miércoles, 3 de junio de 2015

VIDAS

Al señor que atiende una carretilla de shucos en la 20 calle. 
A la adolescente encargada de una joyería en el Pasaje Rubio. 
Al licenciado que sube las escaleras eléctricas en el edificio de Finanzas. 
Al niño que baja del bus con una mochila azul.

Al señor con aros unidos con masking tape que despacha en la tienda. 
A la secretaria que atraviesa la pasarela con su uniforme gris. 
Al hombre gordo que habla con las trabajadoras sexuales del Cerrito del Carmen.

A la muchacha de pelo recién planchado que abre su Peugeot en la zona 10. 
A la risueña universitaria que sostiene un cartel frente al Palacio Nacional. 
Al camarógrafo que capta una entrevista a un diputado mafioso.

Al juez que perfora la vida de dos sicarios desde su escritorio. 
Al grupo de mormones que caminan por Kaminal Juyú un miércoles por la mañana. 
A la señora que riega con una palangana jabonosa la acera.

Al niño que acaba de perder su globo en la Plaza Central. 
Al muchacho con hambre que reparte su currículum diez veces al día. 
Al funcionario que siente que el Ministerio Público ya va tras él.

A los guardaespaldas que cuidan a su jefe afuera de un restaurante de sushi. 
A la familia de campesinos que comen pollo frito en el arriate de El Trébol.
 A la estudiante de medicina que sale de turno. 
Al locutor que anima un programa mañanero. 
Al chofer de tuc-tuc que lleva a una anciana al mercado. 
Al poeta que se acaba el vino en las exposiciones.

Al niño que se pierde en el supermercado. 
A la ama de casa que les tiñe de rubio el pelo a sus hijos. 
Al piloto que fue amenazado por una mara. 
Al hombre canoso que busca pornografía entre los cedés piratas.

Al estudiante que sale de capiusa. 
A la abuelita que dejaron sentada frente al almacén de un shopping mall. 
A la brillante catedrática de literatura que no quiere casarse. 
Al bartender que solo quiere irse a dormir a su casa.

A todos ellos envío estas palabras.

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