miércoles, 31 de diciembre de 2014

UN CUARTO PROPIO

Un cuarto propio es todo lo que necesitamos... Así puedo torpemente resumir uno de los libros más sublimes jamás escritos: A Room of One’s Own, de Virginia Woolf.

Sé que con cada año que termina y con cada nuevo que inicia algo se reactiva, acaso la oportuna sensatez de mejorar nuestras vidas. De eso que siempre exista la supersticiosa tradición de hacer una lista de propósitos; desgraciadamente tal intención palidece porque nuestra voluntad no se impone firmemente a las presiones externas. 

Acaso porque siempre vemos las ramas del árbol y no bajamos hasta las raíces.
Hago mención del libro de Woolf porque la soledad es necesaria. Tener una habitación que nos pertenezca, un lugar que no esté colonizado ni invadido, un sitio en el mundo donde seamos nosotros mismos sin la persistente presión de otros… 

Amigo lector y lectora: Si usted hiciera en este momento un plano del lugar en el que vive, ¿qué sitio marcaría como absolutamente suyo? Podemos hablar de una casa o podemos hablar de un país o podemos hablar del planeta entero. Podemos, incluso, hablar de lo que somos y sentimos. 

¿Es posible tener una vida que sea nuestra? Culturalmente los guatemaltecos hemos sido influidos por la necesidad de elegir sin tomar decisiones. Optamos por el camino de otros. Nos sentimos fuertes mientras seguimos la corriente. 

Cedemos nuestro espacio ante la presión de lo que piensa la mayoría. Ese terror que nos invade al sentirnos solos y distintos. Así vamos marginando nuestra capacidad de disentir a fuerza otorgar a los demás esa autoridad de cambiar nuestros propósitos. 

Tener un cuarto propio es una ética, es un valor, es un derecho. Y no hablo desde lo literal (algo que sería magnífico si la pobreza no nos confinara a vivir en condiciones indignas) sino desde el territorio de los sueños, de las ideas y de las decisiones. Que valgan estas palabras escritas con mucho afecto para usted como mi mejor deseo para el año que apenas inicia.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

LA PUERTA BATIENTE

Diciembre es como una puerta batiente, abriéndose y cerrándose, en la que apenas es visible lo que está del otro lado. Por alguna razón –me sucede a mí, no sé si a usted querido lector- estas fiestas me subrayan distintas etapas. Merecida o inmerecidamente, llegar al fin de un año es un tipo de victoria.

Hay un cuento de Jorge Luis Borges, “El Otro”, en el que describe el encuentro entre el escritor de setenta años y el joven poeta de veinte.

Para el primero aquello es un incidente simple y extraño; para el segundo es un sueño literario. El viejo anticipa de forma resumida todo lo que vendrá, mientras que el joven apenas lo escucha.

De estar en la situación de los personajes del relato, ya sea como el proverbial anciano o como el romántico patojo, ¿qué nos diríamos? ¿Hablaríamos de nuestra vida o hablaríamos de todas las circunstancias que nos rodean? Lo maravilloso de la literatura fantástica es que en esta cabe el intento de retroceder los años con tal de corregir los errores siempre inevitables.

La puerta batiente se abre y se cierra. Del otro lado están simples acontecimientos. Las personas que se fueron y las personas que se quedaron. Las pasiones y las derrotas. El sacrificio por pequeñas glorias y los humildes aciertos cotidianos. El privilegio de sentir la ternura de un amor inteligente. Todo lo que perdimos en el camino por el simple hecho de no prestar atención a la belleza más sencilla. El azul profundo del cielo que no es propiedad privada de nadie.

En este momento ya existe el recuerdo de lo que haremos. El café que bebe en este instante será algo grato en su memoria. Porque estamos tanto dentro como fuera del cuarto de lo que va pasando. Y en eso quiero detenerme: al final lo único importante es estar realmente vivo. Feliz Navidad.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

SEÑOR D.

El señor D., luego de una confusa pesadilla en la que era un ser humano, despertó repentinamente. Tanto su malestar físico como el intenso dolor de cabeza y su resequedad en la boca lo dijeron todo: estaba de goma. Durmió en el sofá vestido con el uniforme de la empresa.

Luego del malestar físico asoma en el señor D. una serie de recuerdos a medias. Dijo todo lo que pensaba en voz alta. En medio del bailongo se besuqueó con Irma la que lleva las planillas y –oh horror– fue visto por toda la oficina. Sí, todos vieron como el jefe de Contabilidad Yovani Débil de León le pegaba una gran agarrada a la modesta oficinista pasada de tragos.

El señor D. casi se queda dormido y chocó contra un poste del bulevar camino a su casa. Eran las dos de la mañana y solo decidió bajarse y ponerse a orinar. Todo pasa por su mente mientras en cuclillas busca sus zapatos negros debajo del sofá. La señora de D. y su hija todavía duermen. Son las 5:02 a.m.

Entra en pánico: "Hablé mal del Gobierno y mi jefe se dio cuenta. Hablé mal de la empresa y mi jefe se dio cuenta. Me vieron caer en adulterio y la oficina se dio cuenta. “Di mal testimonio, di mal testimonio…”. Piensa mientras asoma el sol frío del 17 de diciembre. Pero D. no quiere que amanezca, menos ir a la oficina y enfrentar las burlas o disimular descaradamente.

D. ha sido un ejemplo para su hija, ha trabajado muy duro para darle todo lo que quiere. Él espera que algún día ella le responda encontrando un marido próspero dentro de la congregación. Su mujer no tiene de que quejarse: no tiene que salir a trabajar y además le compró una casa en esa residencial tan exclusiva que ahora se está hundiendo y bajando de precio…

D. siente pánico. ¿Quién le creerá ahora que dijo que el candidato –el del partido de sus jefes– era una verdadera mierda? Perdí mi plaza en el próximo gobierno, se lamenta. Siente ganas de llorar.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

ANTES DE QUE NOS OLVIDEN


Antes de que olviden estas palabras deseo que guarden para ustedes acaso las más claras: que la voluntad se impone en la dificultad no en el bienestar; que no existe cosa más miserable que regatear el sufrimiento, el talento y los logros de otros guatemaltecos; que aceptar una crítica sin una propuesta es como aceptar un cheque sin fondos; que las palabras coherentes con las acciones son el único antibiótico contra la demagogia.

En una de mis películas favoritas, Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea, el personaje dice que una de las características del subdesarrollado es su incapacidad para retener un sentimiento por demasiado tiempo, olvidamos demasiado rápido; en tales sociedades quienes sufren son aquellos que guardan una memoria que se acumula y se resiste.

En Guatemala el olvido es acaso lo único que tenemos seguro.

Quizá porque todo lo guardamos emocionalmente. Escapamos de nuestros errores, por eso recaemos en ellos una y otra vez. Como en las novelas históricas de Francisco Pérez de Antón, donde las situaciones son actuales, pero se desarrollan dos o tres siglos atrás. Siempre llegamos al mismo sitio porque desconocemos que estuvimos allí. Porque el estudio de la historia siempre es algo mutilado y condenable en la vida subdesarrollada.

Tal como el personaje de la película de Gutiérrez Alea, es imposible ausentarse y estar presente dentro de una colectividad que se detiene un minuto para resguardarse de los balazos, otro minuto para levantar a los muertos y luego continúa con la borrachera, el consumo y la fiesta. O que sacude sus panfletos de indignación y, dos días después, se dedica a llorar frivolidades. Definitivamente, somos la gente más fría y más sumisa del trópico.

