miércoles, 10 de septiembre de 2014

PELÍCULAS TRISTES

El título de esta columna lo tomé descaradamente de aquella maravillosa novela de Mark Lindsquit (Sad Movies), pero no voy a referirme a ésta. La verdad, quiero hablar de las películas tristes, esas que nos dejan calcadas imágenes o palabras de grave intensidad dramática en la memoria.

Mi amor por las películas viene de dos personas: mi madre, que desde niño gustaba de enseñarme acerca de grandes actores y de grandes películas norteamericanas, y de una tía que tuvo un breve paso por el cine mexicano en su época de oro.

Recuerdo las tardes del domingo cuando la televisión nacional –que aún no era un torpe desfile de telenovelas y de programas mediocres– hacía sus largas maratones de cine clásico. Recuerdo a Jack Lemmon, a Audrey Hepburn, a Bette Davis, a Cary Grant, a Marlon Brando y demás.

Con el tiempo me hice aficionado a las películas tristes y confieso mi masoquismo: soy de los que lloran. Me sucede con El ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), con todas las de Chaplin, con las películas que tratan acerca de boxeadores, con los magistrales dramas de guerra Pelotón (Oliver Stone 1986), Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, 1987) o con los grandes dramas urbanos como Los cuatrocientos golpes –acaso mi película favorita– (François Truffaut, 1959) y Los Olvidados (Luis Luis Buñuel, 1950).

Pienso en el drama y en la comedia de la vida. Eso que los ojos privilegiados del cineasta encuentran en cualquier suburbio o en cualquier fiesta de moda o en cualquier historia acerca de la “gente invisible”. Hará cinco años que participé en un filme de mi amigo Julio Hernández Cordón, en el cual compartí con Víctor Monterroso, el Chiquilín, una breve y cómica secuencia de la película. El día del estreno podíamos escuchar las carcajadas del público ante el ocurrente guion de Hernández.

Nadie iba a imaginarse que Monterroso aparecería muerto de forma por demás indigna y grotesca frente a la puerta de una casa y en una bolsa en el Relleno Sanitario. Ahora me temo que de volver a ver Las marimbas del infierno, no podría concluirla sin evadir esa insoportable tristeza.

(Con afecto para Pamela Guinea, Julio Hernández Cordón, Alejandra Gutierrez Valdizan y Blacko Gonzalez Arevalo)

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