miércoles, 25 de marzo de 2009

EL DISCRETO ENCANTO DE LA DICTADURA



Siempre resurge el fantasma del caudillo que, sin pelos en la lengua, deja caer su labia reivindicativa y justiciera sobre los odres podridos de la política. Temas abundan para la disconformidad. Los inconformes son los que tarde o temprano alzan las armas y levantan en hombros al personaje insignia que propone la igualdad y el cambio.
Cuando abiertamente alguien amenaza con eliminar las barreras sociales e imponer orden y justicia en plazos extremadamente cortos, de inmediato despierta nuestra suspicacia, es evidente que se anticipa un nuevo dictador. En los países como el nuestro existe una muy amplia variedad de dictadores para escoger. Los hay solemnemente derechistas - ustedes ya saben, de esos que argumentan que los pobres son pobres porque quieren- y que pueden alternar las torturas a prisioneros políticos, los exterminios de población civil en resistencia, los partidos de fútbol y el fervor religioso sin que eso les cause ningún problema; por muy palurdos e ignorantes que sean, siempre tendrán oficiosos intelectuales que trabajen para ellos organizándoles la crisis. También existen los dictadores campechanamente socialistas; pintorescos, dicharacheros y medio pirujos; dueños de la única y patentada fórmula para sacar de la miseria y de la ignorancia a sus súbditos; si alguien no está de acuerdo con ellos está del lado de la oligarquía más apestosa o es usufructuario del imperialismo yanqui, un seguro candidato para el ajusticiamiento, la cárcel y el exilio. Ambos trabajan de la misma manera: ofrecen, dirigen y expulsan. Apuestan por una cultura discursiva. Llena de delatores, sicarios y aduladores de toda índole. Son inmensamente populares, porque en el fondo tenemos mucho de ellos. Las dictaduras germinan siempre en medio de la desesperación y la derrota.

miércoles, 18 de marzo de 2009

BARROCO

Rostro lleno de sangre. Latigazos en la espalda. Labios reventados. Pies destruidos con clavos. Ojos fuera de sus órbitas. Dedos encarnados. Espinas agrietando la frente. El dolor más profundo. La expiación. Las imágenes que abrieron la brecha a la conquista española. Artistas y artesanos de enorme talento esculpieron toda esa iconografía que permanece resguardada en los retablos dorados de las iglesias colo-niales guatemaltecas. Nuestro país es acaso el más devoto de toda América. Durante la Semana Santa nuestra imaginería sale a las calles. Andas de cucuruchos le dan color al duelo. La pesadilla de la muerte en hombros de los feligreses. Una ceremonia imponente llena de alfombras multicolores, humo de incienso dulce y el cadencioso reptar de las marchas fúnebres que nos causan sobrecogimiento. Son siglos de tradición. La tradición de la plegaria y de la culpa que se define en lo más profundo de nosotros. Hace un par de semanas un maestro fue asesinado por adolescentes dentro de una correccional de menores. El crimen es tan aberrante que asemeja un ritual. Asesinar en Guatemala está convirtiéndose en una suerte de ceremonia. Beber sangre. Arrancar entrañas. Mutilar cuerpos. ¿Qué pasa? Sin lugar a dudas vamos de vuelta hacia los orígenes mismos de la barbarie. Los miles de víctimas vergonzosamente contabilizadas durante lo que va del año, son la representación misma del sadismo más barroco. Son representaciones del dolor. Llagas idénticas a las talladas en aquellos cuerpos que surcan la ciudad encima de las andas. La diferencia es que sus familiares sobrevivientes no llevan lágrimas cristalizadas ni trajes de púrpura ni de terciopelo y nadie se solidariza con su duelo. Sin duda hemos alcanzado el vacío absoluto: nuestro particular culto a la crueldad. Nuestra persistente devoción al dolor.

miércoles, 11 de marzo de 2009

PUNTOS SUSPENSIVOS



“No toda la gente se corrompe… debes tener más fe en la humanidad”, le dice una adolescente Mariel Hemingway a un cincuentón Woody Allen en la escena final de la película Manhattan. La respuesta de la muchacha es conmovedora, con-tundente. La derrota no existe desde siempre; la derrota es un hábito que se adquiere cuando hemos fracasado ante noso-tros mismos. Son tiempos duros para Guatemala. Es muy difícil hablar de esperanza cuando somos blanco fácil para la violencia y esta-mos desprotegidos ante la crisis económica. Entonces hablar de optimismo nos suena paradójico, cursi y sin sentido. Pensamos que sólo nos queda administrar el fracaso, quedarnos a la orilla y masticar nuestra rabia. A pesar de ello siempre existe alguien que habla de cambio. Ya nos encariñamos con la derrota, así que emprendemos una cruzada para desmantelar su aparente ingenuidad. Lo atraemos hacia nuestra orilla: la isla cómoda y decente de los fracasados.Que el Estado sea un fracaso no nos excluye de responsabilidades. Cuando la organización de un país falla es culpa de todos. Somos millones los que vivimos aquí, la culpa no la tiene sólo la elite económica ni el intervencionismo extranjero ni los parti-dos políticos. A todos ellos les cedimos la toma de decisiones. Ellos son la mejor excusa para justificar esa apatía y esa falta de iniciativa que nos sostiene en lo disfuncional. Ellos sostienen nuestra retórica de la inacción. No todos los guatemaltecos cabemos en ese esquema. Sé que no todo está perdido. No todo es desencanto y ruina. Todavía existen locos e ingenuos idealistas. Todos ellos jóvenes de cuerpo o de espíritu. Así que si somos felices en la mediocridad, si no proponemos algo nuevo, por los menos tengamos la decencia de hacernos a un lado. No seamos de los tantos obstáculos que ellos deben superar.

miércoles, 4 de marzo de 2009

VALLEJO 3-5-09


Entre excéntricos, místicos y perturbados. Siempre con esa distrofia del ánimo: la melancolía. Con trajes de color cansado, con vidas disfuncionales y con gastritis de úlceras políticas. Los poetas lejanos. Aquellos que le dan nombre a las escuelas públicas o a las calles repletas de centros comerciales. Guardados en monumentos mediocres, en cohibidos retratos de libros de texto. Mal-citados, tanto como incomprendidos. Los neuróticos que toda sociedad necesita: los poetas nacionales. Esas personas que dan sentido a las letras doradas en los edificios. Esa suerte de faquires que duermen encima de las brasas y le hacen apasionados reclamos a la existencia. Que ponen palabras distintas a una realidad que no es bonita. Tantas veces solemnizados en discursos torpes o en fastidiosos actos cívicos. El peor de los destinos. Pienso que la vida de un artista no pareciera importarle mucho a nadie. Sobre todo si se trata de un artista de las palabras. Sus palabras valen menos que su nombre. Su nombre vale menos que su prestigio y su prestigio vale menos que su fama. ¿Y su vida? Casi todos los poetas importantes de Latinoamérica fueron señalados por algo: por ser comunistas o por no serlo demasiado; por alcohólicos, por mi-sántropos, por malhablados, por lujuriosos o por amargados. Personas de poco fiar en sociedades organizadas en contra del derecho a ser y a pensar distinto. Estoy seguro de que el precio de la anticipación es el aislamiento; no creo que existan los “poetas nacionales”. La poesía no tiene un sitio, no tiene demagogia. Su lugar está en todos lados. César Vallejo nació en Perú, pero nos pertenece a todos, por eso los invito al homenaje que le haremos en Guatemala el jueves 5 de marzo, a las 18:30 horas, en el Teatro de Cámara del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias