miércoles, 7 de mayo de 2014

G.G.M.

Aplacé un par de semanas una columna para hablar de Gabriel García Márquez, ya que presentía la avalancha de fans instantáneos que iban a calcar sus comentarios en medios de comunicación y redes sociales.
Hace una década tuve el extraño privilegio de coincidir con él durante un encuentro de narradores de América Latina. Primero lo vi de lejos mientras recibía un homenaje por parte de los organizadores; tres horas más tarde, estuvimos compartiendo en la sala de espera del hotel que me hospedaba.

Yo lo veía y él sonreía un tanto incómodo, viendo hacia otro lado, me preguntó: “Y usted, ¿qué hace en este encuentro?”. Soy escritor –le contesté. “Me alegra, siga adelante...”. Se quedó callado y parecía molesto. Nuestro silencio incómodo lo rompió uno de los organizadores que llegó a traerlo.

Por ese entonces, la literatura de García Márquez era muy cuestionada por los jóvenes escritores latinoamericanos. Nos estábamos desmacondizando y muchos habíamos dejado atrás el realismo mágico para adentrarnos en una literatura urbana con matices muy distintos. Es posible que por este motivo este gran maestro colombiano se sintiera molesto con la ineludible necesidad de compartir un sillón con un joven narrador.
Sin embargo, de haber existido un diálogo entre nosotros, le hubiera contado que el primer regalo que le di a la compañera de mi vida fue Cien Años de Soledad. Que a los 8 años leí El Coronel no tiene quien le escriba. Que durante una larga recuperación de la hepatitis terminé El amor en los tiempos del Cólera y Doce cuentos Peregrinos.

Que su país existe en mi país y adentro de mi propia conciencia. Le habría invitado a una botella de ron y le habría dado un abrazo por tantas cosas que su obra motivó en mi vida, acaso la más importante, tomar el valor de agarrar una hoja en blanco y teclear mi primer relato.

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