnos en una copia abigarrada con tal de semejarnos un poco a eso que tanto admiramos. Lo interesante es que nuestros modelos hacen lo mismo con otros y esos otros lo hacen con otros, todo como en una cadena infinita.
Mucha madurez es lo que construye un criterio y está comprobado que la pasamos mucho mejor compartiendo con la gente que nos quiere seamos quienes seamos y tengamos lo que tengamos. 

AUTOAYUDA

Creo entender que existe un público, por no decir un mercado, tanto para el optimismo como para el pesimismo. Ambas actitudes resultan excelentes herramientas para la charlatanería.
El “optimista”, para comenzar, plantea que todo cuanto sucede tiene una tendencia favorable y que la vida consiste en ese fraudulento manejo de las emociones llamado “actitud positiva”. Por lo regular llenan los bolsillos de elegantes gurús de la autoayuda que, con sus trajes caros y sus sonrisas enjuagadas, imparten costosas conferencias y venden como pan caliente sus recetarios para el éxito. Curiosamente muchos políticos guatemaltecos han caído en sus redes, dando como resultado el país que ahora vemos.
El “pesimista” está más jodido. Alguien le dijo desde chiquito que el ambiente es un excelente tónico para convertirse en un usurero de la felicidad de los demás. Se sienta a la orilla de todo y únicamente celebra cuando sus malas predicciones se vuelven realidad. Siente oun placer casi sexual cada vez que alguien talentoso fracasa. En Guatemala tiene una actitud en particular, siempre quiere irse de aquí, desgraciadamente nunca deja de robarnos el oxígeno. En realidad es alguien con una muy poco saludable autoestima, recubierta con una muy estudiada pose de crítico objetivo y dueño de una voz autorizada para discutir “ciertos temas”.
Curiosamente las personas que mantienen de pie las cosas que valen la pena, parecieran no asumir ninguna de estas actitudes. Únicamente avanzan y nada los detiene. Hacen y no necesitan más estímulo que un poco de confianza de la gente a su alrededor. En lo que muchos van, ellos ya vienen de vuelta.

EL PASADO POR DELANTE

Las noticias de ayer son exactamente las de hoy. Guatemala en los mismos episodios de brutalidad y violencia. Nuestro umbral del dolor es tan increíblemente tolerante, que parece no existir otra bitácora que la del miedo, la frustración y la violencia. Tres elementos que producen la sociedad en que vivimos: el miedo que nos mantiene divididos en un aparthait con maquillaje democrático; la frustración que nos reduce a la inmovilidad y a la misantropía; y la violencia que es una rutina de golpes y contragolpes que nunca llegan a terminar.
Cada guatemalteco es una realidad solitaria. Sobrevivir al aislamiento es lo más difícil que nos toca. Habitamos dentro de una muralla de prejuicios que no nos permite ver otro camino que no sea el de la desigualdad y la intolerancia, esa constante que ha definido toda nuestra historia.
El pasado de este país no es un pasado. Somos la imagen inmóvil de un sitio donde todo permanece sin variaciones y donde lo único que parece cambiar son los rostros de quienes actúan. Cuando alguien dice, estamos volviendo a la represión y a las prácticas políticas del pasado, pareciera anular con esta afirmación todos los enormes problemas que existen hoy en día. Pareciera que “el pasado” es un término ideado por los dirigentes políticos con el único fin de edulcorar el presente y su deprimente estado de cosas.
El derramamiento de sangre reducido a una simple nota roja, el imperturbable desinterés que existe ante la miseria y el autoritarismo legislado con total impunidad, son todo nuestro presente. Nada nuevo, mi pregunta es: ¿dónde se encuentra entonces “el pasado”?

