miércoles, 17 de febrero de 2016

CARÁCTER


“Cuida tus pensamientos, ellos se convierten en palabras. Cuida tus palabras, ellas se convierten en acciones. Cuida tus acciones, ellas se convierten en hábitos. Cuida tus hábitos, ellos se convierten en carácter. Cuida tu carácter, él se convierte en tu destino” aconseja un texto taoista atribuido al pensador chino Lao Tsé.

El carácter es la sombra que intimida nuestra infancia. Ese engendro que tarde o temprano va a poseernos. Siempre viene adherido a la idea de que crecer duele y de que la inocencia es algo que tarde o temprano muere derrotada por la hipocresía y las malas intenciones del mundo.

Defenderse, atacar, perder escrúpulos, cobrar astucias, trepar, imponer, salirse con la suya... Eso es lo que comprendemos como carácter en su sentido lato. Convertirnos en paranoicos funcionales dentro de sociedades ambivalentes y enfermas.

Siempre me ha llamado la atención la forma en la que determinamos a una persona “de carácter”. Nunca consideramos que sea un manipulador y pagado de sí mismo que busca salir en caballo blanco de cualquier situación.

De eso vemos a una señora aterrada que ve a su marido bajarse a patear la puerta al carro que le pegó un toponcito a su invaluable propiedad o de la mujer que humilla a su vecina diciéndole “Ay noo estás re gorda urge que vayás al gimnasio...”

Decir lo que se piensa sin que pase por un filtro racional es una forma de estupidez. Ese “carácter” no es más que una celebrada paranoia. El paranoico no entiende, solo se remite a poner palabras en la boca de otros y a escuchar medias verdades detrás de las puertas.

Es la derrota del juicio y de la acción, porque en la guerra de gritos siempre gana, no el de los argumentos claros, sino el que grita más fuerte con la voz o con las armas.

Así pues, ocupémonos de formar un verdadero carácter con nuestros hábitos, acciones, palabras y, sobre todo, pensamientos en la vía de la justicia y del bien común.

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