jueves, 26 de febrero de 2009

HORARIO ESTELAR

Personajes que resuelven misterios, castigan culpables y previenen delitos. Héroes mitológicos creados para consuelo y en-tretenimiento de muchos. Semidioses que, durante los 60 minutos que dura la serie de televisión, se enfrentan contra narco-traficantes, terroristas, delincuentes comunes y jueces corruptos. Saltan por las calles de Nueva York o de Los Ángeles con sus patrullas encubiertas, agotan las tolvas de sus relucientes pistolas 45 milímetros y se rifan el físico a golpes contra peligrosas pandillas de hispanos, árabes o afroamericanos. Es curioso. Por la noche, al volver del trabajo, uno pulsa todos y cada uno de los botones en busca de “algo que ver”, pero todos los canales de cable muestran lo mismo: series policíacas, más o menos violentas. Algo que no es extraño. El entretenimiento ne-cesita echar mano de la Policía para generar íconos que resuelvan las crisis de valores que enfrentan las sociedades. Mostrar que los postulados de orden y justicia propuestos por el sistema son incuestionables. Mostrar que aquellas malezas que nacen en el jardín de la democracia deben ser erradicadas con violencia justificada. Los policías de las series de televisión tienen su casa propia, su carro propio y muestran con orgullo su placa. Trabajan en oficinas lle-nas de cubículos y buena iluminación. Hacen ejercicio. Beben poco. Tienen acceso a la tecnología más avanzada. Creen que el sistema al cual sirven es el mejor de todos los posibles. Todas esas características de la ficción mediocre, diseñada para alejar momentáneamente nuestro sentimiento de impotencia y derrota. Del paraíso paralelo de la televisión, a esta realidad llena de halitosis, sangre y tripas. Gobiernos disfuncionales y desempleo. La evasión sigue siendo la mercancía más rentable. Desgraciadamente el mundo ya se acostumbró a ver en los héroes de carne y huesos, únicamente a solitarios, cándidos y trasnochados idealistas.

jueves, 19 de febrero de 2009

POE


Este año se celebran 200 años del nacimiento de uno de los más importantes escritores de todos los tiempos: Edgar Allan Poe. Muchas actividades alrededor del mundo reunirán a nuevos y a viejos lectores de este genial autor norteamericano. No es para menos. El creador de relatos, como William Wilson, Los Crímenes de la Calle Morgue o La Caída de la Casa Usher, merece que los millones de admiradores de su obra le hagamos, cuando menos, una breve reseña.Volviendo los ojos a los cuentos de Poe —tantas veces releídos y citados— descubro, en su solitario y dipsómano trabajo de escritor, muy agudas observaciones acerca de lo más profundo de la naturaleza humana. Nos devela esas contradicciones de la moral puritana y los encubiertos rituales de odio con que se fundamenta la intolerancia. Sus personajes son el reflejo de la angustia y la paranoia de la sociedad moderna. Tanto en sus cuentos, como en su poesía, parece suspendernos en un espa-cio de oscuridad cautivante, donde el interior del ser humano se transforma en un enorme laberinto asediado por el constante espectro de la melancolía y esas pequeñas muertes en vida que nos da la distancia y el aislamiento con el mundo. Otro de los grandes aportes de Edgar Allan Poe es el de dar inicio a la tradición del relato policíaco. En sus cuentos se entremezclan el suspenso, el ensayo criminalista y la ecuación matemática dando como resultado historias sumamente curiosas y entretenidas. De ello que mucha de su obra esté adaptada al cine, con muy buenos o con muy malos resultados, siendo el literato con mayor influencia y po-pularidad entre el gran público. Si usted nunca lo ha leído, se ha perdido de mucho. Se lo puedo decir con toda sinceridad.

jueves, 12 de febrero de 2009

APOLOGÍA DEL ODIO

Para odiar no necesitamos mayores razonamientos. Se puede odiar a cualquier persona sin conocerla. Podemos odiar una manera de pensar que de inmediato nos resulta repulsiva o un razonamiento que va contra nuestros valores y principios. Ante la triste verdad de que todos los seres humanos somos distintos y de que las ideas entre una persona y otra son tan diversas, no queda otro remedio que amar lo que se conoce y odiar lo desconocido. Nada enciende tanto rechazo en noso-tros como aquello que nos rechaza. Así que la chispa del odio también necesita de más odio para que todo arda. Si un sentimiento es correspondido, crece, y si crece, se propaga.La Historia, leída y estudiada sin profundidad, hace que el odio traspase una y otra generación como si fuesen papel calco. Los vencedores —los que al final narran los hechos pasados— son los que construyen el prejuicio sobre los vencidos. Los vencidos cargan no solamente con la derrota, también con el desprecio y el odio. Pero: ¿Cuánto nos facilita la vida el odio? El odio justifica la esclavitud, los exterminios masivos y todas las prácticas reli-giosas aberrantes que existen. El odio también construye: construye fanatismos y nuevos venenos que se inoculan en mentes jóvenes dando como resultado guerras interminables o separatismos ridículos. Odiar es diseñar el desierto, es crear la esterilidad. El odio es una muy cómoda impotencia. Hagamos este ejercicio, la próxima vez que encontremos otro nuevo criminal en las fotos de prensa, odiémoslo con todas nuestras fuerzas, enviémosle todo nuestro desprecio y luego esperemos a ver qué pasa. El criminal se irá, como todo, pero el odio siempre permanece.

jueves, 5 de febrero de 2009

HAMELIN

Me pregunto: ¿Por qué nos hemos convertido en esto tan predecible? ¿Acaso siempre hemos sido así: poco imaginativos y poco juiciosos? Un país deforme y uniforme. Acostumbrado a cubrir el engaño y la pérdida. ¿Es posible que todos los males sean achacables al conflicto armado o a la enajenación de los medios o al poquísimo esmero que las instituciones han puesto para divulgar la lectura? Basta con saber lo que el guatemalteco quiere y luego servírselo una y otra vez. Su música la podemos hallar, repetida y sin matices, en casi todas las emisoras. Sus programas de televisión son una larga letanía de noticieros amarillistas, telenovelas y programas de concursos. Cabe preguntarse en qué radica ese miedo a buscar o a construir un público nuevo y más exigente por parte de los empresarios. Sin libre competencia y sin diversidad, las empresas se han convertido en enormes burocracias. A los monopolios no les quitan el sueño las opiniones de sus clientes ni el mejorar el gusto de sus “consumidores cautivos”. Les basta con un país acomplejado que nunca busca opciones ni compara calidades. Los guatemaltecos hemos normalizado el fracaso a tal punto que ya no tenemos expectativas de cambio. Una rutina de mediocridad y hartazgo que en los últimos 20 años alcanzó su cima. De eso que invertir en el conformismo sea para muchos la flauta de Hamelin, que mueve millones de quetzales año con año. Por ejemplo: la Selección de Futbol y ese sudor cervecero que nos deja en cada una de sus derrotas. Necesitamos ideas, nuevos referentes y símbolos que nos singularicen entre el hartazgo y el desencanto que ofrece este “más de lo mismo”. Esta dolorosa realidad anestesiada por la hipnosis del querer ser cualquier cosa, menos lo que somos en esencia.