miércoles, 4 de mayo de 2016

GLADIADOR DE LA TIMIDEZ

La maestra me dice que repita la frase que memoricé para aquel acto del Día de la Madre. No tenía mayor talento para cantar, no me admitieron en el coro. No tenía las mejores notas, era inadmisible que tuviera algún protagonismo. Bueno… me pusieron a dar las palabras de bienvenida.

De pronto uno escucha su nombre y tiene que pasar a hacer algo para un público amante de las escalas de degradación. Primero fueron los payasos en los cumpleaños, “Inflá el globo mijo, ay dios, ay, ay”, algo especulativamente depravado. Luego vino la adolescencia y el reto de declararse a la muchacha de la clase, esa a la que todos querían caerle y que tenía un hermano cinta negra dos grados más arriba. Ya en la vida laboral vinieron esas tristes dinámicas rompehielo donde uno debe repetir los nombres de los compañeros y así evitar el horror, latente y vergonzante, de una mayor penitencia.


No hubiera sobrevivido siendo tímido. Hoy hablo con fluidez y la gente ya no me asusta. Tal reto me llegó cuando buscaba sobrevivir y de pronto me vi frente a un aula con 50  hiperactivos adolescentes, a quienes debía impartir el curso de Literatura Universal después del recreo. Es entonces cuando se debe sacar el sarcasmo, el mal ejemplo, la desmesura, la exageración y la violencia demagógica para competir contra el imperio de la televisión que controla sus cabezas. Hasta ese entonces me enfrenté contra mi enorme monstruo de la timidez como un gladiador frente a una gran tribuna de púberes sedientos de ver correr sangre de maestro inexperto sobre la arena.


A la fecha he logrado ocultar muy bien a ese enorme babuino melancólico de la timidez. Pienso en voz alta y no oculto mis emociones. Pero en el fondo siento lo mismo que cuando tenía 9 años y tenía que dar aquella solemne bienvenida a las mamás del colegio, ese inexplicable deseo de que todo pase rápido y pueda salir corriendo a buscar un sitio que me protega del bochorno
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