miércoles, 18 de diciembre de 2013

PARA PEPA

Viajando con Charley fue la última novela del Premio Nobel de Literatura 1962, John Steinbeck. Los relatos de Steinbeck tienen algo imposible de definir, son una experiencia reservada para quienes los leen y no para quienes buscan “historias entretenidas”. Pero en el caso del libro mencionado, se trata de un diario de viaje, donde dos amigos –el primero, el consagrado escritor estadounidense; el segundo, su perro Charley– recorren Estados Unidos.

Compañeros viajan entre el silencio y la complicidad. Él conduciendo su camioneta (que bautizó como Rocinante) mientras conversa con su colochito Poodle. Durante el trayecto van conociendo gente sencilla, campesinos desposeídos y lugareños que ni se enteran de que dan asilo a uno de los novelistas más celebres del mundo. Leí esta maravillosa historia cuando tenía ocho años, el libro lo extravié y no volví a conseguirlo; únicamente recuerdo su intensidad y su belleza.

Lo tuve muy en cuenta cuando en el mes de mayo perdimos a nuestra perra Pepa. Una pequeña salchicha que creció en nuestra familia junto a mi hijo. Envejeció como se marchitan los seres vivos. Al morir la enterramos en el jardín y sembramos sobre ella un rosal. Su partida nos dolió mucho y como bien dice Steinbeck, el amor es algo que no es exclusivo para los humanos.

Sin embargo tomamos la decisión de adoptar una mascota. Una perrita que encontraron muy lastimada dentro de una caja y que fue rescatada por una valiosa ciudadana dueña de un albergue donde busca familias que quieran adoptar perros sin hogar. Poco antes del mes de diciembre Valentina –así se llama la chuchita– tuvo media docena de cachorros. Mientras escribo estas líneas puedo ver como mi hijo juega con uno de ellos.

Estas palabras van dedicadas a la humildad y al amor que nos regalan nuestros perros. También a los generosos seres humanos que los rescatan del sufrimiento para llenar la soledad de otras personas. Estas palabras van para nuestra querida perrita que descansa debajo de un rosal en la esquina de este jardín.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

LA RESPUESTA DE NELSON

Calcular el odio, explotar y dividir… Esas prácticas constantes en nuestra Historia. Víctimas y victimarios, íntegros y corruptos… Ese caudaloso río que termina reduciéndose a unas cuantas páginas de un libro escolar de estudios sociales. Eso tan torrencial que concluye en la anécdota de rápida explicación didáctica, donde los detalles más dolorosos son observados con una distante resignación congelada.

En mi columna de la semana pasada reflexionaba acerca de ese espacio de nadie que es la admiración colectiva. ¿Por qué no existe un guatemalteco destacado que no tenga detractores y que no levante dos o más bandos de admiración o descalificación? Bueno, creo que la respuesta a mi pregunta vino con el suceso más relevante de los últimos días: la muerte de Nelson Mandela.
Ocupado viendo las reseñas por todas partes. Los documentales que hasta los medios de comunicación más mediocres usan como apología a la enorme personalidad del líder sudafricano. Muestras de admiración que dan la esperanza de que nos adentramos en una nueva etapa del pensamiento político. Un tiempo que le corresponde a seres humanos como Nelson Mandela, símbolos de dignidad y de coherencia. Un nuevo tiempo donde los caudillismos son algo tan repugnante y tan caduco como la peste negra.

Organizar el resentimiento es mucho más fácil que abrirle paso a la conciliación. La venganza siempre es un tropiezo para la justicia. El odio no paga el odio. Ni el dolor es algo que pueda ser canjeado por el dolor de otros. Hace poco más de una década quedó un siglo marcado por el radicalismo. Los residuos están a la vista: los vetustos andamiajes del comunismo, la vergüenza de los genocidios en Europa, Asia, África y Latinoamérica, las sociedades con “democracias” separatistas o la herencia del más corrupto capitalismo son el lastre que heredamos.

Pienso que la respuesta al Siglo XX fue Nelson Mandela. La dignidad es ver hacia atrás y entender que toda tragedia es inútil sino construye un nuevo y mejor camino.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

LAS CARAS DE LOS QUETZALES

El cajero automático me escupe tres billetes de cien quetzales. Desde el planito documento café (tan apreciado en días de ayuno y de crisis), me observa de reojo un señor de pelo blanco y de rostro triangular que tiene escrito al pie: obispo y licenciado Francisco Marroquín, Defensor de los Indígenas y Creador del Colegio Mayor... al reverso se muestra una vista de la primera sede que tuvo la universidad de San Carlos en Antigua Guatemala.

Nunca desde niño me había detenido a pensar en los billetes. Los rostros graves y mal dibujados que representan el emblema más importante de nuestra economía: el quetzal.
Como un absoluto ignoramus en los temas relacionados a la historia de nuestra moneda, me detengo a pensar dos cosas: la primera, ¿quién eligió a los personajes que llevan ese extraño privilegio de pasar de mano en mano calcados en nuestro billetes? La segunda, si ahora mismo —a la luz de una Historia Nacional digamos que menos manipulada— hiciéramos un concilio para escoger a quiénes merecen el alto honor de representarnos, ¿qué sucedería?

Estoy seguro de que muchos de los rostros incluidos desaparecerían. Pero también se abriría un pasillo de gritos acerca de quiénes son los que merecen el título de “Notables” en ese devenir de acontecimientos que llamamos patria.

Atanasio Tzul, Manuel Tot, Rigoberta Menchú, dirían unos. Pedro de Álvarado, Rafael Carrera, Jorge Ubico, Carlos Castillo Armas, dirían otros. Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz, Guillermo Toriello, gritarían desde la esquina izquierda. Y miles de chapines feisbuqueros propondrían a Ricardo Arjona sin parpadear siquiera. También estoy seguro de que un bloque de bienintencionados gestores de la cultura propondrían a Miguel Ángel Asturias a Carlos Mérida o a Rodolfo Galeotti Torres para que fueran incluidos en cualquier denominación.

El debate arrastraría su polémica a una guerra de opiniones de final incierto. ¿Quiénes son los símbolos que nos reúnen?, ¿Cuántas historias oficiales caben en un país pequeño? ¿Existirá un guatemalteco que no sea objeto de alabanza y de repudio en el mismo grado? ¿Existirá un guatemalteco de quien realmente todos nos sintamos orgullosos?

miércoles, 27 de noviembre de 2013

TURISTAS DE LA REALIDAD

“Cuando el dedo apunta al cielo solo el tonto mira el dedo”, dice el proverbio árabe. Sabiduría antigua que a través de una metáfora simple abarca un problema milenario: Las conclusiones apresuradas que son el origen de todos los males. Perfecto para todos aquellos francotiradores de opiniones acerca de cosas que apenas leen, que apenas ven o que apenas conocen. Todos aquellos a quienes podemos llamar: Turistas de la Realidad.

Un Turista de la Realidad no piensa, solo dice expresar lo que siente. Va y viene señalando cualquier renglón torcido que pueda cuestionar sus valores. Escarba su ego desde lo más profundo del anonimato para dejar sus opiniones ofuscadas en comentarios en prensa. Subordina su amor y su odio al terreno ideológico, deportivo, religioso, creativo o académico como una manera tribal de mantenerse protegido. Usa la moral como taparrabos para su vergüenza. Levanta la mano en todas y cada una de las reuniones a las que asiste, para convencer a los demás de que es una persona convencida. Se mira en el espejo para analizar cómo lo ven otros y no cómo se ve a sí mismo.

Un Turista de la Realidad critica el vaso medio vacío, pero se siente muy importante para llenarlo. Siempre vuelve una y otra vez con los mismos argumentos envejecidos sin darse cuenta que no logra hacerse convencer. Cree que es indigno contradecirse o cambiar de opinión. Escribe mal, lee apenas y piensa menos. No discute ideas, solo puede comentar sucesos y juzgar personas.

Un Turista de la Realidad solo encuentra blancos para su inseguridad. Teme a la soledad del disidente. Corre tras las ideas de otros, tal como lo hacen las gallinas tras los granos de maíz. Nunca construye algún sendero, va siempre en carreteras a ninguna parte. Su memoria es la del paseante que nunca se bajó del tour guiado que fue su vida. Y se muere... como mueren las palabras sin importancia.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

LOS JEFES

Recién dejaba la adolescencia y laboraba como mensajero en la biblioteca del Seguro Social. No tenía dinero para comprarme libros, pero tenía el privilegio de prestar con mi carné lo que yo quisiera... así llegó a mis manos el libro El Muro de Jean Paul Sartre.

