miércoles, 27 de noviembre de 2013

TURISTAS DE LA REALIDAD

“Cuando el dedo apunta al cielo solo el tonto mira el dedo”, dice el proverbio árabe. Sabiduría antigua que a través de una metáfora simple abarca un problema milenario: Las conclusiones apresuradas que son el origen de todos los males. Perfecto para todos aquellos francotiradores de opiniones acerca de cosas que apenas leen, que apenas ven o que apenas conocen. Todos aquellos a quienes podemos llamar: Turistas de la Realidad.

Un Turista de la Realidad no piensa, solo dice expresar lo que siente. Va y viene señalando cualquier renglón torcido que pueda cuestionar sus valores. Escarba su ego desde lo más profundo del anonimato para dejar sus opiniones ofuscadas en comentarios en prensa. Subordina su amor y su odio al terreno ideológico, deportivo, religioso, creativo o académico como una manera tribal de mantenerse protegido. Usa la moral como taparrabos para su vergüenza. Levanta la mano en todas y cada una de las reuniones a las que asiste, para convencer a los demás de que es una persona convencida. Se mira en el espejo para analizar cómo lo ven otros y no cómo se ve a sí mismo.

Un Turista de la Realidad critica el vaso medio vacío, pero se siente muy importante para llenarlo. Siempre vuelve una y otra vez con los mismos argumentos envejecidos sin darse cuenta que no logra hacerse convencer. Cree que es indigno contradecirse o cambiar de opinión. Escribe mal, lee apenas y piensa menos. No discute ideas, solo puede comentar sucesos y juzgar personas.

Un Turista de la Realidad solo encuentra blancos para su inseguridad. Teme a la soledad del disidente. Corre tras las ideas de otros, tal como lo hacen las gallinas tras los granos de maíz. Nunca construye algún sendero, va siempre en carreteras a ninguna parte. Su memoria es la del paseante que nunca se bajó del tour guiado que fue su vida. Y se muere... como mueren las palabras sin importancia.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

LOS JEFES

Recién dejaba la adolescencia y laboraba como mensajero en la biblioteca del Seguro Social. No tenía dinero para comprarme libros, pero tenía el privilegio de prestar con mi carné lo que yo quisiera... así llegó a mis manos el libro El Muro de Jean Paul Sartre.

Todas las historias contenidas en este libro de Sartre me asombraron, pero una se hizo fundamental: La infancia de un Jefe. El personaje, Lucien Fleurier, es el hijo del dueño de una fábrica; su padre le dicta la terrible sentencia: Llegaste al mundo para ser jefe ¿Sabes lo que significa ser jefe?... El libro trata acerca de cómo Lucien busca dar una respuesta a la pregunta hecha por su padre.


Ahora más que nunca me vienen a la mente las controvertidas reflexiones de los personajes de Sartre. Llegar a ser Jefe significa obedecer a un jefe y ser ese jefe significa estar debajo de otro jefe... todo en una cadena interminable. Ni los mandatarios más poderosos son jefes y dueños de lo que gobiernan. Los altos ejecutivos de las compañías no son más que peones dentro de una escala de jerarquías inimaginables

.
Así funcionamos en la colmena del estatus, subiendo peldaño a peldaño una escalera interminable. Recuerdo que devolví este libro lleno de anotaciones al lápiz. Yo posiblemente me sentía como el último de una fila muy grande, sin saber que detrás de mí existían millones y millones.


La fuerza de gravedad que nos hace poner los pies sobre la tierra, es la misma que nos obliga a enfrentarnos tarde o temprano a tal realidad. Pedir un trabajo. Encontrarse o con jefecitos o con jefazos o con uno que otro pobre neurótico que únicamente pide ser llamado licenciado… doctor... Conocer al que no sabe nada y echa a perder todo o apoyar a aquel que admiramos y del que nos sentimos orgullosos.


