miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA INTIMIDAD DE LO PÚBLICO

Desertar de la intimidad puede ser la vía más rápida para hacerse celebre. Celebridades sin talento demostrado. Celebridades que nacen para darle carne fresca a los mirones de oficio que, acomodados frente a una pizza y a un doble litro de gaseosa, se dan a la sencilla operación de aplanar el control remoto de la televisión durante todo el día. Una programación que nos mantiene rumiando la vida privada (más que pública) de los famosos. Algo que puede elevar a genialidad la convivencia de un grupo de adolescentes desempleados en un reality show -con funciones corporales expuestas e incluidas- o trivializar un terremoto, una guerra o la escena de un crimen capturada por un camarógrafo ocasional.

La telerrealidad nos cauteriza de inmediato el asombro. Los noticieros han abandonado por completo el análisis a profundidad, para darle paso a las noticias en tiempo real, haciéndose y haciéndonos, testigos protegidos de la tragedia. Cámaras y pantallas que están por todos lados. En la cola de un banco nos podemos anestesiar con escenas blooper (el vídeo del chico que se partió la cara tratando de darse un clavado, por ejemplo); o el restaurante que incluye un tele-noticiero dentro del almuerzo; o las imágenes de última hora proyectadas por gigantescas pantallas móviles a la orilla de la calzada; no digamos las páginas de Internet donde las noticias se rebasan segundo a segundo adeternum.

Tal parece que mezclar la intimidad junto a los asuntos más relevantes forma parte del tiempo que vivimos. De las escenas de un gigantesco incendio, saltamos a la playa topless donde capturaron a determinada actriz gringa. De la masacre perpetrada por un cartel mexicano, a las confesiones de algún futbolista gay. Si antes parecía una repugnante pérdida de tiempo ver un show como Cristina (copia de otros talkshows), ahora resulta que se ha convertido en un canon de originalidad en la televisión latinoamericana. La gente sigue llamando “artistas” a los famosos y devorando todo cuanto les sucede o puede llegarles a suceder. ¿Será que toda esa información indiscriminada ha servido para mejorar en algo nuestras sociedades?



miércoles, 16 de noviembre de 2011

ESTA EXTRAÑA NORMALIDAD

1. Una familia guatemalteca comparte la cena frente al televisor —la imagen muestra una camilla puesta encima de un cuerpo y una poza de sangre—, el niño le pide a su mamá que le sirva más fresco.
2. Una vecina aconseja a la joven maltratada que acuda a denunciar a su marido al juzgado; ella le dice que no: ¡Qué dirían en el colegio de los patojos, en el gimnasio, en la iglesia…!
3. El ex funcionario acaba de cumplir su condena de cuatro años por corrupción y dice que ahora está listo para volver a la política, pues terminó la pesadilla del actual Gobierno y que está listo para recibir la invitación de integrar el nuevo Gabinete.
4. Llega completamente afectada al trabajo, le robaron el teléfono a punta de pistola dos motoristas en un semáforo de la Avenida La Reforma; su compañero de oficina le dice que es culpa de ella, que debería polarizar los vidrios de su carro para que no la asalten de nuevo.
5. La picop patrulla los para, han bebido demasiado, pero entre todos comienzan la coperacha para pagar la mordida que de plano van a pedirles los policías.
6. Luego de presenciar la balacera donde mataron a un piloto y al ayudante del bus, los pasajeros esperan a que pase otra camioneta para no llegar tarde al chance.
7. Luego de discutir en la chicharronera acerca de la necesidad de imponerle la pena de muerte a todos los criminales del país, se sube completamente borracho al carro y atropella a un niño dos cuadras más adelante; ni siquiera piensa en detenerse, acelera el carro y huye a toda velocidad para que no lo metan al bote.
8. Un joven que llegó de provincia bastante enfermo recibe una cita para dentro de dos meses, y la señora que espera tranquilamente a que le sellen su constancia del IGSS le comenta que ella no se siente realmente enferma, que sólo quiere desquitar lo que le cobran mensualmente y aprovechar el permiso para hacer unos mandados.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

TÚMULOS

Una maldición eterna profirió mi amigo luego de romper el eje delantero de su carro en un túmulo. Allí nos quedamos tirados, sin poder avanzar, en medio de un caluroso pueblo de la costa. No hay nada más abominable que caminar dos kilómetros bajo el sol en busca de algún mecánico chapucero. Encontramos un pinchazo y a un hombre con una barriga enorme que nos mandó con un patojo de regreso en su pickup.

Orillados bajo un escuálido arbolito, esperamos a que el chico terminara de subir el carro con un tricket. Nosotros -como unos verdaderos buenos para nada- nos quedamos a la espera de una buena noticia, lo que no sucedió. Durante un par de horas el proto-mecánico estuvo moviendo fierros debajo del vehículo, hasta que salió con una sonrisa y nos dijo que el tren delantero del carro “se chingó” , y que no teníamos de otra que llamar a una grúa. Bueno, ¿qué se le iba a hacer?, mi amigo no estaba al día con el seguro, así tuvimos que aceptar el servicio que daba el dueño del taller.

Allí vamos, en el asiento delantero de un camión destartalado convertido en grúa, el mecánico panzón, el muchacho chispudo, mi amigo y yo, apachurrados hasta llegar a la capital, escuchando los coros evangélicos que sonaban desde el radio. Yendo de vuelta con nuestro viaje frustrado a la playa. En el camino las vallas redundantes de los dos candidatos a la presidencia, las piedras pintadas a la orilla de la carretera, los baches innombrables en el asfalto, los pueblos llenos de casas hechas de lámina y los miles de túmulos que hay en cada poblado próximo. Bromeo diciendo que “El túmulo es la prueba concreta de la existencia del hombre” parodiando el aforismo de Luis Cardoza y Aragón que refiere a la poesía. Nos reímos amargamente. Todos los alcaldes ponen túmulos y se huevean un montón de pisto, eso es lo que hacen los políticos chapines, ponernos túmulos por todos lados- nos dice el mecánico mientras ve hacia adelante. Sus palabras me dejan pensando un momento, sigo observando los camiones cañeros que, cuasi-vencidos por el peso, pasan al lado nuestro.