miércoles, 7 de enero de 2015

PERFILES DEL CORAJE

No creo en la vida después de la vida. No creo ni en el cielo ni en el infierno. No creo en la reencarnación. Tampoco creo que vivir en el pasado sea un síntoma de dignidad o de salud mental. Cada vez creo menos en el futuro.

Cuando me dicen, “Por alguna cosa serás recordado”, inmediatamente resalta en mi conciencia eso que llamamos ego. El ego siempre suspendido por cadenas. Un poco de melodrama, un poco de ficción, un poco de cinematografía y literatura barata. Entre el caudillo-dictador, el redentor de almas o el civilizador de pueblos media una –a veces mal disimulada y otras veces repugnantemente asumida– enorme vanidad.

Una de las ventajas de vivir en Guatemala es que llegamos más rápido al olvido. No vivimos de reconocimientos, y como le dije alguna vez a un amigo: si sos guatemalteco y tenés autoestima, todos te dicen que estás loco. Para entonces yo lo refería como una queja; ahora lo veo como una ventaja.

Entonces, si yo no creo en nada de lo anteriormente mencionado, ¿en qué creo?

Tenemos un privilegio enorme al respirar en este instante. Muchas personas mejores que nosotros murieron y solo podemos honrarlas con una memoria activa, no reciclando victorias pasadas, sino comprendiendo que ellos tuvieron un carácter amalgamado con ese presente que fueron transformando.

Todo lo que hacemos deja un rastro, pero no vale la pena canjear el presente por el pasado. La belleza está en las grandes y en las pequeñas acciones. No existen ni la honestidad ni la justicia ni el honor ni el talento escrito en pretérito. Si estamos vivos, estamos vigentes.

Dar más de lo que nos exigen: ser ciudadano del presente; ser artistas del presente; ser alumnos del presente; ser maestros del presente; ser padres del presente; ser hijos del presente. Trabajar en este instante para mejorarlo con nuestros actos, sin delirios de grandeza ni promesas que se llevará el huracán de la demagogia.

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