Todas las historias contenidas en este libro de Sartre me asombraron, pero una se hizo fundamental: La infancia de un Jefe. El personaje, Lucien Fleurier, es el hijo del dueño de una fábrica; su padre le dicta la terrible sentencia: Llegaste al mundo para ser jefe ¿Sabes lo que significa ser jefe?... El libro trata acerca de cómo Lucien busca dar una respuesta a la pregunta hecha por su padre.


Ahora más que nunca me vienen a la mente las controvertidas reflexiones de los personajes de Sartre. Llegar a ser Jefe significa obedecer a un jefe y ser ese jefe significa estar debajo de otro jefe... todo en una cadena interminable. Ni los mandatarios más poderosos son jefes y dueños de lo que gobiernan. Los altos ejecutivos de las compañías no son más que peones dentro de una escala de jerarquías inimaginables

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Así funcionamos en la colmena del estatus, subiendo peldaño a peldaño una escalera interminable. Recuerdo que devolví este libro lleno de anotaciones al lápiz. Yo posiblemente me sentía como el último de una fila muy grande, sin saber que detrás de mí existían millones y millones.


La fuerza de gravedad que nos hace poner los pies sobre la tierra, es la misma que nos obliga a enfrentarnos tarde o temprano a tal realidad. Pedir un trabajo. Encontrarse o con jefecitos o con jefazos o con uno que otro pobre neurótico que únicamente pide ser llamado licenciado… doctor... Conocer al que no sabe nada y echa a perder todo o apoyar a aquel que admiramos y del que nos sentimos orgullosos.


Así es apreciado lector: no existen los jefes que pasen por nuestras vidas sin dejarnos, para bien o para mal, sus huellas en nuestros actos. De todos y de cada uno se aprende o la virtud o el engaño

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA BANALIDAD DEL MAL

“Comprender no significa perdonar”. La frase es de Hannah Arendt dirigiendo su mirada a una audiencia que estaba apunto de abuchearla. El motivo: la publicación de un extenso artículo en la revista The New Yorker en el que da su apreciación acerca del juicio y ejecución del Teniente Coronel de las SS Adolf Eichmann en Jerusalem.

Arendt no está convencida de que el oficial nazi tenga plena consciencia de los hechos que le imputan y plantea que el militar no era más que un burócrata cumpliendo órdenes, un lacayo al que la necesidad de trepar dentro de la política le había quitado lo más importante que posee un ser humano: su capacidad de razonar y decidir. La filósofa alemana de ascendencia judía deja caer una frase contundente: Los peores males de la humanidad han sido cometidos por don nadies.

Hannah Arendt, la más reciente película de la directora alemana Margarethe von Trotta, es un poema a la coherencia y la dignidad intelectual. Los amargos días que le toca vivir a una controvertida pensadora que no se deja obnubilar por los banales juicios de aquellos convencidos de que muerto el perro se acaba la rabia. Ni los chantajes de los periodistas ni el alejamiento de sus amigos ni la marginalidad académica lograron hacerla desistir. Este magistral largometraje nos propone la claridad del pensamiento y la honestidad ante una época de coacciones e incoherencias.

La Banalidad del Mal (el artículo de Arendt) que expone que la maldad no es un episodio, sino una constante. Que aquellos que encarnan la maldad absoluta son títeres de sociedades que los encumbran. Que todo lo que permanece luego de “la caída del ídolo” es en realidad el origen de cada ciclo de destrucción. Que darle un valor simbólico a la justicia, no sirve de nada, si debajo permanece aquello que la genera. Una película que merece ser exhibida y discutida en Guatemala. Especialmente dedicada a todos los “convencidos” que tienen el lujo de ser únicamente espectadores del dolor y de la barbarie.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

TODOS LOS MISMOS

A todos los conozco. Los veo cada día en esta avenida, en la esquina esta, en el parque aquel o en el centro comercial... No lo había notado, pero son los mismos. Hablan de la misma manera, su ropa es idéntica y actúan sin matices: marcan un teléfono o entran en un parqueo o despliegan la catsup sobre sus papas fritas.
La música que escucho también es la misma. Hay altoparlantes en cada cuadra, suenan tan alto que parece que van a quebrar las vitrinas. Pero se oye la misma canción. Un pequeño cambio en la tonada, aunque en realidad sea algo que pueda repetirse una y otra vez. Todos tararean. Todos felices.

Detrás de los cristales de las tiendas todo se repite. Los mismos aparatos para el hogar. La misma chatarra tecnológica. Los jóvenes dependientes usan la misma ropa que ofrecen adentro. Es muy grande la fila de consumidores subiendo o descendiendo por las gradas eléctricas. Llevan sus bolsas (vacías o repletas), pero adentro va lo mismo.

Todo eso lo conozco, lo único que cambia es la luz del día que cubre las calles con la intensidad propia de la mañana o con la penumbra de las seis de la tarde a punto de anochecer.

Adentro de los buses van los mismos: hombres, mujeres, niños... pero todos iguales, serios y cansados, sin matices. Afuera en las colas de los carros van los mismos, escuchando la radio que da los mismos programas con la misma música antes referida; otros van discutiendo acaloradamente acerca del mismo partido de futbol que ven una y otra vez repetido cada sábado; otros van en la misma soledad que los trae de nuevo a la misma rutina.

Llega la hora, prendo el televisor y veo el mismo telenoticiero que vi ayer con las mismas noticias. Mientras me lavo los dientes, despego la vista del lavamanos y en el espejo encuentro al mismo que he visto pasar frente a mí durante todo el día.

miércoles, 30 de octubre de 2013

LÁPICES


Cerca del muelle de Lívingston hay una pequeña escultura de José Martí. El busto del poeta cubano (amado tanto por quienes viven en la Isla, como por quienes viven en Miami) tiene una importante razón: fue José Martí el pionero de la alfabetización en este paraíso guatemalteco. ¿Qué motivó el acercamiento del gran intelectual a un lugar tan remoto y tan desconocido para entonces en nuestra geografía?

Hace una semana tuve el privilegio de hablarles a los niños de la Escuela José Antonio Liendo y Goicochea. El motivo: inaugurar el mural que Benvenuto Chavajay realizó con ellos a lo largo de dos meses. Mucha felicidad alrededor de una pared con la imagen de doce lápices (seis del lado izquierdo y seis del lado derecho) que iban del más pequeño al más alto y que a la distancia parecían las alas de un avión. Uno de los niños explicó la imagen diciendo: “Al salir de la primaria salimos gastados como el lápiz pequeño, pero la secundaria la iniciamos como el que está nuevo... así es todo en nuestra vida”. Tal visita me dejó una emoción difícil de explicar. Mis amigos y compañeros Jorge Rodas y Roger Castro son los gestores y testigos del proceso creativo que terminó en esa reflexión tan sublime.

Al salir de la escuela, vi el entorno. Los alrededores de la Palmita en la zona 5. La mayoría de los alumnos viven en el asentamiento La Limonada. Son chiquillos de primaria asediados por la pobreza y por la violencia. El único asidero que tienen se halla entre las paredes de este centro educativo y para muchos lo que está afuera no es otra cosa que una enorme bestia que se alimenta de ellos. Son pequeños y su memoria quedará guardada en ese mural que, sin tener idea alguna, realizaron junto a uno de los más importantes artistas guatemaltecos.

Ser artista y acercar nuestra pasión a quienes tienen muy lejos tal privilegio, es devolverle el significado a nuestra propia vida. José Martí tenía todas las razones.

miércoles, 23 de octubre de 2013

CHUSEMAS

Decir que la dignidad humana en la televisión contemporánea no existe, es un lugar común. Claro: la quinceañera embarazada que acompaña al ginecólogo a su madre también en estado de gestación (probablemente del mismo macho); los sudorosos marginales con sobrepeso que permiten su absoluta humillación con tal de bajar una decena de libras en la cámara; la simpática pareja que llega a abofetear el closet de las gringas fachudas mostrándoles por primera vez la vergüenza; la familia disfuncional que implora la llegada de una “Mary Poppins” correctora de chirises odiosos; el encantador de perros; el encantador de caballos; los exmiembros de un neo-Ku-klux-Klan que compran y venden baratijas seudohistóricas o son fanáticos de las armas; los que van y vienen haciendo tours de sobrevivencia en nuestras selvas (o sea el miserable tercer mundo); el campechano treintañero que se enfrenta a platos y platos de comida hasta caer desmayado; y el, por supuesto infaltable, programa de acumuladores.

Creo que de todos los ejemplos anotados en el párrafo anterior, es el de los acumuladores el que me parece más emblemático de nuestra cultura. Cada capítulo es un verdadero documento de la herencia cultural que las primeras décadas de este siglo dejarán para el futuro.
Los sistemas de producción no descansan. Las cosas ya no están hechas para durar. Simplemente vamos a la cantera de reemplazos —porque ya no existe el vocablo “reparar” en nuestro acerbo de lenguaje— y consumimos otra monótona novedad. Vivir en medio de chunches que rebalsan la casa y que hacen cada vez más infelices y dependientes a sus habitantes, es acaso la contradicción que nos trae esta serie de televisión que, entre segmento y segmento, enlista una fila de anuncios con productos por demás innecesarios.

