viernes, 29 de enero de 2016

SOS UNA DESGRACIA


Decís NO a la intolerancia, pero odias a la gente por su religión y por sus ideas políticas. Sos una desgracia.
Querés amor incondicional poniendo tus condiciones. Sos una desgracia.

Querés justicia y ninguneas el talento de tu pareja, de tus hijos, de tus padres.Sos una desgracia.
Querés que el país cambie, siempre y cuando vos seas la estrella. Sos una desgracia.
Odias el racismo, pero querés mejorar la raza. Sos una desgracia.
Pedís democracia y no cedés el paso ni a vehículos ni a peatones. Sos una desgracia.
Te indignan las violaciones a los derechos humanos, pero tratás a tus empleados como poco menos que esclavos. Sos una desgracia.
Defendés las causas de otros, pero nunca estás para quienes te aman. Sos una desgracia.
No te perdés un partido de la Champions League, pero nunca viste los primeros pasos que dio tu hijo. Sos una desgracia.
Pedís que cambien los parámetros de belleza para que te amen; pero vos te negás a encontrar la belleza en los demás. Sos una desgracia.
Pedís igualdad, pero te gustan los privilegios. Sos una desgracia.
Sos una desgracia.
Sos una desgracia.
Sos una desgracia.
Sos una desgracia

martes, 26 de enero de 2016

LA PÁLIDA LUZ DE LOS POSTES

Al momento de escribir esta columna hace un frío de siete grados. Los intempestivos cambios de clima. El sol neurótico que derrite el asfalto y que contrasta con el aire frío que congela.

Escribo esto desde una oficina que se ha quedado vacía. Obligado de esa manera porque es muy escaso el tiempo que le pertenece a este insistente escribir. Amo mi trabajo, aunque suene cursi y retorcido. Para mucha gente una labor viene siempre llena de amargura y hastío.

Al salir de mi oficina aparecen rostros jóvenes deambulando entre la palidez de las bombillas en los postes. 

La pregunta más simple que nos hacen a los escritores es ¿En qué se inspira? Y nunca existe la respuesta adecuada, aunque creo que sí la tengo: es en todo lo que veo. 

Una muchacha muy joven va corriendo a la parada de su bus con una bolsa del supermercado; madre soltera, me imagino; un niño muy pequeño, pienso; un mal salario, estoy seguro.

Las calles del Centro Histérico. Pasa un bus para la zona dieciocho: colérico, estallando de gente, masticando pasajeros como una hiena. Detrás de los barrotes un muchacho indígena atiende a un grupo de adolescentes que beben un litro de cerveza; ven hacia afuera con cara de pocos amigos; no puedo asegurarlos pero creo que son ladrones; el triste estigma de su mirada los delata.

Un tipo calvo pasa lentamente adentro de un carro blanco; oye una bachata a todo volumen, le mira detenidamente las nalgas a una empleada de banco que va caminando. 

Un perro relame una bolsa al borde de la acera. Unos motoristas cruzan en rojo los semáforos. Una señora muy gorda con un delantal manchado le pasa un soplador a una niña; la muchacha abanica un trozo delgado de carne en una parrilla.

A veces quisiera ser los ojos de quien me lee. A veces es tan limitada mi capacidad de pasar las imágenes a palabras y describir todo esto.

martes, 19 de enero de 2016

MALAS PALABRAS

Aprendí a gritar malas palabras jugando futbol en la cuadra. Nunca las decía en mi casa ni en el colegio. No existe nada tan liberador como sacarle la madre a nuestros opositores a la mitad de un conflicto deportivo o de cualquier tipo. Sin embargo aquello que fue tan habitual en la calle, terminó siendo un rasgo común durante mi malhablada adolescencia. Siempre con mis amigotes de pleito o de borrachera. Mi aproximación a la vida adulta pasaba por tantas sacadas de madre como fueran posibles. Poco a poco se fue haciendo habitual terminar con algún adjetivo o  diminutivo o sustantivo que describiera miserablemente lo que trataba de expresar.

Con la vida adulta seguí ocupándome de cultivar los mejores insultos. Ante una desgracia. Ante las injusticias. Ante el tráfico de El Trébol. Ante la política nacional e internacional. Todo siempre con esa satisfactoria catarsis que nos da mencionar a la señora mamá que ni conozco y que procreó a un ser representante de todo mi desprecio. Algo tan natural que puedo decir que tal vocabulario está transcrito en mis novelas, en algunos de mis cuentos, en mi poesía, e incluso, en alguna que otra columna escrita que se salvó de la censura del corrector. 

Al cabo del tiempo comienzo a preguntarme: ¿Son tan necesarios los insultos para vivir? De inmediato me doy cuenta que los guatemaltecos somos bastante maldicientes y malhablados. Tal parece que si no fuera por el a la mier… a la pu… ala ver… ese cero… que pisa… come mier… no desquitaríamos toda la energía  acumulada en esa frustración cotidiana.  Un mecanismo liberador omnipresente en las conversaciones, protestas y discusiones; en el arte, en la política, en la ciencia, en la economía y en la conversación de nuestros abuelos, padres, hijos y demás. Sin lugar a dudas las malas palabras ocupan un lugar significativo en nuestra sociedad: canalizar con gran elocuencia todo nuestro impotente desahogo.

lunes, 11 de enero de 2016

PRÓXIMO PRESENTE


Las revistas de enero se apartan para el horóscopo. Sus predicciones se van al olvido cuando de inmediato ocurren acontecimientos que no estaban escritos. Así la sequía se vuelve lluvia torrencial; el tsunami es un golpe de estado; la muerte de un presidente es un avión derribado en el desierto; el triunfo de un artista guatemalteco en Estados Unidos es un avión lleno de deportados; o una nueva esperanza médica es otra todopoderosa franquicia farmacéutica. 

Los analistas políticos también recaen en la anticipación. El gabinete del nuevo presidente... La postura de la comunidad internacional... Las negociaciones de los grupos sociales o empresariales... Y muchas veces caemos en el error de creer que nuestro destino viene regido por un guión. Poquísimo o casi nada se acerca a lo que con tanta sapiencia terrenal o astral se predice.

Desde miles de años vemos las cambiantes líneas de nuestras manos. Consultamos oráculos. Hacemos rituales o levantamos plegarias. Sin embargo el destino es algo que nunca llega porque no existe otra cosa sino el presente. Ahí está el sentido de nuestro trabajo y la verdad de lo que somos. En la constancia y en las decisiones. La constancia y las decisiones son lo único que realmente puede anticipar nuestro próximo presente. 

Que el año inicie con dos propósitos: el primero, que nuestra constancia no se vuelva conformismo; el segundo, que nuestras decisiones siempre busquen lo correcto. Si nuestro rumbo ha sido totalmente opuesto a estas dos premisas, siempre existe la posibilidad de enmienda. No permitamos que los arrogantes limiten nuestro esfuerzo por borrar y empezar de nuevo.  

Con un pie en la primera semana del dos mil dieciséis pensemos: ¿Cuánto nos queda de este presente? ¿Existe un paso próximo? ¿Es posible anticipar un destino si no viene acompañado de acciones reales? Dejo un poema de Julio Cortázar que dice: Porque un puente,/aunque se tenga el deseo de tenderlo/y toda obra sea un puente hacia y desde algo,/ no es verdaderamente puente / mientras los hombres no lo crucen./ Un puente es un hombre cruzando un puente.