miércoles, 18 de marzo de 2015

AUTODIDACTAS

Una discreta alegría me envolvió cuando el empleado de Renap me puso en el renglón de profesión u oficio el sustantivo “Escritor”. Quizá en otra época yo sería únicamente bachiller en Ciencias y Letras.

Una persona que conoce a profundidad su vocación y lo hace ininterrumpidamente por más de una década pasa de ser un autodidacta y se convierte en un profesional. Publicar más de una docena de títulos es casi como tener una docena de diplomas en distintas especialidades. Sin embargo, para ocasiones más burocráticas y menos acostumbradas a este tipo de títulos sin bautizo, me inscribo como periodista.

El periodismo es la profesión más cercana a la escritura. Si uno opina, escribe, investiga y reseña en un medio, es un periodista. No hace falta pasar por ninguna de esas maquinitas clonadoras de profesionales que son las universidades chapinas. No existe aula que nos dé ni la cultura ni el coraje ni la claridad argumentativa ni (mucho menos) la integridad para ejercer dignamente este trabajo.

El periodista es algo más que un costurero de noticias. Sobre su espalda carga el enorme compromiso de decir la verdad. Una verdad que descansa en un arte y un oficio tan peligroso como mal remunerado.
Cuando la violencia y la corrupción son incontrolables, son los reporteros el primer blanco de represalia por parte de los criminales de cuello blanco. Actualmente existe una vergonzosa cantidad de periodistas asesinados, presos y desaparecidos.

Son los enemigos número uno de las dictaduras perfectas, de las teocracias fanáticas y de los narcoestados. Por su integridad los conoceréis. Desgraciadamente, su labor no existe para esa miope y vulnerable mayoría que se come cualquier plato que le sirven en la mesa.

La violencia es, desgraciadamente, la única respuesta que le devolvemos a la integridad. Hoy lamentamos la muerte de tres comunicadores honestos. Pero el error más grande es creer que bastan unas cuantas balas para callar una realidad inminente.

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