Si estas producciones norteamericanas, canadienses e inglesas nos muestran lo decadente que es el mundo civilizado, imagine, estimado lector, lo que haría un productor de TV local con las monstruosas patologías que padecemos los guatemaltecos. La diferencia radica, claro está, en que para nosotros todo esto es normal. Tan normal que le llamamos noticia, política, religión o familia.

miércoles, 16 de octubre de 2013

FE DE RATA

Durante años me resistí a las computadoras. A mediados de la década del 90 yo todavía ametrallaba oraciones en una vieja máquina Olivetti. Escribir de esa manera era una trinchera romántica para mi pose lírica-trágica de poeta maldito. Todo esto se fue al carajo cuando mi esposa me regaló una computadora para Navidad. Las noches de los viernes y de los sábados las pasaba frente al resplandor de la página Word iluminando el cuartito lleno de libros donde escribía. Lo que antes era tachar y corregir con lápiz sobre las páginas, ahora se convertía en un ascéptico ejercicio de dar delete a párrafos enteros que consideraba intrascendentes.

La Internet marcó el inicio de muchas cosas para mí. Conocí autores de muchos lugares del mundo con los cuales jamás hubiera coincidido por el medio impreso. Mi trabajo fue publicado en diversas páginas de literatura y periodismo tejidas por todo el mundo hispano. Colaboraba con artículos o textos en las bitácoras de otros, hasta que un amigo me dijo: ¿Por qué no abrís tu propio blog? Y bueno, lo hice. Existe un libro de Julio Cortázar que me sirvió de motivo para hacerlo, se llama El Último Round. Cortázar pone en este libro/juguete (como él mismo le llama) todo tipo de fotografías, poemas, crónicas y cartas... un verdadero adelanto a lo que serían las páginas Facebook o Twitter. ¡Un genio!

Desde entonces soy un asiduo comentarista, pero ante todo lector del trabajo de otros. Aunque confieso que mi devoción cibernética va dirigida más hacia los cronistas. La crónica en Guatemala tiene a un brillante exponente: Juan Pablo Dardón. Creo que su sentido del humor y su sensibilidad lo colocan como el primer autor de valía cuyo soporte son las redes sociales en nuestro país. Fe de rata es para la generación 2.0 una referencia obligada. Mi entrañable compañero escritor publica en papel todo lo que en su momento fue una titilante luz en la pantalla. La cita es hoy miércoles 16 de octubre en la sede de la Alianza Francesa (5a. calle 10-55, zona 13, finca La Aurora) a las 18:30 horas.

miércoles, 9 de octubre de 2013

EN EL ESPEJO DE SOLEDADBROTHER

Mi experiencia con el teatro ha sido mínima. Asisto eventualmente a las puestas en escena del muy reducido grupo de amigos actores, dramaturgos y directores en los que reconozco todo el talento que existe en nuestro país. Las tablas de Guatemala se han apolillado a fuerza de una dramaturgia cundida de clichés, evasión, moralismo o la caricatura simplista de la política nacional. Pocas veces encontramos detrás del telón ese reflejo en el que estamos incluidos, ese espejo puesto de frente a nosotros. 

Tuve el privilegio que dos creadores de enorme talento pusieran en escena un texto que escribí hace casi 15 años: Soledadbrother. Luis Carlos Pineda y Josué Sotomayor, pertenecen al muy reducido grupo que mencionaba en el párrafo anterior. Hacedores de una dramaturgia propia, crítica de su entorno, cáustica e inteligente. Ellos dieron piel y huesos a ese poema que ha sido un compañero de mi vida.

Mientras observaba en silencio los gestos de Sotomayor y escuchaba las palabras del monólogo construido a partir del poema, llegué a conmoverme a tal punto, que sentí que algo se dividía dentro de mí. Hasta entonces nunca tuve conciencia del dolor y de la rabia que puse en aquellas palabras. El público estaba en silencio, acaso aguardando un amanecer, una esperanza, alguna frase que no los dejara en el completo vacío. 
Al siguiente día del estreno me quedé reflexionando acerca de lo difícil que será para mí volver a leer este poema en público. El texto se fue, ya no me pertenece. Se dio la catarsis. Descubrí que mi trabajo fue el de un redactor de lo que sucedía en mi entorno, de lo que escuchaba, de lo que encontraba en las calles de Guatemala. Lo que hicieron Pineda y Sotomayor es muy grande. Solo me cabe admiración para ellos.

Las últimas presentaciones de esta temporada serán el viernes 11 y el sábado 12 de octubre a las 19:00 horas, en el Centro Cultural de España en Guatemala, 6a. avenida 11-02 zona 1, Edificio Lux, 2o. nivel. Quedan invitados.

miércoles, 2 de octubre de 2013

PANQUEQUES

El niño abre la boca mientras su mamá corta un trozo del panqueque y lo atrapa con el tenedor. Él mira sus manos manchadas de mermelada y justo cuando va a limpiarlas con su playera de rayas azules y amarillas, su madre le dice —No bebé, eso no... Ella toma sus dedos y los seca cuidadosamente con un kleenex que saca del desmesurado bolso de cuero que tiene sobre la mesa. 

La joven mamá levanta la vista y le pide más servilletas al mesero que acaba de llegar con una copa llena de un líquido rojo y una cerveza. Pone la charola en la mesa y le sirve ambas bebidas al padre del niño. El joven papá lleva puestos unos lentes oscuros y una gorra beige. Durante el rato que he podido observarlos no ha dirigido una sola palabra a su familia. Está inmerso chateando con su Blackberrie

El mal humor del señor se hace cada vez más evidente. Mira hacia todas las esquinas con ansiedad, como si quisiera salir corriendo. Observa a su esposa y da un sorbo a la michelada. Levanta el teléfono y le toma una foto a la copa y de inmediato escribe algo con sus pulgares. Espera unos minutos y sonríe.

El niño juega con el individual sobre la mesa, mientras la señora acaricia su pelo y su espalda. 

El mesero se acerca con la cuenta, el padre se la quita de las manos y comienza a revisarla. Se sube los lentes oscuros y revisa minuciosamente cada número. Ve a su mujer y le dice algo en voz baja y con una ligera mueca; se coloca de nuevo los lentes y termina de beber mientras abre su chequera haciendo gran despliegue de tarjetas de crédito. Ella parece no prestar mucha atención, sigue absorta limpiando la boca y las manos al niño. El bebé de pronto levanta la cabeza y dice “Papa” justo en el momento en el que él se levanta para ir al baño. 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

SIN PENA... NO MUERDEN

Recuerdo el sol de las diez de la mañana entrando por la ventana e iluminando las mesas de la Biblioteca César Brañas. Un lugar habitual para mi último largo desempleo. El desgano y la necesidad solo pueden hacerse soportables con la lectura. En ese maravilloso lugar nunca me faltó una amable taza de café, una sonrisa o los “buenos días” de su directora, mi amiga, Arely Mendoza. 

Pero yo no era el único sentado allí. Escritores, académicos, amigos... todos en un cotidiano tránsito de gente revisando ficheros o llevando y trayendo gruesos tomos que abrían con mucho cuidado para husmear en sus índices. Yo iba por algunos libros de poesía norteamericana, tesoros que dejaron a la posteridad Luis Cardoza y Aragón y César Brañas dentro de esas paredes. Cuando pienso en una biblioteca, pienso en esa. En las demasiado grandes me aturdo, me pierdo. 

Las bibliotecas no son nuestros lugares habituales. La mayoría de los guatemaltecos mira estos recintos como una suerte de mausoleos de libros. Sitios silenciosos para entrar con reverencia y desgano. Aunque lleno de estudiantes por las mañanas, puede decirse que este tipo de escenarios no despiertan el menor interés a la (¡redundante decirlo!) poco ilustrada élite política y económica de Guatemala. 

Si hablamos de presupuestos para las bibliotecas, lo primero que viene a la mente es la compra infructuosa de lotes de libros —seleccionados sin ningún criterio— para colocarlos sobre las estanterías. Mi premisa es que una biblioteca debe ser una conjunción de libros y de personas. Es imprescindible que aquellos que tengan a su cargo tales espacios conozcan y sientan pasión por la lectura. Se requiere no solo de su erudición, también de su entusiasmo y de su ilimitada creatividad para atraer a esa basta mayoría que no lee ni siquiera las noticias. 

