miércoles, 28 de diciembre de 2011

EL PARAÍSO ES DIFÍCIL

Un año que parecía no acabarse nunca. Una vuelta de trescientos sesenta y cinco días concluida en extremo agotamiento. Tantos titulares en los diarios repitiéndose semana tras semana con apenas algunos matices y algunos cambios. Mucho talento perdido, mucha sangre derramada… esa monotonía de la debacle y del desencanto que hacen de Guatemala un paraíso difícil, un paraíso violento, un paraíso miltoneano y perdido. Imágenes de una campaña electoral que dan ganas de olvidar, aunque permanezca el vestigio de algunas vallas panorámicas que nos recuerden que desgraciadamente no vivimos en el país que queremos, sino en el país que merecemos.

Así, amigo lector, quiero pedirle que no haga una lista de propósitos imposibles para el nuevo año 2012, le pido -al contrario de lo que cacarearía cualquier motivador de oficio- que piense bien cuáles son sus verdaderos deseos y qué tan alcanzables pueden ser. ¿Y por qué razón le pido esto? Mi respuesta es simple: somos una sociedad que se vale de los sueños inalcanzables para justificar su inacción y apatía. Si en algo somos realmente expertos los guatemaltecos es en los planes a corto plazo. Bueno, este inicio de calendario puede ser el pretexto para iniciar el compromiso real con lo asequible, empezando con el muy complicado ejercicio de vernos con distancia y con crítica a nosotros mismos. Nuestras falsedades y asperezas. Acerquémonos con pesimismo crítico a lo que nos está pasando, pero convirtamos ese pesimismo en voluntad de cambiar, al menos, nuestro pequeño espacio vital. Ya que el optimismo es muy parecido a esa desagradable experiencia de servirse el jabón y luego prender un lavamanos que no tiene agua.

Con estas palabras quiero agradecerle su lectura y desearle un año de cambio, de claridad y de prosperidad, para usted y para los suyos. Feliz 2012.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

CONSEJOS PARA PORTARSE MAL ESTA NAVIDAD

1. Apague el televisor. Evite cualquier programa con invitados luciendo la gorra de Santa. Trate de olvidarse de sus risitas falsamente optimistas alrededor de pavos rellenos y arbolitos con bombitas rojas. Aléjese al máximo de los cursis segmentos mañaneros que le recuerdan constantemente que es tiempo de amar a sus semejantes y vaciar los supermercados.

2. No compre ni un solo regalo. Prométale a su pareja –si la tiene- una navidad sin mentiras y sin abusos. Dígales a sus hijos –si los tiene- que no pidan nada que no sean capaces de darle a sus personas amadas. Lléveles a sus padres un plato de comida cocinado por usted y dígales lo mejor que pueda decirles.

3. Importante: no visite centros comerciales en la víspera de navidad. Prométase una semana sin consumo, sin entorpecer el paso de los vehículos, sin vitrinear como zombi, sin endeudarse con las tarjetas de crédito y sin putrefactos espectáculos navideños que lo lleven desperdiciar su aguinaldo –si lo tiene.

4. No celebre arbolitos de navidad ni foquitos blancos en las calles ni luces artificiales ni desfiles navideños ni cualquier otra cosa que tenga un logo comercial capaz de divisarse a trecientos metros o un mugroso jingle saliendo de una bocina. No sea borrego.

5. Esta navidad quédese callado, deje que los demás hablen, ese es un enorme y sabio regalo que nos dan aquellos que tienen el don de escuchar.

6. Prométase una navidad sobrio, y si no puede, esconda bien las llaves de su vehículo en un lugar donde no pueda encontrarlas cuando esté borracho.

7. Si tiene el impulso de regalar un objeto de valor, entregue algo que sea suyo y no lo compre. Un libro apreciado, una película que le guste, un suéter… algo que albergue su presencia durante mucho tiempo. Usted ya sabe como está la vida en este país.

Gracias por leerme y que tenga una feliz navidad.




miércoles, 14 de diciembre de 2011

NI DEL REAL NI DEL BARSA

La posibilidad de un curioso regalo navideño nos llevó a mi hijo, a un querido amigo y a mí, por todas las ventas deportivas –formales e informales- del Centro Histórico. Se trataba de una cosa muy sencilla: una bufanda, una camisola o algún souvenir de algún equipo de fútbol departamental.

Del Mercado Central al Amate, yendo de tienda en tienda… y nada. La pregunta de mi amigo era la misma: ¿No tiene algo que no sea ni del Real Madrid ni del Barcelona? Ante lo que el vendedor nos mostraba una camisola de los rojos o de los cremas. Ningún equipo de provincia. Cuando llegamos al Amate, los vendedores (en su mayoría personas del interior de la República) nos miraban con escepticismo y nos respondían: “Es que a esos nadie los quiere”. Al preguntarles cuál era su equipo favorito, de inmediato respondían alguno de los fundamentales en la Liga Española. Mi amigo y mi hijo estaban sorprendidos. Recordé un congreso relacionado con el pensamiento Maya al que asistí en Santa Cruz del Quiché, donde luego de participar en foros acerca de la importancia de revalorar la cultura ancestral y de reflexionar sobre la herencia que el racismo colonial a dejado en los ladinos guatemaltecos, salimos a almorzar a un restaurante con un televisor transmitiendo un partido mundialista entre Alemania y España. Para sorpresa de los amigos europeos y norteamericanos panelistas, las mesas estaban repletas de adolescentes indígenas con camisolas de las selecciones españolas o alemanas.


Así es el futbol para los chapines. Curioso que un guatemalteco que necesitaría huir de las duras leyes antimigrantes que existen en los países que tanto celebran durante una Champion League o durante un mundial, defienda con visible vehemencia una realidad tan lejana a la suya. Somos quienes van de prestado -negando para nosotros mismos a todos esos perdedores indeseables ajenos al mercado de vencedores- y encontrando en el patético acto de negarnos a nosotros mismos, esa responsabilidad sana de reflejarnos frente a nuestros propios espejos.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA INTIMIDAD DE LO PÚBLICO

Desertar de la intimidad puede ser la vía más rápida para hacerse celebre. Celebridades sin talento demostrado. Celebridades que nacen para darle carne fresca a los mirones de oficio que, acomodados frente a una pizza y a un doble litro de gaseosa, se dan a la sencilla operación de aplanar el control remoto de la televisión durante todo el día. Una programación que nos mantiene rumiando la vida privada (más que pública) de los famosos. Algo que puede elevar a genialidad la convivencia de un grupo de adolescentes desempleados en un reality show -con funciones corporales expuestas e incluidas- o trivializar un terremoto, una guerra o la escena de un crimen capturada por un camarógrafo ocasional.

