miércoles, 25 de enero de 2012

BACHILLER EN COMPUTACIÓN

A medida que fui creciendo, el mundo se fue angostando en la pantalla de las computadoras. Como parte de una generación bisagra, entre los ochentas y los noventas del siglo pasado, me tocó ver los primeros avances de la tecnología digital. Las computadoras de mi adolescencia eran anchas cajas de plástico color almendrado con pantallas ámbar, disquetes con un agujero al centro y unos muy rupestres sistemas operativos .

Conforme pasaron los años, acaso a finales de la década del Ochenta, surgieron los primeros institutos privados especializados en el Bachillerato en Computación. Algo irresistible para los padres de clase media angustiados por dejarles a sus hijos un título de secundaria que les diera para ganarse la vida y de esa forma sacudirse la responsabilidad de pagarles una carrera universitaria. A mediados de los noventas ya era incalculable la cantidad de profesionales medios especializados en tales chunches. Así fue como se abrieron en Guatemala las puertas laborales a la gran maquila digital.

El inicio de este siglo quitó el aura mística al uso de la tecnología. Tal pareciera que los niños de los dosmiles trajeran consigo un programa de instalación. Un chico de ocho años puede desenmarañar problemas técnicos bastantes complejos y encontrar cualquier tipo de información en la red. Todo el mundo da por hecho que uno es capaz de usar los programas indispensables para escribir en Word y enviar un correo electrónico. Es posible que en los pueblos más remotos de nuestro país ya exista algún acceso a la Internet. Sin embargo es tanta la gente conectada, que pareciera que la más mínima amenaza a este sistema virtual de vida hace que de un momento a otro sea posible fulminar iniciativas conservadoras acerca de los derechos de autor, como es el caso de la Ley Sopa. Tal parece que nadie, ni siquiera el Congreso de Estados Unidos, puede coartar el acceso a la libre opinión ni al intercambio de contenidos en la red. Es como si el derecho de opinión y de exposición ya no fuera privilegio de unos cuantos. Ojalá y esto no sea en realidad otro espejismo de ese omnipotente dios-mercado que se filtra en todos los rincones de nuestra existencia cotidiana con la apariencia de una confortable libertad..

miércoles, 18 de enero de 2012

VIEJAS PETICIONES PARA UN NUEVO PRESIDENTE

1. Olvide sus promesas, simplemente reúna a la gente más decente que encuentre y escúchela. Preocúpese de que el Estado cumpla con transparencia y efectividad. No existen fórmulas mágicas, tan sólo trabajo bien hecho.

2. Separe al Estado del partido. No espere buenos resultados si deja todo en manos de correligionarios sin experiencia hambreados por un cargo. Sobran ejemplos del desastre que esto ha significado.

3. Deje de hacer campaña política. La gente confió en darle a usted el timón de su esperanza, no lo olvide, dé la cara por ellos y no por quienes pagaron su propaganda. Tal vez sea muy difícil, pero saldrá con dignidad de su cargo.

4. Un gobierno no se ejerce con ideologías, sino con justicia. De eso ya sabemos demasiado los guatemaltecos.

5. Recuerde: El pueblo no debe temerle a su gobernante, sino es el gobernante quien debe temerle a sus gobernados.

6. No es admisible culpar a los gobiernos anteriores de todos los desastres del presente. Lo que es evidente no admite excusas.

7. Sin devaneos acerca de las prioridades, la educación es lo más importante. Aliviar un dolor no es curarlo. Combatir la ignorancia es el riesgo más grande, pero también es el verdadero germen de la democracia.

8. Respete a sus críticos honestos. La crítica de los deshonestos es un cheque que no tiene fondos. Huya de los aduladores.

9. Deje de pensar en el inicio de su gobierno y piense en cómo será el final. Usted podrá ser recordado por las buenas o malas decisiones que elija.