Sin pena... los libros no muerden.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

LA PARTE MÁS ANCHA DEL MUNDO

No emigramos de una cosa, emigramos de todo.

Emigramos de conciencia. Emigramos de clase social. Emigramos de afecto. Emigramos de un destino. Emigramos de un lugar de nosotros mismos. Emigramos de una parte del mundo. Emigramos de una soledad para ir a otra.

Todos somos migrantes. Todos dejamos celdas vacías, todos llevamos una cicatriz. Así como miles de guatemaltecos –en el minuto que usted me lee– van dejando atrás hijos, padres, amigos para buscar algún futuro distinto lejos de estas fronteras. Otros tantos van dejando a la orilla una vida anterior, que sin ir muy lejos, necesita del mismo valor para emprender el camino. Dejar a la pareja que golpea. Dejar al padre que abusa. Dejar la pandilla. Dejar las drogas. Dejar el alcohol. Dejar la infancia. 
Es difícil salir de un sitio, pero es más difícil hacer que el sitio salga de nosotros.

En nosotros se entrecruzan muchos caminos. Ser migrante es tomar la decisión de salirse, de hallarse o de simplemente construirse un destino. Es tener el valor de llegar a un lugar distinto, no necesariamente lejano. No se trata únicamente de geografía, sino de adaptarse. Adaptarse a gente distinta. Adaptase a la enorme soledad que trae cada nueva vida, pues somos el museo de nuestras decisiones.

Pienso en los amigos que dejé en el barrio donde crecí. Nos juntábamos en la esquina y creíamos que la vida pasaría frente a nuestros ojos, pensábamos que jamás íbamos a necesitar algo que estuviera afuera de sus límites, de sus rincones, de sus cuadras oscuras y de sus casitas amontonadas. Una colonia puede ser un mundo: crecer allí, conseguir pareja allí, tener hijos allí, mudarse a unos cuantos pasos de la casa de nuestros padres… Pero tarde o temprano viene la necesidad de migrar. Tarde o temprano uno encuentra angosto ese sitio que creíamos la parte más ancha del mundo. Tarde o temprano uno descubre que nos vemos en espejos que cambian y que es imposible ser el mismo frente a un río interminable.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

LAS CABRAS Y EL EXISTENCIALISMO

En un lugar del mundo –que puede ser tenebroso, mas no aburrido– unas cabritas cruzan la pasarela. Son las siete y cuarenta y cinco de la mañana y el tráfico está a punto de hacer estallar la calzada Roosevelt. El rebaño asciende apaciblemente por las gradas de latón mientras a lo lejos su pastor chasquea el látigo, provocando que no pocos confundan su restallido seco con un disparo. 

Allí va el grupo de cabras y su silencio se rompe de improviso con un beeeee que acaso sea la única queja. Observan desde arriba la angustia de los parroquianos: ciclistas atropellados,peemetés a punto de un colapso nervioso, ambulancias a las que nadie da paso, parejas peleando adentro de sus vehículos, taxistas deprimidos y personas asardinadas dentro de los buses rebalsando. Es precisamente en uno de estos armatostes donde un chofer mastica un chicleTrident sin sabor mientras su brocha, grita: ¡Reforma! ¡Reforma!

Todos los pasajeros sudan, huelen y se pegan unos a otros, mientras ven hacia adelante y se dan cuenta de que se quedaron varados, que nadie avanza hacia ningún lado: todo se ha quedado inmóvil justo antes de llegar a El Trébol. El chofer en su desasosiego, ve hacia todos lados y pide vía. Una señora pelucona con su Mercedes ni siquiera se inmuta a responder. Un señor de camisa a cuadros le saca el dedo de en medio y sube el vidrio. Pero el brocha insiste y sigue sacudiendo con más brío su trapo grasiento. De pronto los ciento y tantos pasajeros son testigos de algo increíble: el piloto apaga el motor de la camioneta, saca un suéter agujereado de abajo del asiento y se baja sin decir nada. El brocha lo llama, pero él no responde. Sale. Se va de largo. Solo las cabras lo miran desde la pasarela y desde arriba pueden darse cuenta de que se fue caminando contra la vía, en plena Roosevelt a las ocho menos cuarto de la mañana.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

ÁLGEBRA SIRIA

Acostumbrado desde niño a escuchar, ver y leer acerca de los conflictos en el “Mundo Árabe”, creo que hasta es familiar descubrir en las secciones de internacionales una o dos páginas rotuladas como: “Aumentan las tensiones en...” o lo que sería su equivalente en la televisión, cuando al terminar el noticiero, surge alguna imagen donde los rostros de cientos de hombres, mujeres y niños agitan fotografías calzadas por caligrafías indescifrables. Creo que toda esa información vía cable ha ido formando una imagen de las personas que habitan ese extremo del mundo. Una imagen llena de prejuicio e ignorancia de mi parte.

¿Quién empapa con arena los misiles? ¿Quién llena de billetes los bolsillos de los traficantes de armas? ¿Quién propone esos ataques concertados a blancos estrictamente militares que terminan en escuelas, hospitales, museos, plazas...? ¿Quién propone los martirios? ¿Quién lanza piedras contra los tanques que arrojan plomo? ¿Quién negocia la paz, pero maneja acciones en la bolsa para que la tormenta suceda? ¿Quién es el nacionalista que empuja a la inmolación? ¿Quién está detrás del potentado empresarial que ya tiene listos los blindajes, la alimentación y la diversión de los soldados del primer mundo que van a construir las ruinas de lo que desconocen? ¿Quién es el que deja una mano tirada en los escombros? ¿Quién es el que altera el orden de las noticias para que las atrocidades no salgan a luz? ¿Quién es el que da fusiles y granadas a niños de 12 años? ¿Quién es tal líder? ¿Quién es tal “pueblo”? ¿Quién señala en una ojiva la esperanza de liberación? ¿Quién es el que enmudece en medio de todo ese caos? ¿Quién es el que carga con la enorme maldición de ser el vencedor de una guerra? ¿Quién es el que sigue con distancia los acontecimientos desde un edificio altamente tecnificado?

Estas son las preguntas que llevo acumuladas a lo largo de años y vienen cada vez que vuelven estas noticias viejas. Mi enorme ignorancia me lleva a consultar diarios en Internet; el mensaje es confuso: religión/nacionalismo, liberación/Occidente... Yo los observo como se observa la Luna desde la Tierra. ¿Será que ellos nos ven de la misma forma?

miércoles, 28 de agosto de 2013

GERMINAL

Escribir es traducirse. Traducir las ideas al papel. Intentar ordenar, aclarar y enunciar todo pensamiento. Si tan solo uno pudiera escribir todo lo que piensa durante el día. Si tan solo fuésemos capaces de trasladar al papel todo lo que sentimos. Creo que de esa manera estaríamos resarcidos con la realidad y escribir dejaría de ser una acción de algunos 
privilegiados.

Estoy en Costa Rica. Editorial Germinal publicó mi libro más reciente, Fondo para disco de John Zorn. Juan Hernández mi editor y amigo se dio a la tarea de publicar una compilación de textos escritos sin tener el pretencioso marbete de “obra literaria”, mas bien, son anotaciones a libros, cuadernos hojas sueltas en las que anoté todo cuanto pasaba por mi cabeza. Pienso que si todos tomáramos esa decisión, creo que seríamos más los que escribiríamos.

Estoy profundamente agradecido con Juan Hernández y con su editorial Germinal porque asumió el riesgo de publicar a los autores de la región centroamericana y, no solo eso, también autores de toda Latinoamérica acercando a la región a muchos países del mundo que desconocen que existe Centroamérica. En este momento, estoy en San José de Costa Rica, con varios poetas y novelistas guatemaltecos que llevamos el enorme compromiso de hablar de nuestra literatura: Gerardo Guinea Diez (Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias), Francisco Alejandro Méndez, Estuardo Prado y el autor de estas líneas. Todos publicados por este generoso autor costarricense que ha tomado el compromiso de acercar la literatura contemporánea guatemalteca, con un compromiso que contados editores chapines han asumido. Gracias, Juan Hernández, por tu compromiso, por dar a conocer la región y por  no hacernos sentir que somos una Audiencia de los  Confines, con una literatura aislada del presente y del mundo. 

Espero que estos libros estén pronto en las librerías de Guatemala. Y que sean bien recibidos por los lectores chapines.

martes, 20 de agosto de 2013

EL TIEMPO QUE TE QUEDE LIBRE...

Eso que llaman ocio y que es un delito para nuestra época. Cometer el acto delictivo de ocupar nuestra mente en algo que no sea producir dinero. Tiempo libre que no es igual a desempleo. Tiempo libre que no es lo mismo que inacción.

