martes, 15 de julio de 2014

LA VORACIDAD DE LAS POLILLAS



Del año 2005 al año 2006 mantuve un espacio en la revista Magazin, dedicado a reseñar libros nacionales. Ejercicio que me facilitó entrar en contacto con todo el movimiento literario del país.

Siempre busqué lo más fresco, lo reciente. Así fue que miles de páginas de obras chapinas pasaron por mis ojos.

Hacer reseñas literarias es como armar una antología secreta. La memoria va tomando y descartando aquello que posea corto o largo aliento. Uno se hace de amigos y de detractores; más encarnizados son los amigos que pasaron a ser enemigos acaso porque esperaban que el comercio del afecto tuviera que ver con la exaltación de su obra. Sigo creyendo firmemente que la crítica siempre es un elogio y que el olvido o el silencio es la única manifestación de inconformidad ante un producto creativo.

Mi querido amigo, Philipe Huzinker de librería Sophos, por esos días me enviaba todo tipo de novedades. Las leía con avidez dos libros por semana. Así fue que me entretuve entre novelas, ensayos, libros de motivación, interesantes libros infantiles y juveniles, textos de sociología e historia. Esta fue mi época random como amante de lo lectura. Desde Haruki Murakami hasta -¿por qué no mencionarlo?- Paulo Coelho, desde Harry Potter hasta hasta Noam Chomsky.

Pero fue en mi adolescencia cuando tuve mi primer acercamiento extremo a la lectura. Eran años duros para mi familia, así que tuve que conseguir trabajo. Tenía quince años y pasé de una labor a otra, todas mal pagadas y frustrantes, hasta que tuve la oportunidad de mi vida. Un hombre valioso, René Pérez, me ofreció trabajo en el Comité Prociegos y Sordomudos donde existía (no sé si todavía existe) un Departamento llamado “Libro Hablado”. Hermoso. Yo era locutor y cada día aumentábamos una biblioteca de audiolibros que yo leía dentro de un estudio de grabación para hacerlos accesibles a la población universitaria no vidente.

Gracias a todas estas experiencias y oportunidades soy un devorador de libros, uno más voraz que ejército de polillas. No hay privilegio ni placer más grande. 

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