jueves, 21 de enero de 2010

TERRENO BALDÍO


Recuerdo el terreno baldío que estaba unas cuadras abajo de mi casa. Era un lugar de nadie, el pequeño campo a la orilla del barranco donde los buenos vecinos iban a echar toda su basura. Entre el monte crecido, las botellas rotas y los perros muertos sucedían muchas cosas. Era el campo de pruebas para las quemas del diablo y las detonaciones de morteros de iglesia. También era dormitorio de indigentes y asilo de todo tipo de prácticas ocultas. Durante el invierno el olor a cementerio sitiaba los charcos y hacía que el lugar se volviera una suerte de pantano.
Los terrenos baldíos ocupan buena parte de los mitos de infancia y de esa extraña convergencia con las márgenes en los espacios urbanos. De eso que al mencionar terreno baldío surjan de inmediato una serie de asociaciones, ¿cuántas cosas pueden suceder en esos lugares deshabitados?, lo que hace inevitable que uno se sienta incómodo y espere las peores noticias. El sitio donde se botan cadáveres, donde se viola, se destruye, se mutila. El enclave para cualquier tipo de actividad ilícita o anormal en la periferia, detrás de nuestras casas o a la orilla de la carretera por donde pasamos todos los días.
Para hacernos una idea del deterioro en que hemos caído como sociedad, basta con enterarse de lo que sucede en los terrenos baldíos. Cómo se reparte la miseria, la muerte y el dolor allí dentro. Cada día aparece una noticia que describe una escena de ese horror, cercano y oculto, que poco a poco va tragándonos.
Vivimos en medio de campos de exterminio que no identificamos. En una esquina, dentro de un edificio, de una casa, rodeada de paredones llenos de alambre o fragmentos de vidrio. Allí junto a la calle que transitamos día con día, existen horrores indescriptibles.
Nuestra debacle es saber que alrededor nuestro existen esos lugares de nadie, donde pasan cosas terribles, que se hacen importantes cuando somos las víctimas directas. Mientras eso no sucede, preferimos ver a distancia esa desolación, pasar ligero y sin darnos cuenta.

miércoles, 13 de enero de 2010

HÉROES

Sin duda nuestra noción de heroísmo ha cambiado. Cada generación trae consigo la suya y se ve reflejada en el cómo se abarcan determinados temas. Estamos en una época donde los discursos caen fácilmente en la demagogia. Una desconfianza que ha crecido a fuerza de ver que las palabras no necesariamente concluyen en un compromiso de cambio y de ruptura, mas bien, se acortan en aplazamientos y en cambios cosméticos para el atraso y la disfuncionalidad. Todas las rutas del heroísmo parecen cerrarse frente al derrotismo y la desconfianza que ahora nos convierte en cínicos.

Al pasearnos por los corredores de los museos de historia, tanto de Guatemala como de Centroamérica, encontramos esos rostros encerados de sus fundadores. Los próceres que inventaron lo centroamericano, los presidentes que provocaron las repúblicas y las revoluciones que dieron un giro a la economía y a la manera de hacer política. Nombres de parques y de estatuas. Plazas y edificios. Hoy en día todo eso parece cuestionable. La visión de esa historia es muy distinta entre los más jóvenes; distinta de aquella que aprendimos los que nos educamos durante el período de la guerra, cuando la sombra del control de un Estado totalitario estaba sobre lo que se enseñaba en las aulas. Ese “pasado” que era una manera de justificar un presente congelado en la mediocridad y el conformismo.

Es curioso que la revisión crítica de ese pasado histórico no sea una prioridad para los gobiernos de la región. Las universidades públicas y privadas no promueven la investigación, fuera de lo establecido como “la versión oficial” -que no es necesariamente la de los vencedores ni la de los vencidos-. En Guatemala no existe una manera de entender el heroísmo visto desde lo indígena. Poco, realmente muy poco, se ha escrito de esa otra experiencia y de esa otra resistencia.