miércoles, 31 de diciembre de 2014

UN CUARTO PROPIO

Un cuarto propio es todo lo que necesitamos... Así puedo torpemente resumir uno de los libros más sublimes jamás escritos: A Room of One’s Own, de Virginia Woolf.

Sé que con cada año que termina y con cada nuevo que inicia algo se reactiva, acaso la oportuna sensatez de mejorar nuestras vidas. De eso que siempre exista la supersticiosa tradición de hacer una lista de propósitos; desgraciadamente tal intención palidece porque nuestra voluntad no se impone firmemente a las presiones externas. 

Acaso porque siempre vemos las ramas del árbol y no bajamos hasta las raíces.
Hago mención del libro de Woolf porque la soledad es necesaria. Tener una habitación que nos pertenezca, un lugar que no esté colonizado ni invadido, un sitio en el mundo donde seamos nosotros mismos sin la persistente presión de otros… 

Amigo lector y lectora: Si usted hiciera en este momento un plano del lugar en el que vive, ¿qué sitio marcaría como absolutamente suyo? Podemos hablar de una casa o podemos hablar de un país o podemos hablar del planeta entero. Podemos, incluso, hablar de lo que somos y sentimos. 

¿Es posible tener una vida que sea nuestra? Culturalmente los guatemaltecos hemos sido influidos por la necesidad de elegir sin tomar decisiones. Optamos por el camino de otros. Nos sentimos fuertes mientras seguimos la corriente. 

Cedemos nuestro espacio ante la presión de lo que piensa la mayoría. Ese terror que nos invade al sentirnos solos y distintos. Así vamos marginando nuestra capacidad de disentir a fuerza otorgar a los demás esa autoridad de cambiar nuestros propósitos. 

Tener un cuarto propio es una ética, es un valor, es un derecho. Y no hablo desde lo literal (algo que sería magnífico si la pobreza no nos confinara a vivir en condiciones indignas) sino desde el territorio de los sueños, de las ideas y de las decisiones. Que valgan estas palabras escritas con mucho afecto para usted como mi mejor deseo para el año que apenas inicia.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

LA PUERTA BATIENTE

Diciembre es como una puerta batiente, abriéndose y cerrándose, en la que apenas es visible lo que está del otro lado. Por alguna razón –me sucede a mí, no sé si a usted querido lector- estas fiestas me subrayan distintas etapas. Merecida o inmerecidamente, llegar al fin de un año es un tipo de victoria.

Hay un cuento de Jorge Luis Borges, “El Otro”, en el que describe el encuentro entre el escritor de setenta años y el joven poeta de veinte.

Para el primero aquello es un incidente simple y extraño; para el segundo es un sueño literario. El viejo anticipa de forma resumida todo lo que vendrá, mientras que el joven apenas lo escucha.

De estar en la situación de los personajes del relato, ya sea como el proverbial anciano o como el romántico patojo, ¿qué nos diríamos? ¿Hablaríamos de nuestra vida o hablaríamos de todas las circunstancias que nos rodean? Lo maravilloso de la literatura fantástica es que en esta cabe el intento de retroceder los años con tal de corregir los errores siempre inevitables.

La puerta batiente se abre y se cierra. Del otro lado están simples acontecimientos. Las personas que se fueron y las personas que se quedaron. Las pasiones y las derrotas. El sacrificio por pequeñas glorias y los humildes aciertos cotidianos. El privilegio de sentir la ternura de un amor inteligente. Todo lo que perdimos en el camino por el simple hecho de no prestar atención a la belleza más sencilla. El azul profundo del cielo que no es propiedad privada de nadie.

En este momento ya existe el recuerdo de lo que haremos. El café que bebe en este instante será algo grato en su memoria. Porque estamos tanto dentro como fuera del cuarto de lo que va pasando. Y en eso quiero detenerme: al final lo único importante es estar realmente vivo. Feliz Navidad.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

SEÑOR D.

El señor D., luego de una confusa pesadilla en la que era un ser humano, despertó repentinamente. Tanto su malestar físico como el intenso dolor de cabeza y su resequedad en la boca lo dijeron todo: estaba de goma. Durmió en el sofá vestido con el uniforme de la empresa.

Luego del malestar físico asoma en el señor D. una serie de recuerdos a medias. Dijo todo lo que pensaba en voz alta. En medio del bailongo se besuqueó con Irma la que lleva las planillas y –oh horror– fue visto por toda la oficina. Sí, todos vieron como el jefe de Contabilidad Yovani Débil de León le pegaba una gran agarrada a la modesta oficinista pasada de tragos.

El señor D. casi se queda dormido y chocó contra un poste del bulevar camino a su casa. Eran las dos de la mañana y solo decidió bajarse y ponerse a orinar. Todo pasa por su mente mientras en cuclillas busca sus zapatos negros debajo del sofá. La señora de D. y su hija todavía duermen. Son las 5:02 a.m.

