miércoles, 31 de octubre de 2012

LA REGIÓN MÁS INVISIBLE




Un amigo me aconsejó que cuando esté en Centroamérica, diga que soy guatemalteco; que cuando esté afuera del istmo, diga que soy centroamericano; y que cuando esté en fuera de la región, diga que soy latinoamericano. El consejo me pareció acertado

Continuamente sucede que afuera del área hispanohablante, sólo reconocen una Latinoamérica y cuando sigo este consejo, me preguntan si soy mexicano, chileno o argentino. ¿Por qué sucede esto?

Esto lo he conversado con amigos escritores y artistas tanto del Caribe como de Centroamérica. Tal parece que somos la región más invisible de este lado del mundo. Me cuesta entender cómo en países como los nuestros, con ese inmenso bagaje cultural que hemos aportado al mundo, entremos al presente siglo como los parientes incómodos de nuestros vecinos industrializados. Tal pareciera que el pasado nos ha rebasado y ya no logramos conciliar el esplendor cultural de antes, con esta actualidad donde hasta la difusión cultural está condicionada por el mercado.


De un tiempo a la fecha, me he puesto como meta encontrar la vía para hacer visible culturalmente a Guatemala dentro de la región. Es difícil lograr convencer ( y convencerse) de que Centroamérica es algo más que guerras, bananos y miseria, que también somos países generadores de pensamiento, no meros estereotipos postaleros del trópico. Lo mismo sucede con la profusa literatura dominicana, puertorriqueña y cubana, lugares en los que se encuentran creadores de primer nivel que buscan salir de ese mismo marco. Quitando el caso cubano -con una impresionante estrategia de difusión cultural que lleva décadas- el resto de países buscamos dentro de los muy bajos presupuestos gubernamentales para la cultura y los muy, pero muy reducidos mecenazgos privados, abrir el horizonte para una nueva época de esplendor artístico.

Todo puede comenzar con el intercambio con nuestros vecinos. Conociendo la actual literatura centroamericana, lo más reciente del arte dominicano o cubano, a los poetas o a los filósofos puertorriqueños. Estoy seguro que es el diálogo entre nosotros, los invisibles, ese único y mejor medio para hacer notorio nuestro presente.  

jueves, 25 de octubre de 2012

CIEN AÑOS (EN DIRECTO)


Nuestra historia patria puede medirse por distintos siglos de soledad. Soledades que se arriman a todo sueño reformista, sueños que se terminan y con ellos aniquilan a generaciones completas de ciudadanos marginándolos de cualquier esperanza. Así fue construida la jarra de cenizas ideológicas de este presente.

Quizá el recuerdo más claro de mi infancia en Guatemala sea la imagen de la intolerancia. Pertenezco a la primera generación chapina que vivió los acontecimientos históricos por televisión. La memoria no me falla: una borrosa fotografía del Palacio, el sonido de la marimba y la voz en off de un locutor pidiendo a las cadenas nacionales aunarse al sistema informativo oficial tras un golpe de Estado; o tal vez los delirantes discursos moralistas del domingo por la noche pronunciados por un alucinado caudillo  evangélico de facto; o el  registro en video de una incipiente democracia guatemalteca que asomaba  en la imagen de Vinicio Cerezo,  el  primer presidente guatemalteco sin uniforme militar que vi en mi vida. 

A la fecha nuestra pupila llegó a almacenar tantas imágenes de policías golpeando, tantas imágenes de  manifestantes incendiarios y de funcionarios  cínicos y presos... que creo que los guatemaltecos construimos un testimonial político  gracias a esa memoria televidente.  Puedo decir que la muy pobre educación ciudadana del guatemalteco se inicia a partir de lo que observa en la TV.

Cinco siglos de historia caben en una sola imagen. En cada muerte simplificada que aparece en un noticiero –mientras una familia comparte su cena– podemos comprender el peso enorme de vivir en una nación construida sin consenso, sin participación ciudadana, sin diálogo, sin empatía por el otro. Hoy en día, la memoria es una extraña, presente y sutil presencia que afecta a todos, pero no preocupa a nadie. 

miércoles, 17 de octubre de 2012

EL CÓDICE TÚN







Pocas veces me ha sucedido esto con un cuadro. Eso de verlo y encontrarle distintos significados según mi estado de ánimo. Verlo de reojo o de cabeza o desde arriba o desde abajo. Dejarse llevar por los ojos y no por el viejo prejuicio intelectualoide de querer descifrarlo todo. Cosas raras que me pasan cuando veo la obra de Francisco Tún. 

Durante el mes de octubre y de noviembre  se está exhibiendo  la muestra  más completa de este  genio marginal guatemalteco. Cuadritos, cuadrotes y semicuadros  llenan toda la galería  de Artecentro Paiz, y de  verdad... es muy difícil quitarse tantas imágenes de la cabeza: rectángulos como paredes inmensas; pequeñas puertas rojas; gentecitas amarillas que caminan en fila sobre  montañas; senderos que son ríos vacíos y despoblados. Toda Guatemala cabe en un cuadro de Tún, de eso estoy seguro. 