HONESTIDAD BRUTAL

Todos ocultamos algo. Ocultarse es lo que permite nuestra convivencia con los demás. Parece absurdo que en una sociedad que celebra la honestidad como un valor fundamental para la convivencia, exija por otro lado que nos abstengamos de ser demasiado sinceros, demasiado directos, pues en el fondo nadie quiere saber a ciencia cierta quienes somos y lo que pensamos. Lo importante es que funcionemos dentro de los protocolos y las coordenadas establecidas.
Pareciera que ocultarse garantiza una certeza. Entre más predecible sea nuestra manera de actuar, más seguridad transmitimos a los demás. Ser como esas malas películas donde todos conocemos el final, sin embargo llenan las salas de los cines el día de su estreno. Detrás de los peinados, de las palabras respetuosas y de los silencios, siempre se esconde alguien no necesariamente agradable que descubrió que para funcionar es necesario plegarse a un montón de requisitos preestablecidos.
Solo los locos, los niños y los borrachos dicen la verdad. Es cierto. La verdad ofende, la verdad hiere y la verdad es miserable. Está comprobado que la reivindicamos únicamente cuando nos vemos amenazados. Si optamos por decirla abiertamente y en todo momento, es muy fácil que se nos adscriba en una de las tres categorías mencionadas. Aunque es muy difícil pasar el “clavo” de haber dicho más de la cuenta mientras estamos bolos, la gente siempre perdonará nuestra intoxicación pues todos sabemos que el alcohol relaja la opresión latente de tener que fingir todo el tiempo.
Capas y capas de mentira nos recubren. Correcciones, modos y maneras de ocultar lo que pensamos o lo que somos. De pronto llega el momento de liberarnos de esa carga, dando como resultado cosas que sorprenden a todos.

AEROPUERTO LA AURORA

Al salir del aeropuerto La Aurora, pasando la cola de migración y aduanas, una enorme cantidad de rostros se aglomeran. Sus ojos buscan entre nuestros rostros cansados, no al turista ni al viajero, sino al mismo que hace muchos años tuvo que partir. Mientras avanzo hacia la puerta de salida, me quedo perplejo al ver la gran cantidad de rostros de niños y de ancianos que aguardan afuera. Un señor con una gorra negra me pregunta si yo no venía en el vuelo de Chicago, y al responderle que no, me contesta -Es que a estos mulas del aeropuerto pusieron esas pantallonas sólo para poner anuncios y esas pantallitas que ni se ven para anunciar los vuelos- y puedo notar su ansiedad.
Esa ansiedad que está en quien aguarda y en quien vuelve. El que vuelve mira la ventanilla de un avión que nunca aterriza, espera encontrar un rostro que dejó sin crecer, unos labios que besó hace mucho tiempo y una mano que estrechó tibiamente al despedirse.
La migración no es algo que se reduce únicamente a términos económicos. Es algo que nos obliga a desplazarnos lejos de nosotros mismos. Dejar hijos, parejas, padres y amigos para reinventarnos y abrirnos camino en otro sitio, es un problema también de la conciencia.
Estoy seguro que a quien le toca partir como a quien le toca quedarse anhelan un volver que sea menos difícil. Desean que la distancia no cambie las cosas y que al regresar ambos puedan reconocerse. Pero quien se va y quien se queda no salen ilesos de la distancia. La distancia es siempre algo muy difícil. Largos son los caminos de la espera y de la soledad.

