miércoles, 17 de junio de 2015

¿EN QUÉ AÑO SE JODIÓ LA USAC?

¿En qué año se jodió la Universidad de San Carlos? Datos recientes la ubican en la posición 41 en el ranking de las instituciones educativas latinoamericanas, no digamos mundiales, donde el número pasa del mil.

Que la Usac esté antes o después del resto de universidades privadas no es el tema. En la ley de la oferta y la demanda, a quienes les correspondería hacer el reclamo es a sus “clientes”, perdón… “alumnos”. Lo que me golpea —aparte de que soy un ex sancarlista— es que sea con nuestros impuestos que se mantenga dicha estructura de mediocridad académica. Si algunos alumnos dejan mucho que desear, son sus autoridades quienes se han valido del estatus que defienden a capa y espada para mantener sus escaños en la impune politiquería guatemalteca.

Resulta folclórico que a un estudiante graduado en una institución prestigiosa afuera de Guatemala le pidan asistir a “cursos de nivelación” en las aulas de esta paca de ideas. De esta forma logran impedir que profesionales mejor formados entren a mejorar su anquilosado círculo docente. Burocracia, cinismo y partidismo acometen a la Tricentenaria. ¿Qué hacen con los millones y millones de quetzales que tienen de presupuesto?

El Estado, con sus lamentables rubros para cubrir la educación primaria y secundaria, está solventando tal universidad de lujo (en costos no en resultados) ¿Para qué? Para no tener ninguna respuesta por parte de sus autoridades; para que tal como lo hace el resto del parasitismo politiquero se queden de brazos cruzados sin buscar mecanismos de solución.

Los grandes pendientes en la educación son el reto más grande que tenemos los guatemaltecos. La educación de las próximas generaciones no es gratis para ninguno de nosotros. Dignificar a los buenos maestros y sacar a todos los oportunistas que cunden nuestro sistema educativo, deberían ser algunas de las prioridades que aquellos que abanderen la promesa de hacer un gobierno honesto.

Corruptos afuera. Íntegros adentro. Conocimiento, experiencia e incorruptibilidad para todas las instituciones.

miércoles, 10 de junio de 2015

LA CABEZA DEL DINOSAURIO


Estamos justo a la mitad de la segunda década del siglo XXI. Un camino cuesta arriba para una sociedad conservadora y cerrada al debate. Ya no es posible mantener en pie los paradigmas añejos. Hasta un niño de seis años puede comprender lo que significa el racismo, la miseria y la intolerancia. Mal que bien, algo hemos avanzado.

La generación nacida el año de los Acuerdos de Paz es la que está girando el timón de nuestra historia. Con sus hashtags, pancartas, status en Facebook... eso que para los viejos dinosaurios no tiene ningún valor. Lo mismo dijo Muamar el Gadaffi poco antes del apocalíptico derrumbe de su dictadura: “Protestan unos cuantos homosexuales, drogadictos que tienen acceso a Internet, la mayoría está conmigo”. Él, que con una mano en la cintura se sentía tan convencido en lo predecible que era “su pueblo”, ya ni siquiera vivió para contarlo.

La ignorancia nunca traiciona a los ignorantes. Pero una generación que posee tantos datos históricos y tantas ideas complejas en la cabeza, no puede compararse con la época que me tocó vivir. Años de feudalismo mediático, información distorsionada y bibliotecas vacías. La vieja manera de hacer política está cayéndose a medida que pueden provocarse cambios radicales con un solo teclazo.

Quizá el obstáculo más difícil de superar para los guatemaltecos sea el del prejuicio. Reducir a los nativos digitales únicamente a una “élite” que tiene acceso al consumo de tecnología, no resulta ingenuo sino estúpido.

Es claro que en el país hay más cíber-cafés y teléfonos inteligentes que libros y bibliotecas. Obviar que los plantones no son más que argucias por parte de los grupos políticos amenazados y que tienen el único fin de dividir el movimiento de cambio, es clasista y primario.

Siempre esperamos que los pobres quemen llantas o bloqueen carreteras y que los ricos manejen las redes sociales o las protestas mediáticas. Que los dinosaurios desestimen tales estrategias es digno de un grupo en franca decadencia; pero que los más jóvenes lo hagan, es asirse a nuestro lodoso pasado. Nuevos tiempos, nuevas maneras de exigir los cambios.

miércoles, 3 de junio de 2015

VIDAS

Al señor que atiende una carretilla de shucos en la 20 calle. 
A la adolescente encargada de una joyería en el Pasaje Rubio. 
Al licenciado que sube las escaleras eléctricas en el edificio de Finanzas. 
Al niño que baja del bus con una mochila azul.

Al señor con aros unidos con masking tape que despacha en la tienda. 
A la secretaria que atraviesa la pasarela con su uniforme gris. 
Al hombre gordo que habla con las trabajadoras sexuales del Cerrito del Carmen.

A la muchacha de pelo recién planchado que abre su Peugeot en la zona 10. 
A la risueña universitaria que sostiene un cartel frente al Palacio Nacional. 
Al camarógrafo que capta una entrevista a un diputado mafioso.

Al juez que perfora la vida de dos sicarios desde su escritorio. 
Al grupo de mormones que caminan por Kaminal Juyú un miércoles por la mañana. 
A la señora que riega con una palangana jabonosa la acera.

Al niño que acaba de perder su globo en la Plaza Central. 
Al muchacho con hambre que reparte su currículum diez veces al día. 
Al funcionario que siente que el Ministerio Público ya va tras él.

A los guardaespaldas que cuidan a su jefe afuera de un restaurante de sushi. 
A la familia de campesinos que comen pollo frito en el arriate de El Trébol.
 A la estudiante de medicina que sale de turno. 
Al locutor que anima un programa mañanero. 
Al chofer de tuc-tuc que lleva a una anciana al mercado. 
Al poeta que se acaba el vino en las exposiciones.

Al niño que se pierde en el supermercado. 
A la ama de casa que les tiñe de rubio el pelo a sus hijos. 
Al piloto que fue amenazado por una mara. 
Al hombre canoso que busca pornografía entre los cedés piratas.

Al estudiante que sale de capiusa. 
A la abuelita que dejaron sentada frente al almacén de un shopping mall. 
A la brillante catedrática de literatura que no quiere casarse. 
Al bartender que solo quiere irse a dormir a su casa.

A todos ellos envío estas palabras.