jueves, 19 de mayo de 2016

NO SOMOS UN FINGIR


Sentenciados a fingir, aceptamos de buen grado cualquier tipo de chantaje. Nada es más triste que aplacar nuestra opinión ante cosas que nos incomodan. Pienso en los niños que escuchan expresiones racistas por parte de sus compañeros de clase o incluso maestros. Pienso en las jóvenes recién contratadas que no tienen más que disimular indiferencia ante el acoso de sus jefes. Pienso en las personas que deben acatar órdenes que les repugnan. Pienso en la triste lógica de aguantar un tiempo hasta conseguir que las cosas cambien a nuestro favor: concluir los estudios, hallar un mejor trabajo…

La inocencia termina cuando nos iniciamos en el fingir. Es una rueda que se rompe en el camino y que debe cambiarse por otra más blanda y más adaptable al devenir de las piedras y de los baches. Simular que somos lo que no somos; que sentimos lo que no sentimos; que creemos en lo que no creemos; que nos interesa lo que no nos interesa. Todo esto empujado por el temor a perder o a marginarnos o hacernos invisibles. La vida en sociedad no es para gente inocente. O como lo dijo Henry David Thoreau: “La vida ciudadana son millones de seres viviendo juntos en soledad”.

Siempre existe el riesgo de que la máscara se vuelva nuestro rostro. Es entonces cuando la simulación se vuelve algo dañino. Nos desintegramos ante la necesidad de ser aceptados y vamos borrando poco a poco las márgenes de nuestros principios. Toleramos lo intolerable hasta ya no reconocernos. Rumiamos una vida modelo. Somos de todos y nos quedamos muy por debajo de nuestros destinos. Es entonces necesario respondernos esta pregunta: ¿Qué queda realmente de mí en lo que dicen que soy?