La telerrealidad nos cauteriza de inmediato el asombro. Los noticieros han abandonado por completo el análisis a profundidad, para darle paso a las noticias en tiempo real, haciéndose y haciéndonos, testigos protegidos de la tragedia. Cámaras y pantallas que están por todos lados. En la cola de un banco nos podemos anestesiar con escenas blooper (el vídeo del chico que se partió la cara tratando de darse un clavado, por ejemplo); o el restaurante que incluye un tele-noticiero dentro del almuerzo; o las imágenes de última hora proyectadas por gigantescas pantallas móviles a la orilla de la calzada; no digamos las páginas de Internet donde las noticias se rebasan segundo a segundo adeternum.

Tal parece que mezclar la intimidad junto a los asuntos más relevantes forma parte del tiempo que vivimos. De las escenas de un gigantesco incendio, saltamos a la playa topless donde capturaron a determinada actriz gringa. De la masacre perpetrada por un cartel mexicano, a las confesiones de algún futbolista gay. Si antes parecía una repugnante pérdida de tiempo ver un show como Cristina (copia de otros talkshows), ahora resulta que se ha convertido en un canon de originalidad en la televisión latinoamericana. La gente sigue llamando “artistas” a los famosos y devorando todo cuanto les sucede o puede llegarles a suceder. ¿Será que toda esa información indiscriminada ha servido para mejorar en algo nuestras sociedades?



miércoles, 16 de noviembre de 2011

ESTA EXTRAÑA NORMALIDAD

1. Una familia guatemalteca comparte la cena frente al televisor —la imagen muestra una camilla puesta encima de un cuerpo y una poza de sangre—, el niño le pide a su mamá que le sirva más fresco.
2. Una vecina aconseja a la joven maltratada que acuda a denunciar a su marido al juzgado; ella le dice que no: ¡Qué dirían en el colegio de los patojos, en el gimnasio, en la iglesia…!
3. El ex funcionario acaba de cumplir su condena de cuatro años por corrupción y dice que ahora está listo para volver a la política, pues terminó la pesadilla del actual Gobierno y que está listo para recibir la invitación de integrar el nuevo Gabinete.
4. Llega completamente afectada al trabajo, le robaron el teléfono a punta de pistola dos motoristas en un semáforo de la Avenida La Reforma; su compañero de oficina le dice que es culpa de ella, que debería polarizar los vidrios de su carro para que no la asalten de nuevo.
5. La picop patrulla los para, han bebido demasiado, pero entre todos comienzan la coperacha para pagar la mordida que de plano van a pedirles los policías.
6. Luego de presenciar la balacera donde mataron a un piloto y al ayudante del bus, los pasajeros esperan a que pase otra camioneta para no llegar tarde al chance.
7. Luego de discutir en la chicharronera acerca de la necesidad de imponerle la pena de muerte a todos los criminales del país, se sube completamente borracho al carro y atropella a un niño dos cuadras más adelante; ni siquiera piensa en detenerse, acelera el carro y huye a toda velocidad para que no lo metan al bote.
8. Un joven que llegó de provincia bastante enfermo recibe una cita para dentro de dos meses, y la señora que espera tranquilamente a que le sellen su constancia del IGSS le comenta que ella no se siente realmente enferma, que sólo quiere desquitar lo que le cobran mensualmente y aprovechar el permiso para hacer unos mandados.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

TÚMULOS

Una maldición eterna profirió mi amigo luego de romper el eje delantero de su carro en un túmulo. Allí nos quedamos tirados, sin poder avanzar, en medio de un caluroso pueblo de la costa. No hay nada más abominable que caminar dos kilómetros bajo el sol en busca de algún mecánico chapucero. Encontramos un pinchazo y a un hombre con una barriga enorme que nos mandó con un patojo de regreso en su pickup.

Orillados bajo un escuálido arbolito, esperamos a que el chico terminara de subir el carro con un tricket. Nosotros -como unos verdaderos buenos para nada- nos quedamos a la espera de una buena noticia, lo que no sucedió. Durante un par de horas el proto-mecánico estuvo moviendo fierros debajo del vehículo, hasta que salió con una sonrisa y nos dijo que el tren delantero del carro “se chingó” , y que no teníamos de otra que llamar a una grúa. Bueno, ¿qué se le iba a hacer?, mi amigo no estaba al día con el seguro, así tuvimos que aceptar el servicio que daba el dueño del taller.

Allí vamos, en el asiento delantero de un camión destartalado convertido en grúa, el mecánico panzón, el muchacho chispudo, mi amigo y yo, apachurrados hasta llegar a la capital, escuchando los coros evangélicos que sonaban desde el radio. Yendo de vuelta con nuestro viaje frustrado a la playa. En el camino las vallas redundantes de los dos candidatos a la presidencia, las piedras pintadas a la orilla de la carretera, los baches innombrables en el asfalto, los pueblos llenos de casas hechas de lámina y los miles de túmulos que hay en cada poblado próximo. Bromeo diciendo que “El túmulo es la prueba concreta de la existencia del hombre” parodiando el aforismo de Luis Cardoza y Aragón que refiere a la poesía. Nos reímos amargamente. Todos los alcaldes ponen túmulos y se huevean un montón de pisto, eso es lo que hacen los políticos chapines, ponernos túmulos por todos lados- nos dice el mecánico mientras ve hacia adelante. Sus palabras me dejan pensando un momento, sigo observando los camiones cañeros que, cuasi-vencidos por el peso, pasan al lado nuestro.

miércoles, 19 de octubre de 2011

12-E

Al llegar a Los Encuentros mi desánimo fue enorme. Unas cien personas, muchas de ellas con cajas y canastos puestos en el suelo, hablaban sin despegar los ojos de la carretera. Mi chumpa estaba tan mojada como un trapeador, tenía encima la lluvia de tres días. Esa mugrosa llovizna que cae como talco desde el cielo y no cesa. Comenzó a llover la tarde del lunes, siguió sin detenerse el martes, continuó el miércoles y para el jueves todo era charco, lodo y desastre.

Al preguntarle a la dueña de una caseta si estaban pasando camionetas para la capital, se rió, me dijo que con suerte habría el viernes o el sábado o cuando llegaran los tractores a quitar los derrumbes en la carretera. Sentí angustia, tenía que volver a la capital con mi familia y con mi trabajo. Sin plata para hospedarme, comer o comprar una tarjeta de teléfono, me sentía jodido. No me quedaba más que esperar con los demás. De pronto apareció una extraurbana que decía Guate y la llenamos en un par de minutos. Éramos tantos que casi no se podía respirar. Logré la orilla de un asiento junto a un anciano indígena que llevaba sombrero y que de inmediato se corrió para que yo cupiera.