¿Qué puedo decir de él? Mucho y nada se sabe de este artista. Pobre, indígena, alcohólico y con una serie de anécdotas delictivas que lo convierten en un extraño ícono. Nace en 1948, sobrevive entre las champas de lámina de uno de los tantos asentamientos capitalinos, recibe el afecto y el reconocimiento de influyentes artistas y gestores guatemaltecos de la década del setenta, para luego perderse en su propia tragedia. De su muerte aún se sabe poco. 

A la distancia Tún parece el artista más original de su tiempo. En su época no pasó de ser un  pintor indígena con cierto brillo. Sucede que en nuestro provincianismo, pensamos de inmediato que la originalidad o el talento deben surgir de aquellos privilegiados, o sea, aquellos que tienen la educación, la plata o el pigmento socialmente correcto para destacar. Privilegios que estaban muy lejos, pero muy lejos de un artista que a la fecha lleva el marbete de “pintor primitivista” o “naif”. 

Luego de ver toda su obra en conjunto, me parece encontrar en ésta la coherencia de un códice, un códice urbano, un códice que narra la sobrevivencia afuera de las murallas que separan a todas las guatemalas que caben dentro de este pequeño territorio que llamamos país.

miércoles, 10 de octubre de 2012

CUÁNTO VALE CUÁNTO / CUÁNTO CUESTA


Una pregunta incómoda: ¿Cuánto cuesta una vida en Guatemala? 

Singularmente incómoda cuando pensamos que hay un estigma, en Guatemala todo apunta que hay unas vidas más caras que otras.  Y aunque todas deberían valer lo mismo, por lo visto solo tienen precio aquellas donde la inversión ha sido mayor. 

La inversión que se deposita en una vida es enorme. Si conjuntamos todos los recibos, desde el nacimiento, pasando por la alimentación y los estudios, la vida de un guatemalteco de clase media al llegar a una edad adulta es muy alto. Hay estudios que arrojan un dato frío  y colocan la cifra en un millón de dólares  llegados a los dieciocho años. Tal estadística me resulta   deshumanizada, pero en este tiempo cuando todo es un valor dentro del mercado, llega a convertirse en  una anécdota curiosa. 

O sea que  podemos cuantificar la existencia a partir de la cantidad de plata que hemos invertido en ella. Interesante. Vidas al alza según el precio de la canasta básica, la educación, la salud y todo eso que cada día se va privatizando. Entonces ya  podemos hablar de un precio por  ciudadano y de esa manera clasificar por categorías su valor: ciudadanos premium, ciudadanos de segunda y ciudadanos de tercera. 

Desgraciadamente en nuestro país la muerte llega a todos. Sin embargo, de inmediato reconocemos la categoría de la persona que nos ha dejado. La muerte de un ciudadano premium tiene tantas páginas de esquelas fúnebres en los diarios, que se hace imposible no darse cuenta de su muerte. En cambio la pérdida de un ciudadano de segunda, solo puede registrarse si dio un aporte a la sociedad, o sea, si se trata de una persona cuyo genio traspasó las barreras de clase social o de origen étnico. Opuesto a todo esto, queda el ciudadano de tercera, esas personas que se mueren por racimos y de los que apenas llegamos a conocer sus nombres cuando son los protagonistas  de un accidente o el saldo de una matanza. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

CUANDO SEAS GRANDE


Un poema popular de Mario Benedetti lleva estos tres versos: “Uno no siempre hace lo que quiere / pero tiene el derecho de no hacer / lo que no quiere”. El texto vino a mi mente luego de hallarme con  la publicidad de conciencia  y con  los artículos acerca de la infancia que se asoman cada año con la celebración del Día del Niño. 

Recuerdo mi infancia, siempre participando en concursos de dibujo. Algunos  diplomas de entonces  dicen cosas como: “Para Javier Antonio Payeras por su participación en el Certamen Lo que haré por Guatemala cuando sea Grande”. Que sepa, mi madre ya no conserva los dibujos, pero estoy seguro de que estos no difieren en mucho con lo que otros niños  dibujaron y siguen dibujando: astronautas, pintados con crayones de cera, colocando la bandera guatemalteca en la superficie de Marte o bomberos apagando las llamas de un edificio... 

Lo común es que los adultos preguntemos, con solemnidad milenaria, la misma cosa: ¿ Qué querés hacer cuando seas grande? El niño, con sus seis, siete u ocho años de experiencia vital encima, no sabe  qué responder. Tal vez balbucee algo predecible y cinematográfico. O tal vez repita para complacencia general ese viejo credo familiar “Quiero ser como mi papá o mi mamá”. O tal vez se sienta intimidado y salga corriendo. 

Ese dilema entre lo aspiracional y  lo  ético: Llegar a ser lo que se quiere, pero sin hacer lo que no se quiere. Quisiera saber qué sucedería si en las escuelas del país le preguntáramos a los niños: ¿Qué es lo que no quisieras ser cuando seas grande? Creo que su respuesta nos daría  una buena oportunidad para hablar acerca de los pésimos ejemplos que los adultos damos ahora mismo, y de cómo ellos pueden hacer una mejor sociedad a partir de un No. Un No rotundo  a lo caduco, a lo corruptible, a lo  irresponsable, a lo cobarde y a lo mediocre de este terrible presente guatemalteco que  les  estamos heredando.