Así es apreciado lector: no existen los jefes que pasen por nuestras vidas sin dejarnos, para bien o para mal, sus huellas en nuestros actos. De todos y de cada uno se aprende o la virtud o el engaño

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA BANALIDAD DEL MAL

“Comprender no significa perdonar”. La frase es de Hannah Arendt dirigiendo su mirada a una audiencia que estaba apunto de abuchearla. El motivo: la publicación de un extenso artículo en la revista The New Yorker en el que da su apreciación acerca del juicio y ejecución del Teniente Coronel de las SS Adolf Eichmann en Jerusalem.

Arendt no está convencida de que el oficial nazi tenga plena consciencia de los hechos que le imputan y plantea que el militar no era más que un burócrata cumpliendo órdenes, un lacayo al que la necesidad de trepar dentro de la política le había quitado lo más importante que posee un ser humano: su capacidad de razonar y decidir. La filósofa alemana de ascendencia judía deja caer una frase contundente: Los peores males de la humanidad han sido cometidos por don nadies.

Hannah Arendt, la más reciente película de la directora alemana Margarethe von Trotta, es un poema a la coherencia y la dignidad intelectual. Los amargos días que le toca vivir a una controvertida pensadora que no se deja obnubilar por los banales juicios de aquellos convencidos de que muerto el perro se acaba la rabia. Ni los chantajes de los periodistas ni el alejamiento de sus amigos ni la marginalidad académica lograron hacerla desistir. Este magistral largometraje nos propone la claridad del pensamiento y la honestidad ante una época de coacciones e incoherencias.

La Banalidad del Mal (el artículo de Arendt) que expone que la maldad no es un episodio, sino una constante. Que aquellos que encarnan la maldad absoluta son títeres de sociedades que los encumbran. Que todo lo que permanece luego de “la caída del ídolo” es en realidad el origen de cada ciclo de destrucción. Que darle un valor simbólico a la justicia, no sirve de nada, si debajo permanece aquello que la genera. Una película que merece ser exhibida y discutida en Guatemala. Especialmente dedicada a todos los “convencidos” que tienen el lujo de ser únicamente espectadores del dolor y de la barbarie.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

TODOS LOS MISMOS

A todos los conozco. Los veo cada día en esta avenida, en la esquina esta, en el parque aquel o en el centro comercial... No lo había notado, pero son los mismos. Hablan de la misma manera, su ropa es idéntica y actúan sin matices: marcan un teléfono o entran en un parqueo o despliegan la catsup sobre sus papas fritas.
La música que escucho también es la misma. Hay altoparlantes en cada cuadra, suenan tan alto que parece que van a quebrar las vitrinas. Pero se oye la misma canción. Un pequeño cambio en la tonada, aunque en realidad sea algo que pueda repetirse una y otra vez. Todos tararean. Todos felices.

Detrás de los cristales de las tiendas todo se repite. Los mismos aparatos para el hogar. La misma chatarra tecnológica. Los jóvenes dependientes usan la misma ropa que ofrecen adentro. Es muy grande la fila de consumidores subiendo o descendiendo por las gradas eléctricas. Llevan sus bolsas (vacías o repletas), pero adentro va lo mismo.

Todo eso lo conozco, lo único que cambia es la luz del día que cubre las calles con la intensidad propia de la mañana o con la penumbra de las seis de la tarde a punto de anochecer.

Adentro de los buses van los mismos: hombres, mujeres, niños... pero todos iguales, serios y cansados, sin matices. Afuera en las colas de los carros van los mismos, escuchando la radio que da los mismos programas con la misma música antes referida; otros van discutiendo acaloradamente acerca del mismo partido de futbol que ven una y otra vez repetido cada sábado; otros van en la misma soledad que los trae de nuevo a la misma rutina.

Llega la hora, prendo el televisor y veo el mismo telenoticiero que vi ayer con las mismas noticias. Mientras me lavo los dientes, despego la vista del lavamanos y en el espejo encuentro al mismo que he visto pasar frente a mí durante todo el día.