miércoles, 22 de julio de 2009

CUARTO OSCURO


¿Para qué necesitamos la luz, si hemos permanecido tan cómodos en medio de la oscuridad?

Si de pronto alguien oprime el switch, veremos cosas poco agradables. Tendremos que enfrentarnos contra lo que nos rodea. No se tratará de bultos únicamente, no, seguro habrán muchos desechos viscosos y fecales. Lo que pensamos era solamente un cuarto, se habrá convertido en una especie de calabozo. Muchas cosas que buscamos a tientas se revelarán por ellas mismas. Lo que creímos era una pequeña zanja, será una enorme fosa repleta de muertos. Aquella puerta de salida que creíamos tan próxima, estará muy, muy lejos.

Vivir en un cuarto sin luz puede ser sencillo. Uno se imagina que la descomposición alrededor apenas nos toca. Cuando no se ve, no importan ni el futuro ni el pasado. No importa porque las tinieblas encubren lo visible. No vemos nada alrededor, por lo tanto nada existe más que nosotros. Vamos a tientas, apenas sabiendo.

Si alguno de nosotros quisiera acercarse al interruptor y encender la luz, tendría que vérselas primero con los guardianes, con aquellos que se aventajan con la oscuridad. Ellos argumentan que la claridad sólo complica las cosas, que todo debe seguir tal y como está, que así es y que así debe quedarse. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a quitarles ese poder?, ¿cuántos de nosotros poseemos el valor para ver con claridad?


En los cuartos oscuros no hay cambios, porque las verdades son reveladas a medias. Para mantener la oscuridad, hace falta silencio. Un silencio que no exige respuestas. Mientras no exista claridad, nada podrá verse ni entenderse, mucho menos transformarse. Todo irá muy bien hasta que llegue el momento en que la oscuridad nos encierre y luego nos devore. Mientras eso sucede trataremos de avanzar en ella, eso sí, tropezándonos una y mil veces con los mismos obstáculos.

miércoles, 15 de julio de 2009

LA PESTE


Dos libros clásicos acerca de la epidemia: La Peste de Albert Camus y El Decamerón de Giovani Boccaccio. Enormes obras literarias que abordan el tema desde visiones muy distintas.

En la primera, el aire viciado por la enfermedad asola una colonia europea en África. Camus, en un magnífico ejercicio de síntesis, nos pone frente a un espejo: la humanidad entera se divide en dos mundos, el de los sanos y el de los enfermos. Ambos grupos están separados por una enorme barrera de aislamiento. Una ciudad que pierde su condición de metrópoli y queda reducida a un gueto donde cada cual debe luchar por sobrevivir imponiendo la fuerza sobre otros. El encierro como un existir para la muerte.

En El Decamerón, el aislamiento por la epidemia motiva a diez muchachos (7 mujeres y 3 hombres), de la muy renacentista ciudad de Florencia del Siglo XIV, a relatarse durante diez días un centenar de historias profanas. Según Boccaccio la peste negra había acabado con la mayor parte de la población, así que las familias adineradas huyeron de la mortandad encerrándose adentro de sus villas. Esta obra nos da un catálogo de las pasiones humanas proscritas por la moral inquisidora de la iglesia católica. La vida es un instante de plenitud y la muerte es lo único que es seguro. Un ejercicio de la imaginación como vacuna contra las convenciones sociales.

La vigencia de estas obras alcanza esta época. Nuestra tecnológica contemporaneidad no está alejada de los efectos de la peste. Ambos libros no tratan de la enfermedad únicamente, nos hablan desde lo más humano: la búsqueda de un sentido para la existencia. Un sentido, una razón opuesta a ese dejarse morir tan propio de las sociedades inmóviles, pestíferas y aisladas como la nuestra.

miércoles, 8 de julio de 2009

NORMALIZAR Y CONTROLAR


Una salida muy precisa al “vigilar y castigar”, que Foucault denuncia con gran lucidez, ha sido ese “normalizar y controlar” que hoy en día se sobrepone a cualquier acto de afirmación cultural y política. El racismo, los fundamentalismos religiosos, el sexismo, la homofobia y demás prácticas epidérmicas afincadas entre los conservadores más carcas, ya no pueden ganarle la partida a la omnipresente publicidad y sus enormes cantidades de dinero. Como es evidente, los neoconservadores tienen más intereses económicos que posturas morales y éticas, y para ellos resulta muy difícil oponerse a la enorme maquinaria de pisto que repre-senta la rebeldía lite. El mercado ya se dio cuenta de que todo puede ser rentable mientras se transforme en un lifestyle de moda. El chico que antes era etiquetado bajo el estigma de su homosexualidad, ahora vende millones para el mercado explícito de la pret a porter, justo al alcance del bolsillo de cualquier “víctima de la moda”. Antes una imagen que provocaba úlceras gástricas a cualquier pusilánime aficionado al Ku Klux Klan, ahora es la bandera del amor y la —superficial— concordia interétnica en Estados Unidos y Europa. Los gobiernos “dan” espacios a las minorías étnicas (dentro de algunos inofensivos aparatos de Estado) para quedar bien parados ante los cooperantes y demás civilizados patrocinadores. No digamos toda la iconografía revolucionaria que se calca en playeras, discos, encendedores, pocillos y otros souvenirs para sentirse un poco cerca de esa transformación cómoda hacia una izquierda menos radical, más reposada y más narcisista.
Vigilar y castigar dejó de ser el asunto. Ahora el poder aprendió que puede conservarse cediendo un espacio para las nuevas rebeliones, transformándolas en productos rentables que pueden controlarse y transformarse en grupos objetivo.

jueves, 2 de julio de 2009

MARCHITANDO


Antes de ponerse el uniforme, antes de colocarse el gafete y lustrar el pin dorado que tiene en el saco, piensa: ¿será que esta es la vida que me imaginé como vida? Un pensamiento recurrente, una frustración que de pronto le asalta. Pero recapacita y se convence a sí mismo de que ya aceptó esta situación.
De un momento a otro se vio convertido en padre de familia. Un noviazgo breve que luego trajo un embarazo no esperado. Sí, sí, lo entiende, trata de entender, ya no puede hacer nada para cambiar las cosas. Usted no quería llenarse de deudas para pagar una casa tan pequeña en un lugar tan lejano. Usted no quería manejar ese carrito destartalado que se le queda tirado un par de veces por mes. Usted no quería que le pusieran este horrible uniforme que lleva puesto. Alguna vez usted quiso otra cosa. Ser una persona libre, vivir una vida más desahogada. Pero, ¡qué más da! Uno llega hasta donde puede. Uno vive la vida que puede, no la vida que quiere. Sería hermoso que la vida fuera como un disco dvd y darle rewind para devolverse a la juventud. Si eso fuera posible seguro que usted aceptaría con buen ánimo otro rumbo, uno distinto. Todos tenemos o tuvimos la capacidad de decidir. No sirve de nada lamentarse y volver a la casa rabiando contra la rutina y el cada vez más escaso salario que recibe. No sirve de nada culpar al mundo por el destino que usted construyó para sí.
Siempre algo se está marchitando y algo viene floreciendo: ¿Qué le aconsejará a sus pequeños hijos?, ¿qué les recomendará que hagan para ser libres y felices?, ¿cómo podrá evitar que ellos sorban el trago amargo de los sueños perdidos?