miércoles, 29 de enero de 2014

EL CONSUMO DE LA VERGÜENZA

Esta columna debería tratar acerca de la vergüenza. La vergüenza en su término estricto: Turbación del ánimo por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena (Diccionario de la Real Academia Española). Así este breve texto podría sumarse a la larga cadena de opiniones que buscan acertar o definir el origen de todas nuestras vergüenzas. Curioso que tal palabra siempre asome para definir un sentimiento colectivo.

Avergonzarnos por los políticos –lugar tan común–; avergonzarnos por las políticas –digo, la subasta del Estado–; avergonzarnos por las injusticias de esta seudo-legalidad; avergonzarnos por el pasado; avergonzarnos por el futuro; avergonzarnos por la cultura de resignación y de asfixia que nos cancera todo lo digno.

Sin embargo, no pienso que hablar de la vergüenza sea un verdadero ejercicio ciudadano. Y no lo es si mi única percepción del país es la que veo a distancia. Conozco muchos guatemaltecos que no despiertan en mí esa “turbación del ánimo”. Gente que puede brillar o que no. Personas que levantan enormes cargas sobre sus hombros, para llenarnos de esperanza. Sus vidas no reciben tanta prensa como una matanza del narco o una mala telenovela electoral con teorías de la conspiración incluidas. Quizá porque hemos convertido la vergüenza en nuestro mayor objeto de consumo mediático.

Por otro lado es difícil no caer en la apropiación del éxito de otros chapines. Si un actor logra alcanzar el aplauso mundial, si un cantautor llena estadios, si un cineasta recibe premios, si un atleta es medallista olímpico o si un científico da su aporte a tales o cuales avances... Entonces pasa de ser otro talento invisible a ser un héroe nacional. Mientras tales destellos no aparecen sobre nosotros, los guatemaltecos permanecemos rumiando la misma vergüenza de siempre, esa vergüenza tan cotidiana como el pan dulce con café. Por eso esta breve reflexión no busca la vergüenza, sino la intención, la intención de transformar la mirada con que acostumbramos vernos hacia dentro.

miércoles, 22 de enero de 2014

LUNES CÍVICO

Quitando el Lunes cívico, todo lo demás venía del extranjero. El tedio, la primera mañana del primer lunes tenía que ser dedicado a la patria. Entonces, cada aula tenía la nacionalista obligación de hacer un altar, pegar carteles, hacer dibujos de ceibas con bolitas de papel de china; hacer monjas blancas trazadas sobre una cartulina y rellenas de algodón; recortar las fotografías de los próceres o del presidente de turno...

Aquellos lunes salía a lucir la radio casetera que se mantenía en la dirección junto a la secretaria que oía José Luis Perales todo el día, solo que en esta ocasión ponían una cinta masticada que reproducía nuestro himno nacional. El maestro de física nos pegaba en la espalda cuando no estábamos parados completamente erguidos. La supervisora de primaria nos decía que debíamos meternos la camisa, escupir el chicle y peinarnos. El sol de las ocho de la mañana comenzaba a calentar y nosotros completamente tensos permanecíamos en formación, del más alto al más pequeño, siempre con un brazo de distancia.

El director daba su sermón. Oratoria que siempre concluía con: “Jóvenes, les pedimos que les recuerden a sus padres estar al día con la colegiatura, si no no se les entregarán exámenes”. Pasado este punto, era obligada la Jura a la Bandera, que daba el aplicado del grado a cargo. Una tortuosa explicación acerca de los símbolos patrios por parte de algún alumno castigado y terminaba con la niña cursi que recitaba algún poema acerca de nuestros paisajes, nuestro quetzal y nuestro no sé qué más.

