jueves, 17 de marzo de 2016

RAYA


Trato de adivinar qué significa lo que veo escrito en las paredes del Centro Histórico. Trazos hechos de prisa con un marcador negro o rojo. Algunas veces con una lata de pintura en aerosol. Letras cursivas sin otro destino que marcar una calle. A veces palabras incomprensibles o consignas de dos nombres en solitario.

“Quien raya pared y mesa demuestra su bajeza”, expresa aquel letrero puesto junto al espejo del baño del colegio donde estudiaba. Nadie le hacía caso y tanto las puertas como los azulejos aparecían siempre con un dibujo obsceno (una ya saben con dos grandes ya saben) y el nombre de una compañera de clase. A veces declaraciones abiertas de amor y otras tantas pintas de guerra contra la directora o algún maestro odiado y temido.

Esa misma actitud es la que me hace repasar todos los sitios donde he visto signada una pared, un cartel, una mesa, una puerta o una escultura. En todas me encanta ver el trazo perfecto como un dibujo sin pretensiones; eso que parece incomprensible en mi alfabeto; moloteras de formas forajidas, inconformes. De inmediato surge en mi mente la idea del vándalo y su inmortalidad anónima. A medianoche con un litro de cerveza iluminándose con una linterna y una canana de marcadores Sharpie. Al día siguiente la obra estará lista para que los transeúntes la vean y protesten o le busquen un significado o simplemente crean que se trata de cosas de mareros.

Puedo decir que escribo más a mano que en computadora. Acaso porque me gusta dibujar mi escritura. Tal vez porque un cuaderno es un grafiti íntimo. Un tatuaje en el papel. Me gusta la forma de mi letra, esa humildad de ser persona y dato. De parecer una suerte de electrocardiograma e historia emocional impresionista. Mucho de calle existe en eso de escribir a mano. Nuestra letra es nuestra verdad. Mucha de la verdad que en Guatemala existe no está puesta en papeles sino en las paredes de sus calles.

miércoles, 9 de marzo de 2016

EL TIEMPO DE LAS CEREZAS


Querer prosperar rápidamente es lo que empuja a la corrupción. Fortunas que crecen de forma acelerada, descomunal. La presión por alcanzar el “éxito” hunde a familias enteras hasta el fondo del crimen.

El Jardín de las Cerezas de Antón Chejov es una obra que trata acerca de una familia bien posicionada que cae en la miseria. El genial autor ruso hace una emboscada a los valores que se construyen a partir del dinero y el estatus. Pienso en esta magistral pieza literaria, porque el lastre que está removiendo a la gente de buena apariencia en Guatemala, está signada por los beneficios que ofrece participar directa o indirectamente dentro de la burocracia del crimen.

Sin caer en la generalización, pienso que tarda una o dos o tres vidas amasar fortunas como la que ostentan varios millonarios guatemaltecos que en menos de una década se acreditan cuentas bancarias que superan el producto interno bruto de nuestro país. Siempre a través del lavado, de la corrupción y del comercio de favores políticos con los funcionarios de turno puestos por las mafias de siempre.

Hoy están condenados algunos. Algunos de ellos no son más que chivos expiatorios que necesita el linchamiento mediático y la muy imperfecta justicia guatemalteca. Pero en el fondo de todo esto está como eje la corrupción y sus daños colaterales. Detrás del consumismo desaforado que inunda de ilusiones la mente de adolescentes, jóvenes adultos y demás personas que no tienen bien construido su amor propio, prevalece la idea telenovelera de tener suficiente para llegar a ser amado y aceptado por una sociedad espuria adoctrinada por la ostentación de lo innecesario. A ellos les cayó como relámpago el final de su castillo de cartas. Confiaron demasiado en la premisa de que solo con dinero se mantiene el poder.

Ni millonarios ni poderosos. Ni geniales ni exitosos. Solo quedan mercantilistas ladrones y pobres diablos que aún no creen que su torre de billetes se ha convertido en un volcán de cenizas.

miércoles, 2 de marzo de 2016

ÚLTIMA PUERTA DEL PASILLO


Cualquier discusión termina cuando uno dice “Nada de lo que ustedes dicen se aplica a la realidad del país”. Quienes conversan permanecen callados, dubitativos. Ha caído la guillotina categórica en la nuca de cualquier intención.
La “realidad” es un mensaje inactivo. Sobre todo cuando pensamos que la realidad de todos es una. En el turismo de la conciencia es muy habitual pensar que la pobreza, esa triste realidad de las mayorías, es modificable simplemente con una palmada en la espalda, una foto en Facebook, una consigna que sea tendencia en Twitter y un placebo de ira que tarde una semana en disiparse hasta que venga otro tema de moda.
Pensamos que la realidad de la corrupción en Guatemala es la de ese alhajado mal gusto de quienes se “clavaron” el pisto del pueblo. No. La mafia más poderosa del país no es la que recibe dinero a cambio de hacer algo. El lodo estatal realmente está en el burócrata que recibe dinero a cambio de: no hacer nada; no permitir que se haga nada; no mejorar nada; no dejar que se mejore nada. “Fíjese que yo sé como son las cosas… pero entienda que yo sólo recibo órdenes”.
Es muy difícil comprender que esa “realidad” que corta a destajo las discusiones, es una palabra que sostiene la mediocridad humana en la que estamos disueltos. La realidad significa que aquí la gente manda obedeciendo. La realidad significa que aquí siempre alguien se va a escudar en que sólo obedece órdenes. La realidad significa que es muy bien redituado ser un burócrata verborrágico que siempre responde con un “debería”. La realidad significa que no poseemos más que un par de ideas sin mapa, sin horizonte, sin un compromiso real con la “realidad” que tanto mencionamos.
La última puerta de este pasillo de realidades es el compromiso individual con la justicia. Una justicia que se sostenga en nuestra ética y en aceptar las ideas o posturas que sean opuestas a nuestros valores, siempre y cuando no se apropien ni destruyan la dignidad de otros.