lunes, 30 de mayo de 2016

#2050


La voluntad fue exterminada; solo quedan unos cuantos sobrevivientes. El calor obsceno que sube desde la tierra sin grama ni árboles. Atardece y los letreros luminosos son soles disparejos que iluminan la calzada. Pantallas con miles de colores muestran en tiempo real los programas que en ese momento se ven en cada hogar a través del acceso a internet global, gran logro de la civilización y bastión del gobernante de turno.

Las personas desfavorecidas por los beneficios estatales caminan por los arriates. Un autobús los recoge dos veces al día y los lleva a un asilo donde trabajan a cambio de dos tiempos de comida. Cada año se hace una selección en la cual se busca darles una muerte digna. Esta modalidad fue adoptada cuando fueron denunciados ciertos infames métodos de control de la natalidad que hicieron reaccionar de inmediato a religiosos conservadores.

La muerte piadosa logró decretarse desde el año 2022 y ha sido uno de los más grandes alcances en el combate de la pobreza. Las personas enfermas que ya no tienen ninguna capacidad de producir para las maquilas estatales son los candidatos más recurrentes.

Las cárceles han sido privatizadas y los presos se encargan de construir la infraestructura de las ciudades. Las pandillas fueron exterminadas cuando el crimen organizado tomó el negocio de la seguridad dentro de los barrios de trabajadores. Además de los beneficios que generaron las zonas liberadas: drogas, apuestas y trabajo sexual sin restricciones lejos de los suburbios y zonas residenciales. Con la aplicación de la muerte piadosa para personas cero productivas, el crimen se volvió en parte importante de la economía de la región. No existe nada ilegal; todo es trabajo convenientemente distribuido. Un asesinato puede ser indultado, siempre y cuando se demuestre que la persona asesinada no tenía capacidad para adaptarse a la sociedad.

El dinero es un valor simbólico; cada salario y cada servicio se descuenta al número asignado a cada ciudadano. Si el código marca mora o irresponsabilidad en sus pagos, su identidad puede ser cancelada y negársele cualquier derecho, engrosando así la lista de los reos y marginados.

jueves, 19 de mayo de 2016

NO SOMOS UN FINGIR


Sentenciados a fingir, aceptamos de buen grado cualquier tipo de chantaje. Nada es más triste que aplacar nuestra opinión ante cosas que nos incomodan. Pienso en los niños que escuchan expresiones racistas por parte de sus compañeros de clase o incluso maestros. Pienso en las jóvenes recién contratadas que no tienen más que disimular indiferencia ante el acoso de sus jefes. Pienso en las personas que deben acatar órdenes que les repugnan. Pienso en la triste lógica de aguantar un tiempo hasta conseguir que las cosas cambien a nuestro favor: concluir los estudios, hallar un mejor trabajo…

La inocencia termina cuando nos iniciamos en el fingir. Es una rueda que se rompe en el camino y que debe cambiarse por otra más blanda y más adaptable al devenir de las piedras y de los baches. Simular que somos lo que no somos; que sentimos lo que no sentimos; que creemos en lo que no creemos; que nos interesa lo que no nos interesa. Todo esto empujado por el temor a perder o a marginarnos o hacernos invisibles. La vida en sociedad no es para gente inocente. O como lo dijo Henry David Thoreau: “La vida ciudadana son millones de seres viviendo juntos en soledad”.

Siempre existe el riesgo de que la máscara se vuelva nuestro rostro. Es entonces cuando la simulación se vuelve algo dañino. Nos desintegramos ante la necesidad de ser aceptados y vamos borrando poco a poco las márgenes de nuestros principios. Toleramos lo intolerable hasta ya no reconocernos. Rumiamos una vida modelo. Somos de todos y nos quedamos muy por debajo de nuestros destinos. Es entonces necesario respondernos esta pregunta: ¿Qué queda realmente de mí en lo que dicen que soy?

LA FUERZA DE GRAVEDAD


La dignidad no se ve a simple vista. No hace alardes, no exhibe méritos. Casi siempre se oculta detrás de la apariencia más sencilla.