Al terminar el acto, llegábamos sudados a la clase, así que salíamos a comprar una Coca Cola y a intercambiarnos estampas del Mundial México 86, donde nos debatíamos acerca de si le íbamos a Brasil, a Francia o a Alemania. La clase tenía un cartel con las reglas de orden y limpieza del aula, decorada con un dibujo muy bien logrado de un Garfield que señalaba el título. Los nombres de mis compañeros eran: Johny, Estiven, Franklin y hasta conocí uno que se llamaba Estalin.

miércoles, 15 de enero de 2014

ESTO NO ES UNA CABINA DE TELÉFONO

A lo largo de la Sexta Avenida del Centro Histórico hay un letrero recurrente detrás de las vitrinas de los almacenes: Esto no es una cabina de teléfono. Significativo y hostil con los paseantes, tal prohibición hace que me detenga a ver a las personas que, solas o acompañadas, se aferran a sus celulares hablando o chateando. Es muy interesante la diversidad de teléfonos, rostros y condiciones. Todos le hablan al aparato enfrentándolo con risa o con enojo o con angustia o con leves gestos de atención. Mientras el entorno se hace más ruidoso y se hace necesario taparse un oído para escuchar claramente al interlocutor.

Aunque la patente del teléfono data de 1876, en mi familia tuvimos uno hasta el año 1982, cuando la entonces empresa telefónica Guatel se dignó a conceder líneas para las familias de clase media. El primer aparato que hubo en mi casa era una caja color naranja y con marcador de disco. Cuando tal  chunche sonaba hacía un escándalo parecido al de una alarma de incendio. Puedo decir que antes de esa fecha la telefonía  era algo irrelevante para mí.

Como las necesidades pueden inventarse hasta el punto convertirse en imprescindibles, a la fecha no puedo imaginar mi vida sin un teléfono. ¡Cuánto puede tranquilizarnos el tenerlo en el bolsillo y recibir la llamada de nuestra pareja o de nuestros hijos o  de nuestros padres diciéndonos que llegaron bien al trabajo o a la casa! De frente al miedo que nos acecha cada día, tal cosa neutraliza o exacerba todas nuestras neurosis.


Pasar frente a un kiosco de aparatos móviles es detenerse ante lo ridiculamente asombroso. Teléfonos que son oficinas completas, pagaderos a plazos y que pueden contar hasta con póliza de seguro contra el más común de los actos delictivos: el asalto a mano armada. Con todo esto me pregunto ¿Será que hoy en día estamos mejor comunicados o simplemente somos como zombies que van rumiando a solas, desconectados de su entorno y esperando que todas las  respuestas surjan de una minúscula pantalla?

miércoles, 8 de enero de 2014

TARDE

Es muy difícil dejar lo que alcanzamos tarde. Ese dichoso desarrollo, ese cacareado progreso y ese malgastado término: Modernidad. Una palabra clave, una palabra sagrada en los países confinados al triste marbete de Tercer Mundo.

Como la modernidad inició en Guatemala a mitad del Siglo XX podemos decir –sin tecnicismos snob (al menos eso espero)- que pertenecemos a una sociedad tardomoderna. Los debates científicos, técnicos, políticos y creativos que en los países desarrollados se habían dado por caducos, en nuestra orilla apenas comenzaban a despertar algún interés. Así es comprensible que la tesis El problema social del indio, de Miguel Ángel Asturias, fuera vanguardia local, a pesar de que para los ajenos a la burbuja aldeana que la defendió -o que aún la defiende- no sea más que un resbalón complacientemente segregacionista de nuestro Premio Nobel. Su sinceridad es acaso el mérito accidental de dicha obra, porque desnuda completamente el pensamiento del guatemalteco ladino, del guatemalteco que niega su lado indígena.

En la segunda década del veintiuno contamos con una sociedad global que se abre a derechos de quinta generación, pero nosotros seguimos persiguiendo los fantasmas ideológicos que fueron agotados por la disidencia y el totalitarismo. De eso que la “cultura” política chapina sea una mezcla de primitivismo y falsedad; comprensible si nos damos cuenta que apenas alcanzamos las tres décadas de tener democracia.

No es difícil vaticinar que, al paso que llevamos, algunos asuntos vigentes como la descolonización en la cultura, la protección del medio ambiente o la conciencia ciudadana llegarán a ser temas de importancia nacional cerca del dos mil treinta. Porque si algo es cierto, es que vivimos en el futuro, pero los guatemaltecos aún no estamos allí. ¿Para qué reciclar, si apenas estamos descubriendo el plástico? ¿Para qué la justicia, si una bala dice más que cien leyes? ¿Para qué la educación, si lo que necesitamos son carreteras? ¿Para qué ofrecer riqueza, si lo que urge es generar empleos mal remunerados?