miércoles, 25 de febrero de 2015

ROBERTO CABRERA



Le llené su copa de vino tinto y él detuvo momentáneamente su charla para decirme: ¿Usted me quiere poner bolo verdad?... Sonreí y asentí con la cabeza. Estábamos en Casa Roja, el espacio que generosamente nos habían cedido para montar una exposición de Antonio Pichillá y un Homenaje para uno de los artistas guatemaltecos más relevantes de los últimos cincuenta años, Roberto Cabrera.


El acto fue un modesto encuentro con un gran maestro. Sin nada de parafernalia solemne. 
Sin diplomas ni medallas ni un gran cóctel ni presencia de altos funcionarios o empresarios. Fuimos sus amigos y sus alumnos quienes llenamos la sala. Durante dos horas disertó amablemente acerca de historia, de teoría, de política y -por supuesto- de arte. Cabrera sonreía con la franqueza de quien está haciendo lo que más ama: enseñar. 


Pocas semanas después lo perdimos. Los rigores de la enfermedad se llevaron a una de las 
mentes más generosas y más lúcidas que he conocido. Su pérdida fue algo muy doloroso para mí y, aunque desde hacía varios años que no teníamos extensas conversaciones, siempre  nos encontrábamos deambulando por las calles del Centro Histórico y nos saludábamos con  afecto. 

Conocer a Roberto Cabrera en la última etapa de su vida me dio la posibilidad de enumerar 
toda su obra. Quizá lo que más admiro de su trabajo está en esa galaxia de interpretaciones acerca de nuestro mestizaje y en esa antropología de la violencia a la cual dedicó sus deslumbrantes ensayos visuales.


Y es con estas breves pero sentidas palabras que quiero invitarlos, amigos y amigas lectores, 
a visitar la exposición retrospectiva y al homenaje que le darán a mi querido maestro. Una muy importante muestra de su obra a partir del 25 de febrero  en dos sedes, ArteCentro Graciela Andrade de Paiz (9 calle entre 8a y 9a Avenidas) y Galería del Centro, Fundación G &  T Continental,zona 1, Centro Histórico.

martes, 17 de febrero de 2015

CONTRACORRIENTE



Algunas cosas no combinan. La realidad siempre nos guarda paradojas. Existen miles de razones para declararnos en guerra con el presente, pero también existen suficientes motivos para la reconciliación. Arbitrar con justicia es darse por vencido en el viejo campo de batalla que oponen el pesimismo y la voluntad.

Un país que va al desborde. La infamia partidista que siempre nos devuelve cuatro años de violencia, miseria y corrupción a cambio de nuestra torpe confianza. Nuestra Era Democrática de Posguerra... o como quieran llamarle al silencio armado de las oenegizadas izquierdas y al confortable repliegue empresarial de las derechas, suman un rastro de calamidades y abusos solo comparables con los momentos más álgidos del enfrentamiento.

Pero como es tan usual tomar los espacios de opinión de “muros de los lamentos”, pienso que bien vale la pena ajustar un poco la lente para buscar en este aquí y en este ahora razones para decir que no todo es herrumbre y fatalidad.

Ixcanul, película del guatemalteco Jayro Bustamante y realizada con muy modestos recursos –me consta– ganó la semana pasada un Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín. Lo que ahora es noticia y gloria, hace menos de un año era un arduo esfuerzo por encontrar apoyos. Lo bueno de que sucedan estas cosas alrededor del arte guatemalteco, es que nos muestra qué tan lejos se puede llegar con una voluntad en contracorriente al desaliento folclórico de nuestro país.

Por otro lado tenemos el 13 Festival Internacional de Cultura Paiz. Los eventos que he tenido el privilegio de ver y el intercambio que ha propiciado entre artistas guatemaltecos y extranjeros me da luces de que tenemos uno de los acontecimientos más importantes de arte en la región.

