miércoles, 12 de febrero de 2014

ROCKSTAR (Philip Seymour Hoffman)


Algunas veces, la vida es una piñata. Los niños maleados alrededor quieren dulces y los quieren ya. Así va quedando desgajada la belleza breve de algo hecho para ser golpeado hasta romperse. Al terminar la ceremonia, un poco de su interior queda repartido.


Las vidas mediáticas también surgen para lo mismo, para alimentar nuestras crueldades infantiles de sádicos espectadores. Desde que la televisión es televisión existen estrellas de rock. Las caderas de Elvis en la pantalla americana fueron el carpetazo que despertó a la sociedad de cuáqueros embalsamados por la publicidad de posguerra. Elvis –el joven blanco y bautista– terminó sus días en el baño de su casa encerrado por su propia adicción a los fármacos de uso controlado.

La década de los sesenta estuvo signada por un desfile de tragedias salvajes. Iconos adolescentes fueron dejando hermosos cadáveres para el culto de generaciones futuras: Jimi Hendrix, John Bonham, Jannis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones. Alcohol, heroína, anfetas, coca... El club de los veintisiete, como les llaman por coincidir en esa edad.

Las imágenes más veneradas por la juventud de las últimas siete generaciones son estrellas fugaces. Al suicidio se les han sumado el VIH o la tentación por acelerar hasta encontrar su última pared. Su muerte muy temprana impidió que viéramos el aporte de una larga y laboriosa vida. Lo triste de todo esto ha sido que entre más patéticos y ruines son los detalles de su muerte, más pautas obtienen los medios que se enriquecieron con su tragedia y su talento.

Aunque reflexionando más a profundidad, ¿acaso la muerte no es desconcertante y repentina siempre? Quisiera descifrar el mensaje que, al otro lado de la pantalla, está escrito en la triste mirada de las marionetas. Envejecer no está hecho para ellos, envejecer es la corona de los fuertes. Ojalá el talento contuviera más fuerza que tristeza.

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