miércoles, 18 de diciembre de 2013

PARA PEPA

Viajando con Charley fue la última novela del Premio Nobel de Literatura 1962, John Steinbeck. Los relatos de Steinbeck tienen algo imposible de definir, son una experiencia reservada para quienes los leen y no para quienes buscan “historias entretenidas”. Pero en el caso del libro mencionado, se trata de un diario de viaje, donde dos amigos –el primero, el consagrado escritor estadounidense; el segundo, su perro Charley– recorren Estados Unidos.

Compañeros viajan entre el silencio y la complicidad. Él conduciendo su camioneta (que bautizó como Rocinante) mientras conversa con su colochito Poodle. Durante el trayecto van conociendo gente sencilla, campesinos desposeídos y lugareños que ni se enteran de que dan asilo a uno de los novelistas más celebres del mundo. Leí esta maravillosa historia cuando tenía ocho años, el libro lo extravié y no volví a conseguirlo; únicamente recuerdo su intensidad y su belleza.

Lo tuve muy en cuenta cuando en el mes de mayo perdimos a nuestra perra Pepa. Una pequeña salchicha que creció en nuestra familia junto a mi hijo. Envejeció como se marchitan los seres vivos. Al morir la enterramos en el jardín y sembramos sobre ella un rosal. Su partida nos dolió mucho y como bien dice Steinbeck, el amor es algo que no es exclusivo para los humanos.

Sin embargo tomamos la decisión de adoptar una mascota. Una perrita que encontraron muy lastimada dentro de una caja y que fue rescatada por una valiosa ciudadana dueña de un albergue donde busca familias que quieran adoptar perros sin hogar. Poco antes del mes de diciembre Valentina –así se llama la chuchita– tuvo media docena de cachorros. Mientras escribo estas líneas puedo ver como mi hijo juega con uno de ellos.

Estas palabras van dedicadas a la humildad y al amor que nos regalan nuestros perros. También a los generosos seres humanos que los rescatan del sufrimiento para llenar la soledad de otras personas. Estas palabras van para nuestra querida perrita que descansa debajo de un rosal en la esquina de este jardín.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

LA RESPUESTA DE NELSON

Calcular el odio, explotar y dividir… Esas prácticas constantes en nuestra Historia. Víctimas y victimarios, íntegros y corruptos… Ese caudaloso río que termina reduciéndose a unas cuantas páginas de un libro escolar de estudios sociales. Eso tan torrencial que concluye en la anécdota de rápida explicación didáctica, donde los detalles más dolorosos son observados con una distante resignación congelada.

En mi columna de la semana pasada reflexionaba acerca de ese espacio de nadie que es la admiración colectiva. ¿Por qué no existe un guatemalteco destacado que no tenga detractores y que no levante dos o más bandos de admiración o descalificación? Bueno, creo que la respuesta a mi pregunta vino con el suceso más relevante de los últimos días: la muerte de Nelson Mandela.
Ocupado viendo las reseñas por todas partes. Los documentales que hasta los medios de comunicación más mediocres usan como apología a la enorme personalidad del líder sudafricano. Muestras de admiración que dan la esperanza de que nos adentramos en una nueva etapa del pensamiento político. Un tiempo que le corresponde a seres humanos como Nelson Mandela, símbolos de dignidad y de coherencia. Un nuevo tiempo donde los caudillismos son algo tan repugnante y tan caduco como la peste negra.

Organizar el resentimiento es mucho más fácil que abrirle paso a la conciliación. La venganza siempre es un tropiezo para la justicia. El odio no paga el odio. Ni el dolor es algo que pueda ser canjeado por el dolor de otros. Hace poco más de una década quedó un siglo marcado por el radicalismo. Los residuos están a la vista: los vetustos andamiajes del comunismo, la vergüenza de los genocidios en Europa, Asia, África y Latinoamérica, las sociedades con “democracias” separatistas o la herencia del más corrupto capitalismo son el lastre que heredamos.

Pienso que la respuesta al Siglo XX fue Nelson Mandela. La dignidad es ver hacia atrás y entender que toda tragedia es inútil sino construye un nuevo y mejor camino.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

LAS CARAS DE LOS QUETZALES

El cajero automático me escupe tres billetes de cien quetzales. Desde el planito documento café (tan apreciado en días de ayuno y de crisis), me observa de reojo un señor de pelo blanco y de rostro triangular que tiene escrito al pie: obispo y licenciado Francisco Marroquín, Defensor de los Indígenas y Creador del Colegio Mayor... al reverso se muestra una vista de la primera sede que tuvo la universidad de San Carlos en Antigua Guatemala.

Nunca desde niño me había detenido a pensar en los billetes. Los rostros graves y mal dibujados que representan el emblema más importante de nuestra economía: el quetzal.
Como un absoluto ignoramus en los temas relacionados a la historia de nuestra moneda, me detengo a pensar dos cosas: la primera, ¿quién eligió a los personajes que llevan ese extraño privilegio de pasar de mano en mano calcados en nuestro billetes? La segunda, si ahora mismo —a la luz de una Historia Nacional digamos que menos manipulada— hiciéramos un concilio para escoger a quiénes merecen el alto honor de representarnos, ¿qué sucedería?

Estoy seguro de que muchos de los rostros incluidos desaparecerían. Pero también se abriría un pasillo de gritos acerca de quiénes son los que merecen el título de “Notables” en ese devenir de acontecimientos que llamamos patria.

Atanasio Tzul, Manuel Tot, Rigoberta Menchú, dirían unos. Pedro de Álvarado, Rafael Carrera, Jorge Ubico, Carlos Castillo Armas, dirían otros. Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz, Guillermo Toriello, gritarían desde la esquina izquierda. Y miles de chapines feisbuqueros propondrían a Ricardo Arjona sin parpadear siquiera. También estoy seguro de que un bloque de bienintencionados gestores de la cultura propondrían a Miguel Ángel Asturias a Carlos Mérida o a Rodolfo Galeotti Torres para que fueran incluidos en cualquier denominación.

El debate arrastraría su polémica a una guerra de opiniones de final incierto. ¿Quiénes son los símbolos que nos reúnen?, ¿Cuántas historias oficiales caben en un país pequeño? ¿Existirá un guatemalteco que no sea objeto de alabanza y de repudio en el mismo grado? ¿Existirá un guatemalteco de quien realmente todos nos sintamos orgullosos?