miércoles, 29 de abril de 2015

REVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA

Crisis y revolución. Revolución y conciencia. Conciencia y discurso. Discurso y acción. Acción y continuidad. Continuidad y coherencia. Coherencia y libertad. Libertad y humanismo. Humanismo y justicia. Justicia y equidad. Equidad y permanencia. Permanencia y memoria. Memoria y presente. Presente y futuro. Futuro.

No existe una fórmula para hacer una revolución. Las viejas maneras se convirtieron vertiginosamente en modelos contrarrevolucionarios. Estados policíacos. Polvorientos feudos de burocracias corruptas que cooptaron a intelectuales que ensalzaron los “progresistas” métodos de salvación revanchista. Pero siempre lo mismo: hambre, cárcel, impunidad, muerte.

No existe una fórmula para hacer una conciencia. Las disciplinas morales caen en desuso cuando las limosnas y los diezmos de sus fariseos no logran comprar la integridad de una oveja descarriada. Así pasamos de las liturgias a las prédicas sin que veamos detrás de su palabrería ejemplos de humildad y desapego a sus cuantiosos bienes materiales.

Revolución y conciencia. Cuadros abstractos y poemas herméticos. Tanto se dice acerca de estos términos. Cuánta sangre ha corrido tratando de imponer sus normas, las de ellos —los caudillos, los jerarcas, los legisladores—. Miles viven de seguir hablando y hablando de sus buenas conciencias y de sus añejas revoluciones.

Los guatemaltecos estamos enfrentándonos a la claridad. Las cosas hoy se ven más que expuestas. La corrupción y la violencia son tan viejas que ya ni siquiera nos imaginamos cómo se puede vivir sin estas. Bueno... así suceden las cosas. El ejercicio de la política es para unos cuantos apadrinados que aprendieron de las viejas escuelas del arribismo y de la cleptocracia. Un Estado es lo que permitimos que sea.

El único poder que tenemos es el de decir “Ya No”. Luego nos corresponde sobrevivir con la coherencia y con la ética que exigimos de otros. Así la indignación pasa de la palabrería a la acción, a la conciencia y a la revolución. La indignación es recuperar (u obtener) un sentido práctico del respeto y la voluntad de mejorar.

miércoles, 15 de abril de 2015

AUTOPERIODISMO (NO SÓLO DE ÚLTIMAS HORAS VIVEN LOS LECTORES)

Cuando Vicente Leñero definía Autoperiodismo, su descripción estaba muy lejos de gravitar alrededor del universo de los motores, accesorios y modelos recientes de vehículos que vuelven locos a los amantes de la saga de Rápido y Furioso. Más bien, Leñero aplicaba el término a la integridad periodística que identificó a este gran escritor mexicano fallecido hace un par de meses.

Un periodismo escrito desde la memoria, desde la conciencia y desde la experiencia individual. Una suerte de autocrítica donde no se vale hablar de lo que no se sabe ni agendar temas para quedar bien con los amos y señores de la opinión pública.

A la distancia, este tipo de textos pasan de ser meros análisis de coyuntura —o golpes de pecho acerca de las eternas malas noticias—, para convertirse en algo permanente.
Quizá las sociedades no cambian, porque las malas y las buenas costumbres de los individuos tampoco se transforman. En eso radica la belleza y la vigencia de observar la vida y recrearla desde la subjetividad. Eso que llamamos arte o literatura.

¿Cuánto de humanidad le queda al periodismo en Guatemala? ¿Será que en diez años seguiremos rumiando las mismas columnas con la misma indignación y el mismo tararín tararán de señalamientos éticos sin consecuencias? ¿Será que el compromiso con la época y con la sociedad en la que vivimos se reduce a tomar distancias “objetivas” espetando datos y cifras?

Hace unos días murió otro de los grandes autores de América Latina: Eduardo Galeano. Su obra Guatemala, país ocupado es un magnífico ejemplo de autoperiodismo. Este escritor uruguayo hace un retrato implacable de nuestra sociedad, acercándose con una sorprendente intuición al incierto futuro que hoy día estamos viviendo.

