miércoles, 25 de marzo de 2015

DE NOSTRADAMUS EN SEMANA SANTA

Quizá los guatemaltecos deberíamos tener dos o tres semanas santas al año. Lo digo por esa extraña mezcla de desfile bufo, fervor religioso, turismo alcohólico y fertilidad adolescente que tienen estas fechas. Efusiva desesperación de ciudadanos que sienten el fastidio y la muerte como algo rutinario.

Todo comenzará el viernes previo, cuando la mayoría de empleados que laboran en el Centro salgan a almorzar y se encuentren con los agradables encapuchados de la Huelga de Dolores que les pedirán, de forma cortés y voluntaria, si es posible dar unos cuantos saltos en la cuerda para hacer reír a los espectadores. Luego un compañero universitario, vestido de mujer, seducirá a uno de los presentes, y otro compañero, disfrazado de militar lo pondrá a bailar El caballito de palo, pero con una letra que dice algo más o menos así: “Mareros huecos, los vamos a matar, el pueblo ya no aguanta más”.

Nuestra Semana Mayor continuará el Lunes Santo, cuando los vecinos preparen las alfombras durante toda la noche, platicando y colaborando con personas de la cuadra a quienes habitualmente evaden el saludo. Una linda tradición familiar que tendrá su recompensa cuando por las estrechas calles de la Ciudad se luzca nuestra imponente imaginería barroca. Andas de gran majestuosidad que son acompañadas de cerca por vendedores de algodones, equipos de limpieza de Tu Muni y los malhumorados guardaespaldas de los penitentes con mayores recursos.

Al mediodía del Miércoles Santo será imposible salir por la Calzada Aguilar Batres, porque pasadas las tres de la tarde una horda de capitalinos pondrá sus mochilas y grabadoras sobre la arena negra del puerto. Para entonces, ya estarán dispuestas torres de bocinas con reguetón y chicas sexis que, entalladas en minúsculas licras rojas, darán la bienvenida a las familias debajo de un enorme logo inflable de cerveza. Los niños se irán directo a jugar en la arena; las madres, a cocinar la cena; los papás se prepararán las primeras cubas con el gordito que traen entre las sábanas, y las parejas adolescentes buscarán un lugar escondido para darse una prueba contundente de amor.

miércoles, 18 de marzo de 2015

AUTODIDACTAS

Una discreta alegría me envolvió cuando el empleado de Renap me puso en el renglón de profesión u oficio el sustantivo “Escritor”. Quizá en otra época yo sería únicamente bachiller en Ciencias y Letras.

Una persona que conoce a profundidad su vocación y lo hace ininterrumpidamente por más de una década pasa de ser un autodidacta y se convierte en un profesional. Publicar más de una docena de títulos es casi como tener una docena de diplomas en distintas especialidades. Sin embargo, para ocasiones más burocráticas y menos acostumbradas a este tipo de títulos sin bautizo, me inscribo como periodista.

El periodismo es la profesión más cercana a la escritura. Si uno opina, escribe, investiga y reseña en un medio, es un periodista. No hace falta pasar por ninguna de esas maquinitas clonadoras de profesionales que son las universidades chapinas. No existe aula que nos dé ni la cultura ni el coraje ni la claridad argumentativa ni (mucho menos) la integridad para ejercer dignamente este trabajo.

El periodista es algo más que un costurero de noticias. Sobre su espalda carga el enorme compromiso de decir la verdad. Una verdad que descansa en un arte y un oficio tan peligroso como mal remunerado.
Cuando la violencia y la corrupción son incontrolables, son los reporteros el primer blanco de represalia por parte de los criminales de cuello blanco. Actualmente existe una vergonzosa cantidad de periodistas asesinados, presos y desaparecidos.

Son los enemigos número uno de las dictaduras perfectas, de las teocracias fanáticas y de los narcoestados. Por su integridad los conoceréis. Desgraciadamente, su labor no existe para esa miope y vulnerable mayoría que se come cualquier plato que le sirven en la mesa.

La violencia es, desgraciadamente, la única respuesta que le devolvemos a la integridad. Hoy lamentamos la muerte de tres comunicadores honestos. Pero el error más grande es creer que bastan unas cuantas balas para callar una realidad inminente.

miércoles, 11 de marzo de 2015

LOS GOLPES QUE NO LE DUELEN A NADIE

A veces, solo a veces, el ruido se transforma en algo distinto que desperdicio. A veces, solo a veces, la dignidad se resuelve alzando la voz. Ciertamente, entre decir y hacer existe una brecha que es un barranco. Porque como dice el poeta José Luis Villatoro (la cita no es textual, apenas la recuerdo): Hay golpes de pecho que ya no le duelen a nadie.

Y es que hay golpes de pecho que ya no nos duelen. Porque de tanto lamentar, gritar, berrear… a veces, solo a veces, las cosas se ponen en orden. Pero es tan difícil la coherencia; es tan arduo el trabajo no remunerado de hacer ciudadanía; es tan complicado ser honestos; es tan cuesta arriba transformar el sistema desde la realidad y no desde la ilusión del “deberíamos ” o del “deberían”.

Sin máscaras se construyen democracias. Es una lástima que en muchos guatemaltecos no exista la posibilidad de entenderlo. Enterramos lo más profundo y resaltamos lo más superficial. Luego lloriqueamos que el sistema no se transforme. Otra vez los golpes de pecho que no le duelen a nadie.

La integridad se mantiene hasta que alguien se atraviesa en nuestros intereses y a veces, solo a veces, sacamos nuestras armas secretas: convertirnos en ese bulto que se hace un estorbo para la felicidad, para la intención o para el talento de otros.

Otro año de campañas políticas anticipadas. Otro año de escándalos y decadencia. La pequeña mayoría de los chapines que votan por un partido lo hacen rumiando televisión y cancioncitas.

Para ellos, el candidato es un desconocido. Los que al día de hoy pensamos en votar nulo y que seguramente nunca hemos estado afiliados a nadie, seguimos dejando la decisión a quienes no nos representan.

Son tantos los golpes de pecho y somos tantos los que toleramos la derrota, que olvidamos a los valientes que trabajan y arriesgan su vida cada día para que las cosas cambien: los que se oponen, los que denuncian o los que nos regalan su ejemplo de integridad en silencio.