miércoles, 26 de marzo de 2014

LA MUCHACHA QUE SONRÍE SIN DIENTES

Por la mañana en las avenidas de la zona uno: cada sol es una distinta quemadura -el interminable verano sintético que nos viene- y me abrasa mientras camino calle por calle buscando sombra. Diez cuadras para llegar a mi oficina y todo con tal de ahorrarme un dineral en parqueos públicos o extorsionistas cuida-carros. En una esquina hay tres mujeres: de la más joven, morena con una minifalda de lana y que se ríe cuando me ve pasar, le faltan algunos dientes frontales y me saluda “adiós joven”; la otra tiene el pelo negro y es bastante alta, siempre parece atenta a su celular, habitualmente algún motorista se detiene para preguntar el precio de su compañía y ella sin soltar la vista de su teléfono le habla, el mensajero parquea la moto; la tercera aparenta más edad y está siempre sentada, a veces con una bolsa de agua en la boca y con unos anchos lentes oscuros que le cubren toda la cara, su piel es color mostaza y se suena la nariz con la mano desnuda mientras observa con mal humor a todos los que pasan.

Pasan las mismas patrullas cada mañana. El camino está lleno de orines y excremento. Veo en las aceras agrietadas mucho de lo que siento al pasar por allí. Todo es un largo accidente y estas esquinas son eso que escondemos, pero que es inevitable. La miseria la hemos convertido en algo vulgar, en algo que ya ni siquiera la sentimos, solo nos incomoda porque no desaparece de la noche a la mañana, tal vez porque en lugar de tan tristes prostitutas quisiéramos un mall en esa esquina: un lugar con diez escaleras eléctricas, baños limpios y cines para llevar a nuestros hijos. Pero no... solo hay esquinas con hoteles de paso y fumaderos de crack con ventanas abiertas; tiendas con barrotes donde entran y salen litros de cerveza o taxistas con caras de pocos amigos. Grafitis de la Mara Salvatrucha. Choferes kamikaze que esparcen su grito de guerra en ruleteros atestados de gente.

Al mediodía salgo a comer a un restaurante de comida rápida. Pago con los últimos treinta pesos que tengo en mi tarjeta de débito. Llevo mi charola y me siento de espaldas a una televisión. Abro mi libro, Poesía de Michel Houellebecq, me siento agobiado y leer me despeja. De pronto escucho “una sexoservidora fue asesinada en el Centro Histórico...” me volteo para ver la imagen, es la calle que cruzo cada mañana y cada tarde cuando voy y vuelvo del trabajo. Solo una camilla encima de un cuerpo, un charco de sangre en el piso, la esquina, la muchacha que sonríe sin dientes.

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