10. Un país no se gobierna con palabras bonitas.

11. Dialogue con todos. Respete y trate de comprender los distintos puntos de vista.

12. La pobreza no sólo se combate haciendo más ricos a los ricos. Eso está completamente demostrado.

13. De ahora en adelante sea un Presidente y no un candidato.

miércoles, 11 de enero de 2012

A1

Recuerdo muy bien la mañana que fui a sacar mi primera cédula. Un día de febrero del ya lejano 1994. Fotografías en mano, partida de nacimiento en mano, formulario en mano... haciendo una eterna fila conformada por gente con niños chiquitos y tramitadores. Pagar el bendito Boleto de Ornato, luego pasar a que me midieran y terminar con alguien que anotaba mis rasgos físicos. Uno era “blanco” según los ojos del burócrata de turno. Uno tenía cicatrices o lunares visibles, si lo creía conveniente el responsable municipal. Hice una mamarachada de letras y rayas en el minúsculo espacio que dejaba el registro para mi firma y salí con un papel para reclamar mi documento al día siguiente.


Tenía 18 años, lo que significaba que ya era un adulto responsable por mis acciones. El tiempo parecía ir cambiando junto conmigo. Recuerdo que previo a recoger mi cédula de identificación, pasé una larga mañana haciendo recortes de prensa. Yo era otro de los tantos recién graduados bachilleres buscando un trabajo. Al recibir mi documento me encontré con un frágil cuadernillo que guardé junto a la página que ocupaba mi curriculum vitae.


Con la cédula vino toda esa caterva de requisitos para pedir empleo: antecedentes penales y policíacos, cartas de recomendación, papeles de salud pública... Horas bajo el sol, tratando de obtener un papelito aquí y otro por allá, todo con tal de llevar la dichosa “papelería completa” a lugares que al final resultaron siendo empleos mal pagados y sin ningún tipo de prestaciones. Así fue como entendí lo que significaba ser un nuevo ciudadano guatemalteco: una larga fila de odiosos trámites estúpidos a cambio de que nadie pueda quitarnos lo mínimo para vivir. Todos los días veo en el Centro esas enormes colas de nuevos adultos desempleados haciendo trámites, tratando de ubicarse en en esa línea de salida en un país donde la competencia es únicamente por sobrevivir y dejar bien dormida cualquier infancia.

miércoles, 4 de enero de 2012

APOCALYPSE NOW

Entre creer y dejar de creer, la profecía que apunta al año 2012 como el último que viva la humanidad sobre este planeta, es el mayor fenómeno publicitario acerca de la Cultura Maya que ha existido. Documentales en Discovery Channel y Nat Geo resumen siglos de civilización a una hora de tele audiencia consumista y semianalfabeta; se amontonan las sectas new age que claman por una romería hacia la Península de Yucatán con una devoción digna del Festival de Woodstock; la ambigüedad holiwoodense, mitad puritanismo menonita y mitad pornografía de supermercado, nos adereza los poporopos con sus divertidas catástrofes 3D; brotan por miles y miles los líderes espirituales ocasionales, siempre listos para cumplir su misión de guías del turismo de la conciencia que necesita de nuevas experiencias místicas; y no puedo obviar tanta muestra de nacionalismo que concluye que Guatemala es la tierra de los Mayas.

Todo este circo es digno argumento para una novela. La previsible tendencia de lo cool que apunta hacia eso tan invisible y tan negado por la historia chapina: lo indígena. Un querido amigo pintor y escritor, Marco Augusto Quiroa, escribió en alguna parte: el perraje es una prenda que usan las ladinas cuando quieren parecer gringas. Buena síntesis para definirnos a los mestizos. Sin duda este año 2012 subrayará nuestra completa ignorancia acerca de la herencia cultural que le corresponde a quienes sobrevivieron al desastre de la conquista y a la posterior colonización política e ideológica en Guatemala. Especulo acerca de las buenas conciencias gubernamentales y privadas que impulsarán campañas desinformadas de turismo apocalíptico hacia nuestro país, mostrando al mundo los vestigios, las piedras y las ruinas de una cultura ubicada en otro tiempo.

Puede que el antídoto ante toda esta mediocridad sea la voluntad por mostrar la presencia de la Cultura Maya en el presente. Sus pensadores contemporáneos, sus artistas, sus idiomas, su propia manera de asumir su belleza. Lo verdadero de todo esto no es únicamente arqueología, sino algo vivo, algo que no se simplifica en los quirófanos de la antropología y de las estadísticas, sino en las acciones que llevan a la nueva sociedad indígena a asumirse como ciudadanos del mundo y no como meras víctimas de la historia.