Antes de que nos olviden (ya sea que  nos maten, censuren o tiren a la basura años de nuestro esfuerzo por aportarle algo a esta sociedad) es necesario hacer más fácil el camino para los que vienen. Recordar que el presente es tanto ayer como también es mañana.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

¿Qué más nos queda sino crecer?

El desencanto es permanecer en el mismo sitio esperando que todo cambie. El desencanto es permanecer en el mismo sitio esperando que todo se borre. El desencanto es permanecer en el mismo sitio esperando que todo se componga. De la noche a la mañana, así, de manera orgánica, tal como avanza el musgo o se muere un pájaro.

Vivir una vida o morir varias muertes no es necesariamente crecer, porque estamos rodeados de eventos pasajeros que nos distraen. No aprender del dolor nos hace mezquinos. La peor mezquindad es la que no aprende jamás de la consecuencia de sus actos.
El camino indicado no es un asunto de suerte, sino de encontrar señales. Cruzar, volver, avanzar, ver el horizonte. Un buen rumbo siempre nos da un horizonte. Cuando tal destino es incierto, hay que desistir del mismo camino.

¿Qué podemos decirles a los más jóvenes acerca de lo que es crecer y de lo que esto significa en una sociedad de puntos extremos que jamás coinciden? De la indiferencia a la intolerancia. De la superficialidad al victimismo. Del ninguneo a la demagogia. ¿Qué puede aprender un niño guatemalteco acerca de la madurez?
¿Será una sociedad madura esa que olvida con tanta velocidad cualquier ignominia? En un año de injurias, vergüenzas y cataclismos políticos todo parece desvanecerse sin dejar mancha.

Luego del destape mediático y de la apelación al insulto por parte de la ciudadanía medianamente informada, ¿qué queda? Solamente una grieta –casi un abismo– una consecuencia inútil. Porque las opiniones correctas sin acciones comprometidas son demagogia. Porque la demagogia es una deformidad de las sociedades que se niegan a crecer.

El subdesarrollo es olvidar las grandes ofensas a cambio de pequeños beneficios.

A las generaciones que vienen no les queda más que evitar nuestros lamentables errores. Quizá el mejor legado sea decirles que no existen atajos, que no hay madurez sin compromisos, que no hay compromisos sin responsabilidades: que es imposible crecer sin comprender las necesidades y los derechos de otros.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

ENCUENTROS FUGACES Y ÁLBUMES PLÁSTICOS

El cielo en aquellas fotos tiene un color verde, el tiempo arruinó el esmalte y las tonalidades son confusas. Viejos amigos del barrio abrazándonos y pensando que tener la obscena edad de 15 años es algo eterno. Unos jeans y una camisa Polo amarilla de rayas azules. Mis lentes, llevaba el pelo más largo. A mi derecha, mi inseparable compañero del colegio. A mi izquierda, el loco de la cuadra, el que a sus 40 y tantos años escuchaba discos de Black Sabbath y que jamás se casó.

Sentadas al frente, nuestras novias, con un mechón de pelo levantado con spray y con cinchos cruzando sus blusas ochenteras. Atrás, la puerta de una casa que era idéntica a las puertas de las demás casas de aquella colonia uniforme y ruidosa.

No recuerdo de quién era la cámara ni quién tomó la fotografía. Los celulares en ese entonces eran apenas prototipos impensables para mocosos de clase media, no digamos las cámaras digitales. Todo era comprar un rollo, meterlo en el aparatejo, dejar correr la película y no permitir que se abriera la compuerta para no velar todas las valiosas imágenes capturadas.

Juntábamos entre todos el dinero del revelado (bastante caro, por cierto) y era un acontecimiento cuando íbamos al centro comercial a reír durante horas viendo los ojos apachados, las muecas involuntarias y el resultado opaco de nuestra inexperiencia en iluminación.

De las fotos repartidas quedan álbumes plásticos. Pasadas las décadas encuentro uno al fondo de una caja. ¿Ese soy yo? Mi inseparable amigo a mi derecha, ahora es un padre de familia que vive en Estados Unidos desde finales de los 90, no supe más de él. El Loco –como lo llamábamos en la cuadra– tuvo una temporada como predicador en el Parque Gómez Carrillo y luego fue internado en el hospital psiquiátrico; se lanzó del puente del Incienso.

Las muchachas, sentadas al frente, una es ahora madre soltera de dos niños; la otra se graduó de abogada y maneja con éxito una empresa de importaciones. Y yo, que entonces odiaba los libros, el colegio y los estudios, terminé escribiendo estas líneas de homenaje a los jóvenes inquietos, ahora congelados en pequeños álbumes plásticos.

Una fotografía es darle una segunda oportunidad a lo que perdimos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

RADICAL CORAZÓN


Durante una vida puede repetirse la palabra “corazón” con más frecuencia que el sustantivo “cerebro”, tal cosa no significa que lo usemos más.

El corazón es acaso el sentido figurado más común cuando queremos decir humano. Tener mucho o no tener nada puede ser el juicio más determinante para definir a una persona. No calificamos la inteligencia, calificamos las emociones. Así de radical es decir el color: negro o blanco. El primero detalla el lodo espiritual o la falta de escrúpulos. El segundo, la candidez ciega y sin malicia.

La primera civilización en representar gráficamente un corazón fue la egipcia; sin embargo, el ícono que todos reconocemos data de los griegos: símbolo de identidad para la guerra o para el amor, ¿quién sabe? Lo importante es que esa forma de dos arcos con punta afilada está presente de manera obsesiva en la cultura contemporánea.
Desde la publicidad en las calles de Tokio, pasando por las pintas en los trenes subterráneos de las ciudades europeas y terminando en las puertas de los estadios latinoamericanos, la figura que encierra y reúne ese todo indescriptible siempre está representado.

También puede decirse que el corazón es el centro. Está puesto para bombear sangre, para dejar que el flujo se expanda a todo nuestro cuerpo. Un infarto es algo a lo que difícilmente se sobrevive y aquellos afortunados de poder contar tal experiencia, pasan a llevar una vida moderada tanto de excesos como de emociones. “Solo tiene uno, cuídelo”, dicen los cardiólogos.

Lo interesante es que no existe una estadística que indique a qué edad comenzamos a mencionarlo menos. Sabemos que para los niños y para los adolescentes es una palabra que siempre está en su vocabulario metafórico; algo que gradualmente va perdiendo sentido en la edad adulta. De eso que no es lo mismo decir sentimentalmente corazón a los 15 años que mencionarlo técnicamente a los 50.

Uno puede llevarse la mano al tórax y sentir ese leve movimiento... Así comprobamos que todavía estamos vivos y que todavía podemos decirnos humanos.

martes, 4 de noviembre de 2014

JUNTOS EN PELOTA (NUESTRO DERECHO AL DESNUDO)



La gestión que Spencer Tunick realiza para su trabajo fotográfico es muy interesante. En las grandes y medianas ciudades del mundo ha convocado a cientos de personas para que a determinada hora y en determinado lugar todos posen desnudos en una fotografía colectiva. ¿Cómo le hace? Por lo visto su publicidad da resultados sorprendentes. Nadie creería que en un momento ha logrado reunir a cientos o miles de personas en lugares públicos y reconocibles, frente al ojo de transeúntes, autoridades y fariseos profesionales.   

Tunick es un artista contemporáneo más conocido por el escándalo que por su propuesta creativa. Sus fotos son documentos muy valiosos acerca de la sociedad en que vivimos y la necesidad que tenemos de romper esquemas vinculados al consumo de la vergüenza. Una maratón de infomerciales en algún  canal de cable puede darnos la clave: los reductores de barriga o los moldeadores de nalgas o los pectorales perfectos sin grandes sufrimientos... son las más poderosas promesas del mercado. Nada vende tanto como el miedo al rechazo, el miedo a la desnudez, el miedo a la vejez, el miedo a ya no ser deseable ni atractivo.

