miércoles, 28 de agosto de 2013

GERMINAL

Escribir es traducirse. Traducir las ideas al papel. Intentar ordenar, aclarar y enunciar todo pensamiento. Si tan solo uno pudiera escribir todo lo que piensa durante el día. Si tan solo fuésemos capaces de trasladar al papel todo lo que sentimos. Creo que de esa manera estaríamos resarcidos con la realidad y escribir dejaría de ser una acción de algunos 
privilegiados.

Estoy en Costa Rica. Editorial Germinal publicó mi libro más reciente, Fondo para disco de John Zorn. Juan Hernández mi editor y amigo se dio a la tarea de publicar una compilación de textos escritos sin tener el pretencioso marbete de “obra literaria”, mas bien, son anotaciones a libros, cuadernos hojas sueltas en las que anoté todo cuanto pasaba por mi cabeza. Pienso que si todos tomáramos esa decisión, creo que seríamos más los que escribiríamos.

Estoy profundamente agradecido con Juan Hernández y con su editorial Germinal porque asumió el riesgo de publicar a los autores de la región centroamericana y, no solo eso, también autores de toda Latinoamérica acercando a la región a muchos países del mundo que desconocen que existe Centroamérica. En este momento, estoy en San José de Costa Rica, con varios poetas y novelistas guatemaltecos que llevamos el enorme compromiso de hablar de nuestra literatura: Gerardo Guinea Diez (Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias), Francisco Alejandro Méndez, Estuardo Prado y el autor de estas líneas. Todos publicados por este generoso autor costarricense que ha tomado el compromiso de acercar la literatura contemporánea guatemalteca, con un compromiso que contados editores chapines han asumido. Gracias, Juan Hernández, por tu compromiso, por dar a conocer la región y por  no hacernos sentir que somos una Audiencia de los  Confines, con una literatura aislada del presente y del mundo. 

Espero que estos libros estén pronto en las librerías de Guatemala. Y que sean bien recibidos por los lectores chapines.

martes, 20 de agosto de 2013

EL TIEMPO QUE TE QUEDE LIBRE...

Eso que llaman ocio y que es un delito para nuestra época. Cometer el acto delictivo de ocupar nuestra mente en algo que no sea producir dinero. Tiempo libre que no es igual a desempleo. Tiempo libre que no es lo mismo que inacción.

Ese paraíso reducido a la mínima importancia. Quienes tenemos el lujo de tener un trabajo  le llamamos vacaciones a un feriado de tres días. Día a día corremos de un empleo  a otro. Ocupamos sábados y domingos buscando más remuneración o estudiando una carrera que nos guste poco, pero que nos  ofrezca la esperanza de algún día tener “tiempo libre”. Nunca está por demás decir que en Guatemala  un salario de trabajador (dije trabajador, ojo) no alcanza para mantener una familia pequeña.

Termina la faena. Encendemos el televisor. Llegamos justo a la hora del noticiero de cierre. Los macabros hallazgos entran por nuestros oídos, nuestros  párpados ya  cayeron rendidos. La luz de la pantalla lanza chispazos mientras dormimos sentados en el sofá.



El tiempo para el ocio es un sueño muy caro. La mayoría de artistas que conozco laboran en cosas muy distintas a eso que los apasiona. La lógica de patrón-esclavo que todavía nos sujeta se niega a reconocer el talento y aprovecharlo. Trabajar significa cumplir un horario improductivo; un tiempo forzoso y sin resultados. De eso que nadie se interese en dar un poco más. La gente que disfruta lo que hace es vista con sospecha y con rabia por los demás. Amar es identificarse. Asumir una labor con amor es ocupar nuestro tiempo libre en aquello sin sentirlo como yugo. Muchos sabemos lo que  significa cenar con nuestra familia y luego recluirnos en un cuarto silencioso para redactar una novela o una columna como la que usted, amigo lector, está leyendo en este momento. Nos caemos del cansancio, pero nos motiva más el reto de ir contracorriente. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

