miércoles, 19 de agosto de 2015

INRI

La realidad excede las palabras. Este inmutable mes de agosto. La canícula ha sido demasiado larga, el calor asfixiante y la lluvia todo un accidente. En las cuatro esquinas de un callejón los postes semejan cruces con propaganda política. Ese INRI encima de una sociedad que agoniza.

Es tanto el ruido en todas partes. La resignación y la asfixia. Tanta la ira de los pilotos en las horas pico. Tanta soledad en los rostros. Tan callados los guatemaltecos, tan cansados de estar agrediéndonos. Perdimos la paciencia. Poco a poco estamos perdiendo la cabeza.

La indignación crece, pero se transforma en miedo. Miedo a que seamos muy pocos quienes veamos la tormenta que se viene. Pánico a que sean los desinformados, los hambrientos, los necesitados, los que extienden la mano quienes elijan su logo en la papeleta electoral, el más resobado, el que pauta más en los medios (esos tan “críticos” de la corrupción), el de los fertilizantes urgentes, el de las láminas para el frío, el de la bolsa de alimentos.
Los leídos. Los que opinan y opinan. Los que ven debates en el cable. Los que pasaron o intentaron pasar por la universidad. Los que leen en los diarios algo más que los clasificados, los resultados del futbol o la muchacha del póster. Esos que aguantan lluvia en el parque y hacen sus letreros con numerales. La generación de la pancarta y de la indignación. Triste, pero la indignación es un asunto de gente que no vive a la orilla de un barranco ni tiene un hermano preso ni posee un papel extendido por un banco en el cual indica que le ha sido expropiada la tierra de sus antepasados.

El miedo es normal. La pobreza es normal. La ignorancia es normal. La corrupción es normal. La discriminación es normal. La intolerancia es normal. La indiferencia es normal. Todos esos males que han hinchado los bolsillos de los cínicos durante siglos. Ojo: Guatemala no despertó, fuimos algunos quienes nos unimos a los que nunca han sido indiferentes.

Hoy la indignación rebota contra los muros. Tapias que no se construyeron ni en cuatro ni en ocho ni dieciséis años. Se fundieron mientras hallábamos tan normal que los corruptos estuvieran adentro y los decentes afuera. Dormíamos mientras ellos componían una a una las leyes que hoy los protegen.
¿Algún problema?

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