Todos estamos desnudos debajo de nuestra ropa y debajo de nuestra desnudez sólo quedan nuestros pensamientos y secretos. El cuerpo se convirtió en algo sacrílego cuando llegó la moral a encubrirlo. La pornografía, el voyeurismo y demás parafilias no tienen su origen en el cuerpo desnudo, sino en el cuerpo cubierto; de eso que entre más mojigata sea la educación al respecto de la sexualidad, más linderos se exploran para llegar a lo prohibido. Una sociedad de violadores tiene su inicio en una sociedad de castrados. Una sociedad de pervertidos tiene su inicio en una educación que nos corrompe con la frustración de no ser esto, de no poseer lo otro, de no acumular aquello, de no llegar a...

Las fotografías de este artista norteamericano son un claro ejemplo de que somos impredecibles. Un día de tantos la persona cohibida decide empelotarse, un día de tantos la gente muestra lo que siente y piensa.



martes, 28 de octubre de 2014

LA COSA NOSTRA


“Si revolvemos el agua sucia nunca veremos hasta dónde queda  el fondo”, pensó Lao Tsé hace casi tres mil años.  Quienes leemos con atención los periódicos (que somos una minoría) estamos muy atentos al periodismo de la vergüenza.  Esa nota que resalta los abusos cometidos a plena luz del día por los sicarios políticos de nuestro país y su manga de achichincles. Ellos son la portada de los excesos y de la corrupción; son la mugre que circula hasta la superficie y  la suciedad visible de la muy patética realidad actual. Muchos de los señalados tendrán que vérselas tarde o temprano con la justicia por tres razones importantes: 1-No tienen el respaldo del pedigrí familiar  2- Serán sacrificados cuando sea necesario por ser piezas descartables 3- Tener dinero y poder temporal no es garantía de nada.

Guatemala tiene una mafia más antigua que la Cosa Nostra siciliana.

Lo curioso es que al leer noticias de las gavilladas que se hacen con fondos públicos y vínculos ilícitos estoy seguro que las reacciones están divididas: están quienes sienten asco, impotencia, rabia y deseo de salir corriendo del país; y están los que descubren en tales actos  de corrupción un modelo a seguir y un ejemplo de cómo hacer dinero… “los ricos ya están cabales, no tengo trabajo: ¿Para qué estudiar o esforzarme si los criminales son los que tienen las casas, los carros, el status? “- piensan.

 El antihéroe es una construcción literaria que nos muestra a un pícaro, transa, gandaya, chorcha como el arquetipo del que se sale con la suya jugando sucio.  Desde el Lazarillo de Tormes hasta los narcotraficantes que asolan Latinoamérica son los modelos realmente populares de las sociedades pobres, ¿para qué engañarnos? Pero en realidad antes de que ellos existieran, la corrupción ya estaba, así cuando los que actualmente son el centro de atención de los medios pasen a ser fugitivos o reos, vendrán otros y el agua shuca seguirá circulando.  Porque en el fondo oculto de  la poza está la mafia antigua y honorable: los que quitan y ponen; financian y entregan.     



miércoles, 22 de octubre de 2014

A LO LARGO DEL DÍA

Página dos: Destituyen a funcionario A, por estar vinculado en las redes B y C del crimen organizado. Uno, dos, tres cucharadas de azúcar en el café. Página 30: Empresa internacional contratará impulsadores, salario base Q10 mil. Cereal y leche, un pan sándwich con jamón…

7:30 a.m.: saco gris, corbata de polyester corinto… los alumnos entran al aula. Idioma Español, ¿por qué chingados la materia más aburrida es la primera del día? Después toca Literatura con los alumnos de bachillerato, odian a Los Nazarenos y yo también, examen con respuestas de selección múltiple. Dos períodos. Recreo.

Los maestros se quejan del director, es un usurero que acosa a las alumnas y que explota a los maestros. Pero la calle está dura –acota un compañero– es peor no tener trabajo muchá. El Resto de la jornada: Seminario con los de Quinto y dos clases más de Idioma.

2:00 p.m. en la cola. El carro comienza a calentarse, perforaciones en el radiador. Luces de emergencia. Atrás comienzan los bocinazos frenéticos, esto no es El Silencio de los Inocentes, es El Graznido de los Impotentes. Orillo el carro, dos mil pesos para dejar un vehículo decente. Cuatro asaltos en bus en un año convencen a cualquiera a usar cualquier cacharro. Llamo a Gilda que sale en media hora del kindergarden donde trabaja, le digo que voy atrasado. Hoy tenemos examen de Práctica Pedagógica.

Universidad: tercera taza de café, el maestro no llegó, lo que fue bueno. Salimos temprano, la invitaría a comer una hamburguesa, no tengo dinero. Letrero electrónico de Emetra: p e r s o n a a s e s i n a d a s i g a v í a s a l t e r n a s--- 7 : 4 7 p.m.

Me quedé en la casa de Gilda acompañándola a ver una telenovela mexicana de narcotraficantes junto a su hermanito y su mamá. Dicen que oran por mí, para que pase mi dolor por la muerte de mis papás, les agradezco y les digo que los extorsionistas no volvieron a llamar.

miércoles, 15 de octubre de 2014

MICROBÚS

Dignidad es darle nuestra capacidad de amar solamente a aquellos que nos corresponden. Lo demás son pequeños suicidios, afectos en los que derramamos estúpidamente toda nuestra vida.

Acaso la frustración más grande es intentar una y otra vez cambiar lo que somos con el único propósito de sentirnos dignos de los demás. Quizá porque pensamos que siendo como ellos toda esa tristeza acumulada irá disipándose.

Conducimos nuestra existencia como si manejáramos un microbús que en cada esquina sube a personas distintas y permite a otras bajar cuando han llegado a su destino. Algunos pasajeros llegarán con nosotros hasta el final del viaje así como otros serán parte del inventario de nuestro olvido.

El error no está en recordar, sino en repetir. Transformarse es ver por el retrovisor el camino y descubrir cuánto de lo que hemos sido y somos sigue acompañándonos. Hay un viejo refrán que dice: nunca debemos regresar por eso que dejamos tirado.

Lo paradójico de todo esto es que el deseo de cambiar es imposible, porque en realidad siempre estamos cambiando. Usamos tal palabra únicamente para sanarnos del tiempo y del pasado; para sanar hay que borrar dice un amigo. Si tal cosa demanda tanta voluntad y reflexión para nosotros como individuos, imagine amigo lector ¿Cuánto tiempo necesita para comprenderlo una sociedad tan golpeada como la nuestra?

Los molestos pasajeros que llevamos detrás son las insignias de nuestro miedo. Ese pasado herrumbroso que quiere dirigir todavía nuestro presente. No se debe cambiar Guatemala, se debe rehacer Guatemala. Pero el destino en este viaje es un imperativo que debe trazarse en el hoy mismo sin despegar la vista del retrovisor para ya no accidentarnos en los mismos errores. Construir la dignidad es la primera gran tarea: la justicia pendiente, la equidad pendiente, la humanidad pendiente. Sin tales cosas resueltas no existe el próximo paso, sólo ese interminable retroceso sobre el viejo camino del que tristemente ya sabemos demasiado.

miércoles, 8 de octubre de 2014

UNA COSA Y OTRA

Una cosa es vivir, otra cosa es merecer la vida. Una cosa es ser temido, otra cosa es ser amado. Una cosa es exigir derechos, otra cosa es pedir privilegios. Una cosa es tener consejeros, otra cosa es tener aduladores y chambelanes.