Lejos de celebrarla, a la dignidad la vemos de lado. No se aprecia el esfuerzo por hacer las cosas, según las reglas establecidas, desgraciadamente ponemos por encima del honesto al tramposo y al embaucador, al demagogo y al cínico. Todo por el simple hecho que nos parece más “chispudo” el charlatán corrupto que el emprendedor mesurado y correcto.

Usted se habrá dado cuenta de la manera en que cedemos ante el autoritarismo y el descaro. Impresionante ver cómo la ostentación es vista como una cualidad sin importar el origen ilícito de la riqueza. Prueba de esto es la manga de delincuentes que ha destruido el Estado guatemalteco o como los “respetables” monopolios han evadido cientos de millones de quetzales de impuestos. Nosotros hemos pagado sus casas, su viajes y sus lujos de mal gusto,¿con qué?: con gente muerta en los hospitales y en las calles. Con filas de desempleados. Con niños, ancianos, mujeres y hombres muriéndose de hambre, ¿por qué?, sencillo, creemos que los delincuentes siempre vienen con una cara signada de tatuajes, hablando de esta forma, comportándose de esta otra; nunca es el señor trajeado que detrás de un escritorio exhibe su título universitario y se enriquece con el contrabando, tampoco el banquero que avanza velozmente en su BMW o el funcionario siniestro y sonriente que da declaraciones ambiguas a la prensa.

Aunque la dignidad puede hallarse en todo, es poco apreciada. Quizá el problema comienza desde lo que enseñamos a nuestros hijos. No se trata de la moral que imponemos, sino de la ética con que actuamos. La ética plantea un ejercicio de vida y la moral es únicamente censura y adoctrinamiento.

¿Acaso el policía que no acepta mordidas, el funcionario intachable, el empresario que paga salarios dignos a sus empleados o el trabajador esmerado, están salvando a Guatemala de caer en la absoluta degradación?

miércoles, 4 de mayo de 2016

GLADIADOR DE LA TIMIDEZ

La maestra me dice que repita la frase que memoricé para aquel acto del Día de la Madre. No tenía mayor talento para cantar, no me admitieron en el coro. No tenía las mejores notas, era inadmisible que tuviera algún protagonismo. Bueno… me pusieron a dar las palabras de bienvenida.

De pronto uno escucha su nombre y tiene que pasar a hacer algo para un público amante de las escalas de degradación. Primero fueron los payasos en los cumpleaños, “Inflá el globo mijo, ay dios, ay, ay”, algo especulativamente depravado. Luego vino la adolescencia y el reto de declararse a la muchacha de la clase, esa a la que todos querían caerle y que tenía un hermano cinta negra dos grados más arriba. Ya en la vida laboral vinieron esas tristes dinámicas rompehielo donde uno debe repetir los nombres de los compañeros y así evitar el horror, latente y vergonzante, de una mayor penitencia.


No hubiera sobrevivido siendo tímido. Hoy hablo con fluidez y la gente ya no me asusta. Tal reto me llegó cuando buscaba sobrevivir y de pronto me vi frente a un aula con 50  hiperactivos adolescentes, a quienes debía impartir el curso de Literatura Universal después del recreo. Es entonces cuando se debe sacar el sarcasmo, el mal ejemplo, la desmesura, la exageración y la violencia demagógica para competir contra el imperio de la televisión que controla sus cabezas. Hasta ese entonces me enfrenté contra mi enorme monstruo de la timidez como un gladiador frente a una gran tribuna de púberes sedientos de ver correr sangre de maestro inexperto sobre la arena.


A la fecha he logrado ocultar muy bien a ese enorme babuino melancólico de la timidez. Pienso en voz alta y no oculto mis emociones. Pero en el fondo siento lo mismo que cuando tenía 9 años y tenía que dar aquella solemne bienvenida a las mamás del colegio, ese inexplicable deseo de que todo pase rápido y pueda salir corriendo a buscar un sitio que me protega del bochorno
.