Ese paraíso reducido a la mínima importancia. Quienes tenemos el lujo de tener un trabajo  le llamamos vacaciones a un feriado de tres días. Día a día corremos de un empleo  a otro. Ocupamos sábados y domingos buscando más remuneración o estudiando una carrera que nos guste poco, pero que nos  ofrezca la esperanza de algún día tener “tiempo libre”. Nunca está por demás decir que en Guatemala  un salario de trabajador (dije trabajador, ojo) no alcanza para mantener una familia pequeña.

Termina la faena. Encendemos el televisor. Llegamos justo a la hora del noticiero de cierre. Los macabros hallazgos entran por nuestros oídos, nuestros  párpados ya  cayeron rendidos. La luz de la pantalla lanza chispazos mientras dormimos sentados en el sofá.



El tiempo para el ocio es un sueño muy caro. La mayoría de artistas que conozco laboran en cosas muy distintas a eso que los apasiona. La lógica de patrón-esclavo que todavía nos sujeta se niega a reconocer el talento y aprovecharlo. Trabajar significa cumplir un horario improductivo; un tiempo forzoso y sin resultados. De eso que nadie se interese en dar un poco más. La gente que disfruta lo que hace es vista con sospecha y con rabia por los demás. Amar es identificarse. Asumir una labor con amor es ocupar nuestro tiempo libre en aquello sin sentirlo como yugo. Muchos sabemos lo que  significa cenar con nuestra familia y luego recluirnos en un cuarto silencioso para redactar una novela o una columna como la que usted, amigo lector, está leyendo en este momento. Nos caemos del cansancio, pero nos motiva más el reto de ir contracorriente. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

ENVENENADOS



¿Quién dice que la televisión basura no es educativa? ¿Quién se atreve a afirmar que los periódicos repletos de noticias amarillistas no son medios de propaganda? ¿Quién puede contradecir que las vallas o los jingles de radio (con todo y sus variopintos locutores superficiales) o las enmieladas telenovelas con su eterna apología a la seducción adolescente –sin consecuencias- o los maratones de anuncios con “ofertas únicas” o los megaconciertos populacheros impulsados desde la telefonía celular o los curiosos estereotipos que reproducen los café-teatro o las cada vez más predecibles finales de futbol o los millones de sitios de pornografía de Internet con público cautivo mañana-tarde-noche… no son la vanguardia en todo lo que significa formar a nuestra sociedad?  

La educación en Guatemala no está en manos de un agujereado ministerio con más pupitres que presupuesto. La educación de nuestro país está en manos del lucro, de la propaganda, del consumo y de la negación. La educación de este triste trópico está desmantelada por la suma de errores heredados de generación en generación.

Universidades que rebalsan de corrupción, demagogia, mercantilismo y mojigatería. El magisterio es, en una gran mayoría de casos, un último ejercicio de sobrevivencia mal remunerada y el maestro se parece cada día más a un niñero que gana por jornal sin importar lo que pueda enseñar o no.

A todo esto podemos llamarle: Educación Envenenada. Repetir patrones, memorizar eslóganes y seleccionar un rington a nuestra peculiar desdicha. Que un niño de cinco años repita como loro un anuncio, es el augurio de un macabro porvenir. El rebaño de votantes, el ejército de fanáticos de cualquier cosa que no involucre usar la inteligencia. El veneno que llevamos inoculado por generaciones  y generaciones de entrega incondicional a un capitalismo sin ética y a ese híbrido entre miedo y desprecio al conocimiento, tan útil a una minoría con  poder de decisión.
Necesitamos antídotos. ¿Cuáles?      


miércoles, 7 de agosto de 2013

CARBÓN

Nunca he renunciado a mi diario personal. Desde los ocho años mantengo un cuaderno a mi lado. Cientos de páginas rayadas, pintadas, tachadas, escritas de margen a margen y de renglón a renglón. Una forma de no ir olvidando, de no pasar inadvertido cada instante, cada cita, cada alfiler oxidado, cada mechón de pelo, cada empaque de dulce. 

Mis primeros cuadernos los escribía con lápiz. Lápices Mongol número 2 que agotaba hasta el borrador. De niño uno debe borrar muchas cosas, uno no tiene su mundo privado, los adultos nos invaden siempre. De adolescente todo ese asunto de escribir es algo muy poco saludable para la siempre frágil –y necesaria– popularidad de sobrevivencia. 

Pero nunca dejé de escribir, aunque lo ocultaba. Un púber lector es visto por los demás chicos como la imagen más abyecta del nerdito pobre y necesitado. Así llevaba bien escondida mi libreta y en ella lograba desahogar todo lo que sentía. Letras de canciones, retratos hechos con algún detalle o trazos que daba únicamente para no perder de vista esa curva que dejaba el horizonte al atardecer detrás de las montañas. Años después alguien me dijo que yo era escritor, entonces fui al patio de la casa donde vivíamos entonces con mi esposa y mi hijo… quemé todo aquel pasado e inicié de nuevo. 

Conozco muchos escritores y muchos lectores jóvenes. La pregunta siempre va más o menos hacia lo mismo: ¿Cómo empiezo a escribir? Quizá esta no sea la respuesta de un gran y célebre autor, pero puedo decir que todo comienzo es el inicio de un final. Lo más acertado siempre está en borrar lo redundante. Buscarse entre las líneas que sobrevivan de esas cenizas. Que la humildad del trazo hecho con carbón no impida dejar una huella. Pero nunca, bajo ningún motivo interrumpir ese proceso. Anotarlo todo, recogerlo todo, vivirlo todo, sentirlo todo como si el mundo entero no supiera que respiramos únicamente para olvidar.

miércoles, 31 de julio de 2013

EL MAÑANA ES HOY Y VAMOS HABLANDO

El disco de vinilo y el rastro de quemaduras que le deja la aguja. Tanta música apilada en una caja de cartón, detrás de un librero. El Siglo XX duerme en ese rincón. 
Para el año 2013 mucho de mi vida aún permanece en la centuria pasada. Fotos de antepasados. Libros exprimidos hasta la devoción y el plagio. La semilla de la sed. La marchita quijada de los retratos cubistas. El arte, el anti-arte; la historia, el fin de la historia; el autismo socialista y el capitalismo salvaje; la televisión (cautiverio de nuestra propia imagen) y los intentos por aterrizar en esos términos fallidos: la libertad, la revolución, la democracia. 

Pero el Siglo XX ya es difunto. El surco de la aguja va por la segunda década de este disco. Quienes hoy tienen el mundo en sus manos son acaso sus últimos testigos. Pero todo va difuminándose en la memoria de los más jóvenes. Los grandes temas que incendiaron la última centuria hoy son poco menos que anécdotas y datos curiosos reductibles a un documental deNatGeo o a una nota en la Internet. El mañana ya es hoy y vamos hablando. 

Sin embargo está la fastidiosa jauría de apologistas del pasado. Los insufribles sermones acerca de la vigencia de la juventud de ayer. Entallados en su autosuficiencia escriben, señalan y pontifican acerca de que la juventud actual, señalándola de estúpida y poco comprometida. En su sintaxis no cabe una sola cuestionante acerca de los frutos que dejaron a la historia presente. Lo que para ellos fue blanco y negro, hoy es el gris que se cruza por todas partes. 

Hoy los compromisos son otros. La indignación y la responsabilidad. Hacer de la crítica una acción. Pasar de la egomanía a la coherencia. Leer sin prejuicios. Escuchar sin prejuicios. Ver sin prejuicios. Conversar sin prejuicios. Los grandes problemas de Guatemala llevan siglos de soluciones torcidas, tal cosa reafirma la necesidad de hacer un presente, observando al presente.

miércoles, 24 de julio de 2013

NUESTRA VERSIÓN DE LA REALIDAD

Mi agenda, día 17 de junio 2013, segundo renglón y subrayado: “La conversación durante la cena me dejó pensando, creo que sería fundamental convocar a una reunión donde cada quien aporte su punto de vista y donde la única prohibición sea censurar, aludir, criticar o arremeter contra quien tenga sus diez minutos de exposición”.

Una cena de amigos derivó en eso: ¿Qué sucedería si creáramos un método de doce pasos (como los aplicados por los Alcohólicos Anónimos y N.A.) que se abra para iniciar un diálogo acerca de cómo soportarnos los guatemaltecos? Un espacio de tribuna donde cada quien hablara de sí mismo, de su pasado, de su ideología, de sus valores, de su postura religiosa frente a temas como la homosexualidad, las drogas, el aborto... ¿Qué sucedería si tuviera diez minutos para plantearlo desde nuestra versión de la realidad, mientras escuchamos en un silencio respetuoso y sin lanzarnos los platos? 