El chofer tomó por un viejo camino. Un estrecho enlodado rodeado de cerros y barrancos. A momentos las llantas comenzaban a resbalar por el lodazal. Cinco veces tuvimos que bajarnos a quitar las piedras o a machetear las ramas de los árboles caídos o –incluso- a improvisar un equipo de socorro para los camiones de los vendedores ruteros atascados. Al superar los obstáculos nos saludábamos y así, mojados y enfangados, volvíamos a nuestro sitio. El anciano me dio un trapo para secarme, yo le dije que estaba harto de tanta lluvia, fue entonces que me respondió con estas palabras: Lo que pasa es que llueve porque la gente no llora. Si no lloran todos los que tienen que llorar, los cielos no van a tranquilizarse.

Cinco horas y media después llegamos a la Calzada Roosevelt y siguió lloviznando.

jueves, 13 de octubre de 2011

RENACIMIENTOS INEXPLICABLES


¿Por qué en un país como Guatemala -donde la mejor censura es la indiferencia- aparecen tipos tan brillantes, con tanta sensibilidad en estado puro, con tanta imaginación fijada en las cuatro esquinas de nuestro vacío humano? ¿Porqué en el Este del Edén de cualquier sociedad culturalmente evolucionada, surgen estos renacimientos inexplicables? Eso me pregunté durante el funeral de Efraín Recinos, luego de que una amiga diera gracias a Dios porque el maestro había muerto de forma natural y no a causa de la violencia. El comentario me hizo aterrizar en una realidad muy lejana a los homenajes y a los elogiosos discursos que llenaron la ocasión. Encontrándome con una galaxia de oradores espontáneos que nunca he visto ni a un centímetro de distancia de la lucha artística de este país. Entre políticos, medios de comunicación, empresaurios y funcionarios, el reconocimiento auténtico de sus amigos y admiradores se diluyó en la demagogia más conservadora y oportunista de los nacionalistas de ocasión, esos cazadores de “orgullos chapines” que no apoyan a quienes inician sueños, sino a quienes los han alcanzado llevando todo en su contra.

Durante la ceremonia pude recorrer con la vista el legado más visible de Recinos. El Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, una enorme escultura habitable que asoma desde una colina que comparte con un ex-cuartel. No existe otro monumento tan grande a la voluntad creativa y a la excentricidad de los guatemaltecos. De los guatemaltecos distintos: los que aún descubren humanidad entre tanto conformismo adocenado, entre tanto egoísmo y tanta abyección política. Los distintos, los que no están dispuestos a hacer las cosas por dinero, los que tienen una idea y la persiguen de oficina en oficina, de calle en calle, de poco en poco, encontrándose que los únicos que pueden darles algo son aquellos que están igual que ellos, persiguiendo una existencia menos superflua y menos patética que la de la mayoría.

Qué mal que tengamos unas elecciones tan sombrías (como todas las que hemos tenido), qué bueno que hallamos tenido a un Efraín Recinos… tal vez y no estemos tan, pero tan solos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

LIMBO: LAS CALLES IMAGINARIAS

Siempre escribo caminando. La verdad yo no me encuentro en un escritorio, sentado frente a una hoja en blanco y sin hacer nada; es afuera, en la calle, donde está la fuente de mi interés por escribir. Odiaría tener mucho tiempo para redactar, si con ello renunciara a la posibilidad de salir y observar la vida a mi alrededor. Guatemala da suficientes motivos para hacer libros acerca de prácticamente cualquier cosa.

Se escribe de lo que se oye, de lo que se ve, de lo que se experimenta. Resulta que no existe otro ejercicio más que el de existir subordinado a una curiosidad ilimitada y a un profundo interés por comprender cómo funcionan los seres y las cosas. La literatura es una excusa para entender la honestidad que nos es más próxima. Buscar hacer algo trascendente o no, es una situación que rebasa las posibilidades de quien se asume como escritor. Así un libro de poemas o de ensayos o una novela no es más que un experimento, algo que no busca más que dejar unas cuantas palabras calcadas en otro. De eso que la mayor gloria que puede darnos esta vocación solitaria e inexacta -plagada de falsos mesías, genios maleducados y consorcios editoriales miopes-, es acaso el pavimentar las calles imaginarias de los lectores presentes y futuros con la experiencia que nos es propia. Calles que, en mi caso, son el escenario interior y exterior de todo cuanto me sucede.

Así quiero invitarlos a la presentación de mi nueva novela, Limbo, un intento por sacarle una radiografía a la Ciudad de Guatemala y a sus habitantes desde este incomprensible presente. Un día en la vida de un guatemalteco; un 4 de noviembre electoral; un personaje que apunta y anota y que, al igual que yo, camina buscando motivos y resortes que lo empujen a ponerse alerta frente a la nimiedad y al desdén que nos invade por todos lados. La presentación se realizará mañana jueves 6 de octubre, en el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón. Los espero.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

PIÑATAS

Acaso el más honesto acercamiento a la práctica de la escultura en Guatemala sea la piñata. Si el arte es observar, pensar y re-definir metáforas, en una piñata es posible todo eso. Adentro de esa piel con papel de china y periódico, adentro de sus alambres amarrados con alicate que los niños piden para desmembrar el día de su cumpleaños, existe una grotesca proximidad con nuestro presente histórico y político. ¿Por qué no? Primero elegir una imagen popular, llenarla de dulces, para luego, con un palo bien adornado con estrellas doradas, hacer fila para reventarla y distribuirse los dulces en la jauría. Luego viene el pastel y la destapadera de regalos.
La sociedad guatemalteca luego de las elecciones es lo más parecido a ese pandemonium de cumpleañeros salvajes. Elegimos a quien le tocará darle por toda la madre a la imagen sonriente que pende de un lazo. La fila es larga y a quien no pasa de inmediato, le tocará luego, cuando el anterior pierda su oportunidad de sacarle todo.
Piñatas hay de todo tipo. Las hechas por primerizos y por expertos. Por artesanos que imitan a la perfección los trazos del Cartoon Network y los que se arriesgan dándole forma de Leonel Messi -con todo y camisola del Barcelona- al chunche. Personalmente me gustan las que no está muy bien definidas, aquellas con hombres araña cabezones o con pitufos alargados o con sexys tinkerbells de bustos prominentes. Su ingenuidad es tan majestuosa, como todos los intentos de hacer de Guatemala un estado democrático de primer mundo. Imitaciones que tratan de calcar sobre lo viejo y defectuoso, el modelo del progreso y la tolerancia; tratando de hacer efectiva una modernidad, construyéndola sobre la base de un pasado aberrante. Nuestros gobernantes son inexpertos hacedores de piñatas, pero no importa qué tan mal hecho se vea por fuera el estado, nuestro país sera apetecible mientras tenga algo adentro que pueda repartirse y tirarse.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