Una cosa es la ley, otra cosa es la justicia (al menos en Guatemala). Una cosa son los gritos, otra cosa son los argumentos. Una cosa es cultivar el victimismo, otra cosa es abrir surcos para el diálogo.
Una cosa es el oportunismo, otra cosa es la perseverancia. Una cosa es tener libertades, otra cosa es ser libre. Una cosa es chantajear, otra cosa es convencer. Una cosa es el pasado, otra cosa es el olvido. Una cosa es el partidismo, otra cosa es la política.

Una cosa es ser poderoso, otra cosa es ser productivo. Una cosa es ser respetado, otra cosa es ser respetable. Una cosa es cosa es ser el tuerto en el país de los ciegos y otra cosa es ser el ciego en el país de los tuertos.
Una cosa es quejarse, otra cosa es enfrentar. Una cosa es lo urgente, otra cosa es lo importante. Una cosa es hablar, otra cosa es decir. Una cosa es confrontar, otra cosa es revolucionar. Una cosa es tener dogmas, otra cosa es tener ideales. Una cosa es comprenderlo todo, otra cosa es perdonarlo todo (Hannah Arendt dixit).

Una cosa es la prisión, otra cosa es la cárcel. Una cosa es destruir, otra cosa es condenar. Una cosa es tolerar, otra cosa es permitir. Una cosa es educar, otra cosa es instruir. Una cosa es el pesimismo de la razón, otra cosa es el optimismo de la voluntad. Una cosa son los cambios, otra cosa son las variaciones.

Una cosa es abrir un camino, otra cosa es construirlo. Una cosa es el lamento, otra cosa es la opinión. Una cosa son las intenciones, otra cosa son las realidades.

miércoles, 1 de octubre de 2014

LA CULTURA, LAS ARMAS, LAS COSAS

Todo es un arma, como todo es cultura. Ambas cosas acompañan nuestros pasos y acompañaron los de nuestros antepasados. Elementos de agresión y defensa; implementados por la razón y por la fuerza. ¿Qué habrá sucedido primero: el dibujo del bisonte en alguna oscura caverna o la lanza con que lo cazaron? El diseño o el objeto como tal. Las armas y las letras que, en el discurso de Alonso Quijano en la segunda parte del Quijote, termina favoreciendo a las primeras.

Las armas se han usado, tanto para defender la cultura como para destruirla. Detrás de un poeta antiguo siempre existe el elogio a la guerra o al valor en el combate. La Biblia, la Ilíada, el Popol Vuh... entre muchas obras fundamentales de nuestra civilización son exaltaciones a las armas, a la destrucción y al renacimiento de una cultura. Quizá porque la lucha es más antigua que la poesía. Porque el miedo nace junto con nosotros.

Las armas primitivas son aquellas usadas para la aniquilación física. La parte semianimal es la que empuja a extinguir una vida para ocupar su territorio o tomar sus pertenencias. Cazar para alimentarse o entablar lucha para robarle a otros seres humanos. Conforme la civilización fue acumulando conocimiento y perfeccionando la escritura, surgió otra máquina de defensa y de destrucción: la Historia. A partir de ese intercambio las palabras comenzaron a ser armas capaces de seguir matando durante siglos a un mismo pueblo o a una misma persona.

Una frase del filósofo griego Epicteto dice: “No nos perturban las cosas sino las opiniones que de ellas tenemos”. Bajo esta premisa podría asegurar que todos hemos tenido —no necesariamente usado— un arma en las manos. Una piedra, un cuchillo, una pistola o cualquier otra cosa que pueda alejar nuestro miedo a ser agredidos. Quienes escribimos para un medio tenemos acaso la máquina de destrucción más poderosa en nuestras manos, la opinión pública. Pero un instrumento de agresión es algo inerte si quien lo resguarda no lo usa con una intención: la justicia, la cólera, la codicia, el orgullo...

martes, 23 de septiembre de 2014

EL MUSEO DE NUESTRAS DECISIONES



Nada me provoca más angustia que ir en marcha y ver el semáforo cambiar del verde al amarillo. La decisión me abruma ¿Freno...? ¿Sigo...? Detenerse puede ser lo correcto si es que la persona que  viene detrás, y en la misma carrera, lo entiende. Puede que frenar provoque un choque y puede que cruzar como una ráfaga también. El ejemplo es burdo pero creo que puede aplicarse para ilustrar esa complicada responsabilidad que es decidir. 

La libertad es responsabilidad. La responsabilidad es la capacidad de tomar de decisiones y asumirlas. 

La verdad es que ser libres nos hace más responsables y más serios. Ser lo opuesto es quedarse nadando de “muertito” mientras otros nos dirigen a nuestro utópico destino.

Somos un museo de decisiones. Conformistas o rebeldes. Revolucionarios o conservadores. Al fin de al cabo tenemos lo que merecemos. Por otro lado está nuestra capacidad de discernir. 

Mantener un discernimiento claro entre lo correcto y lo incorrecto es lo que llamamos integridad. Cuando la línea se borra nos vamos perdiendo, nos vamos justificando y victimizando hasta convertirnos en asesinos, ladrones, violadores... Algo que desgraciadamente sucede a nivel casi generalizado en nuestro país. 

El pensamiento conservador guatemalteco (de cualquier ideología o credo) se fundamenta precisamente en anular esa capacidad de diferenciar entre lo correcto y lo incorrecto; diluir la voluntad de reformas y destruir por completo la responsabilidad ciudadana de tomar decisiones.

Ante la demagogia y ante el pseudo-legalismo que abunda en nuestras instituciones fallidas, hace falta contraponer acciones para salir de la crisis. Enrique Tierno Galván (político español) decía que la política tenía que dejar de ser una discusión acerca de ideales, para convertirse en un tema de programas y de propuestas. En eso radica la cultura del compromiso. 

Ni el redentor ni el tirano. Tampoco la farsa electorera de banderitas y colores. Nada de eso convierte el presente caos en una democracia. Sin asumir responsabilidades compartidas la queja puede ser tan eterna como la corrupción que la genera.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

PELÍCULAS TRISTES

El título de esta columna lo tomé descaradamente de aquella maravillosa novela de Mark Lindsquit (Sad Movies), pero no voy a referirme a ésta. La verdad, quiero hablar de las películas tristes, esas que nos dejan calcadas imágenes o palabras de grave intensidad dramática en la memoria.

Mi amor por las películas viene de dos personas: mi madre, que desde niño gustaba de enseñarme acerca de grandes actores y de grandes películas norteamericanas, y de una tía que tuvo un breve paso por el cine mexicano en su época de oro.

Recuerdo las tardes del domingo cuando la televisión nacional –que aún no era un torpe desfile de telenovelas y de programas mediocres– hacía sus largas maratones de cine clásico. Recuerdo a Jack Lemmon, a Audrey Hepburn, a Bette Davis, a Cary Grant, a Marlon Brando y demás.

Con el tiempo me hice aficionado a las películas tristes y confieso mi masoquismo: soy de los que lloran. Me sucede con El ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), con todas las de Chaplin, con las películas que tratan acerca de boxeadores, con los magistrales dramas de guerra Pelotón (Oliver Stone 1986), Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, 1987) o con los grandes dramas urbanos como Los cuatrocientos golpes –acaso mi película favorita– (François Truffaut, 1959) y Los Olvidados (Luis Luis Buñuel, 1950).

Pienso en el drama y en la comedia de la vida. Eso que los ojos privilegiados del cineasta encuentran en cualquier suburbio o en cualquier fiesta de moda o en cualquier historia acerca de la “gente invisible”. Hará cinco años que participé en un filme de mi amigo Julio Hernández Cordón, en el cual compartí con Víctor Monterroso, el Chiquilín, una breve y cómica secuencia de la película. El día del estreno podíamos escuchar las carcajadas del público ante el ocurrente guion de Hernández.

