martes, 23 de septiembre de 2014

EL MUSEO DE NUESTRAS DECISIONES



Nada me provoca más angustia que ir en marcha y ver el semáforo cambiar del verde al amarillo. La decisión me abruma ¿Freno...? ¿Sigo...? Detenerse puede ser lo correcto si es que la persona que  viene detrás, y en la misma carrera, lo entiende. Puede que frenar provoque un choque y puede que cruzar como una ráfaga también. El ejemplo es burdo pero creo que puede aplicarse para ilustrar esa complicada responsabilidad que es decidir. 

La libertad es responsabilidad. La responsabilidad es la capacidad de tomar de decisiones y asumirlas. 

La verdad es que ser libres nos hace más responsables y más serios. Ser lo opuesto es quedarse nadando de “muertito” mientras otros nos dirigen a nuestro utópico destino.

Somos un museo de decisiones. Conformistas o rebeldes. Revolucionarios o conservadores. Al fin de al cabo tenemos lo que merecemos. Por otro lado está nuestra capacidad de discernir. 

Mantener un discernimiento claro entre lo correcto y lo incorrecto es lo que llamamos integridad. Cuando la línea se borra nos vamos perdiendo, nos vamos justificando y victimizando hasta convertirnos en asesinos, ladrones, violadores... Algo que desgraciadamente sucede a nivel casi generalizado en nuestro país. 

El pensamiento conservador guatemalteco (de cualquier ideología o credo) se fundamenta precisamente en anular esa capacidad de diferenciar entre lo correcto y lo incorrecto; diluir la voluntad de reformas y destruir por completo la responsabilidad ciudadana de tomar decisiones.

Ante la demagogia y ante el pseudo-legalismo que abunda en nuestras instituciones fallidas, hace falta contraponer acciones para salir de la crisis. Enrique Tierno Galván (político español) decía que la política tenía que dejar de ser una discusión acerca de ideales, para convertirse en un tema de programas y de propuestas. En eso radica la cultura del compromiso. 

Ni el redentor ni el tirano. Tampoco la farsa electorera de banderitas y colores. Nada de eso convierte el presente caos en una democracia. Sin asumir responsabilidades compartidas la queja puede ser tan eterna como la corrupción que la genera.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

PELÍCULAS TRISTES

El título de esta columna lo tomé descaradamente de aquella maravillosa novela de Mark Lindsquit (Sad Movies), pero no voy a referirme a ésta. La verdad, quiero hablar de las películas tristes, esas que nos dejan calcadas imágenes o palabras de grave intensidad dramática en la memoria.

Mi amor por las películas viene de dos personas: mi madre, que desde niño gustaba de enseñarme acerca de grandes actores y de grandes películas norteamericanas, y de una tía que tuvo un breve paso por el cine mexicano en su época de oro.

Recuerdo las tardes del domingo cuando la televisión nacional –que aún no era un torpe desfile de telenovelas y de programas mediocres– hacía sus largas maratones de cine clásico. Recuerdo a Jack Lemmon, a Audrey Hepburn, a Bette Davis, a Cary Grant, a Marlon Brando y demás.

Con el tiempo me hice aficionado a las películas tristes y confieso mi masoquismo: soy de los que lloran. Me sucede con El ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), con todas las de Chaplin, con las películas que tratan acerca de boxeadores, con los magistrales dramas de guerra Pelotón (Oliver Stone 1986), Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, 1987) o con los grandes dramas urbanos como Los cuatrocientos golpes –acaso mi película favorita– (François Truffaut, 1959) y Los Olvidados (Luis Luis Buñuel, 1950).

Pienso en el drama y en la comedia de la vida. Eso que los ojos privilegiados del cineasta encuentran en cualquier suburbio o en cualquier fiesta de moda o en cualquier historia acerca de la “gente invisible”. Hará cinco años que participé en un filme de mi amigo Julio Hernández Cordón, en el cual compartí con Víctor Monterroso, el Chiquilín, una breve y cómica secuencia de la película. El día del estreno podíamos escuchar las carcajadas del público ante el ocurrente guion de Hernández.

Nadie iba a imaginarse que Monterroso aparecería muerto de forma por demás indigna y grotesca frente a la puerta de una casa y en una bolsa en el Relleno Sanitario. Ahora me temo que de volver a ver Las marimbas del infierno, no podría concluirla sin evadir esa insoportable tristeza.

(Con afecto para Pamela Guinea, Julio Hernández Cordón, Alejandra Gutierrez Valdizan y Blacko Gonzalez Arevalo)

martes, 2 de septiembre de 2014

ADEREZO DE SANGRE




Son las doce de la noche y no tengo sueño, entonces doy un rápido paseo por los canales de cable. Me detengo en el CNN gringo. Una ráfaga espesa de sueños horripilantes: Gaza-Israel, Ucrania-Rusia, Iraq-Estados Unidos, Siria... todo es un aderezo de sangre.

Los analistas de fondo se muestran opacos ante la posibilidad de salidas pacíficas a tales conflictos y, desde sus puntos de vista más o menos conservadores (que en los medios guatemaltecos serían vistos como opiniones de una izquierda marxista y atea –recuerden que hubo chapines que acusaron a ese canal de televisión de ser comunistas ¿!!¡¡? hace un año aproximadamente–), oponen sus filias y sus fobias ante esa brutalidad expuesta a través de sus imágenes.

Luego de este veloz panorama de atrocidades aparecen las imágenes de dos norteamericanos que superaron el virus del ébola luego de ser llevados a suelo estadounidense para su tratamiento. Dicha epidemia ha sido motivo de pánico apocalíptico y de profecía hollywoodense desde hace más de una década. Una suerte de maldición cercana al vudú y al holocausto zombi.

El miedo y el racismo fueron una reacción inmediata cuando el gobierno de Barack Obama decidiera traer a sus conciudadanos enfermos para hallar las posibilidades de aislamiento y de cura ante esta peste que va diezmando –tal como todas las guerras actuales juntas– a las sociedades más pobres entre las más pobres. Sucede que África no cuenta para nadie y pareciera que la enorme magnitud de su tragedia únicamente se hiciera visible cuando existe el temor de que toda su crudeza se salga de ese continente.

El esquema de cómo se da la noticia me deja pensando: ¿Qué tan lejos están realmente la muerte, la miseria y la barbarie? ¿Qué tan lejos está Latinoamérica de una guerra o de una epidemia tal como la plantean los vecinos del Norte? ¿Qué nos hace pensar que estamos en la orilla segura del planeta, cuando el narcotráfico, los estados fallidos, las dictaduras encubiertas y el sicariato económico están a la orden del día?