SESIONES CON MONTEFORTE


“Esa foto me la tomé con Luis Buñuel en México y en esa otra estoy con Pablo Neruda” –Decía Mario Monteforte Toledo con mucha seriedad, casi impenitente, luego de que observara el reloj Swatch amarillo que tenía en mi mano izquierda, pensando –seguramente- que era horrible. Alrededor de aquella sala el escritor tenía colgados cuadros increíbles. Me llamaba mucho la atención un Guayasamín que era digno de estar en un museo y tres curiosos grabados que compró en alguna parte del mundo que ya no recordaba. En mi caso, yo tenía encima un horrible marbete que decía “escritor joven”, y él no cesaba de hacerme preguntas. ¿Ya conocés a Ezra Pound? –no, eh… ¡Qué desgracia! Empezá con éste, luego te doy estos otros dos, no más no te los vayás a robar porque así he perdido bibliotecas y amistades. Durante cuatro años frecuenté su casa y poco a poco dejé de ser su alumno y me convertí en su amigo. Alguna vez me llamaba para que leyera alguna novela suya en proceso o porque su computadora se había vuelto loca. Yo salía de mi trabajo a las cuatro y media, luego me subía a un bus para ir a su casa en la zona 15. Pasaba un par de horas leyendo en su biblioteca y escuchando como regañaba a los escritores y a los artistas que reverencialmente llegaban a tomar café con él. Puedo decir que me formé leyendo libros autografiados, muchos le habían sido entregados al novelista por sus mismos autores. Una vez Monteforte me encontró leyendo a Octavio Paz, me lo quitó de las manos y me dijo: Dejá de perder el tiempo leyendo a ese tipo, tené, aquí está César Vallejo y T.S. Eliot. Recuerdo que al salir para tomar la Uno, luego de mis sesiones con Monteforte, veía aquel autobús lleno de gente como algo francamente poético; sentía como si la literatura me quemara, entonces me sentaba y con la poca luz que iluminaba la camioneta me ponía a escribir lo que más tarde sería ese libro de poemas.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

PERDIDIZOS

Hace unos días mi amigo, el escritor Gerardo Guinea, me recordó eso que alguna vez le escuché a Mario Monteforte Toledo. El novelista decía que los guatemaltecos no éramos unos perdedores, sino unos perdidizos. Tal vez la palabra no me sonaba de este planeta ¿Perdidizos? Mi absoluto desconocimiento de la historia de este país no me permitía entender tal afirmación entonces.

Él decía que nos habíamos acomodado en el olvido y en el conformismo, echando a perder todas las oportunidades de salvación que hemos tenido. Perdimos la oportunidad de una independencia verdadera en 1821. Perdimos la oportunidad de la revolución liberal democrática de 1920.

Perdimos también el derecho a tener un país digno en 1954 y que estábamos a un paso de perder los Acuerdos de Paz. Cáustico y sensato, como lo recuerdo, Monteforte era dueño de una visión láser que atravesaba todas esas demagogias que entorpecen las intenciones de cambio político y de apertura en Guatemala.

Hoy, tan cercano al centenario de su nacimiento, pienso en esos aportes brillantes que dejó, con sus palabras y con sus actos. Un intelectual generoso que, pudiendo quedarse en cualquier parte del mundo a vivir sus últimos días, decidió volver y aportar todo lo posible para consolidar un movimiento humanista que diera paso a una regeneración del pensamiento, de la práctica cultural y de la reflexión política.

También pienso que dentro de unos cuantos días se abrirán las urnas para que elijamos a otro gobierno. ¿Qué tanto podemos perder? Un voto irreflexivo puede atraernos la completa oscuridad.

Esa oscuridad que venimos acumulando desde siempre, debido a que tenemos esa costumbre tan chapina de no querer arriesgarnos por un cambio. Esa oscuridad voluntaria donde nos hacemos perdidizos dentro de lo que llamamos circunstancia.

jueves, 11 de agosto de 2011

NARCODRAMAS


A finales del 2009, agentes de la Procuraduría General de México capturaron a Santiago Meza López, alias “El Pozolero”, miembro del cartel de Tijuana. Los detalles de su caso bien podrían armar el guión de alguna película de la serie SAW.

Uno de tantos obreros desempleados que se ganaba la vida sacando chances para los narcos. El trabajo de Meza López era el de disolver cadáveres dentro de un tonel lleno de ácido, para luego esparcir los restos en la patio de atrás de su casa. El apodo de Pozolero deriva del nombre de un platillo tradicional mexicano que lleva muchos ingredientes en una sopa. La historia es repugnante y sumamente triste. En sus declaraciones, este albañil reconvertido en criminal, admitió haber deshecho a más de trescientas personas.

La prensa sensacionalista se volvió loca. Su historia devino en una serie de documentales y hasta en una película de bajo presupuesto. Algo que no es poco común, ya que los narcodramas son inmensamente populares dentro de nuestras sociedades fallidas. El pobre que se vuelve rico dejando sus valores en pausa, trayéndose abajo a ese sistema de clases y mandando al carajo a esa farsa que en nuestros países llaman “libre empresa”. El pobre que práctica un extremo-capitalismo, donde la oferta y la competencia son menos simples que en el manualito gerencial de alguna universidad privada. Pero al margen del morbo que puedan levantar las historias de mafia, permanecen acciones reales muy difíciles de aceptar por los gobiernos afectados por esta guerra: la miseria es el oxígeno del crimen. Ese maldito tema de la repartición de la riqueza lejos de nuestras zonas de confort clase mediero, eso que hace germinar toda esta violencia. El desempleado no se vuelve en asesino de la noche a la mañana. ¿Cuántos delincuentes del mañana están pidiendo, ahora mismo, una moneda debajo de un semáforo y ante nuestra total indiferencia? ¿En qué momento el hambre obliga a una persona honesta a cruzarse todas las líneas?

lunes, 8 de agosto de 2011

CIUDAD GÓTICA

Es triste admitir que este país se convirtió en aquel que imaginé de niño: el de los episodios de la serie Batman de los sesenta. La ciudad de un superhéroe a go-go que resplandecía en aquel televisor Majestic que momentáneamente perdía los colores.

Es que todo se ha vuelto tan retorcido en Guatemala, que ya nada nos parece extraño. Entre la violencia incontenible, la impunidad, las situaciones delirantes (hoyos que se abren de pronto tragándose las casas, por ejemplo) y los ridículos disfraces que se ponen los candidatos a la presidencia, pues ya no queda mucho que envidiarle a los personajes de cualquier cómic. Entre pingüinos, guasones, hiedras venenosas y sin gatúbelas –lamentablemente- los guatemaltecos vamos descifrando la patética realidad que se nos presenta.

