miércoles, 28 de noviembre de 2012

SALIDA




Luego de ver la excepcional película independiente Dios bendiga América (God Bless America, 2011)  del  multicreativo  comediante y director de cine Bobcat Goldthwait, una frase quedó asilada en mi cabeza: La única intolerancia tolerable es odiar a muerte la estupidez colectiva. 

Es difícil no sentir una mórbida simpatía por el personaje de este filme. Un culto hombre de 40 años, edad de modesto confort y de trabajo estable  para los hombres blancos de la clase media norteamericana, que luego de acumular muchos años de televisión chatarra y de cultura consumista, resume que la sociedad que lo rodea no merece vivir. Es así como toma la decisión de salir a matar  a lo más vomitivo de esa expresión de masas. Entre los objetivos de su puntería están los protagonistas de un reality show adolescente bastante popular; un presentador de programas bagres en Mtv; un mitin de racistas homofóbicos que ejercen al aire libre su derecho al odio; un cantante-mascota sustraído de  un programa de American Idol junto a su público... entre otros. Contando para todo esto con la ayuda de una adolescente enamorada de la sangre. Una suerte de Bonnie and Clyde de la década Twitter.

Me pregunto: ¿En qué momento se borraron todas  las puertas de salida? Tal parece que estamos retenidos en un mundo que nos invade constantemente con mediocridad y estupidez. Que no existe manera de escapar. Que no existe  mérito alguno en ser famoso. Que los espacios para el pensamiento crítico y la sensibilidad comienzan a borrarse de todos los medios de comunicación, dejándonos en esta tierra arrasada de originalidad  que es el presente. Encontrarse con la revancha violenta a este tipo de cosas, tal como lo muestra esta parodia,  es inaceptable; pero no es difícil admitir que las fantasías violentas siempre se inician cuando ya no se ve una salida próxima. Una sociedad necesita salidas para su indignación; de lo contrario cae en la intolerancia, la intolerancia que  es la vía rápida hacia los más cerrados radicalismos. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

LA HISTORIA EN PARTÍCULAS ELEMENTALES


La historia no se repite, sólo reincidimos  en nuestros errores. 
La historia no se borra, sólo la  alteramos para  el olvido. 
La historia no se inventa, sólo la erigimos en mitos falsos. 
La historia no se advierte, sólo buscamos sus  peores senderos.  
La historia no se adelanta, sólo la perdemos en la marcha. 
La historia no se reconstruye, sólo caen las falsas memorias. 
La historia no se planifica, sólo la encadenamos por largo tiempo. 
La historia no se equivoca, sólo se despejan las cegueras.

La historia no se transforma, sólo adelantamos nuevos caminos.
 La historia no se muere, sólo cambia  de voces en su relato. 
La historia no se traduce, sólo se traslada a otras coincidencias. 
La historia no se concluye, sólo encuentra sus desvíos.
La historia no tiene protagonistas, sólo tiene testigos privilegiados.

La historia no se escribe, se lee tarde. 
La historia no se lee, se escribe tarde. 
La historia no se enseña, se   acumula en el camino. 
La historia no se devuelve, se transforma en una cicatriz. 
La historia no se pelea, se congela en discursos. 
La historia no se vuelve puerta, se hace ventana.
La historia no es un monumento ecuestre. 
La historia no es un día de feriado. 
La historia no son  tantas fotos amarillas. 
La historia no son los museos. 
La historia no son las pizarras de las aulas. 

La historia no son los tomos con fechas entre la A y la Z.
La historia son los vicios individuales y los vicios colectivos. 
La historia son las acciones de lealtad con el presente. 
La historia son las pequeñas razones dentro de los grandes cambios. 
La historia son las historias que la asedian. 
La historia son esas partículas elementales, esas formas invisibles que se convierten en un todo. 
La historia son los lectores que abren este periódico para entender el presente. 
La historia son los nombres incluidos y también los que han sido tachados.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

PROSPERIDAD O MUERTE


“Prosperidad” es el discurso. Lo pienso luego de contar las vallas que se van quedando atrás. Dieciocho panorámicas en un tramo corto del camino a mi casa. Increíble, la mayor parte de anuncios proviene o está relacionado con bancos o con financieras. 

