miércoles, 4 de junio de 2014

LOS POBRES DE LOS PAÍSES POBRES

Dentro de nuestra “conciencia progresista” señalamos las aberraciones de un sistema que imaginamos como aquel castillo de Kafka: cruel, remoto e impenitente. Viejos motivos de conversación que saturan de likes, comentarios y acosos las redes sociales. Murmullos que no son más que ingredientes verbales en un diálogo de sordos.

Por lo visto, el muy transitado camino de la opinión fácil cada vez gana más adeptos. Los ataques selectivos a determinados temas o personajes, bombardeados a través de una mal disimulada maquinaria de propaganda que confía ciegamente en la amnesia proverbial de los guatemaltecos –o en nuestro analfabetismo histórico– para enviar al olvido que hace cuatro, ocho, doce o dieciséis años estos adalides de la crítica se valieron de su influencia mediática para atajar el camino a los malvados de turno. Consumimos una oposición enlatada. Consumimos indignación enlatada. Consumimos temas de sobremesa. Consumimos versiones incompletas de la realidad. Consumimos conciencia.

Ese castillo que vemos tan lejano y que creemos el poder absoluto, no es más que una fachada. Las grandes aberraciones del sistema están en nosotros mismos. ¿Acaso creemos que nuestro conformismo no tiene consecuencias? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a dejar de consumir objetos de oro (o que contengan oro) como oposición radical contra la minería? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a ser coherentes con nuestras opiniones y dejar de consumir productos fabricados o cosechados por trabajadores en condiciones de semiesclavitud?

¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a no consumir drogas para evitar que cientos de personas mueran cada día por esta guerra-negocio? ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a reducir nuestro consumo de luz, agua o de cualquier producto que atente contra el desarrollo sostenible? ¿Cuántos de nosotros estamos realmente con los pobres de los países pobres? Creo que en muy pocos casos nuestra “conciencia progresista” supera el oportunismo dogmático y panfletario antes referido. Resulta imposible desapegarnos de nuestra forma de vida. Nuestra crítica siempre va a lo mismo: sacudir altares sin botar a los santos.

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