Somos como Ciudad Gótica, pero con héroes maniatados por la corrupción institucionalizada más poderosa de la región y donde el engranaje de leyes y sistemas de justicia no son otra cosa que las extremidades visibles de un crimen muy bien organizado.

Mi comparación es frívola, sin embargo la creo oportuna. Con sólo abrir los diarios cada mañana y ver las noticias, caigo de inmediato en una espiral de deterioro donde me siento como el pasivo lector de una historieta repleta de absurdos. Absurdos de una sociedad en la que reiniciamos cada día nuestra propia tragedia y donde rastreamos esperanza en cualquier politiquero con discurso de oferta.

Mi amigo Sergio Valdés afirma que la ficción reinventa la realidad. Yo también lo creo. Lástima que los guatemaltecos no estemos reinventados por Hojas de Hierba de Walt Whitman o por una colosal novela decimonónica, sino por una disparatada serie de televisión llena de situaciones bizarras y patéticas.

Maquilamos tanta incertidumbre y tanto desencanto que nuestra debacle está acercándose vergonzosamente a la comedia.

Acaso el estanco más difícil sea precisamente éste, donde el absurdo ha dejado de ser divertido y se ha convertido en nuestra rutina de todos los días.

viernes, 22 de julio de 2011

POR QUÉ NO LEEMOS LOS GUATEMALTECOS

¿Por qué no leemos los guatemaltecos? Tonta pregunta para un panel foro de especialistas. Llueven respuestas; se acusa a los maestros, se acusa a los padres, se acusa al gobierno y se acusa a la televisión. Todo cargado de golpes de pecho, de moralinas y de conclusiones fatales. Los intelectuales se suben los lentes por el arco de la nariz, hacen una mirada inspirada, corrigen sus notas y dicen: la lectura es un factor esencial... desde niños este hábito debe ser estimulado por...

Entroniza el blá blá blá; pero nadie acierta a dar una estrategia efectiva que despierte el interés por lectura en las mayorías.

No es llevándole toneladas de libros a las bibliotecas como se fomenta la lectura. Tampoco obligando por decreto a que los alumnos de las escuelas nacionales lean cinco libros en un año. Yo recuerdo que mis maestros me obligaron a leer María, El canasto del sastre y Leyendas de Guatemala, logrando que se apagara mi deseo de leer durante la adolescencia. Quienes me ponían esos libros en la cara, eran tan ignorantes y tan poco entusiasmados por la literatura, como cualquiera de mi clase. Leer significaba pasar raspado el examen de Idioma Español, no entender absolutamente nada y aplatanarse durante una tarde aburrida (diccionario en mano) a rebuscar la jerga modernista de Jorge Isaacs. Evidentemente el acceso forzado a los libros no me sirvió de ningún aliciente. Mi dependencia de la lectura vino por razones más hedonistas, digamos, más placenteras.

El guatemalteco no lee, por una actitud que lo envuelve todo en este país: no existe el disfrute por hacer las cosas, todo debe hacerse con sacrificio y desinterés. Así el lector joven que se entusiasma por un best seller, inmediatamente es censurado y corregido por los sacristanes de la cultura, que opinan que un chico que se entretiene leyendo manga o uno de los libros de la saga Twilight es un consumista de literatura chatarra, no un lector y un pensador en potencia. Quizá todo devenga porque el rasgo educativo que impera nuestra sociedad es la intolerancia hacia cualquier tipo de diversidad. Leer es leer, ese es el primer paso para un país de lectores, por eso celebro la Feria internacional del libro en Guatemala una colmena para lectores y libros muy diversos, lo que significa un valioso esfuerzo.

miércoles, 13 de julio de 2011

EN LAS CALLES DE GUATEMALA


En las calles de Guatemala reptamos sin crecer, porque crecer significa morir. En las calles de Guatemala hay una escarcha de resignación que nunca se derrite. En las calles de Guatemala un chico de quince le dispara a una abuela de sesenta. En las calles de Guatemala hay un vendedor de algodones de azúcar frente a la escena del crimen. En las calles de Guatemala sicarios y oficinistas comen en la misma carretilla de hot dogs. En las calles de Guatemala los buses se quedan sin piloto. En las calles de Guatemala los grafiti dicen todo, pero a nadie le interesa. En las calles de Guatemala suceden milagros que se pierden en el ruido. En las calles de Guatemala los altoparlantes le piden a Dios que no se vaya. En las calles de Guatemala los niños le sacan brillo a los zapatos de los ministros. En las calles de Guatemala el dolor ya no nos devuelve nada. En las calles de Guatemala las vallas publicitarias nos bloquean el cielo. En las calles de Guatemala los pájaros se estrellan contra las campanas de las iglesias. En las calles de Guatemala los puentes tienen cercos para que nadie salte de ellos. En las calles de Guatemala la sirena de una ambulancia separa el mar rojo de la hora pico. En las calles de Guatemala los diarios envuelven la carne roja de los mercados. En las calles de Guatemala las victorias se saludan con cohetillos calibre cuarenta y cinco. En las calles de Guatemala los muros son altos e imposibles de saltar. En las calles de Guatemala la poesía se derrite sin finalizar su camino. En las calles de Guatemala quedan volcanes de ropa sin gente. En las calles de Guatemala no se respira sino se sangra. En las calles de Guatemala la tristeza se abre por todos lados. En las calles de Guatemala estas palabras pasarán hoy directo al olvido. En las calles de Guatemala nos gritamos todo y no podemos decirnos nada.

miércoles, 6 de julio de 2011

LOS CONDENADOS DE LA TIERRA

Frantz Fanon: Con frecuencia se cree, en efecto, con una ligereza criminal, que politizar a las masas es dirigirles episódicamente un gran discurso político. Se piensa que le basta al líder o a un dirigente hablar en tono doctoral de las grandes cosas de la actualidad para cumplir con ese imperioso deber de politización de las masas. Pero politizar es abrir el espíritu, despertar el espíritu, dar a luz el espíritu.

Esta cita pertenece al libro “Los condenados de la tierra”, publicado en francés en el año 1961, poco después de la muerte de este brillante pensador de origen africano. Esta obra es una amarga reflexión acerca de la disparidad entre los países pobres y los países poderosos. Fanon abarca el tema de las colonias o sea, el tema de esos países inferiores, de esos países tarados que llenan África, Asia, América y Oceanía. Esos impresentables países que nunca desarrollaron un pensamiento propio y que luego de alcanzar su farsa independentista, mantuvieron intactos los viejos esquemas de relación económica, política y –sobre todo- cultural entre sus ciudadanos de primera o de segunda clase. Países como Guatemala, por ejemplo.