EL TEACHER

Creo que tenía 26 años cuando tuve mi primer empleo como profesor de secundaria. De lunes a viernes impartía desde la clase de Idioma Español a los estudiantes de básicos, hasta Archivo y Seminario a las alumnas de Secretariado. Los sábados tenía asignado repetir todos mis cursos para los estudiantes del plan fin de semana. Lo tengo tan presente, usaba un uniforme café (lo más deprimente del mundo) que consistía en un saco horrible y una corbata de poliéster. El dueño del establecimiento creía que de esa forma los maestros dábamos un toque “gerencial” a su negocio.
Ciertamente se trataba de un negocio. Los padres, en su mayoría gente muy sencilla, terminaban pagando mensualidades bastante altas, tomando en cuenta la variedad de sobrecargos que adjuntaban en cada recibo. La calidad de la educación importaba poco, lo primordial era que los chicos salieran directo a encontrar un trabajo.
Para los maestros era un trabajo rutinario y mal pagado. Puedo decir que éramos dos o tres los que tomábamos muy en serio nuestra labor. Me sentía muy contento impartiendo literatura y filosofía a bachillerato. Ese montón de alumnos con que me enfrentaba cada mañana comenzaron a leer obras clásicas y contemporáneas conmigo, descubrieron a Dante a Quevedo, incluso, a James Joyce. Me importaba bien poco el programa oficial. Me importaba bien poco el miserable director del Liceo. Me importaba bien poco que el salario casi no me alcanzara para vivir. Sabía que ellos no olvidarían lo que habían aprendido y así fue, al terminar el año me dieron una tarjeta enorme que firmaron todos y que decía “Para el teacher, porque somos de la misma materia de los sueños”, y la frase era de Shakespeare.

LA BIBLIOTECA DE BABEL

Imagine la enorme cantidad de libros que se publican cada día alrededor del mundo. En una competencia estadística, esta época puede declararse la más saturada de texto en la historia. Tan sólo en una librería guatemalteca se encuentran más libros que cuantos pudo ver Dante, Cervantes o Shakespeare en toda su vida. Contradictoriamente no vivimos ni en un Renacimiento ni un Siglo de Oro ni un Período Isabelino, cimas del pensamiento occidental fundamentados no solo en la calidad obras publicadas, también en el número y la sensibilidad de sus lectores.
Los períodos de esplendor de las artes vinieron siempre ligados a un interés político por la lectura. Los poderosos de entonces fueron excelentes lectores de poesía y de filosofía, lo que permitía que siempre tuviesen de su lado a los humanistas más destacados de su tiempo.
Hoy en día no vivimos una época humanista. El mundo parece deslumbrarse más por la tecnología, que por la aguda reflexión acerca de la vida. La literatura se ve como un campo ajeno a la política y a los modelos de la economía desarrollista. El liderazgo no viene complementado con una cultura artística. Es obvio que las “masas” siguen a sus élites, y si quienes gobiernan son alérgicos al conocimiento, ¿qué se puede esperar de los gobernados?
Ojala para la próxima feria del libro Filgua en agosto de este año, podamos ver a nuestros funcionarios participando en más de alguna conferencia o cuando menos hojeando alguna obra reciente de autores contemporáneos guatemaltecos. Señores: la literatura actual no muerde, ¡increíble!, existe vida después de Miguel Ángel Asturias.

LA FRONTERA DE LA FOTOGRAFÍA

Día con día me encuentro con lectores que repasan los diarios sin detenerse en otra cosa que no sean las fotografías. Creo que son pocas las personas que leen de principio a fin las notas de prensa, la mayoría entiende la noticia por medio de la imagen expuesta. Los medios escritos cuentan con más lectores de imágenes que de textos.
Los periodistas gráficos dejan a la posteridad un registro histórico sumamente valioso. Todo aquello que no puede decirse en las columnas de opinión ni en los reportajes escritos, es atrapado con la instantánea voracidad de un flash. En la concisión de la imagen se contienen más verdades que en un libro de mil páginas, ya que la fotografía devela un diagnóstico social directo y sin rodeos.
Las fotografías no pueden silenciarse. La crudeza de una imagen puede transformar en noticia algo cotidiano. Es el punto en el cual el talento artístico se aúna con la realidad que lo rodea. El documento gráfico perpetúa la condición humana aportándole una fuerte dosis de poesía, siempre y cuando quien lo registre con su cámara sea capaz de sentir empatía con el dolor que revelan sus imágenes. Otro es el caso del amarillismo puro y la pornografía de la miseria, la búsqueda oportunista del impacto, algo que lamentablemente es muy recurrente en la más baja escala del cinismo mediático.
La historia contemporánea se escribe con imágenes. Es una manera de interpretar la sociedad en que vivimos dándole trascendencia a lo que podría escapar de las palabras. Sin embargo es la mirada detrás de la lente la que permite el acceso a esa verdad.