Nadie iba a imaginarse que Monterroso aparecería muerto de forma por demás indigna y grotesca frente a la puerta de una casa y en una bolsa en el Relleno Sanitario. Ahora me temo que de volver a ver Las marimbas del infierno, no podría concluirla sin evadir esa insoportable tristeza.

(Con afecto para Pamela Guinea, Julio Hernández Cordón, Alejandra Gutierrez Valdizan y Blacko Gonzalez Arevalo)

martes, 2 de septiembre de 2014

ADEREZO DE SANGRE




Son las doce de la noche y no tengo sueño, entonces doy un rápido paseo por los canales de cable. Me detengo en el CNN gringo. Una ráfaga espesa de sueños horripilantes: Gaza-Israel, Ucrania-Rusia, Iraq-Estados Unidos, Siria... todo es un aderezo de sangre.

Los analistas de fondo se muestran opacos ante la posibilidad de salidas pacíficas a tales conflictos y, desde sus puntos de vista más o menos conservadores (que en los medios guatemaltecos serían vistos como opiniones de una izquierda marxista y atea –recuerden que hubo chapines que acusaron a ese canal de televisión de ser comunistas ¿!!¡¡? hace un año aproximadamente–), oponen sus filias y sus fobias ante esa brutalidad expuesta a través de sus imágenes.

Luego de este veloz panorama de atrocidades aparecen las imágenes de dos norteamericanos que superaron el virus del ébola luego de ser llevados a suelo estadounidense para su tratamiento. Dicha epidemia ha sido motivo de pánico apocalíptico y de profecía hollywoodense desde hace más de una década. Una suerte de maldición cercana al vudú y al holocausto zombi.

El miedo y el racismo fueron una reacción inmediata cuando el gobierno de Barack Obama decidiera traer a sus conciudadanos enfermos para hallar las posibilidades de aislamiento y de cura ante esta peste que va diezmando –tal como todas las guerras actuales juntas– a las sociedades más pobres entre las más pobres. Sucede que África no cuenta para nadie y pareciera que la enorme magnitud de su tragedia únicamente se hiciera visible cuando existe el temor de que toda su crudeza se salga de ese continente.

El esquema de cómo se da la noticia me deja pensando: ¿Qué tan lejos están realmente la muerte, la miseria y la barbarie? ¿Qué tan lejos está Latinoamérica de una guerra o de una epidemia tal como la plantean los vecinos del Norte? ¿Qué nos hace pensar que estamos en la orilla segura del planeta, cuando el narcotráfico, los estados fallidos, las dictaduras encubiertas y el sicariato económico están a la orden del día?

miércoles, 27 de agosto de 2014

QUE SE JODAN ELLOS POR IGNORANTES

Todos los seres humanos somos capaces de razonar. Nadie puede excluirse de esta regla, aunque la forma de articular opiniones-principios-acciones de tal o cual individuo sean por demás mezquinas. O como magistralmente lo expone Groucho Marx durante el episodio del juicio en la película Sopa de Pato: “Este hombre parece un idiota, habla como un idiota y se comporta como un idiota. No se dejen engañar: Es un idiota”.

Sin embargo, existe algo en el oficio de pensar. Tal cosa pareciera que es un privilegio elevado a un rango superior, algo dado. Aquí me permito otra cita cinematográfica: en la película el Mago de Oz existe un personaje, el Espantapájaros, el cual carece de la capacidad de razonar.
Al final de la cinta, el Mago premia la fidelidad de Espantapájaros otorgándole un título universitario, lo que de inmediato activa en el personaje la capacidad y la autoridad para discernir, y de esa manera quedar inscrito en ese rango difuso de “persona intelectual”.

Vemos a los intelectuales como aquellos seres que, sentados alrededor de una mesa, disertan con lujo de palabras rebuscadas acerca de un tema. Tema que inician con la muletilla: “Esto no es tan simple como parece”. Y, efectivamente, todo parece más complicado luego de escucharlos.

Dicen por ahí que un intelectual es quien hace que las cosas fáciles parezcan difíciles, mientras que un poeta es el que muestra fáciles las cosas más complicadas. Al fin sobrevive únicamente aquel que inspira a sus contemporáneos para que piensen libremente y no el que cerró su conocimiento a las masas incultas.

El derecho a pensar es algo que debe ser democrático y activo si queremos superar la noche que vivimos. En una sociedad que manipula el criterio a través de los prejuicios, la moralina y el retraso educativo, son los librepensadores quienes deben apuntarse la responsabilidad de cerrar la brecha entre expertos y desinformados. No vale replegarse a esa desgastada pose de “que se jodan ellos por ignorantes”.

miércoles, 20 de agosto de 2014

TRES PUNTOS SUSPENSIVOS DEL PRESENTE

Cuando no tengamos un bolsillo para cada cosa. Cuando no tiremos la piedra y escondamos la mano. Cuando no usemos el simulacro del “esto debería”. Cuando no generalicemos. Cuando no valgamos por nuestro pasado, sino por nuestro presente. Cuando no seamos un estorbo para nadie...

Cuando no vivamos acorralados por la rabia. Cuando no exista la página manchada de insultos. Cuando no desencadenemos la derrota. Cuando no regateemos a otros ni el talento ni el valor ni la felicidad. Cuando no provoquemos sin asumir compromisos. Cuando no veamos el fracaso histórico como una responsabilidad ajena...

Cuando no busquemos las fisuras ideológicas sino las interrogantes. Cuando no enfrentemos la injusticia con amargura sino con valor. Cuando no jodamos el talento de nuestros hijos. Cuando no enturbiemos el esfuerzo de nuestros padres. Cuando no seamos un signo sin significante. Cuando no abramos las represas del odio...
Cuando no inyectemos de prejuicios a las generaciones que vienen. Cuando no derribemos el árbol que no sembramos. Cuando no usemos en vano la palabra sacrificio. Cuando no le hablemos al “pueblo” sino al individuo. Cuando no metamos a todos en el mismo costal. Cuando no busquemos nuestro rostro en el espejo de otros. Cuando no sudemos calenturas ajenas. Cuando no seamos de los que predican y no se convierten. Cuando no tengamos solamente el principio básico de sobrevivir...

Cuando no pasemos sobre el esfuerzo de otro. Cuando no ensuciemos la calle que no hemos caminado. Cuando no digamos “sería usted tan fino de permitirme”. Cuando no seamos los que eligen sino los electos. Cuando no digamos lo que quieran oír sino esa verdad que no le gusta a nadie. Cuando no seamos predecibles. Cuando no seamos clones rumiando frente a las vitrinas. Cuando no vivamos la vida de otros...

Solo hasta entonces habremos concluido este muy triste episodio de nuestra historia.

miércoles, 13 de agosto de 2014

COMENZAR PRINCIPIOS, TERMINAR FINALES (LO QUE APRENDIMOS SOLOS)

Lo que aprendimos solos: las primeras líneas del libro de Movimiento Perpetuo de Augusto Monterroso –por citar un ejemplo– que encontré hace dos décadas en una feria de libros usados en la Universidad de San Carlos. Estudiaba publicidad; la literatura me gustaba, pero sin interesarme. Salí al Buger King de la Avenida Petapa y leí el libro en dos horas entre las papitas y el chocolate enfriándose. Nunca había escuchado de tal libro ni de tal escritor guatemalteco. Nadie me lo mencionó nunca, el destino.

