lunes, 4 de abril de 2016

EL PUNTO CIEGO


El punto ciego se ubica cerca de nuestro campo visual, pero es invisible a nuestros ojos. Podemos ir atentos al retrovisor mientras manejamos, podemos cruzar al carril izquierdo o derecho, de pronto algo nos golpea. Nunca lo vimos, el cruce nos parecía despejado, ¿de dónde salió el vehículo?, es incierto sólo nos queda ver con asombro cómo el motorista sale disparado por los aires; solo nos queda ver cómo el carro fantasma queda golpeado.

Tal situación desafortunada es la pesadilla de cualquier automovilista que se desplace por el caos vial de la ciudad de Guatemala. Pero en realidad no es mi intención hablar de esto, más bien quiero usarlo como ejemplo para explicar lo que le sucede a una sociedad completamente desinformada acerca de la naturaleza de sus males.

Un punto ciego para nosotros puede ser todo lo que acompaña silenciosamente nuestra marcha, buscando rehuir de los centros de atención, agazapándose cuidadosamente y desviándonos de cualquier ruta que nos lleve a una verdadera evolución como país. Si pensamos que el mayor de los males se encuentra en la impunidad, corrupción y crimen dirigido por las altas esferas de la política o del mercantilismo, en realidad no estamos viendo claramente; o si opinamos que la maldad pura la representan esos pandilleros tatuados que aterrorizan a su misma gente o los verdugos motorizados que llenan de dolor a cientos de familias, tampoco estamos observando con cuidado.
Muy cerca de nosotros, pero invisibles a nuestros ojos están aquellos que mueven los hilos de las marionetas. Se esconden como personas probas, incapaces de matar una mosca. Se hacen llamar gente de bien, se hacen llamar gente intachable. Se quedan aguardando los relevos del poder y se acercan a ofrecer sus servicios. Ayudan a la gente a olvidar las grandes ofensas, lavan rostros impresentables, justifican, manipulan la información, llevan una, dos o tres agendas según la conveniencia y son ideológicamente promiscuos. Su trabajo es administrar nuestra mansedumbre ante la corrupción y la crisis.

La maldad real no es la que vemos, es la que se adhiere a los relevos y permanece en ese punto ciego del anonimato.

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