Quizá en la frontera en lo que debe y no debe mostrarse, se encuentra cierta ética periodística. A partir de las imágenes en los diarios se evidencia cuánto prejuicio subsiste en las sociedades que las consumen. Un mensaje de odio puede venir inserto detrás de una humillante verdad. 

MÚSICA DE CAÑERÍA

Es imposible hallar un poco de silencio. Siempre hay algún campechano que pone música, atribuyéndose la autoridad de decidir lo que los demás queremos oír.

Es sábado y deseo desayunar en un restaurante de comida rápida. Llevo algo para leer mientras como. Alguien en el interior de la cocina le grita al de la caja: vos, ponete el radio porfa, entonces comienza mi suplicio. Una nube tenebrosa de baladas se asoma. Esas cosas tan horribles que encadenan a la programación de las radios y que las repiten ad infinitum en todo el cuadrante. Por otro lado encuentro al comerciante que saca cuatro bocinas a la calle y le detona los tímpanos a los transeúntes, asumiendo que los clientes "van donde hay bulla". A esto se aúna la iglesia evangélica de esquina, que acaba de comprar bocinas y que quiere que todo el mundo se entere de la bendición que han recibido del Señor, subiéndole todo el volumen al chunche. O qué decir del vecino que llega a las 6 de la mañana del domingo oyendo rancheras en su pick up equipado con el más avanzado car audio system.


Muchas veces me he preguntado ¿Qué buscamos decir con la música que ponemos?, ¿por qué deseamos tan denodadamente llamar la atención de los demás o influir en su ánimo?, ¿quién se esconde detrás de la empleada estatal que recibe nuestros papeles mientras oye “mentira todo era mentira, los besos las rosas, las falsas caricias…” en la radio?



CAFÉ ANTES MERIDIANO

Preparar café es un gesto sencillo y maravilloso. Llevar calidez a la persona que recién despierta es quedarse con ella durante todo el día. Algo tiene este pequeño acto que se hace indispensable para nosotros. Saber que está ahí, sentir su presencia y su agrado. Sentir su complicidad en nuestra vida.
No existe nada que nos garantice la compañía de otra persona. Muchos improvisamos distintas formas de amor que nunca resultan. Creemos que entregarnos es simplemente acosar el afecto y hacer cosas materialmente grandes que anulen nuestra inseguridad ante el ser que amamos. Olvidando las cosas sencillas y las cosas primordiales, los grandes proyectos van desplazando las breves batallas. Esos pequeños combates perdidos que desgastan nuestros esfuerzos por contener esas presencias tan deseadas.
Nunca retendremos la compañía de alguien si buscamos desesperadamente toda su atención. Ya lo dice el poeta latino Ovidio en cada una de las páginas de El Arte de Amar, acaso el libro más importante que se ha escrito acerca del tema, la atención se logra haciéndonos invisibles, regalando pequeños actos consecutivos que se hacen rituales. Leyendo este tratado milenario sobre la espontaneidad del afecto, se va develando el secreto de ese ritual cotidiano que cala profundamente en todos nuestros actos: sentirnos merecedores del amor.
Invertir unos minutos en dejar parte de nosotros en alguien -ya sea preparando el café de la mañana, ya sea platicando o admirando su talento- deja más memoria que cualquier derroche de habilidades, belleza o esfuerzos.