Entra en pánico: "Hablé mal del Gobierno y mi jefe se dio cuenta. Hablé mal de la empresa y mi jefe se dio cuenta. Me vieron caer en adulterio y la oficina se dio cuenta. “Di mal testimonio, di mal testimonio…”. Piensa mientras asoma el sol frío del 17 de diciembre. Pero D. no quiere que amanezca, menos ir a la oficina y enfrentar las burlas o disimular descaradamente.

D. ha sido un ejemplo para su hija, ha trabajado muy duro para darle todo lo que quiere. Él espera que algún día ella le responda encontrando un marido próspero dentro de la congregación. Su mujer no tiene de que quejarse: no tiene que salir a trabajar y además le compró una casa en esa residencial tan exclusiva que ahora se está hundiendo y bajando de precio…

D. siente pánico. ¿Quién le creerá ahora que dijo que el candidato –el del partido de sus jefes– era una verdadera mierda? Perdí mi plaza en el próximo gobierno, se lamenta. Siente ganas de llorar.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

ANTES DE QUE NOS OLVIDEN


Antes de que olviden estas palabras deseo que guarden para ustedes acaso las más claras: que la voluntad se impone en la dificultad no en el bienestar; que no existe cosa más miserable que regatear el sufrimiento, el talento y los logros de otros guatemaltecos; que aceptar una crítica sin una propuesta es como aceptar un cheque sin fondos; que las palabras coherentes con las acciones son el único antibiótico contra la demagogia.

En una de mis películas favoritas, Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea, el personaje dice que una de las características del subdesarrollado es su incapacidad para retener un sentimiento por demasiado tiempo, olvidamos demasiado rápido; en tales sociedades quienes sufren son aquellos que guardan una memoria que se acumula y se resiste.

En Guatemala el olvido es acaso lo único que tenemos seguro.

Quizá porque todo lo guardamos emocionalmente. Escapamos de nuestros errores, por eso recaemos en ellos una y otra vez. Como en las novelas históricas de Francisco Pérez de Antón, donde las situaciones son actuales, pero se desarrollan dos o tres siglos atrás. Siempre llegamos al mismo sitio porque desconocemos que estuvimos allí. Porque el estudio de la historia siempre es algo mutilado y condenable en la vida subdesarrollada.

Tal como el personaje de la película de Gutiérrez Alea, es imposible ausentarse y estar presente dentro de una colectividad que se detiene un minuto para resguardarse de los balazos, otro minuto para levantar a los muertos y luego continúa con la borrachera, el consumo y la fiesta. O que sacude sus panfletos de indignación y, dos días después, se dedica a llorar frivolidades. Definitivamente, somos la gente más fría y más sumisa del trópico.

Antes de que nos olviden (ya sea que  nos maten, censuren o tiren a la basura años de nuestro esfuerzo por aportarle algo a esta sociedad) es necesario hacer más fácil el camino para los que vienen. Recordar que el presente es tanto ayer como también es mañana.

martes, 2 de diciembre de 2014

CARTA A UN (A) IMBÉCIL

El día domingo 30 de noviembre a las 10 de la mañana vi por el retrovisor su picop doble cabina color rojo. Íbamos mi hijo y yo por la avenida La Barranquilla, zona 5; usted esquivó varios carros dando tumbos y justo en el cruce previo a la bajada que da al estadio Mateo Flores viró con tal impulso que atropelló a una pareja que iba en una moto: el conductor se pegó de cara contra la pared y la muchacha rodó en el asfalto. Otro motorista se me atravesó y chocó con nosotros.

En mi conmoción puse luces de emergencia y bajé a verificar a los golpeados. Afortunadamente, el motorista que atropellé no sufrió daños, pero su moto se averió un poco y nuestro carro se dañó del frente. Usted como un perfecto cobarde se fue sin dejar rastro, así que me puse a levantar del asfalto a la muchacha para ponerla a salvo en la acera. La muchacha estaba golpeada, no reaccionaba y el otro señor sangraba de las rodillas y de las manos.

Los carros pasaban sin detenerse, solo mi hijo y yo asistimos a los atropellados. El motorista que arrollamos es un mensajero que estaba trabajando en domingo.

Yo sé que en Guatemala detenerse a ayudar a alguien puede ser una estupidez, pero no quería dar un mal ejemplo a mi hijo para que en el futuro no sea un miserable como usted. La Policía llegó y le explicamos lo sucedido... los agentes le pidieron la licencia a los heridos y los papeles –en lugar de ayudar en algo– y nuestro atropellado contó la historia. De haberlo malherido o matado yo en este momento estaría en la cárcel, gracias a usted.

Auxiliar o ayudar en Guatemala nos cobra un precio; posiblemente seremos castigados (nos interrogarán policías, diputados o contralores, por ejemplo), pero todo eso es mejor que ser un pusilánime como usted. Sócrates dijo que ser víctima de una injusticia es mejor que cometerla. Ojalá, tarde o temprano, caiga la justicia sobre nuestros actos o sobre nuestra indiferencia.