ENVENENADOS



¿Quién dice que la televisión basura no es educativa? ¿Quién se atreve a afirmar que los periódicos repletos de noticias amarillistas no son medios de propaganda? ¿Quién puede contradecir que las vallas o los jingles de radio (con todo y sus variopintos locutores superficiales) o las enmieladas telenovelas con su eterna apología a la seducción adolescente –sin consecuencias- o los maratones de anuncios con “ofertas únicas” o los megaconciertos populacheros impulsados desde la telefonía celular o los curiosos estereotipos que reproducen los café-teatro o las cada vez más predecibles finales de futbol o los millones de sitios de pornografía de Internet con público cautivo mañana-tarde-noche… no son la vanguardia en todo lo que significa formar a nuestra sociedad?  

La educación en Guatemala no está en manos de un agujereado ministerio con más pupitres que presupuesto. La educación de nuestro país está en manos del lucro, de la propaganda, del consumo y de la negación. La educación de este triste trópico está desmantelada por la suma de errores heredados de generación en generación.

Universidades que rebalsan de corrupción, demagogia, mercantilismo y mojigatería. El magisterio es, en una gran mayoría de casos, un último ejercicio de sobrevivencia mal remunerada y el maestro se parece cada día más a un niñero que gana por jornal sin importar lo que pueda enseñar o no.

A todo esto podemos llamarle: Educación Envenenada. Repetir patrones, memorizar eslóganes y seleccionar un rington a nuestra peculiar desdicha. Que un niño de cinco años repita como loro un anuncio, es el augurio de un macabro porvenir. El rebaño de votantes, el ejército de fanáticos de cualquier cosa que no involucre usar la inteligencia. El veneno que llevamos inoculado por generaciones  y generaciones de entrega incondicional a un capitalismo sin ética y a ese híbrido entre miedo y desprecio al conocimiento, tan útil a una minoría con  poder de decisión.
Necesitamos antídotos. ¿Cuáles?      


miércoles, 7 de agosto de 2013

CARBÓN

Nunca he renunciado a mi diario personal. Desde los ocho años mantengo un cuaderno a mi lado. Cientos de páginas rayadas, pintadas, tachadas, escritas de margen a margen y de renglón a renglón. Una forma de no ir olvidando, de no pasar inadvertido cada instante, cada cita, cada alfiler oxidado, cada mechón de pelo, cada empaque de dulce. 

Mis primeros cuadernos los escribía con lápiz. Lápices Mongol número 2 que agotaba hasta el borrador. De niño uno debe borrar muchas cosas, uno no tiene su mundo privado, los adultos nos invaden siempre. De adolescente todo ese asunto de escribir es algo muy poco saludable para la siempre frágil –y necesaria– popularidad de sobrevivencia. 

Pero nunca dejé de escribir, aunque lo ocultaba. Un púber lector es visto por los demás chicos como la imagen más abyecta del nerdito pobre y necesitado. Así llevaba bien escondida mi libreta y en ella lograba desahogar todo lo que sentía. Letras de canciones, retratos hechos con algún detalle o trazos que daba únicamente para no perder de vista esa curva que dejaba el horizonte al atardecer detrás de las montañas. Años después alguien me dijo que yo era escritor, entonces fui al patio de la casa donde vivíamos entonces con mi esposa y mi hijo… quemé todo aquel pasado e inicié de nuevo. 

Conozco muchos escritores y muchos lectores jóvenes. La pregunta siempre va más o menos hacia lo mismo: ¿Cómo empiezo a escribir? Quizá esta no sea la respuesta de un gran y célebre autor, pero puedo decir que todo comienzo es el inicio de un final. Lo más acertado siempre está en borrar lo redundante. Buscarse entre las líneas que sobrevivan de esas cenizas. Que la humildad del trazo hecho con carbón no impida dejar una huella. Pero nunca, bajo ningún motivo interrumpir ese proceso. Anotarlo todo, recogerlo todo, vivirlo todo, sentirlo todo como si el mundo entero no supiera que respiramos únicamente para olvidar.