El discurso del colono sigue intacto entre nosotros. Somos mestizos con aspiraciones criollas. Desconfiamos del indígena porque toda su cultura nos parece inferior y desde el poder aún se conserva la premisa de que modernizar el país es deshacernos del molesto legado de violencia y de marginación que está presente en toda nuestra historia, así, con un simple tachón.

¿Por qué no hay líderes que nos inspiren? Esa es la pregunta que aparece por todos lados. Mis respuestas son sencillas: Porque no hemos tenido el valor de fundar un país nuevo, sin todas esas taras heredadas; porque no creemos en nosotros mismos y preferimos seguir repitiendo, una y otra vez, el mismo modelo fallido que nos heredaron quienes vinieron a despojarnos; porque seguimos concediéndole el poder a quienes jamás nos lo concederán a nosotros.

jueves, 16 de junio de 2011

PREFIERO EL SILENCIO.

Prefiero el silencio, a la absurda práctica de las mentiras. Prefiero lo nuevo, a lo viejo comprobado. Prefiero ver los apretones de mano, a las actas y a los contratos. Prefiero los errores expuestos, a las perfecciones aparentes. Prefiero estar afuera de la prosperidad, a estar adentro del delito. Prefiero concluir un libro, a leer una noticia. Prefiero acumular ideas, a llenarme de dudas. Prefiero escribir acerca de quienes crecieron conmigo, a escribir sobre los grandes problemas del mundo. Prefiero hablar con quienes toman cerveza en las tiendas, a los foros intrascendentes sobre corrección política. Prefiero la memoria sin resentimiento, al olvido indiferente. Prefiero a los que nos muestran verdades incómodas, a los que prometen democracias falaces. Prefiero a los que fuman marihuana, a los que violan niños en las iglesias. Prefiero a los revolucionarios activos, a los militantes del fracaso. Prefiero a los intelectuales periféricos, a los cosmopolitas mediocres. Prefiero los discos, a los videoclips. Prefiero los carros viejos, a las camionetas polarizadas. Prefiero ver crecer a mi hijo y tener algo de qué hablar con mi esposa, a envejecer rodeado por desconocidos. Prefiero un lector sincero, a un premio literario. Prefiero un anarquista, a un activista pajero. Prefiero una opinión sincera, a un análisis incierto. Prefiero encontrar amigos, a lograr aliados. Prefiero gastar en un buen libro, a comprarme un teléfono caquero. Prefiero terminar un principio, a comenzar un final. Prefiero un pasado vivo, a un presente muerto. Prefiero las mañanas, a los medios días. Prefiero asistir a los estrenos, a presenciar los homenajes. Prefiero ir al dentista, a una parranda con reguetón. Prefiero un ladrón de celulares, a un accionista bancario. Prefiero cualquier cosa, a un político guatemalteco. Prefiero andar a pie tranquilamente, a tener un chófer y cuatro guaruras. Prefiero la brillante ingenuidad, al conocimiento sin entusiasmo. Prefiero la luz de la mañana, a las estrellas intermitentes. Prefiero –como dice la poeta polaca Wislava Szymborska– los países conquistados, a los países conquistadores. Prefiero lo absurdo de escribir y pensar y hacer y creer, a lo absurdo de no hacer ninguna de estas cosas.

miércoles, 8 de junio de 2011

CREDO

Mi credo: Creo en Joaquín Orellana, genio creador de nuevos sonidos para un país que no cicatriza.

Creo en Carlos Mérida, filósofo del color que encubre cualquier silencio y cualquier vacío.

Creo en Luis Cardoza y Aragón, porque nos dio un nombre y nos dio palabras y nos dio un espejo para reflejarnos.

Creo en Roberto Cabrera, en su integridad intelectual y en su compromiso con el arte.

Creo en Mario Monteforte Toledo, por nunca claudicar.

Creo en Augusto Monterroso, a quien le debo aquella fábula del rayo que cae dos veces en el mismo sitio.

Creo en Francisco Tún, la única cordura digna, esa sensibilidad callejera que no cae de rodillas.

Creo en Isabel Ruiz y en Luis González Palma y en Moisés Barrios, por hacer ese episodio memorable llamado grupo Imaginaria.

Creo en los jóvenes artistas de San Pedro la Laguna y de San Juan Comalapa.

Creo en Luis de Lión y en Francisco Morales Santos y en Isabel de los Ángeles Ruano y en Margarita Carrera y en Luz Méndez de la Vega y en Ana María Rodas y en Roberto Monzón, los poetas, los nombres que nos nombran.

Creo en mis amigos escritores y artistas que traen consigo un futuro más humano.

Creo en los intelectuales que no llegaron a ver el presente porque el pasado -que quiso silenciarlos por la violencia- no pudo contra su espíritu.

Creo en Lisandro Guarcax y en el grupo Sotzil Jay.

Creo en todos aquellos que buscan sacarnos de esta noche eterna y nos traen de nuevo la luz.

Creo en el Pop Vuh, en El mundo como flor y como invento y en todos los verbos de este lado del planeta.

Creo en el valor de dar el primer paso y de dar la primera palabra al frente.

Creo en quienes nos conceden una esperanza común, algo de aire fresco en medio de tanta soledad histórica y de tanto fracaso.

miércoles, 18 de mayo de 2011

GUATEMALAN PSYCHO

Mientras cenamos, una guapa presentadora de televisión -con el cabello correctamente planchado y teñido- nos informa acerca de un nuevo cadáver que fue hallado en distintos puntos de la ciudad capital. Usa la palabra “descuartizado”, usa el consabido “ajuste de cuentas entre pandilleros” y usa la muletilla de “otro hecho de sangre...”. Nos quedamos en silencio viendo las porciones de imágenes que dan testimonio de la noticia: un bombero levantando los restos, unos niños saludando a la cámara y dos personas del Ministerio Público recogiendo la posible evidencia. Tanto espanto dura sólo tres minutos y antecede a una larga fila de sucesos similares.

¿Inseguridad? Pues sí, ¿pero acaso esto es nuevo? Si algo ha frutecido en Guatemala desde los dorados tiempos de Jorge Ubico ha sido eso: la violencia, la impunidad y la tortura. Seguramente un grupo de abuelitos quisquillosos renegarán de lo que acabo de decir, claro, siempre hablan bien de los dictadores aquellos que los sobreviven, aquellos que no sufrieron lo que otros -tal vez inocentes, tal vez no- atravesaron simplemente por tener la apariencia de pobres y, por tanto, de criminales. Somos una sociedad con un generalizado Síndrome de Estocolmo, donde a cualquier beato pistolero le entregamos toda nuestra devoción por que de verdad tiene“huevos” para gobernar. La imagen del Capo-Padrino es muy común por eso, ejemplifica al protector de la comunidad, le perdonamos sus acciones ilícitas, pero nos mantiene limpio de ladrones y delincuentes el pueblo. Esta es la gran lógica guatemalense: contener el delito común, para favorecer a los grandes criminales.

