miércoles, 26 de noviembre de 2008

PAPELES PÓSTUMOS

Los guatemaltecos padecemos el rigor de la obediencia. Una obediencia tácita y mal intencionada. Algo que asoma a medias, una humildad a regañadientes que la mayoría asumimos para permitir que otros sean los que se equivoquen. Pareciera como si equivocarse es un privilegio de unos pocos, aunque los verdaderos riesgos y el costo por esos errores los paguemos todos. El torcimiento histórico de una época colonial donde se inculcó el servilismo como la única manera de sobrevivir y donde se nos extirpó la capacidad de analizar, de dar nuestra opinión o de tomar decisiones. Esa fue la peor herencia que pudimos recibir. Somos víctimas del mismo sistema de desorden estable que sostiene la desconfianza y el mutismo que le enseñamos a nuestros hijos.
Todo deviene a nuestra costumbre de organizar la crisis y jamás proponernos trabajar en soluciones a largo plazo. Un sistema de carencias que reproduce una y otra vez los mismos errores. Un espejo multiplicado en el que la monotonía del error parece no tener final.
¿Por qué nuestra renuencia a proponer y a discutir? Tal parece como si el único lugar para alzar la voz fuera en el Estadio Mateo Flores durante el Clásico de Rojos y Cremas. O que la única manera para opinar abierta y lucidamente fuera frente un montón de litros de cerveza vacíos.
Alguien que no es capaz de tener una opinión es alguien que no puede tomar decisiones. La tiranía del ceder es el cáncer social más difícil de erradicar en nuestro país. Ceder y entregarles a otros la iniciativa.
Aprender de la historia no es memorizarla ni convertirla en una pancarta que afiance nuestras certezas políticas. Aprender de la historia es entender a fondo como ha sido escrita y que, en nuestro caso particular, ha sido con el gran silencio de la mayoría. Algo que lamentablemente no ha variado. Podemos entender nuestro pasado viéndolo reflejado en nuestro presente. Esa es la única forma de cambiar nuestro rumbo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

REDUCTOS

Pienso en los tiempos difíciles. Incluso más difíciles que estos que vivimos. Épocas terribles de hambre y miedo. Períodos de guerras o de desastres naturales que traen al suelo la frivolidad humana. Episodios donde la sociedad se ve desprovista de su blindaje de bisuterías y no le queda otro remedio que amalgamarse para lograr sobrevivir ante la pérdida. ¿Por qué ante el infortunio colectivo surge la necesidad de corresponderle al vecino, al que es diferente o al que tiene un distinto origen?
La crisis a gran escala deja un reducto para la filosofía. Pero no me refiero al galimatías teórico que rellena gruesos tomos. Me refiero a lo sustancial, a ese extraño convenio que hacemos con la vida cuando lo perdemos todo y entendemos que la muerte nunca está demasiado lejos.
No es el dolor el que construye la vida, es la insistencia por no doblegarnos ante la debacle. Aprendemos mucho de la historia y de su recetario de injusticias, pero comprendemos mejor quiénes somos cuando examinamos la actitud de los sobrevivientes. Es contradictorio que en tiempos donde cabe la posibilidad de salir adelante, seamos renuentes a la esperanza. Quienes poseemos una vida menos difícil nos ocupamos esmeradamente en el lamento.
No busco edulcorar la realidad con argumentos trasnochados. La verdad es que yo sería un pésimo autor de libros de motivación. Pero no vale la pena desperdiciar el tiempo buscándonos argumentos y razones que justifiquen el estado actual de cosas. Reincidir en la comparación de sociedades modelo que han resuelto -en apariencia- todas sus carencias, es un quejumbroso ejercicio de vergüenza y simulación. El aporte reflexivo y la denuncia son útiles cuando en la práctica construimos la posibilidad de un cambio. Profesionales de la derrota ya sobreabundan por todos lados.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

HAMBRE

Imaginemos una fotografía. Digamos que trata de ser una imagen documental que posea la elocuencia suficiente para hacer que el observador se sienta arrobado por un profundo sentimiento de misericordia. Lo primero es hallar a un niño indígena, lo segundo es que posea un rostro cubierto de costras de polvo y lo tercero es que alcance un alto grado de desnutrición.
El fotógrafo entra por un momento en el mundo del niño y de su familia. Caseríos llenos de lodo y con viviendas tan frágiles que cualquier neurosis del clima puede destruir de inmediato. Descubre que modelos para su proyecto abundan, pero selecciona al infante más extrovertido y, por qué no decirlo, al más fotogénico. La comunidad observa la cámara y su sofisticada mecánica de lentes desmontables que bien cuesta todos los animales de patio que poseen. En fin, la foto sale luego de varios intentos de hallar una locación que dé con el color y con el tono de luz necesario.
La crítica especializada recibe la fotografía con elogios. Se muestra en galerías de arte, páginas de Internet y en revistas de todo tipo. Su autor siente la satisfacción por haber mostrado al mundo el deterioro moral en el que hemos caído. Le envía al niño una copia de la revista donde su imagen encabeza un número especial acerca del hambre en el mundo, pero jamás se percata si él la llegó a recibir.
Curiosamente el hambre tiene muchos rostros, pero son más impactantes los que vemos poco. No es el rostro de los empleados de la maquila de la esquina, ni el de las personas que vemos subrayar los clasificados cada mañana con la esperanza de hallar un trabajo donde sea, ni es el de la persona que mal pagamos para que nos ayude con el oficio de la casa. Pero vemos esta foto y nos lamentamos diciendo “es increíble que sucedan estas cosas y que no nos demos cuenta“.