Meditaba en esto el fin de semana cuando vi mi librero. Lo que tengo en mis libros favoritos está subrayado y marcado hasta en el más mínimo borde. Creo que si un día alguien quisiera leer algo mío, encontraría más anotado en las páginas de mi biblioteca que en mis cuadernos o en mi computadora. El tema es que entre los textos más leídos tengo El Hombre Rebelde de Albert Camus y las cartas de Antonio Gramsci. Recientemente añadí: El nuevo intelectual de Ayn Rand yRedentores –genial colección de biografías de los caudillos culturales de América Latina– escrita por Enrique Krauze. Todos magníficos tratados acerca de uno del trabajo más menospreciado en nuestro país: pensar. 
Desde distintas posturas ideológicas, estéticas y vitales, estos autores coinciden en algo: la tolerancia ante quien expone sus ideas y no ante quien las impone. Como sucediera en cualquier grupo de autoayuda, es imposible reconocer lo mal que estamos si no es escuchando y hablando... pero en orden y respetando puntos opuestos, siempre y cuando ninguno se atente contra la verdadera libertad de expresión validándose de lo de siempre: el poder económico y el chantaje.

miércoles, 17 de julio de 2013

BIENVENIDOS AL PAÍS DEL DEBERÍA

Bienvenidos al País del Debería: una nación sin miseria ni desempleo ni violencia ni corrupción, porque todo eso debería ser erradicado gracias al esfuerzo conjunto del gobierno y de sus ciudadanos. Un país de impecables autopistas que deberían estar completamente asfaltadas y organizadas. Un territorio donde el turismo debería ser la fuente primordial de sus ingresos. Un lugar donde la justicia laboral debería ser el fundamento que garantizara la dignidad de los trabajadores. Un estado rico en el que debería existir una equilibrada distribución de responsabilidades tributarias. Una ciudadanía que debería mantener su confianza en un organismo judicial sin tráficos de influencias ni económicas ni políticas. Un sistema democrático donde las mafias no deberían financiar impunemente a los partidos políticos. Una república donde sus legisladores deberían asistir a todas las sesiones y ser personas que no deberían ser motivo de vergüenza. Ciudades que deberían tener transportes públicos seguros. 
Una sociedad donde las cárceles deberían ser el lugar para prevenir el delito y no para planificarlo. Un conjunto humano donde la gente debería ser valorada por sus logros humanos y no por la marca de su carro. Un sitio donde la usura bancaria debería ser controlada y no impunemente protegida. Una región donde los medios de comunicación no deberían ser meros monopolios. Donde los periódicos deberían subsistir por la calidad de sus opiniones y no por la cantidad de muertos que muestran o por el grueso de suplementos de consumo que incluyen. 

Ese País del Debería. Ese placebo que nos sirve para berrear, para quejarnos, para levantar los hombros y decir.... Pero, ¿y qué le vamos a hacer?

A veces releo lo escrito y me doy cuenta de que muchas veces caigo en esa trampa. Porque al repasar las columnas de opinión; porque al salir a la calle y escuchar las conversaciones; porque al compartir una cerveza con un amigo; porque al estar en medio de un atolladero en el Anillo Periférico un sábado al medio día; porque cada día, cada minuto, cada segundo repito como mantra esa mugrosa palabra: debería... debería...

miércoles, 10 de julio de 2013

¿QUIÉN LE TEME A SNOWDEN? (HÉROE, VILLANO Y MÁRTIR)

Una noche familiar de cine nos llevó a ver la última versión de Superman: El Hombre de Acero. Una pantalla en 3D y un sonido envolvente puede hacer que cualquier trama mediocre sea todo un acontecimiento. La película, que no fue del todo mala, me reafirmó algo que ya sospechaba: los superhéroes con mallas, botas y calzones ya son un tema superado. 

Acompañando a la segunda generación de este nuevo siglo, me doy cuenta de que los adolescentes tienen más cerca a Edward Snowden o a Julian Assange, que a esos candorosos defensores del confort que representan los bonachones personajes de DC Comics o de Marvel. Tal parece que los villanos antisistema son los que hoy por hoy cautivan la admiración del público adolescente. 
El justiciero personaje enmascarado de V for Vendetta (que podría ser etiquetado como terrorista) es el héroe por excelencia entre los más jóvenes. Aunque se trata de una novela gráfica, su argumento es casi un manifiesto político. V, su personaje principal, utiliza la máscara de un conspirador inglés del siglo XVI (Guy Fawkes) y con ella viste a todo un movimiento que busca derrumbar las bases oxidadas del conformismo y la dictadura. Del papel pasó al cine y del cine pasó a un extraño plano de realidad; hoy en día la máscara del protagonista es el emblema de un movimiento que se autodenomina anonymous, un grupo que desde lo colectivo o desde lo individual utiliza sus conocimientos en tecnologías de red para boicotear a cualquier gobierno, grupo o consorcio empresarial que atenten contra la libertad de expresión o contra los derechos humanos. 

Con todo esto y como un resultado evidente de esta época, tenemos a Edward Snowden, un exmilitar especialista en informática, que lleva semanas varado en el Aeropuerto de Moscú, junto a su muy polémico equipaje. Sin lugar a dudas, el hombre más vigilado sobre el planeta. Algunos países latinoamericanos ya le ofrecieron asilo. El conocimiento es poder y todos quieren el poder de Snowden. La claridad de que no existe privacidad ni lugar seguro y de que hay ojos que no se cansan de estarnos vigilando. Snowden está en el indeseable papel de héroe, villano y mártir.

miércoles, 3 de julio de 2013

BULLYING: PEQUEÑAS CRUELDADES

De niño tuve algunas riñas con mis compañeros, pero la peor que tuve fue en sexto primaria y contra un niño que le apodaba Mascapiedras. Fue una etapa en la que me daba duro con todo el mundo, no sé, quizá fue una pausa violenta en mi habitual carácter pacífico. Agarrarse a pencazo limpio no es algo agradable. Esa mañana, luego de los respectivos empujones e insultos durante el recreo, todo concluyó con una arrastrada en el campo de fut y con nuestras narices llenas de sangre. Tengo una lesión en el ojo que aún permanece como cicatriz del codazo que aquel niño me dio al botarme al suelo.

El paso por la primaria y la secundaria puede ser un grato recuerdo para algunos. Para otros fue una pesadilla. Tanto la infancia masculina como la femenina están llenas de pequeñas crueldades. Uno sale del círculo familiar y encuentra un círculo más grande. Los niños que sufren abuso por parte de los adultos se vuelven abusadores. El blanco de la rabia infantil suele estar en los chicos más frágiles, los callados, los raros, los aplicados o los orillados al renglón de los “feos”.

La crueldad infantil es un reflejo de nuestras crueldades adultas. En sociedades como la nuestra (donde poseemos un solo derecho: abusar de los más débiles que nosotros) es normal decirle al niño: “Si ese te pegó, volale pija mijo o te cae conmigo” y de inmediato ponemos al infante a decidir acerca de lo peor: enfrentarse al adulto resentido o al compañero de aula que lo cree afeminado. 

En las chicas, salvo drásticas excepciones, la violencia es sutil y dolorosa. Excluir, hacer de menos, marginar. Los hogares marcan que las niñas son adornos para la procreación y el mantenimiento de la especie. De eso que muchas terminan siendo madres antes de salir del colegio. Los prejuicios, la mojigatería, la violencia física y emocional de los padres hacia los hijos son la escuela del bullying. Esas pequeñas crueldades domiciliares, autorizadas y comunes para todos.

miércoles, 26 de junio de 2013

MEDIODÍA, MEDIANOCHE

Siempre parece más oscuro antes del amanecer, reza un dicho. Los movimientos sociales son terremotos impredecibles. Sucede en Brasil. Sucedió en el norte de África. Pero... ¿Qué detona tales circunstancias?

Para que exista violencia tiene que existir abuso. No es cierto que la tolerancia haga germinar reacciones violentas. La mala conciencia de las sociedades exige garrote y mordaza a cambio de educación y de rehabilitación social. La miseria cansa, harta, empuja, mueve... lo curioso es que el hastío no avisa, da señales incomprensibles y cuando menos se espera viene el rebalse y el knock out.

Pero más allá de la violencia, existe la negación. Ese decir “no”. Ese decir “basta”. Ese indignarse. La desobediencia es una revolución silenciosa que crece día con día. El respeto entre gobernantes y gobernados, entre poder y mayorías, es algo que debe mantenerse en un juego de equilibrio. 
Es imposible respetar a alguien que no nos respeta. De eso que las cosas empiezan a deteriorarse cuando las leyes no representan a los más y descaradamente benefician a los menos. La paz no se conserva por medio del control social, sino a través de entender sus profundas necesidades. 