Mi silenciosa meditación automovilística  me deja una certeza: no es posible existir afuera del mito de la prosperidad. Tal pareciera —por la publicidad y por lo que indica— que nuestros grandes capitales, consolidados o emergentes, están sumamente preocupados porque los guatemaltecos alcancemos tal utopía. El crédito, el seguro, la inversión y el ahorro son los  ingredientes que han construido las economías más sólidas del planeta. Es de notar que todos los anuncios llevan dos palabras esenciales: “seguridad” y “familia”. 

La casa en un condominio, los dos carros parqueados en el garage, la pareja sonriendo junto a sus dos niños rubios... percibo cierta uniformidad, cierta mitología en lo que venden estas imágenes del bienestar. Los anuncios contrastan en mucho frente a la realidad que los circunda. Abajo sólo hay buses llenos a reventar, pasarelas utilizadas más por cabras que por peatones, malabaristas de semáforo y pequeños grupos de policías o de guardias de seguridad privada en cada esquina. 

El sábado leí una conmovedora noticia relacionada con la ola de suicidios que estaba provocando la crisis económica en España; un triste destino para una clase media asfixiada. La gente no puede hacer frente a sus deudas y es entonces que la escenografía de la prosperidad se derrumba. Es entonces que el crédito y la inversión segura se transforman en desahucios, en desalojos y en sobrevivencia. Sólo al llegar a ese momento puede transparentarse el sistema que soporta  esa  valla de un bienestar sostenido por la usura y por el proteccionismo de gobiernos corruptos. 

Tal pareciera que esas prosperidades mercantilizadas  no son más que  meros espejismos para una sociedad desinformada. Basta con salirse del marco de la foto y dar un vistazo, para entender si dichas promesas concuerdan con las realidades que las circundan .

miércoles, 7 de noviembre de 2012

CLINT EASTWOOD

Envejecer como Clint Eastwood no es para todos los mortales. Siempre lo pienso luego de ver sus películas actuales y precedentes. Ser un artista de 82 años, con un cine lleno de referencias a  ideas conservadoras (que  paleolíticos censores ideológicos calificarían de “derecha”) y mantenerse vigente dentro del infantilismo hollywoodense... es algo extraordinario. 

Sucede que el mundo de Eastwood no tiene tiempo. Sus películas carecen de retórica, no son meros discursos políticamente correctos, no son planteamientos hipócritas de cara al mundo actual. Río Místico (Mystic River), Un Mundo Perfecto, Million Dollar Baby, Gran Torino y recientemente J. Edgar refieren a una sociedad estadounidense llena de contradicciones. Casi todo su trabajo como director nos empuja hacia una reflexión-tratado acerca de la Norteamérica actual y de sus aparentes libertades, una aspiración sostenida, hoy por hoy, únicamente por los discursos moralistas de sus políticos —no muy distintos a los movie star prefabricados por la industria del entretenimiento, tan , pero tan distantes de esa ética funcional que convierte a un gobernante en un símbolo de dignidad y de  justicia democrática. 

Quizá el secreto para mantener la esperanza en el mundo actual —con todo y sus principios desechables— radique en apartarse de sus obsesiones cambiantes. Vivimos una época que falsifica la madurez, que hace que se desgasten y se deterioren sus valores, sus héroes, sus espectáculos y sus tragedias frente a una masa espectadora sin opinión y sin acción crítica. El mundo de los  viejos  es aquel que se enmudece o se resguarda tras el palabrerío inocuo de los “limpiadores de conciencias” y no el de aquellos fieles a sus personales acciones por mejorar la vida de las generaciones que vienen. 

Es necesario leer el presente en todo. A veces queda más en nosotros luego de ver una película de un director actual, que luego de leer un libro de un celebrado autor “actual”. Lo importante es hallar eso que nos devuelve el milenario  interés humano por entender y por profundizar en los seres y en las cosas.