jueves, 22 de enero de 2009

PORCELANA

Justicia es una de las palabras más manidas y utilizadas del diccionario. Uno de sus significados es el de “dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. Si nos apegamos a este significado básico, alcanzar esa sociedad justa, que tanto se men-ciona, debe ser tan difícil como construir una ciudad de porcelana y luego vivir en ella. Su fragilidad nos inmovilizaría, sería imposible llevar nuestro habitual y pesado ritmo de vida saturado de cosas y de congestionamientos.
Leyendo columnas periodísticas, escuchando comentarios de líderes y respuestas de funcionarios de Gobierno, uno se encuentra frecuentemente con este término abstracto al que se le adjudica siempre un suspiro y se le pronostica un futuro muy, pero muy remoto. Porque estamos prestos a exigir compensación y equidad, pero la mayoría de nosotros actua-mos de una manera muy distinta a lo que pedimos de los demás, obviando siempre nuestras pequeñas injusticias cuan-do las comparamos con esos enormes y bochornosos casos de ilegalidad. Creemos que ser justos es actuar únicamente con apego a la ley; ¿acaso la ley guatemalteca es justa?
El salario que recibe la mayor parte de la población es vergonzoso y miserable. Nosotros, incluso, se lo regateamos a nues-tros empleados. Existen una y mil formas de evadir los impuestos. Nosotros los evadimos. Si tenemos la oportunidad de robar tiempo a nuestro horario de trabajo, lo hacemos.
La justicia nunca llegará si únicamente la invocamos y nos rasgamos las vestiduras ante la barbarie. Debemos ver cómo aplicamos este término a nuestras vidas y luego exigirlo. Ojo: la injusticia también puede quedarse muy escondida detrás de nuestro exigente papel de víctimas.

jueves, 15 de enero de 2009

LOS PARIENTES POBRES

“Los parientes pobres siempre son parientes lejanos”. Metiches e insolventes, los centroamericanos somos los parientes pobres de los países de América. Entrampados en deudas interminables, guerras y dictaduras. El factor común de nuestros 5 países pareciera ser el de siempre estar iniciando sus democracias. Somos los árboles más torcidos que dejó la Época Colonial. Llenos de revoluciones fallidas y de anemias productivas, siempre queremos colarnos a la fiesta de los estados más desarrollados para salir en las fotografías posando nuestros modestos atuendos. Siempre pidiendo algo. Buscando compradores caritativos de nuestros productos. Constantes en las planillas de pago de las agencias de cooperación. Exhibiendo por todos lados nuestros vergonzosos índices de analfabetismo. Defenestrando a nuestros intelectuales. Encumbrando políticos rancheros y charlatanes que han lisiado hasta lo más profundo nuestra fe. Nunca intentamos nada diferente si no lo ha empezado otro. Segundones en la fila, queremos ver resultados de forma inmediata, porque siempre estamos ahogándonos en la desesperación. Teniendo enormes talentos emergentes, sólo celebramos las viejas novedades y las glorias pasadas con sus edulcoradas consignas. Esa envidia tiñosa al jardín de al lado. Parecemos una familia numerosa repartida en 5 cuartitos.
Quizá lo más curioso de los centroamericanos es nuestra posición geográfica. Parecemos una larga carretera de paso llena de foquitos y ventas de recuerdos. Cerca de los potentados del norte y de la efervescente economía del sur, nuestra gran contradicción es vernos tan distantes de ellos. Distantes de las enormes ambiciones.
Soñar es un término evitable gracias al patético uso que le dan algunos negociadores del fracaso. Pero es necesario desear otra realidad y no simplemente quedarnos resolviendo nuestros males inmediatos. Eso es lo que nos hace pobres hasta el desconsuelo.

lunes, 5 de enero de 2009

RAROS PEINADOS NUEVOS

Aquello que fue vilipendiado y perseguido, de un momento a otro, se ha transformado en una expresión completamente común. Todos esos temas tabúes con que crecimos o esas situaciones que antes eran parte de la marginalidad más retorcida, ahora re-sultan animando charlas de sobremesa entre las familias más normales y silvestres. Hace 25 años, por ejemplo, hubiese sido impensable que un chico de pelo largo paseara por cualquier ciudad latinoamericana ves-tido con una camiseta del Che Guevara. Tampoco podíamos imaginarnos esos extraños programas de televisión, donde amas de casa cuentan con lujo de detalles que su marido es un bígamo enrolado en alguna secta extraña que celebra la eutanasia o a los ovnis. Nunca imaginamos ver a las parejas gays, de la mano, haciendo compras de Navidad en los centros comerciales. Lo que ha permanecido oculto durante mucho tiempo seduce precisamente por el morbo que lo ha encubierto. De esa cuenta que las sociedades más vigiladas y constreñidas por ideologías totalitaristas o fanatismos morales y religiosos sean tierra fértil para que florezcan subculturas que busquen un nicho para formas de pensar y de actuar que se opongan a lo establecido. Una sociedad liberal es una sociedad tolerante. La tolerancia es mucho diálogo y mucho respeto por todas las diferencias. Ese respeto que convierte las rarezas en expresiones humanas. Un respeto por la libre expresión, que es el mejor antídoto contra la radicalidad en su forma más nefasta: el odio. La historia nos lo revela con exactitud: el tiempo pasa factura a los intolerantes. Quienes se han negado a dialogar con las diferencias, terminaron siendo caricaturizados por todo aquello que marginaron y persiguieron con violencia.