martes, 19 de enero de 2016

MALAS PALABRAS

Aprendí a gritar malas palabras jugando futbol en la cuadra. Nunca las decía en mi casa ni en el colegio. No existe nada tan liberador como sacarle la madre a nuestros opositores a la mitad de un conflicto deportivo o de cualquier tipo. Sin embargo aquello que fue tan habitual en la calle, terminó siendo un rasgo común durante mi malhablada adolescencia. Siempre con mis amigotes de pleito o de borrachera. Mi aproximación a la vida adulta pasaba por tantas sacadas de madre como fueran posibles. Poco a poco se fue haciendo habitual terminar con algún adjetivo o  diminutivo o sustantivo que describiera miserablemente lo que trataba de expresar.

Con la vida adulta seguí ocupándome de cultivar los mejores insultos. Ante una desgracia. Ante las injusticias. Ante el tráfico de El Trébol. Ante la política nacional e internacional. Todo siempre con esa satisfactoria catarsis que nos da mencionar a la señora mamá que ni conozco y que procreó a un ser representante de todo mi desprecio. Algo tan natural que puedo decir que tal vocabulario está transcrito en mis novelas, en algunos de mis cuentos, en mi poesía, e incluso, en alguna que otra columna escrita que se salvó de la censura del corrector. 

Al cabo del tiempo comienzo a preguntarme: ¿Son tan necesarios los insultos para vivir? De inmediato me doy cuenta que los guatemaltecos somos bastante maldicientes y malhablados. Tal parece que si no fuera por el a la mier… a la pu… ala ver… ese cero… que pisa… come mier… no desquitaríamos toda la energía  acumulada en esa frustración cotidiana.  Un mecanismo liberador omnipresente en las conversaciones, protestas y discusiones; en el arte, en la política, en la ciencia, en la economía y en la conversación de nuestros abuelos, padres, hijos y demás. Sin lugar a dudas las malas palabras ocupan un lugar significativo en nuestra sociedad: canalizar con gran elocuencia todo nuestro impotente desahogo.

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