miércoles, 19 de febrero de 2014

LA FELICIDAD

El fin de semana leí una entrevista que hizo una revista española a la Presidente del Instituto de la Felicidad, entidad que es patrocinada por una de las empresas más poderosas del planeta. En el artículo se hace referencia al vínculo existente entre la marca de gaseosas dueña del proyecto y la promoción activa –a través de foros, debates y de estudios relacionados con la necesidad humana de ser felices– de ese imprescindible resorte emocional de cada día.

La publicación me dejó perplejo. Las conjeturas y los análisis vertidos al respecto me parecían dignos de una novela de ciencia ficción. Tomar conceptos tan abstractos e individuales para llegar a un público objetivo. ¿Existirá entre nuestro círculo de amigos alguien que pueda llevar el título de ser la persona más feliz que hemos conocido? ¿Cuál es la receta para alcanzar ese privilegio? La entrevistada respondió que los ingredientes de la felicidad son tan secretos como la fórmula del refresco mecenas del instituto que ella representa.

Existen instrumentos para medir absolutamente todo. Empresas que se dedican a recopilar datos de medidas para crear tallas estándar que fijen en los consumidores un “ideal” estético para sus cuerpos. Otros miden qué tan conformista y analfabeta es una sociedad solo para diseñar partidos políticos a la medida de los ciudadanos estudiados. Muchos nos tragamos la píldora de un supuesto individualismo basado en el consumo de una marca de computadoras, de un tipo de música o de una actitud radical (ecologistas, feministas, anticapitalistas, geek) que, como cualquier producto enlatado, surge desde el mismo Olimpo del consumo: la muy elegante mesa de negocios en alguna alta gerencia.

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