Lo que aprendimos solos: que la moral no tiene nada en común con la ética. Que no todo religioso es hipócrita ni todo “liberal” tiene la mente abierta. Que existen conservadores de derecha y de izquierda. Que el racismo no es un defecto exclusivo de criollos y ladinos. Que el machismo se esparce entre hombres, mujeres y homosexuales con la misma densidad. Que tener una opinión propia significa escabullirse de las planillas de los demagogos. Que pensar significa actuar y no solamente calentar el asiento de frente a la luz de una pantalla de computadora.

Lo que aprendimos solos: que los niños no vienen con el pan bajo el brazo. Que ser padre es algo más que formar hogares integrados a partir de la mojigatería y el reparto de bienes. Que el amor se aprende tarde. Que hacer una familia es comenzar a descubrirnos ante el mundo, y es cuestionar todos los días los principios que nos suman o nos restan.

Lo que aprendimos solos: que el liderazgo competitivo es una falacia mientras no esté a la altura de nuestro compromiso humano. Que ser humanos no es actuar como máquinas de necesidades o deseos. Que los horizontes son lejanos, pero que siempre inquietan al inconforme para moverse del mismo sitio. Que la noche del egoísmo tarda en fracasar, y sin embargo fracasa.

Lo que aprendimos solos: que se necesita confiar, pensar, cuestionar, leer, conducir, aprender, sentir, continuar... que en Guatemala llegó el tiempo para iniciar nuevos principios y terminar viejos finales.

miércoles, 6 de agosto de 2014

DÉMOSLE

Démosle lo que quieren: cárceles llenas y ejecuciones sumarias para los delincuentes pobres (no para los protegidos, por supuesto). Démosle lo que quieren: tasas descontroladas de interés para que la clase media (la más consumista) pueda abonar su salario íntegro en sus respectivas tarjetas de crédito. Démosle lo que quieren: ríos secos, tierras áridas y espléndidas mordidas para los alcaldes más corruptos.

Démosle lo que quieren: armas militares en manos de civiles que no tienen entrenamiento para que cualquier ciudadano decente le “roquetee” la cara a cualquier caco motorista. Démosle lo que quieren: cuatro años de secuestro político que termine en una invasión como la que tuvo Panamá para sacar al capo Manuel Antonio Noriega.

Démosle lo que quieren: colegios caros y mediocres para gente pobre, donde los niños inicien el largo periplo de convertirse en desempleados. Démosle lo que quieren: medicina sobrevalorada y vencida para los centros hospitalarios, dado que a los laboratorios y a los funcionarios de salud no hay pisto que les alcance.

Démosle lo que quieren: una izquierda de discurso bonito, pero vacía de proyectos claros. Démosle lo que quieren: fertilizantes y fertilizantes y fertilizantes. Démosle lo que quieren: antimotines prestos a la acción cuando se trata de sacar a los que no tienen nada o a esos estudiantes “mareritos” que andan haciendo revueltas en el Centro.

Démosle lo que quieren: migrantes por montones que envíen sus remesas a través de un sistema bancario que no les puede brindar el más mínimo apoyo legal para que sean tratados con algo de dignidad.

Démosle lo que quieren: más violencia, para que existan más empresas de seguridad (el único negocio exitoso que nadie celebra en Guatemala, amén de sus dueños). Démosle lo que quieren: un seguro social que tarda seis meses para autorizar una cita. Démosle lo que quieren: ese poquito de ignorancia, ese poquito de miseria, ese poquito de conformismo y ese poquito de cobardía que hace inmensamente prósperos a los que ya sabemos.

miércoles, 30 de julio de 2014

LA FAMILIA ES LA BASE DE NUESTRA SOCIEDAD (REPITA 75 VECES)

Mi libro de texto para Estudios Sociales iniciaba así: ¿Qué es la familia?: “Es un grupo de personas formado por una pareja que convive y tiene un proyecto de vida en común, sus hijos. La familia es la base de nuestra sociedad...”. Mi maestra de sexto primaria pasaba de fila en fila revisando que estuviésemos leyendo. Recuerdo que ese día me descubrió haciendo dibujos en los bordes de la página y me hizo repetir setenta y cinco veces el mismo párrafo. De eso que me sé de memoria la página 12 del bendito texto.

Algo no encajaba en mi cabeza, ¿una pareja? Yo solo tenía a mi mamá; ella trabajaba todo el día y no existía nada más para mí. En la escuela me mentían. Revisaba el libro y no decía absolutamente de los niños que sólo tenían a uno de sus padres. O de mis amigos de la cuadra que crecían con sus abuelos porque sus papás se habían ido de inmigrantes a Estados Unidos y les enviaban ropa, juguetes, dólares y fotografías de sus viajes por Nueva York. Tampoco mencionaban a la hermana de Mike que no tuvo fiesta de quince años porque ya se le notaba la barriga del embarazo.

Los adultos siempre decían: “Los hijos son el fruto del amor entre un hombre y una mujer”. Pero cuando llegaba el sábado temprano a traer a uno de mis vecinos para ir a jugar fut, siempre abría la puerta un rostro de pocos amigos y aliento aguardentoso que se limitaba a pegar un grito hacia el pasillo: “Rony por la gran... te busca el Seco”, luego se iba farfullando lamentos y maldiciones contra sus hijos y contra mí. Entonces, pensaba: La familia es la Base de nuestra Sociedad.

Acaso lo que me confundía era eso del amor. Durante mi vida he visto muy pocos casos de familias que hayan decidido ser padres. Planificaron al primer chico, pero se coló el segundo y luego el tercero. Mi libro de Estudios Sociales de sexto no mencionaba ni a las parejas que discuten todo el tiempo ni mencionaba los onerosos divorcios o a los padres fugados que dejan a las mujeres toda la responsabilidad de sacar adelante a sus familias.

miércoles, 23 de julio de 2014

LAS FLORES DEL CORAJE (A ROBERTO CABRERA 1939-2014)

Afuera hay un mundo enorme. Muchos días uno ni siquiera quiere levantarse ni ver por la ventana ni contestar llamadas... únicamente cerrar las cortinas, dormir todo el día y despertar con el libro que nos abraza. A veces ese mundo es un dragón que nos arroja fuego y es necesario acudir a nuestros refugios y a nuestras trincheras emocionales para no quedar reducido a cenizas.

No tenemos ventaja. La habitación puede volvernos locos. Porque adentro también tenemos un mundo tan cruel como el de afuera. El miedo de ser un David y contener a un Goliat. Entonces corremos de nosotros mismos. Tratamos de enfrentarnos a esos dos monstruos enormes. Gigantesco el poder de nuestro miedo y gigantesco el peligro de ser aniquilado por el miedo de los demás.

No se puede enseñar el valor. Únicamente puede imitarse de otros. Tarde o temprano se hace necesario cruzar por el callejón oscuro. Tarde o temprano pasamos el tramo completamente solos. Pero son los “solos” aquellos a quienes podemos llamar nuestros maestros en el coraje. A nuestro alrededor existen miradas limpias: vamos a hallarlas. Porque en los ojos de los cobardes y de los corruptos no queda más brillo. Sus manos sudan, su mediocridad está alzada detrás de sus pequeños puestos, de sus pequeños reductos de aduladores, de sus proclamas hipócritas. Pero siempre caen y caen y caen hasta el fondo de sus propias muertes.

El infierno son los otros –dice Jean Paul Sartre. Yo no creo en la amargura; en medio de todo, el amor también florece; según el Popol Vuh, en el infierno también hay flores.

Las flores del coraje son las que nos estremecen. ¿Cuáles son tales flores?: son aquellas acciones que motivan reacciones. Son los motivos que brotan de la tristeza y del hastío.

