miércoles, 18 de marzo de 2009

BARROCO

Rostro lleno de sangre. Latigazos en la espalda. Labios reventados. Pies destruidos con clavos. Ojos fuera de sus órbitas. Dedos encarnados. Espinas agrietando la frente. El dolor más profundo. La expiación. Las imágenes que abrieron la brecha a la conquista española. Artistas y artesanos de enorme talento esculpieron toda esa iconografía que permanece resguardada en los retablos dorados de las iglesias colo-niales guatemaltecas. Nuestro país es acaso el más devoto de toda América. Durante la Semana Santa nuestra imaginería sale a las calles. Andas de cucuruchos le dan color al duelo. La pesadilla de la muerte en hombros de los feligreses. Una ceremonia imponente llena de alfombras multicolores, humo de incienso dulce y el cadencioso reptar de las marchas fúnebres que nos causan sobrecogimiento. Son siglos de tradición. La tradición de la plegaria y de la culpa que se define en lo más profundo de nosotros. Hace un par de semanas un maestro fue asesinado por adolescentes dentro de una correccional de menores. El crimen es tan aberrante que asemeja un ritual. Asesinar en Guatemala está convirtiéndose en una suerte de ceremonia. Beber sangre. Arrancar entrañas. Mutilar cuerpos. ¿Qué pasa? Sin lugar a dudas vamos de vuelta hacia los orígenes mismos de la barbarie. Los miles de víctimas vergonzosamente contabilizadas durante lo que va del año, son la representación misma del sadismo más barroco. Son representaciones del dolor. Llagas idénticas a las talladas en aquellos cuerpos que surcan la ciudad encima de las andas. La diferencia es que sus familiares sobrevivientes no llevan lágrimas cristalizadas ni trajes de púrpura ni de terciopelo y nadie se solidariza con su duelo. Sin duda hemos alcanzado el vacío absoluto: nuestro particular culto a la crueldad. Nuestra persistente devoción al dolor.

miércoles, 11 de marzo de 2009

PUNTOS SUSPENSIVOS



“No toda la gente se corrompe… debes tener más fe en la humanidad”, le dice una adolescente Mariel Hemingway a un cincuentón Woody Allen en la escena final de la película Manhattan. La respuesta de la muchacha es conmovedora, con-tundente. La derrota no existe desde siempre; la derrota es un hábito que se adquiere cuando hemos fracasado ante noso-tros mismos. Son tiempos duros para Guatemala. Es muy difícil hablar de esperanza cuando somos blanco fácil para la violencia y esta-mos desprotegidos ante la crisis económica. Entonces hablar de optimismo nos suena paradójico, cursi y sin sentido. Pensamos que sólo nos queda administrar el fracaso, quedarnos a la orilla y masticar nuestra rabia. A pesar de ello siempre existe alguien que habla de cambio. Ya nos encariñamos con la derrota, así que emprendemos una cruzada para desmantelar su aparente ingenuidad. Lo atraemos hacia nuestra orilla: la isla cómoda y decente de los fracasados.Que el Estado sea un fracaso no nos excluye de responsabilidades. Cuando la organización de un país falla es culpa de todos. Somos millones los que vivimos aquí, la culpa no la tiene sólo la elite económica ni el intervencionismo extranjero ni los parti-dos políticos. A todos ellos les cedimos la toma de decisiones. Ellos son la mejor excusa para justificar esa apatía y esa falta de iniciativa que nos sostiene en lo disfuncional. Ellos sostienen nuestra retórica de la inacción. No todos los guatemaltecos cabemos en ese esquema. Sé que no todo está perdido. No todo es desencanto y ruina. Todavía existen locos e ingenuos idealistas. Todos ellos jóvenes de cuerpo o de espíritu. Así que si somos felices en la mediocridad, si no proponemos algo nuevo, por los menos tengamos la decencia de hacernos a un lado. No seamos de los tantos obstáculos que ellos deben superar.