DIGNIDAD

La dignidad se esconde, es difícil de encontrar a simple vista. No hace alardes, no exhibe méritos. Casi siempre se oculta detrás de la apariencia más sencilla.
Lejos de celebrarla, a la dignidad la vemos de lado. Los guatemaltecos casi siempre optamos por todo lo contrario.
Amigo lector, usted se habrá dado cuenta de la manera en que cedemos ante el autoritarismo y el descaro. Venimos quejándonos de eso desde siempre, pero si un policía nos pide un soborno se lo damos, si una financiera quiebra y se roba nuestro dinero ni siquiera procedemos contra ella, ¿por qué?, sencillo, creemos que los delincuentes siempre vienen con una cara signada de tatuajes, hablando de esta forma, comportándose de esta otra; nunca es el señor trajeado que detrás de un escritorio exhibe su título universitario y se enriquece con el contrabando, tampoco el banquero que avanza velozmente en su BMW o el funcionario siniestro y sonriente que da declaraciones a la prensa.
Aunque la dignidad puede hallarse en todo, es poco apreciada. Quizá el problema comienza desde lo que enseñamos a nuestros hijos. No se trata de la moral que imponemos, sino de la ética con que actuamos. La ética plantea un ejercicio de vida y la moral es únicamente censura y adoctrinamiento.
¿Acaso el policía que no acepta mordidas, el funcionario intachable, el empresario que paga salarios dignos a sus empleados o el trabajador esmerado, están salvando a Guatemala de caer en la absoluta degradación?

VÍCTIMAS CRÓNICAS

Coleccionamos tantos males diminutos que nos hemos convertido en enfermos crónicos. La enfermedad nos aísla, nos aparta del mundo, pero la hemos arraigado tan profundamente en nosotros que parece imposible hallarle una cura. Es más, quisiéramos tener una sola enfermedad terminal, una simple masa dolorosa que nos abarcara hasta terminarnos, así podríamos declararnos como víctimas inocentes del destino y no simples melancólicos adictos al sufrimiento.
Amamos el papel de víctimas porque siempre es más fácil sobrevivir así, escondidos, mostrándonos como herederos de una derrota compartida. Sabemos que existen curas que podrían sacarnos de nuestro estado, pero hemos sucumbido a los placeres de la lástima y el cinismo. Pensamos que lo mejor es aglomerar gente que se deslumbre ante nuestro sufrimiento y que nos extienda sus pequeñas ofrendas de lástima. Nos hemos aprovechado a tal punto de esta situación, que nos vendemos como pornografía de la miseria y del fatalismo. Hemos encallado en la fase del encierro, comenzamos a disfrutar nuestro cuerpo débil e insano. ¿Cuándo podremos aliviarnos, si nosotros mismos protegemos la enfermedad?
Somos víctimas crónicas, enfermos profesionales. Vivimos de eso y lo explotamos. Valga esta metáfora para diagnosticarnos como sociedad. Nuestro verdadero padecimiento es seguir redundando en lo mal que nos sentimos hasta quedarnos postrados. Es necesario abrir las ventanas de la habitación y dejar que entre nueva luz.

ANIMALES TRISTES

Ese acto sucesivo de ser un hombre, ese recetario de simplezas. Alguien se me acerca buscando plática con los tópicos obligados: fútbol, marcas de carro y mujeres. Le digo que soy muy torpe en esos temas, que lo mío es la literatura. Ese alguien se aleja hasta la otra esquina.
Mi mala elección de no vivir dentro del rol donde el macho es la regla acordada por hombres y por mujeres. La poesía es para los borrachos, los drogadictos o para adolescentes cursis. La lectura es para los huevones y los bajo-productivos. De haber seguido esa regla general hoy me dedicaría a cosas que odio con tal de darle gusto a los que se resignan a aceptan su destino de animales tristes: nacer, reproducirse, emplearse y morir.
No sé si en todos los lugares y en todas las épocas ha sido igual, pero al menos en Guatemala sucede; en este país lo que tiene importancia es siempre lo masculino, o sea, lo que está definido como “rentable”. Así lo aprendieron nuestros padres, así lo enseñaron a sus hijos.
Las madres educan a los futuros maridos disfuncionales, los padres les enseñan a las niñas que la felicidad sólo es posible en una casa y dos o tres carros.
Es triste encontrarse a jóvenes transcribiendo la vida de sus padres, robando sus errores y abonándose a una vida sin matices. Que las generaciones venideras no repitan los viejos errores. Que puedan vivir y aceptarse como individuos distintos y no meras réplicas o clones de otros. Que se abra camino a una individualidad que empuje los márgenes de la tolerancia. Ese es el gran reto del presente. 
Defender prejuicios no es construir valores; los estigmas no reivindican nada más que odio y mediocridad. Los grandes cambios vienen de las acciones individuales: desactivar esa educación contra la autoestima que tristemente nos  heredaron.   