Necesidades que no son tan simples como una bolsa de alimentos y unas cuantas palmaditas en la espalda... el buen patrón es algo que pertenece a la Edad Media. Las reacciones súbitas de los marginados tienen origen en la simplificación de su sufrimiento. Ofrecer “empleos” a cambio de ofrecer “riqueza” es un craso error que solo hace visible el interés por mantener ese orden conservador de amos y siervos, no de seres libres.

¿Qué tanto podemos aprender de las experiencias inmediatas? Y no hablo de la Guerra Fría. Hablo de esas inéditas convulsiones que están surgiendo en el descontento general. Se trata de choques generacionales que se lanzan contra esos fanatismos religiosos y esas ideologías caducas que han secuestrado al Estado en vilo.

miércoles, 19 de junio de 2013

QUITO

Durante una semana estuve en Quito como invitado para el Encuentro de poetas Paralelo Cero. Debo decir que mi visita a Ecuador me dejó gratamente impresionado. En pocos días fui testigo del florecer de una nación que con sangre, sudor y lágrimas ha construido una verdadera ciudadanía. Un estado que funciona, un enorme capital social y una economía floreciente son visibles por todos lados. Un país digno, poblado de un sano amor por su identidad indígena y mestiza. Un presidente joven al que todos llaman por su nombre. 

Me tocó ver las filas de muchachos que, con su camisola amarilla, iban al estadio nacional para aplaudir a su selección que jugó contra la de Argentina, dos días previos a que los guatemaltecos aplaudieran y quemaran cohetes a cada gol que nos metía Lionel Messi: algo deprimente, sintomático y miserable desde mi punto de vista. También fui testigo de sus museos y de la madurez identitaria de sus pueblos indígenas. Una ciudad segura, llena de gente amable, llena de esperanza y de ternura. 
Es difícil volver adonde uno tiene el corazón, pero donde todos los caminos permanecen cubiertos de maleza. Es difícil volver a una Guatemala y leer declaraciones indignantes de funcionarios de Estado; ver cómo brotan leyes estúpidas relacionadas con el tener o no tener perros de “raza violenta”; o escuchar los comentarios vacíos de esperanza del ciudadano cuya única meta es terminar el día sin una bala en la cabeza. 

Esperanza, ese es el dedo en nuestra llaga. No hay esperanza sin responsabilidad. Las naciones no se construyen desde arriba, eso lo pude comprobar durante mi corta estadía en Quito. Los guatemaltecos no asumimos la responsabilidad de fabricar nuestra propia esperanza y por esa razón no vemos los senderos. Esperamos que surjan liderazgos fiables, como anhelan los náufragos la llegada de un barco, pero no llegan porque la gente honrada está encerrada en sus trabajos luchando por sobrevivir y porque los politiqueros ya están cabales. No cabe duda que la tenemos cuesta arriba, pero todo largo camino empieza con un paso, ¿estamos dispuestos a darlo?

miércoles, 12 de junio de 2013

LOS MERCADOS DE LA CONCIENCIA


Muy recientemente me han deslumbrado dos comentarios de  artistas guatemaltecos. El primero es de Darío Escobar, durante una charla-entrevista  que le hice para su próxima exposición en Artecentro Paiz. Cuando le pregunté acerca de su experiencia como creador  guatemalteco (o centroamericano) en los escenarios internacionales, de forma categórica Escobar me respondió: Comprendí que la periferia es algo que se define desde adentro y no desde afuera. Tal aseveración activó todas mis alertas. Ciertamente la posibilidad de ser marginal o exótico es algo que se define a partir de cómo permitimos ser tratados. Inventarse un folclor a través del ropaje de víctima es algo que nos coloca de inmediato en la posición del subordinado; algo que puede abrirnos miles de puertas para entrar, pero que no permitirá que seamos dueños de nuestro propio discurso y, mucho menos, que logremos ser punta de lanza entre los discursos dominantes. La marginalidad puede llegar a ser una elección consciente. La periferia puede ser cómoda. Pero a la fecha –y sobre todo en temas de cultura (acaso lo único que marcha en este país)- asumir la lástima como acceso al mercado de la consciencia es totalmente deleznable.


El segundo comentario me lo dio Benvenuto Chavajay en una de nuestras frecuentes conversaciones: Lo que pasa es que los guatemaltecos tenemos el pasado adelante. El señalamiento de Chavajay hace una brillante síntesis de lo que sucede en el interior de los chapines. Nuestra premisa es hacer del futuro un nuevo pasado. Nuestro ideal es que lleguemos a ser lo que fuimos. ¿Y qué fuimos?... pues todo eso que a la fecha los sectores más conservadores de este país defienden con uñas y dientes: un país de estado clientelar; un país cuya meta es crear  trabajo y no riqueza; un país que rechaza su propia imagen; un país que se regatea a sí mismo; un país repartido y marginado; un país de interminable silencio…

miércoles, 5 de junio de 2013

CON TODO ESO



Con la seriedad de quien observa un horizonte muy lejano, pero aún visible. 
Con el ruido del agua hirviendo. 
Con las luces de la casa encendidas mientras nuestros padres vuelven. 
Con la mascota enterrada a la orilla del jardín. 
Con las rodillas llenas de sangre y de costras.
Con la veladora blanca sobre un altar. 
Con la fiebre.
Con los cielos llenos de papel y vidrio. 
Con el frío que se cuela debajo de la puerta.
Con el desempleo más largo que imaginamos.
Con la lujuria sin mapas ni señales.
Con la voz de los muertos que vuelven como una fuerza del pasado.
Con el tic-tac del reloj que marca al revés la hora.
Con lo que se ha sido irremediablemente.

Con los dedos calcados en un cuaderno escrito hace muchos años.
Con las ventanas abiertas entre el sofocante calor invernadero.
Con los botes plásticos llenos de papeles borrados y vueltos a escribir.
Con el constante miedo a volverse loco.
Con la sobriedad y con la borrachera.
Con la ketchup que sale de una charola para mancharnos el papel.
Con la histeria de quien nos empuja a despertar.
Con los martillazos que da el vecino cuando pone su diploma de graduación.
Con la televisión y sus asesinos y sus policías.
Con la repentina lucidez que brilla detrás de un comentario.

Con los números borrados en cada uno de nuestros teléfonos perdidos.
Con los manteles blancos manchados de tinto.
Con el carro pidiendo urgentemente una reparación.
Con los buses donde nos sentimos cautivos.
Con los sueños del empleado de banco que nos cambia un cheque.
Con el dolor y con la rabia y con la ternura y con el deseo… Con todo eso se escribe y se termina cada nuevo libro.

Así los invito a la presentación de Por lo menos de mi genial compañero Maurice Echeverría y de Imágenes para un View-Master, de este servidor. Será EL jueves 6 de junio, a las 18:30, en la sede de Santillana Ediciones (26 avenida 2-20 zona 14).

miércoles, 29 de mayo de 2013

LIBROS LLAVE

¿Cuál es el libro o cuál será el libro de nuestra vida? Pensando bien la pregunta: ¿Existe uno, dos, tres, cuatro o toda una biblioteca que nos sea indispensable para vivir?
Soy lector. Desde niño, leer fue mi compañía y fue mi cuarto propio. Leyendo he atravesado la felicidad y la desdicha. El amor, el duelo, la distancia y la presencia. Leer ha sido un ejercicio necesario para existir. De eso que esta columna sea una breve reflexión acerca de lo que llamo “Libros-llave”.
En alguna parte de nuestra memoria quedan recuerdos sensibles. Algunas veces intactos, algunas veces derruidos. Crecemos a golpes y en ese viaje orillamos aquel primer asombro, aquel primer sueño. Sin este equipaje quedamos vulnerables a nuestra propia miseria. ¿En qué punto del trayecto llegaron esas palabras que nos incitaron a repensar la vida? A mí me sucedió con tres libros: El Lobo Estepario de Hermann Hesse (a mis 15 años); El Extranjero de Albert Camus (a mis 17); Hojas de Hierba de Walt Whitman (a los 20). 

El entusiasmo por los libros recibe un tiro mortal en nuestra educación primaria y un tiro de gracia en la secundaria. En medio de una cultura mojigata y represiva, no es extraño que el libro sea una amenaza. Así los niños y adolescentes de nuestro país saltan del muermo de leer panfletos moralistas intrascendentes, al tedio de hacer el resumen de una sentimentaloide narración del Siglo Diecinueve, todo para terminar el día buscando chatarra en la televisión, en la radio, en la Internet o en el paisaje citadino, tan plagado de vallas y anuncios por todos lados. 