Somos libres de salir o de quedarnos en la habitación... si nos decidimos por salir y enfrentar la vida con todos sus errores, dolor y belleza, sabremos que son los valientes los únicos que nunca están completamente solos.

martes, 15 de julio de 2014

LA VORACIDAD DE LAS POLILLAS



Del año 2005 al año 2006 mantuve un espacio en la revista Magazin, dedicado a reseñar libros nacionales. Ejercicio que me facilitó entrar en contacto con todo el movimiento literario del país.

Siempre busqué lo más fresco, lo reciente. Así fue que miles de páginas de obras chapinas pasaron por mis ojos.

Hacer reseñas literarias es como armar una antología secreta. La memoria va tomando y descartando aquello que posea corto o largo aliento. Uno se hace de amigos y de detractores; más encarnizados son los amigos que pasaron a ser enemigos acaso porque esperaban que el comercio del afecto tuviera que ver con la exaltación de su obra. Sigo creyendo firmemente que la crítica siempre es un elogio y que el olvido o el silencio es la única manifestación de inconformidad ante un producto creativo.

Mi querido amigo, Philipe Huzinker de librería Sophos, por esos días me enviaba todo tipo de novedades. Las leía con avidez dos libros por semana. Así fue que me entretuve entre novelas, ensayos, libros de motivación, interesantes libros infantiles y juveniles, textos de sociología e historia. Esta fue mi época random como amante de lo lectura. Desde Haruki Murakami hasta -¿por qué no mencionarlo?- Paulo Coelho, desde Harry Potter hasta hasta Noam Chomsky.

Pero fue en mi adolescencia cuando tuve mi primer acercamiento extremo a la lectura. Eran años duros para mi familia, así que tuve que conseguir trabajo. Tenía quince años y pasé de una labor a otra, todas mal pagadas y frustrantes, hasta que tuve la oportunidad de mi vida. Un hombre valioso, René Pérez, me ofreció trabajo en el Comité Prociegos y Sordomudos donde existía (no sé si todavía existe) un Departamento llamado “Libro Hablado”. Hermoso. Yo era locutor y cada día aumentábamos una biblioteca de audiolibros que yo leía dentro de un estudio de grabación para hacerlos accesibles a la población universitaria no vidente.

Gracias a todas estas experiencias y oportunidades soy un devorador de libros, uno más voraz que ejército de polillas. No hay privilegio ni placer más grande. 

martes, 24 de junio de 2014

LA GUÍA TELEFÓNICA Y LA BIBLIA



Hace unos días un amigo me compartía sus ideas para estimular la lectura en Guatemala.  Lo interrumpí de manera tajante y le pregunté: ¿Cuántos libros creés que necesitamos los guatemaltecos para entender nuestro país? Me escuchó, se quedó analizando y de inmediato improvisamos una lista de referencias; enumeramos los autores y los títulos que consideramos imprescindibles, pero a lo largo de la tarde fuimos añadiéndole más títulos a lo que terminó siendo una biblioteca básica acerca de nuestra historia, nuestra literatura y nuestra compleja sociedad. 

Me recuerdo que alguien muy querido siempre me decía: “En la casa de los guatemaltecos sólo hay dos libros: la guía telefónica y La Biblia.”. La frase me hizo gracia hasta que me di cuenta de la tragedia que encerraba. Somos un país cerrado a la lectura, algo tan malo como un país que opta por quemar sus propios libros. Una sociedad que comienza quemando libros, termina quemando personas. Una sociedad que comienza ignorando sus libros, termina ignorando su presente, su pasado y su futuro. 

Definitivamente existen textos que debemos conocer, sea cual sea nuestra ideología, devoción o escolaridad. Excluir, por ejemplo, el Popol Vuh a cambio de imponer manuales moralistas o religiosos a los niños, me parece nauseabundo. No digamos anular de manera simplista esa enumeración de autores que inicia con los primeros cronistas y que puede llegar hasta el día de hoy, haciendo la respectiva lectura de Enrique Gómez Carrillo, Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias y Augusto Monterroso.

Para la segunda década del Siglo XXI la lectura de los nuestros ya no es imposible. En el Internet existe desde hace varios años una página http://www.literaturaguatemalteca.org/  
acaso el archivo más respetable de autores guatemaltecos que hay, creada y cuidada por Juan Carlos Escobedo. 

Editorial Cultura, F&G Editores, Magnaterra, Artemis Edinter y Editorial Piedra Santa también se han dado a la tarea de publicar obras de todas las épocas de forma consistente y heroica. No digamos a quienes apuestan por escritores mucho más recientes: Catafixia Editorial, Letra Negra, Metáfora, Vueltegato, Alas de barrilete, Editorial / X, Palo de Hormigo... entre otras.

miércoles, 18 de junio de 2014

EL ESPLENDOR DE LOS ACTOS PEQUEÑOS

Recoger el envase plástico que alguien dejó tirado sobre un arriate. Detenerse para darle paso a la señora que, muerta de nervios, atravesó su carro a mitad de la calzada. Hacer un largo silencio mientras nuestro hijo nos cuenta acerca del niño de su clase que expulsaron por hacer bullying. Comprar el libro del joven poeta que recién acaba de sacar un libro y no pedir que nos lo regale. Buscar una película guatemalteca en cartelera para engrosar su taquilla.

Dejar de ver con envidia el jardín del vecino. Hacer un cumplido a la compañera o al compañero de nuestra vida. Preparar una taza de café y ser el que sirve, no el servido. Apagar nuestro celular mientras cenamos con la familia. Hacernos el propósito de llegar cinco minutos antes a cualquier cita. Ceder el asiento en el autobús sin que alguien nos presione para hacerlo. Ser cada día más ayuda y menos estorbo.

Ceder la cola a un anciano o a cualquier persona que no tenga condiciones físicas para soportar tal tormento. Permitir que otro pueda brillar sin pedirle que nos dé algún crédito. Tratar de mantener la cabeza despejada un par de horas cada día. Empaparnos con la lluvia prestando nuestro paraguas a quien nos acompañe.
Dejar la militancia de amarguras que ronda cada conversación. Ser considerado con quienes hacen el esfuerzo por cambiar las cosas y ser drásticos con los corruptos e ineptos. Tratar de formar nuestra opinión y no simplemente reforzarla con la demagogia de la mayoría. Encender el cerebro antes de agraviar o de aplaudir.
Darnos valor con ejemplos y con acciones propias. Razonar con base en la justicia y no en la venganza. Ir por el camino correcto aunque sea el más difícil y solitario...

Porque la estupidez, la mediocridad, la corrupción, la impunidad, el egoísmo, la desfachatez, el populismo, la superficialidad, la prepotencia, el crimen y el nepotismo no descansan en Guatemala. Porque es el esplendor de los actos sencillos lo que puede hacer girar los engranajes de un verdadero cambio. Porque no se puede cambiar un sistema obsoleto a través de nuestro conformismo e indiferencia.

miércoles, 11 de junio de 2014

CARA DE ÁNGEL (MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS, LOS ASESORES DE GOBIERNO Y LA MALDAD PURA )



Hace cuatro años, el escritor peruano Salvador Luis Raggio me pidió un relato para La banda de los corazones sucios, libro que reuniría a autores de México, Argentina, España, Bolivia, Uruguay, Perú y Guatemala alrededor de un tema: La maldad en su estado puro.

Luego de darle vueltas y vueltas al tema, pensé que hablar de “la maldad” era muy complicado.

Los lugares comunes siempre nos llevan al asesino y a la víctima; a la risa magnetofónica del supervillano o al enfermo yonqui de sangre y depravación... algo más que superado por las noticias que engordan las páginas de los diarios guatemaltecos. Así que fui en busca de algo que representara muy bien nuestros males pasados y presentes: los asesores de estrategia política.

