miércoles, 10 de junio de 2015

LA CABEZA DEL DINOSAURIO


Estamos justo a la mitad de la segunda década del siglo XXI. Un camino cuesta arriba para una sociedad conservadora y cerrada al debate. Ya no es posible mantener en pie los paradigmas añejos. Hasta un niño de seis años puede comprender lo que significa el racismo, la miseria y la intolerancia. Mal que bien, algo hemos avanzado.

La generación nacida el año de los Acuerdos de Paz es la que está girando el timón de nuestra historia. Con sus hashtags, pancartas, status en Facebook... eso que para los viejos dinosaurios no tiene ningún valor. Lo mismo dijo Muamar el Gadaffi poco antes del apocalíptico derrumbe de su dictadura: “Protestan unos cuantos homosexuales, drogadictos que tienen acceso a Internet, la mayoría está conmigo”. Él, que con una mano en la cintura se sentía tan convencido en lo predecible que era “su pueblo”, ya ni siquiera vivió para contarlo.

La ignorancia nunca traiciona a los ignorantes. Pero una generación que posee tantos datos históricos y tantas ideas complejas en la cabeza, no puede compararse con la época que me tocó vivir. Años de feudalismo mediático, información distorsionada y bibliotecas vacías. La vieja manera de hacer política está cayéndose a medida que pueden provocarse cambios radicales con un solo teclazo.

Quizá el obstáculo más difícil de superar para los guatemaltecos sea el del prejuicio. Reducir a los nativos digitales únicamente a una “élite” que tiene acceso al consumo de tecnología, no resulta ingenuo sino estúpido.

Es claro que en el país hay más cíber-cafés y teléfonos inteligentes que libros y bibliotecas. Obviar que los plantones no son más que argucias por parte de los grupos políticos amenazados y que tienen el único fin de dividir el movimiento de cambio, es clasista y primario.

Siempre esperamos que los pobres quemen llantas o bloqueen carreteras y que los ricos manejen las redes sociales o las protestas mediáticas. Que los dinosaurios desestimen tales estrategias es digno de un grupo en franca decadencia; pero que los más jóvenes lo hagan, es asirse a nuestro lodoso pasado. Nuevos tiempos, nuevas maneras de exigir los cambios.

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