Un libro sugerido puede hacer el cambio. Un maestro que acerca la lectura es un maestro que entrega la llave. Una llave que abre el conocimiento crítico. Una llave que libera todo lo contenido por siglos de patrones educativos obsoletos. Leer no tiene por qué ser un asunto de intelectuales-locos-fumados. Leer no es perder el tiempo; es comenzar a quitar el candado que nos impide a los guatemaltecos formar parte de una sociedad abierta al presente.

miércoles, 22 de mayo de 2013

GUATEMALA: TEOCRACIA DE LA OBEDIENCIA


Una teocracia es un gobierno donde uno o varios dioses dirigen una nación a través de sus líderes. Los líderes son aquellos seres predestinados para recibir telepáticamente las directrices morales que guiarán a su pueblo. Directrices que ponen como base y fundamento la conservación intacta de los valores religiosos, entiéndase, los predicados espirituales relativos a la economía y a la acción política. 
Seguramente, amigo lector, usted debe estar pensando: ¿Dé que “”##%%&& está hablando este loco?¿Ahora pretende dar algunas nociones de antropología? Nada más lejano a mis intenciones, le aseguro. 

Desde hace un tiempo he comenzado a escribir notas para un posible libro relacionado con el movimiento cultural guatemalteco de los últimos veinte años. En un foro acerca de arte contemporáneo, Ángel Poyón, un joven artista y gestor cultural de San Juan Comalapa, nos daba un curioso dato relacionado con las actividades que realizan en su municipio, … a la gente de Comalapa les gusta que pongamos cine del que hacen en Irán, porque les recuerda mucho a nuestro pueblo y a sus problemas. Tal aseveración no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. 

Ante la división ideológica escandalosamente visible que tiene Guatemala en este momento, uno no puede más que pensar que el comentario de Poyón puede aplicarse a todo el país. Al igual que el dogmático Irán de los años ochenta, los guatemaltecos parecemos una suerte de teocracia consumista y cristiana. Nuestros líderes políticos y empresariales ante las cámaras me recuerdan en mucho a los ayatolas o a los Gaddafis que defendían sus posturas racistas y antioccidentales. Es preocupante que los sectores más reaccionarios del país ahora comiencen a hablar de “intervención extranjera” y demás. Tal pareciera que no podemos darnos cuenta de que los ojos del mundo están puestos sobre nosotros luego de que comenzaron a volver los fantasmas del conflicto armado. 

Somos una teocracia sin dios. La única deidad que mueve a este “pueblo” es la obediencia ciega. Obediencia ciega a los añejos patrones heredados de racismo, de mercantilismo y de falsa moral religiosa.

miércoles, 15 de mayo de 2013

INFORME MORAL DEL CLIMA


Una oleada de enfrentamiento moral sacudió a los guatemaltecos en días recientes. El agreste clima de tensiones ideológicas tuvo su  mayor intensidad el día 10 de mayo del año 2013, cuando le fue dictada sentencia por el delito de Genocidio al exjefe de Estado Efraín Ríos Montt. Tal situación fue precedida por un temblor de cinco grados en la escala de Richter que fue sensible en todo el país. 

Moral: adj. Que no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano. Moral: adj. Que no pertenece al campo de los sentidos, por ser de la apreciación del entendimiento o de la conciencia. (Diccionario de la Real Academia Española).

Es necesario aclarar que tal inestabilidad ha sido muy visible, tanto en las redes sociales como en las columnas de opinión en los medios impresos y en las distintas declaraciones realizadas por personajes del ámbito político que, al ser entrevistados por los medios radiales o televisivos, han manifestado su conformidad o inconformidad con el fallo. 

Clima: Conjunto de condiciones atmosféricas que caracterizan una región. (DRAE) 
Es importante observar dicho fenómeno como algo completamente normal, en una región que se ha caracterizado por una falta de conciliación democrática y una  carencia absoluta de justicia ética acumulada de siglos.

Se pide a las personas que durante los siguientes días tengan en cuenta que toda situación puede ser riesgosa. Cualquier comentario, por moderado que sea, de inmediato puede tomarse como una ofensa. Lo que llevará a que usted sea señalado de miembro activo del Comunismo Internacional con sede en Moscú (A los menores de veinte años que lean esta columna les sugiero que busquen en Google “Guerra Fría”) o puede ser tachado de miembro  encubierto del Movimiento de Liberación Nacional MLN (misma recomendación anterior). 

A propósito: Los “indígenas” también son seres humanos ; eso lo dijo y lo defendió fray Bartolomé de las Casas hace cuatrocientos años. Espero que no lo incluyan en una nueva lista de delincuentes guerrilleros.

miércoles, 8 de mayo de 2013

BANANOS Y CEREBROS


Uno de los relatos más fascinantes del escritor  Augusto Monterroso advierte: 

 Lo único positivo que los gobiernos dictatoriales de Hispanoamérica han hecho por esta región es expulsar cerebros. A veces se equivocan de buena fe y expulsan a muchos que no lo merecen; pero cuando aciertan y destierran a un buen cerebro están haciendo más por su país que los Benefactores de la Cultura, que convierten a los talentos de la localidad en monumentos nacionales incapaces de decir una frase o dos que no se parezcan peligrosamente al lugar común o, en el mejor de los casos, al rebuzno, que, viéndolo bien, no ofende nunca a nadie y a veces puede incluso embellecer la caída de la tarde.  

Este párrafo pertenece al relato la exportación de cerebros del libro Movimiento Perpetuopublicado en 1991. Con sabia ironía, Monterroso  celebra que los gobernantes y que los empresarios de nuestros tristes trópicos  sigan exportando bananos, porque los cerebros que se van ya no vuelven a nuestras provincias. Aquí pensar siempre nos duele. Aquí pensar siempre nos amarga. Aquí pensar siempre nos aísla. Aquí pensar siempre nos condiciona a buscar ese trocito de espejo que pueda reflejarnos. 
Las noticias: declaraciones de altos funcionarios que no corresponden a personas con el mínimo de inteligencia requerido para atarse los zapatos. Políticos listos (pero nada cultos) cuyas ocurrencias discursivas no  rebasan las frases  más célebres de Chespirito o de Cantinflas. Gente que en pleno siglo  veintiuno abandera militancias congeladas hace treinta años en la Guerra Fría. Templos cristianos que superan por una decena de veces al Centro Cultural Miguel Ángel Asturias... 

Ante tanta sórdida demagogia y ante  tanta moral de gritos, parece realmente inútil el uso del cerebro para vivir en Guatemala. Pero es tan triste saber que irse es tan malo como quedarse sin  hacer algo que cambie tal estado de cosas. No se trata de odiar la ignorancia en los demás, sino a la ignorancia  que nos rebasa. El presente es lo único que podemos reescribir a nuestra voluntad. 
Usted llegó hasta esta línea (sonrío), hoy  asoma la esperanza.

miércoles, 1 de mayo de 2013

MELANCOLÍA


La misma cara que hace mi hijo adolescente cuando escuchamos Soda Stereo o Andrés Calamaro es la que yo hacía cuando mi madre escuchaba sus discos de Mocedades o de Julio Iglesias. Un día me toca dar una conferencia y me presentan como “escritor contemporáneo” y… aquel marbete de poeta joven se va al carajo. Entonces llega el amanecer en el que uno dice: es importante comenzar a pagar mi seguro funerario.

El abdomen crece. El sueldo que hace unos diez años sería una fortuna, ahora no alcanza ni para cancelar la tarjeta de crédito. Vamos a los conciertos de los músicos amigos y tanto ellos como su público se han quedado calvos. Uno se emborracha y pasa con resaca tres días. Dejan de ser divertidos los toboganes de las piscinas (a veces ya ni cabemos en los resbaladeros). Comenzamos a insultar con vehemencia a los que manejan lentamente en el carril izquierdo cuando vamos al trabajo. Nos hacemos adictos al Pepto Bismol. 

Damos excusas como: no pude llegar porque amanecí con un dolor de espalda tremendo. Nuestras pláticas se asemejan a la que tenían nuestros padres con nuestros tíos acerca de los tiempos políticos que nos tocó vivir, en comparación con la generación presente que no parece interesarse por nada.
De pronto nos interesan los anuncios de televisión que hablan de parrillas de asar que separan la grasa saturada. Pagamos cuotas de gimnasio que son casi un salario mínimo para asistir una vez por semana. Los niños nos dicen “gracias señor”. Las sienes se llenan de canas y renunciamos a los tintes masculinos. Comenzamos a valorar nuestras fotografías en los álbumes pequeños que daban con cada revelado. Abrimos nuestros correos electrónicos y los encontramos saturados de anuncios de cruceros. 

Un día amanece y nuestros amigos ya están divorciados o ya se fueron del país o son militantes fundamentalistas del evangelio… es entonces cuando uno descubre que ha iniciado el ascenso de esa larga cuesta llamada melancolía.