Tanto Leñero como Galeano utilizaron la investigación periodística y la opinión en medios escritos como un sendero literario. Ellos demostraron que hay una vida más allá de la noticia. No solo de las “últimas horas” viven los lectores.

El periodismo también es cultura y es permanencia.

miércoles, 8 de abril de 2015

DÍAS MEJORES

Hace una década presentábamos con mi amigo cineasta, Luis Urrutia, lo que sería la primera entrega de una trilogía acerca de Guatemala: Días mejores.

Los tres guiones contenían mucha evidencia que justificaba la etiqueta de ese tetrabrick en el que nos metieron a muchos de los artistas de principios de los “dosmiles”: Generación del desencanto o Generación de posguerra.
Pienso que a medida que pasan los años, el título de aquella producción de bajísimo presupuesto es más contundente. ¿Acaso existe un mejor nombre para referir el pasado, el presente y el futuro de una sociedad donde nunca amanece?

Luis y yo siempre bromeábamos: “¿Y si esta época purisísima m... son nuestros años dorados?”, pero alguien de inmediato solventaba: “No jodan, tienen que venir tiempos mejores”. Siempre la censura optimista contra el humor negro. Humor que no es más que una reacción alérgica a la banalidad que circunda lo políticamente correcto.

El pasado es como una trinchera de recuerdos endulzados. En sociedades que parecen irse muy lentamente en un pozo sin fondo, existe una gran urgencia por el recuerdo: “Si los muchachos de hoy fueran como los muchachos de antes”, etc. Quizá porque en ese “antes” quedaron empantanados todos los días mejores y todas las salidas posibles.
Tanta gente me ha dicho: “Antes te mataban por guerrillero, ahora te matan por robarte el carro”. Y son otros tantos los que añoran las dictaduras de soga y cuchillo que me provocan escalofríos.

Soy de los que piensan que los días mejores no existen. Empeora algo y mejora otra cosa. La miseria, la corrupción y la muerte siempre han estado presentes, pero han tenido mejor prensa.

Sin embargo, la esperanza nunca se agota. Los dignos, los fuertes, los perseverantes, los incorruptibles. Las peores épocas son aquellas en las que no tenemos conciencia. Cuando perdemos la noción de la realidad que nos circunda y no existe una masa crítica que opine, actué, sea coherente y fiel a sus principios.

PÉNDULO

Te hablo porque estás solo. Te escribo porque estás sola. Intentas llegar a la mañana siguiente, pero tu cabeza se mueve como un péndulo.

Necesitas alguien cerca pero todo el mundo se va alejando. Creces, no existe nadie alrededor, creces: lo sabes porque te sientes solo, lo sabes porque te sientes sola.

Ya es hora de soltar. Ahora te sientes fuerte. Remites a las cosas que dijiste y a las que pensaste y a las cosas que te hiciste hacer. Tal parece que aquello es como una larga fila de fotografías pegadas al fondo de un río cristalino.

Las fotografías se van borrando. Creces, no existe historia alrededor, creces: lo sabes porque te sientes sin suelo debajo.

Caminas por una calle que es tuya y trae recuerdos vagos: alegría, vergüenza, despedidas, encuentros…

Te diste cuenta de que el Ángel Exterminador que siempre madruga en Guatemala no ha tocado a tu hombro, quizá pasa a tu lado sin que te des cuenta, quizá se ha llevado a gente invaluable para ti.
Esta calle la llevas encima, como llevas este país, como llevas este mundo. Sientes su peso en tu espalda. Creces, lo sabes porque llevas algo sobre tus hombros.

Tu cabeza se mueve como un péndulo que no se detiene. Lo observas y quieres que su ritmo sea más lento. Pero es tanta la fuerza que lleva en su ir y venir. Quisiera que algo frenara su paso. Tu corazón pulsa con menos velocidad que tus razones. Creces, porque sientes que ahora sientes menos y piensas más.

No te preguntes por lo que dejaste tirado, no vale la pena recogerlo. No preguntes por lo que viene. Solo entiende una cosa: no importa la edad que tengas, solo aprende.
Si respiras y sientes, es porque creces a solas, como todos crecemos.