Frente a los indescriptibles sucesos de los días recientes, ¿qué puedo añadir?, comparado con las primeras planas de los diarios guatemaltecos de este mes de mayo, la leyenda de José Miculax Bux queda relegada a la biografía de un enanito de Blanca Nieves. Una masacre que nos remite de inmediato a los escenarios de carnicería que dejó la Guerra Fría en nuestro país. Sería ingenuo creer que se trata sólo de acciones de narcos contra narcos, todo parece indicar que otra guerra está a la vuelta de la esquina, una guerra “nueva”, pero muy bien alimentada por los viejos métodos patronales de negociar y de someter.


miércoles, 11 de mayo de 2011

CORAZONES FUERTES

Madre soltera con un hijo y con una sobrina. Tiene la enorme responsabilidad de cuidar de la niña, porque su hermana, que también era madre soltera, murió de cáncer y se la dejó encargada.

Una vida complicada en una situación difícil. Los mil cuatrocientos quetzales que gana no le alcanzan para llegar a fin de mes. Trabaja como encargada de limpieza en un edificio de la Zona 10, pero ella vive en Mixco. Siempre toma el bus a las siete de la mañana -aunque debería tomarlo a las seis-, porque tiene que dejar a los niños en una guardería. Se levanta a las cuatro de la mañana, deja hecho el oficio de la casa, deja el almuerzo listo, así, al volver los niños con la vecina que le hace favor de ir a recogerlos, sólo calientan su comida.

Los días se ven iguales. La secretaria pidiéndole mandados que no le corresponde hacer; el mensajero lujurioso; la licenciada con su mal carácter de siempre; la sopa instantánea de vasito que es su almuerzo. A las dos y cuarto llama al celular de su vecina para confirmar que todo está bien por la casa, y cuando no le contestan, su angustia es demasiado grande, no puede pedir permiso, no tiene dinero para irse volada en un taxi y ver a sus niños.

Sale a las seis en punto. A veces pasa a Paiz comprando algo para la cena, mira algunos pintalabios, algún tinte para el pelo... y sólo lleva lo que tiene que llevar. Tras el vidrio de la camioneta observa las vallas iluminada. Ella ve el rostro de las mujeres que van para la presidencia o la vicepresidencia, y piensa: ¿Tendrán algo en común con mi vida? Sus pensamientos se disipan cuando tres tipos con cara de asaltantes se suben y comienzan a hablar con el chófer, le pide a Dios que no sea un asalto, que no la maten, sino ¿quién se va a hacer cargo de los niños? Afortunadamente no sucede nada. Y cuando llega a su casa se siente contenta, pero, eso sí, muy, pero muy agotada.


miércoles, 4 de mayo de 2011

LA MALDITA PRIMAVERA

En la foto aparece Dionisia junto a una enorme máquina para lavar ropa. El armatoste plateado reluce junto a la sonrisa de esta mujer q'anjob'al que salió de un municipio de Huehuetenango, en brazos de su tía, durante el muy duro año 82, y que luego de pasar catorce años de penurias como refugiada guatemalteca en México, decidió irse a probar suerte a los Estados Unidos.

Dionisia llegó a Los Angeles el mismo día que en Guatemala se firmaban los Acuerdos de Paz. Sus problemas no fueron menores, pasó hambre y durmió a la intemperie durante mucho tiempo. No hablaba bien español, lo que le complicó muchísimo el conseguir un empleo entre los inmigrantes hispanos. Una soledad enorme en una ciudad enorme. Atravesó toda suerte de labores domésticas; su inteligencia y curiosidad naturales le hicieron aprender inglés rápidamente y mejorar su situación. Quince años después podemos encontrarla trabajando como jefa de lavandería de una importante cadena hotelera.

Dionisia no recuerda Guatemala. Sabe que su madre tuvo que huir por la violencia desatada contra la población indígena. Volver a su país de origen es algo que no está en sus planes, porque su vida nunca estuvo allí. Sus dos hijas son estadounidenses y su esposo es haitiano. Se siente ajena al resto de guatemaltecos que hablan del “País de la Eterna Primavera”, tienen fotos y llaman a sus familiares. Ella no tiene nada de eso, nunca tuvo una partida de nacimiento y su familia completa fue asesinada brutalmente. En lugar de fotografías guarda el güipil de su tía que murió en México poco antes de emprender su viaje hacia el Norte. Guatemala es un enorme silencio, un lago vacío en su vida. La eterna primavera para ella no significa más que una fila de fantasmas, recipientes de un dolor agudo que nunca termina de comprender.

Durante un tiempo escuchamos hablar de los retornados, pero nadie dice nada de aquellos que no retornaron, los que se quedaron en el aire, sin suelo, sin un sólo papel que les diera un nombre. Por eso decidí escribir sobre Dionisia y su batalla.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA NACIÓN PEQUEÑA

La nación más pequeña: la de los sueños pequeños y destinos pequeños (Mario Monteforte dixit).

La pequeña nación con límites vigilados y horizontes lejanos.

La nacioncita de banderas plásticas y delantales rotos, que se asfixia en los estadios y se derrama de los buses por la mañana.

La micro-nación con un tiempo de comida.

La mini-nación aglomerada en los camiones para protestar y para reprimir.

La que llora de emoción por sus cantantes de Latin American Idol.

La que se mantiene oculta en cementerios clandestinos.

La que se aplasta con una miga, con una lluvia torrencial o con el fuerte soplo del viento.

La micronación de caminos ocultos en la neblina. Donde el pasado es algo trágico, el presente es caótico y el futuro es una trampa. Donde la gente suspira por las procesiones y los dictadores. Donde los deseos son pequeños almanaques agujereados en las paredes de las abarroterías.

Esta nación invisible que pierde cada cuatro años sus esperanzas de ir a un Mundial de Fútbol o de tener un gobierno medianamente honesto. Que nunca se encuentra en ningún espejo o que se reinventa una y otra vez con tal de no ser original. Esta breve nación intolerante a fuerza de perderlo todo, ganarlo todo y volverlo a perder. A fuerza de retozar por el sótano más oscuro de la violencia y convencerse que la violencia la devuelve a la historia de sus errores una y otra vez.

Esta nación-grieta que deja ir a sus mejores personas y con ellos a sus mejores promesas. Aquí donde todo está congelado, pero el cielo es magnífico.