CADENCIAS NECESARIAS

“La liberación es, en primera instancia, libertad contra algo; la libertad es libertad de algo” dice Isaiah Berlin en su libro Political Ideas in the Romantic Age. Al leerlo no dejo de pensar en la gente joven que en este momento busca abrirse camino en los países conservadores. La juventud es el período de liberación y de búsqueda individual que abre camino a un pensamiento maduro y consistente. Envejecer, muy al contrario, es dar por sentado que la vida no puede modificarse, es engordar de muertes y autocomplacencia.
Nadie merece la vejez. Nadie merece transformar sus sueños en el adocenado conformismo de una sociedad agrietada por la mediocridad y el odio. Hacerse viejo es darse por vencido y abandonar la orilla poética de la vida: la búsqueda de la felicidad que nos hace libres.
Las generaciones son cadencias necesarias, pero la juventud es siempre el mismo espacio de libertad y de invención. La nostalgia es un vicio que nos detiene en lo previsible, nos ancla en lo corrupto y caduco. Las alturas más grandes de la historia han sido vanguardias, a veces abanderadas por personas de edad avanzada que jamás se desvanecieron en la burocracia del abandono. El cambio es siempre nuevo, sólo de esa forma es posible reinventar el arte, la política y las ideas. El impulso viene de entender que el mundo actual no es una amenaza, que aún es posible transformarlo si nos lo proponemos.
Una sociedad conservadora envejece a sus jóvenes, descalificando sus méritos. Anteponiendo siempre el prejuicio al entusiasmo.

La experiencia  acumulada sólo es útil si la dejamos como legado; Menospreciar la inexperiencia y el esfuerzo, es muy propio de la mediocridad. 
La libertad tal como menciona este brillante autor ruso-inglés consiste en permitir la evolución y renovación de las ideas a través de puentes de diálogo. Las ideas nunca se estancan en las sociedades libres: nacen, crecen, mueren y se transforman, iniciando así de nuevo su ciclo. Tal como lo hace cualquier organismo vivo. 

CIELO

Con la Ilustración los intelectuales europeos desterraron la palabra Dios de sus escritos. En los siglos XIX y XX se radicalizó esta postura, mostrando la fe como uno de los tantos artilugios del poder para adormecer a las masas. Tengo que confesar que luego de leer compulsivamente casi todo lo que llega a mis manos y de poner en crisis casi todo lo que me es inteligible, no me reconozco como ateo.
Entiendo el daño que causan los fundamentalismos religiosos. Entiendo que inculcar “culpa” es la mejor arma para abusar de los débiles. Entiendo que la recompensa celestial es lo que mueve a dar caridad, porque es más fácil sentirnos piadosos que sentirnos justos.
Musulmanes, cristianos y budistas se han repartido una humanidad en cenizas. El primero y el segundo inciden en el autoritarismo o en el lucro y el tercero, más milenario y asentado en prácticas más contemplativas, tiene el territorio sagrado del Tibet que, como el Vaticano, confirma a la religión como el asunto más terrenal y político que existe.
Yo no me considero ateo, quizá porque la idea de Dios es poética. Entiendo a la gente que necesita salvarse, quizá porque yo también lo necesito. Muchos grandes poetas escriben sobre la fe: Rubén Darío, William Blake, César Vallejo y hasta el más misántropo genio de nuestros tiempos, Charles Bukowski, dice “si quieres saber dónde está Dios, pregúntale a un borracho”.
Quizá no haya más cielo que esta enorme y solitaria fragilidad que es necesario llenar con grandes esperanzas.

