miércoles, 17 de diciembre de 2014

SEÑOR D.

El señor D., luego de una confusa pesadilla en la que era un ser humano, despertó repentinamente. Tanto su malestar físico como el intenso dolor de cabeza y su resequedad en la boca lo dijeron todo: estaba de goma. Durmió en el sofá vestido con el uniforme de la empresa.

Luego del malestar físico asoma en el señor D. una serie de recuerdos a medias. Dijo todo lo que pensaba en voz alta. En medio del bailongo se besuqueó con Irma la que lleva las planillas y –oh horror– fue visto por toda la oficina. Sí, todos vieron como el jefe de Contabilidad Yovani Débil de León le pegaba una gran agarrada a la modesta oficinista pasada de tragos.

El señor D. casi se queda dormido y chocó contra un poste del bulevar camino a su casa. Eran las dos de la mañana y solo decidió bajarse y ponerse a orinar. Todo pasa por su mente mientras en cuclillas busca sus zapatos negros debajo del sofá. La señora de D. y su hija todavía duermen. Son las 5:02 a.m.

Entra en pánico: "Hablé mal del Gobierno y mi jefe se dio cuenta. Hablé mal de la empresa y mi jefe se dio cuenta. Me vieron caer en adulterio y la oficina se dio cuenta. “Di mal testimonio, di mal testimonio…”. Piensa mientras asoma el sol frío del 17 de diciembre. Pero D. no quiere que amanezca, menos ir a la oficina y enfrentar las burlas o disimular descaradamente.

D. ha sido un ejemplo para su hija, ha trabajado muy duro para darle todo lo que quiere. Él espera que algún día ella le responda encontrando un marido próspero dentro de la congregación. Su mujer no tiene de que quejarse: no tiene que salir a trabajar y además le compró una casa en esa residencial tan exclusiva que ahora se está hundiendo y bajando de precio…

D. siente pánico. ¿Quién le creerá ahora que dijo que el candidato –el del partido de sus jefes– era una verdadera mierda? Perdí mi plaza en el próximo gobierno, se lamenta. Siente ganas de llorar.

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