Este país pequeño, tan pequeño que cabe en la mira de un fusil (Luis Alfredo Arango dixit).

miércoles, 9 de febrero de 2011

TODOS TUS MUERTOS

En dos horas hablamos de todo. Me contaste que tenías resaca, que habías tomado mucha cerveza la noche anterior, y yo remedé aquella cita que le refieren a Miguel Ángel Asturias: En Guatemala sólo borracho se puede vivir. Me comentaste que te cuesta mucho levantarte cada mañana, que no tenés un trabajo estable, que vas dejando currículums de un lado a otro y que preferís andar kilómetros a pie, antes que subirte en una camioneta para que te maten. Luego pasamos a la desagradable necesidad de opinar acerca de las elecciones, aquí, en este país donde los partidos y sus representantes tienen una moral similar a la de un violador de niños. Nuestras conversaciones que antes eran agradables, ahora parecen sombrías. Salió el tema del artista de Caja Lúdica que asesinaron la semana pasada, guardamos un silencio incómodo, apreciábamos al chico y maldijimos a sus asesinos, los asesinos de nuestro ánimo y de nuestras esperanzas. Me comentaste que estabas preocupado porque tu novia estaba embarazada y que te sentías cruel e irresponsable por traer un niño para vivir en medio de esta situación tan podrida, de horizontes tan lejanos, en este país donde oponerse al facismo es ganarse una bala nueve milímetros en medio de la cabeza.
En dos horas conversamos acerca de todos nuestro muertos y de lo difícil que ha sido enterrarlos. Ya no queda tiempo para el duelo o el espanto, ya nada nos sorprende. Nuestras pláticas de viejos amigos ahora se reducen a eso, a mascar la amargura y el desaliento de todos. De pronto se oscurece la tarde en las calles del Centro, vos agarrás por tu camino y yo me vuelvo a mi casa, en silencio, disimulando que no me siento triste.

miércoles, 26 de enero de 2011

EL ETERNO GOLPE


Una imagen de mi infancia: la pantalla del televisor de mi casa mostrando una fotografía postalera del Palacio Nacional y una pieza musical de marimba. La voz grave del locutor de TGW informaba, lacónicamente y con voz de ultratumba, que había ocurrido un golpe de estado y que la cúpula de gobierno se había cedido por la fuerza al Ejercito. Para mí aquello únicamente significaba varios días sin ir a clases, lo que no tenía nada de trágico. El caos ha sido lo único verdaderamente estable en Guatemala, así que un abrupto cambio de autoridades no significaba nada para un niño de clase media citadina.

Tuvieron que transcurrir diez años para que, a través de libros y cursos en la universidad, me enterara de lo que sucedía tras de esas “interrupciones” a la cotidianidad que se daban con cada golpe de estado: genocidios, torturas, desapariciones forzadas, desfalcos y traiciones entre los grupos ideológicos que tenían el poder absoluto por aquel entonces. Romper con un régimen a través de la violencia era el cúlmen de lo que comenzaba con el fraude electoral, algo tan guatemalteco como los tamales de los sábados.

Revisando un estudio acerca de la participación democrática durante el 2010, encuentro un dato terrible, una encuesta revela que las mayoría de jóvenes guatemaltecos entre 18 y 25 años están más dispuestos para apoyar un golpe de estado. ¿Acaso la cultura democrática ha fracasado tan rotundamente en nuestro país? Pareciera como si el oscurantismo de la Guerra Fría nos hubiese traspasado hasta el presente y que la mala educación para escoger líderes y la mala educación para cambiarlos, fuera nuestro patético destino, nuestro continuo retorno.




miércoles, 19 de enero de 2011

AUNQUE NO LE GUSTE A NADIE

Guatemala tiene una docena de partidos políticos, pero una pésima opinión de la democracia. Un país difícil de gobernar, con un presupuesto estatal desfinanciado, asediado por el narcotráfico, con un atraso educativo de siglos y una deslucida imagen de sus instituciones ante la población en general. Una población que se ha vuelto completamente apática a la participación política, tan sumergida en el miedo como en el egoísmo, somos una masa que pide líderes para que resuelvan nuestros problemas y tomen nuestras decisiones, para que se apropien de lo que es nuestro y mantengan al mando a los viejos ( o a los nuevos) monopolios, señores del cielo y de la tierra.

¿Cómo un país con una gobernabilidad tan cuesta arriba tiene tantos candidatos a la Presidencia? No se necesita mucha suspicacia para pensar que lo único que interesa a nuestras “opciones políticas” no es más que ese bisne llamado Estado Guatemalteco. Es notorio luego de escuchar los enunciados propuestos en sus discursos. Elusivos y simplistas: cubrir las necesidades de la población más necesitada, garantizar mano dura contra la delincuencia (no contra la impunidad) y enderezar la tributación sin perseguir a los evasores ni imponer nuevos impuestos ¿?

La verdad es que no existe un sólo candidato que inspire un verdadero liderazgo. Tanto sus discursos como su propuesta no pasa de ser un ejercicio de marketing basado en las estadísticas acerca de las necesidades más urgentes que aquejan a los votantes, a la gente hay que decirle lo que quiere oir. Este es acaso el peor de todos los males de nuestro sistema político, desvanecerse tras la imagen de ese caudillo salvador lleno de respuestas fáciles para problemas complejos. Un verdadero líder no endulza oídos, un verdadero líder es quien dice la verdad, aunque ésta no le guste a nadie.

miércoles, 5 de enero de 2011

NUNCA HE ESTADO EN UNA GUERRA

Nunca he estado en una guerra. No sé lo que es el ataque ni la defensa. No sé nada acerca de matar ni de ver morir. No entiendo las jerarquías de la disciplina militar, tampoco lo que es recibir órdenes para ejecutar familias enteras sin cuestionarme nada. No sé lo que es tener que tomar las armas para cuidar la soberanía de nada. Nunca he disparado un arma, nunca he desfilado con un uniforme verde olivo. Nunca me he involucrado en una lucha, no sé nada de enfrentamientos ideológicos que duran décadas y terminan con cientos de miles de personas muertas. No tengo cicatrices ni mutilaciones ni remordimientos. Nunca estuve acorralado por mi condición económica ni étnica, nunca estuve en la situación desesperada de sumarme a una lucha para sobrevivir. No sé lo que es el dolor de ver a mis parientes morir en manos de soldados que crecieron conmigo en la infancia. No sé como se secuestra y se asesina con tal de financiar una revolución. No puedo imaginarme quemando una aldea junto a sus ancianos y sus niños con tal de proteger la propiedad privada. No sé lo que es fusilar a una persona por el simple hecho de que representa una ideología contraria a la mía. Nunca he tenido que dejar mi hogar para sobrevivir en otro país, saliendo sin nada más que lo que llevo puesto. No sé lo que es vivir en una silla de ruedas como veterano de guerra. No sé lo que se siente ser un ex guerrillero sin empleo que observa como sus ideales son transformados en demagogia partidista.
Nunca he estado en una guerra. No sé nada del dolor. No sé nada de este país.