SÍSIFO

Empujar una enorme roca desde la cima de una montaña y luego echarla a rodar. Contemplar su caída. Volver de nuevo al inicio y subirla. El absurdo es la existencia misma -dice Albert Camus. Una existencia que debemos soportar, no porque la deseamos, mas bien, porque nos familiarizamos tanto a ella que le tememos más a la nostalgia que a la infelicidad.
Camus lanzó hace más de setenta años un brillante argumento para describir el absurdo de la condición humana: El mito de Sísifo. Sin que le calara muy profundamente la varicela existencialista y el marxismo ortodoxo de sus contemporáneos, fue un autor que escribió partiendo de sí mismo y no de los postulados teóricos ni de los caprichos de la academia. Un novelista directo y lúcido que –a pesar de ser herido con el adjetivo de “pesimista”- buscó sacudir las certezas de quienes lo leyeran. Su obra provoca de inmediato una reacción dentro de nosotros, una especie de vértigo y confusión ¿Será que en realidad somos felices viviendo una vida que no elegimos, respondiendo a una rutina que detestamos o soportando a personas que sólo pueden provocarnos culpa y dolor?
Pienso en las muchas formas que tenemos de resignarnos. Aceptamos la vida tal como nos obligaron a vivir. Siempre buscando guías, directrices, gurús, ministros... Esta sociedad de modulaciones publicitarias y mojigatas nos coloniza, nos agrede sin que nos demos cuenta. Pero realmente somos libres mientras no lastimemos, abusemos o mintamos. Plenos de hacernos responsables de nuestros actos. En una granja de conformismo, cualquier gesto individual es censurado por los chantajistas de la normalidad. Ante tal estado de cosas, la única vía digna es la inconformidad.

Ser inconforme es simplemente defender nuestra decisión de sentir. Ser inconforme es negarnos a todo lo que consideramos estupidez, mediocridad y letargo. Ser inconforme es nadar muy lejos de las orillas que parecen seguras.

SIMULADORES DE VIDA

Vemos una película. En dos horas el protagonista nace, envejece y muere. Nos metemos en su vida, la juzgamos, la miramos con la distancia y el juicio de unos dioses fisgones: es bueno, es malo, es más que bueno, es peor que malo. La pantalla es un simulador de vida. Así ordenamos nuestro asombro, a través de imágenes concisas que resumen una existencia.
Devoramos imágenes y somos devorados. La idea de tener una vida en las redes sociales, es posar una vida para que esos dioses remotos que nos observan tengan una idea aproximada de lo que somos o intentamos ser. Nos dedicamos a proyectar lo que pensamos tiene algo de intensidad. La intensidad es pasión, esperanza y libertad: cosas que no pueden ser explicadas a través de simples imágenes, son experiencias humanas e indefinibles.
Pasamos más tiempo hablando de la intensidad, que viviendo intensamente. Nos observamos aferrándonos o repudiando nuestra imagen. El narcisismo es el opio de los pueblos de hoy. Pellizcamos opiniones, ideas, argumentos, militancias. La indignación o la bondad permanece mientras seamos vistos. Así nos adscribimos a determinados grupos o formas de pensar. Pero en la acción somos distintos e incoherentes. 
Así pasa nuestro tiempo en una vida rutinaria y sin matices. Procrastinando en un poco de todo.  Sin experiencias reales ni compromisos. Observando a otros y pidiendo ser observados. Estrellas de nuestra propia historia.  Así vamos construyendo ese futuro tan mencionado por todos. 
El futuro es sólo una ilusión, El presente es todo cuanto tenemos como individuos. El rastro de cuanto somos es lo que inmediatamente vamos construyendo. Lamentablemente nada puede ser mejor si todas nuestras imposturas y deseos, sólo permanecen latentes en una pantalla.
Quizá hace mucha falta tener un tiempo solos y lejos de las miradas que nos definen. La soledad actual no es otra cosa que tener un pensamiento propio.