Las agendas repletas de actividades en las muy escasas páginas de difusión cultural de los periódicos chapines, los nulos recursos gubernamentales y los casi inexistentes mecenazgos privados para fomentar la cultura no detienen a sus creadores. ¿Qué más hace falta para atraer ese necesario interés?


miércoles, 11 de febrero de 2015

IMAGINARIA, DISIDENTE

No me gusta contar las historias desde el inicio, prefiero que el presente hable siempre. En una entrevista para le revista Esquire, Yoko Ono responde: “Hay un momento en la vida en que ya no importa cómo fue todo al principio”.

Esto me sucede cuando voy a una exposición retrospectiva de un movimiento artístico determinado. Quizá porque no es muy común hallar coincidencias o fascinaciones en medio de esos lazos históricos que se pretende imponernos como simples jerarquías cronológicas. La verdad es que nada ha sido nuevo y nunca lo será. El ADN nos pone en crisis al tratar de formularnos preguntas tan provincianas como: ¿Cuál fue la influencia de... en el pensamiento, la política o el arte actual?

“Imaginaria, disidente” es una muestra que abarca la obra de algunos de los artistas fundadores de un movimiento visual y literario de finales de la década del 80: Isabel Ruiz, Pablo Swezey, Luis González Palma, Erwin Guillermo, Daniel Chauche, César y Moisés Barrios. Sería imposible de precisar la fecha de las obras de no ser porque viene calcada en cédulas al pie de cada una de las piezas.

Instalaciones, fotografías, pinturas y sobrecogedoras esculturas dan registro de la vigencia y del compromiso con la realidad que esta generación fijó no solo en los creadores que la precedieron. El uso de materiales como el barro o el carbón; la resignificación de técnicas clásicas como el grabado, la pintura o el retrato como versiones del olvido de nuestro propio rostro mestizo, siempre deslumbrado por las maniobras de “anorexia cultural” tan recurridas por la publicidad más mezquina de nuestro país.

Una muestra reflexiva, puntual y esmerada. La claridad que nos transmite subraya en que la trascendencia de este movimiento se basa en la responsable coherencia que tienen con su entorno. Felicito a Rosina Cazali –curadora de la muestra– por el enorme legado cultural que nos va dejando. La exposición pueden verla en el Centro Cultural de España en Guatemala, 6 avenida 11-02 zona 1, edificio Lux, segundo nivel.

miércoles, 4 de febrero de 2015

DE SENECTUTE

Del ruido y del silencio; de las vidas pasadas y del dolor presente; de la muerte y del amor transcurrido sin tregua. Ellos que perforan las almas jóvenes con su mirada; ellos que son el ocaso de un sol tibio y amable; ellos que son piel escrita: caminos, despedidas, triunfos, fracasos y miles de decisiones. Ellos que son el rito sobreviviente de un largo exilio y de una guerra interminable. Ellos con su silencio incansable frente a las puertas que nunca se abren.

Quizá el ruido y el silencio sea una manera de curar su corazón. Los ancianos que abandonamos. Los ancianos que cuidan a nuestros hijos. Los ancianos que repiten mil veces la misma historia. Los ancianos que se quitan el bono de su bajísima pensión con tal de comprarle un juguete al nieto. Los ancianos que se enferman y soportan callados un dolor que ni siquiera imaginamos. Los ancianos que se mueren esperando citas en el IGSS u otra carnicería pública. Los ancianos que para bien o para mal nos hicieron lo que somos.

Podemos comprender una sociedad a través del trato que da a sus niños y a sus abuelos. No es gratuito que sean ambos los que ocupen cada semáforo pidiendo dinero. Del güiro de cinco que se gana la vida pintado como payaso, al hombre de 80 que pone una caja de cartón e intenta ponerse de cabeza. ¿Dónde, las instituciones? ¿Dónde, los refugios? Algunos ciudadanos de buen corazón hacen suyo el compromiso de abrir hogares para ancianos, pero los fondos nunca son suficientes, porque la pobreza es demasiada y tanto el niño como el viejo son “cero-productivos” en una sociedad que reduce nuestra vida a un trabajar, a un procrear, a un endeudarse y a un morir.

El maestro de mi vida siempre decía que la dignidad consistía en “Pasar del amor a la muerte sin detenerse en la vejez”. Yo era tan torpe y jamás quise preguntarle en qué consistía dicho secreto.