miércoles, 23 de junio de 2010

FUTBOL EN PROSA

Se dice que el Mundial de Futbol es la mejor cortina de humo para desviar la atención acerca de temas importantes. Que nadie escucha ni piensa ni opina acerca de nada que no sea fútbol. Que durante esta época las calles de la Ciudad de Guatemala parecen un pueblo de zombis.

¿Qué puedo decir personalmente acerca de este deporte tan provisto de anti-intelectualismo y de melancolía? La verdad, no sé. Es posible que el fubol esté asociado a los mejores y a los peores recuerdos de mi infancia. De niño yo no soñaba con escribir, yo quería ser Maradona. Durante el mundial memorizaba con mis compañeros los nombres ilegibles de futbolistas rumanos o cameruneses y asistía, en cada partido, a una suerte de curso involuntario de geopolítica. Todavía vi jugar a la Unión Soviética y a los antiguos países socialistas, claro, ante la prudencia ideológica de los comentaristas de la televisión nacional. Fui testigo de la derrota de los ingleses a manos de Argentina como parte de un reclamo histórico ante la guerra de las Malvinas. Estuve al tanto de las dictaduras, y demás miserias existentes en los países de Latinoamérica o del Medio Oriente, cuando la cámara mostraba esos ancianos militares rodeados por guardaespaldas que observaban al equipo de su país con cierta distancia. Años después también fui testigo de la xenofobia, cuando Zinedine Zidane agredió a un neofascista jugador italiano que le recordó su origen no-europeo durante el partido de la Final de Alemania 2006.

Desgraciadamente la realidad está presente en todos lados. Pero la fascinación que tenemos por el futbol en los países pobres, es precisamente esa, sentir que mientras no se detenga esa pelota, somos capaces de cambiar nuestra historia.

miércoles, 9 de junio de 2010

ESE TIPO DE VIDA

Comenzamos nuestra vida “útil” cuando nos hacemos completamente independientes. De eso que nuestros padres den por hecho que su labor quedó terminada cuando logramos cubrir por nosotros mismos nuestras necesidades. Así concluye el ciclo ominoso de la paternidad asumida como un tipo de trabajo patriótico y cristiano cuyo sentido fundamental es multiplicarse.

Desde antes del matrimonio, casi desde la infancia, recibimos esa encomienda de ser padres. Traer un niño al mundo es algo tan común y corriente como tener una mascota o una planta, algo que debe celebrarse porque es motivo de una alegría sin complejidad. Muchos son los casos de las adolescentes que se embarazan y construyen sus improvisados núcleos familiares sin darse cuenta del daño tan grande que se hacen y que le hacen a la sociedad. Es que hemos simplificado a tal punto la importancia de la vida que ya ni siquiera podemos darle un mejor significado.

El desastre en sociedades como la guatemalteca comienza con nuestra incapacidad para ver las cosas claramente. La vida en este país no vale nada desde antes de comenzar. Difícilmente vamos a salir de nuestro estado de pobreza, si no llegamos primero a un acuerdo en el tema de la educación sexual y de la planificación familiar en los más jóvenes. Nuestra mayor derrota no está en la violencia, está en la cantidad de niños analfabetas, maltratados y hambrientos que tenemos hoy, y en el horizonte de posibilidades que le aguardará como adultos en el mañana.

miércoles, 2 de junio de 2010

DEBAJO DEL PUENTE

Existen dos vidas, una arriba del puente y otra debajo.

Desde arriba la gravedad atrae a quienes observan en el barandal. Techos lejanos que se mantienen bajo el peso de llantas viejas y restos de chatarra. Caudalosos deshechos químicos y humanos fluyen junto a las gradas y las veredas. La humedad entre el musgo, la basura y las matas que asientan la forma de este infra-mundo.

Desde abajo las cosas cambian. Las enormes columnas de concreto hacen del puente un extraño techo, un techo frío y remoto, o una suerte de cielo gris permanente. La vida cotidiana es asediada por temblores y cosas que caen desde la superficie. A veces -como en la película de mi amigo Gustavo Maldonado- hasta llueven milagros. Niños juegan al fútbol como en cualquier otro lado. Las mujeres barren sus casas. Otros suben a ganarse la vida en lo que pueda ofrecerles su horizonte de posibilidades. Ni la malla metálica que pusieron ha logrado evitar que las personas desesperadas se lancen al vacío. Los cuerpos caen y los vecinos ven descender a los bomberos para recogerlos. Una suerte de Xibalbá.

Cuando sucede la desgracia de llover durante días y continuamente, el asentamiento suele borrarse. Desde los carros y los buses que cruzan la estructura, sólo puede reconocerse una densa niebla cernida sobre el barranco. La cámara de un noticiero de televisión capta el rostro de una madre, un padre o un hijo velando una infinita tristeza. La vida está en otra parte, arriba, en ese lugar de bocinas que buscan, entre la prisa, abrirse un camino hacia ninguna parte.