Regresé a mi destartalada edición de El Señor Presidente que leí en bachillerato. Su letra pequeña y en papel periódico me acompañó durante dos meses. Repasé el libro una y otra vez, pero no fue el Señor Presidente quien me cautivó, sino su hombre de confianza: Miguel Cara de Ángel. Operador tras bambalinas y hábil manipulador, su personalidad fue la base para el relato que luego enviaría a mi querido antologador. El color exacto de la mandarina.


Mi cuento de diez páginas fue el resultado de una lectura voraz de la novela de Miguel Ángel Asturias que a la quinta lectura, comenzó a palidecer ante mis ojos; se hizo gradualmente ingenua ante la realidad latinoamericana llena de caras de ángel por doquier.

Mi relato se da en el presente y su personaje es un sofisticado Ph.D graduado en una reconocida universidad estadounidense que vuelve a Guatemala para incorporarse a las filas de un gobierno populista, con la consigna de fraguar un golpe de Estado desde adentro y así entronizar a la oposición política criolla.



De no ser por este cuento, jamás habría entrado en el universo asturiano. Su lenguaje y sus personajes se hacen vivos, pero sobrepuestos en un tiempo donde lo único que ha cambiado son los letreros y los vendedores informales de telefonía celular que sobreabundan en el Portal del Señor.

miércoles, 4 de junio de 2014

LOS POBRES DE LOS PAÍSES POBRES

Dentro de nuestra “conciencia progresista” señalamos las aberraciones de un sistema que imaginamos como aquel castillo de Kafka: cruel, remoto e impenitente. Viejos motivos de conversación que saturan de likes, comentarios y acosos las redes sociales. Murmullos que no son más que ingredientes verbales en un diálogo de sordos.

Por lo visto, el muy transitado camino de la opinión fácil cada vez gana más adeptos. Los ataques selectivos a determinados temas o personajes, bombardeados a través de una mal disimulada maquinaria de propaganda que confía ciegamente en la amnesia proverbial de los guatemaltecos –o en nuestro analfabetismo histórico– para enviar al olvido que hace cuatro, ocho, doce o dieciséis años estos adalides de la crítica se valieron de su influencia mediática para atajar el camino a los malvados de turno. Consumimos una oposición enlatada. Consumimos indignación enlatada. Consumimos temas de sobremesa. Consumimos versiones incompletas de la realidad. Consumimos conciencia.

Ese castillo que vemos tan lejano y que creemos el poder absoluto, no es más que una fachada. Las grandes aberraciones del sistema están en nosotros mismos. ¿Acaso creemos que nuestro conformismo no tiene consecuencias? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a dejar de consumir objetos de oro (o que contengan oro) como oposición radical contra la minería? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a ser coherentes con nuestras opiniones y dejar de consumir productos fabricados o cosechados por trabajadores en condiciones de semiesclavitud?

¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a no consumir drogas para evitar que cientos de personas mueran cada día por esta guerra-negocio? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a reducir nuestro consumo de luz, agua o de cualquier producto que atente contra el desarrollo sostenible? ¿Cuántos de nosotros estamos realmente con los pobres de los países pobres? Creo que en muy pocos casos nuestra “conciencia progresista” supera el oportunismo dogmático y panfletario antes referido. Resulta imposible desapegarnos de nuestra forma de vida. Nuestra crítica siempre va a lo mismo: sacudir altares sin botar a los santos.

miércoles, 28 de mayo de 2014

CASA TOMADA (ACERCA DEL PODER EN GUATEMALA II)



Julio Cortázar en la lente de mi querido y admirado Daniel Mordzinski





Uno de los cuentos más impresionantes que he leído en mi vida es Casa Tomada del escritor argentino Julio Cortázar. En dos o tres páginas el relato suspende al lector en un punto entre la realidad y el sueño. El eje de la historia es la presencia de “algo” que va tomando habitación por habitación una vieja casona donde únicamente sobreviven los dos últimos herederos de una familia de alcurnia. Ambos, hermano y hermana, tienen que desplazarse de un lugar a otro, mientras la extraña presencia va tomando todos los espacios hasta que logra expulsarlos de su propio hogar.

Son innumerables las veces que he leído este cuento. Y en todas ellas permanezco en la zozobra: ¿Quién es la presencia, el invasor, el extraño que abarca todo en la casa? Los personajes no lo mencionan. Simplemente advierten que a cada minuto una parte del lugar se va perdiendo, que se hace necesario cerrar un salón, un cuarto, una sala de estar... la presencia que amenaza sus vidas es algo sin forma y sin nombre. Algo incomprensible y peligroso.

Rastreando videos de escritores que admiro, hallé una entrevista con Julio Cortázar que le hizo en 1976 el programa A fondo de Televisión Española. En tal entrevista (disponible en líneahttp://www.rtve.es/alacarta/videos/a-fondo/entrevista-julio-cortazar-pro...) el autor confiesa que tal relato fue motivado por cuestiones políticas. Atribuye que ese ser indescriptible posee una relación directa con la avanzada del partido peronista en su momento.

Una sombra disforme imposible de comprender, pero que viene apropiándose de todo, una suerte de Minotauro al que se le atribuye una existencia, pero al que nunca hallamos de frente. Esta es acaso la lectura más escalofriante que conozco relacionada con el poder: El poder más corrupto y cruel es el que se ejerce desde lo invisible, no desde el atrio. El poder más enfermo es el que nunca asoma, pero nos asfixia segundo a segundo. El poder real es aquel que sobrevive a las revoluciones, a las dictaduras y a las democracias.

Valga esta reflexión para entender a la sociedad en la que vivimos. Guatemala es una casa tomada. Un laberinto. Un infierno verde. Un espacio del que cada minuto vamos perdiendo algo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

PODER

Poder tiene la valla panorámica que tengo enfrente y que anuncia “La emoción del Mundial”. Poder tiene la porra del equipo de futbol y poder tiene el dueño del mismo. Poder tiene el que decide cuál será el titular de portada en los diarios locales. Poder tiene quien esconde la información y poder tiene quien la exagera.

Poder tiene el propietario del único chorro de agua y poder tiene el que se la distribuye. Poder tiene el dueño de la cárcel, aunque también esté preso. Poder tiene el que defiende, tanto como el que ataca. Poder tiene el que desde una tribuna señala el camino del perdón a sus ovejas y poder tiene quien maneja sus finanzas en bancos extranjeros. Poder tiene el que compra helicópteros para prestárselos a quienes muy pronto llegarán al poder.

Poder tiene el narcotraficante y poder tiene el que lo persigue. Poder tiene la pistola cuarenta y cinco que reposa en la cintura. Poder tiene el motorista que abre paso a las camionetas blindadas en medio de una cola insoportable. Poder tiene el terrorista que envía papelitos a través de estudiantes uniformadas pidiendo la cuota de extorsión en una tienda.

Poder tiene la empleada de banco que facilita a rateros el monto cobrado por algún cuentahabiente y poder tiene el dueño del banco que no permite que su marca salga mencionada en la noticia. Poder tiene el chofer de bus que mata a diez pasajeros en un choque y se da a la fuga. Poder tiene el policía que negocia las mordidas para sus jefes. Poder tienen los hijos, los hermanos y los sobrinos de los altos funcionarios.

Pero el poder también lo tiene el que moviliza a diez, a cien, a mil, a un millón para exigir justicia; el que no se deja vencer por la parálisis generalizada; el que no se corrompe; el que acepta que el pesimismo es un asunto de la razón, pero que la acción es un riesgo de la voluntad.