viernes, 29 de marzo de 2013

RECUENTO DE LA COHERENCIA




Nada es definir la vida y el camino. Nada es hablar al inicio y callar al final. Nada es sembrar aplausos, para terminar en el fondo del olvido: ese amargo olvido de los demás,  o el más amargo de los olvidos, el de nosotros mismos.

¿Tan difícil es la coherencia que santifica la fidelidad? Ser fiel a las palabras. Ser fiel a los actos. Estrechar las manos de una persona joven que sale y se enfrenta contra la injuria, décadas más tarde el dueño de aquellas manos ya no será el mismo, ya no tendrán la misma fuerza, su saludo tendrá que ser esquivo, huidizo: se ha convertido en la injuria misma.

La coherencia nos hace estúpidos ante los incoherentes, que son la gran mayoría. Ser un incendiario que pasa a bombero. Ser un revoltoso que pasa a esquirol del poder. Ser un hedonista que pasa a ser un mojigato. Ser el  panfletario insufrible que terminó siendo un  besamanos acaso de los peores.
Humildad y mesura no son los mejores términos, pero son las palabras que sostienen la coherencia: “De lo que no puedas hablar, mejor cállalo”, dijo mi admirado Ludwig Wittgenstein. Detrás de la ignorancia viene lo que no debemos prometer. Ahí donde riñe el plazo que nos impusimos es donde se quiebra la fe de lo que somos. Donde nunca hubo encanto no surge el desencanto. Si las cartas están puestas sobre la mesa es porque no queda nada bajo las mangas.

Todo esto, querido lector, está escrito con una intención: mi mayor deseo porque la poesía no se aparte de nuestras vidas. Elija uno, dos, tres o cuatro principios y defiéndalos hasta el último respiro. Haga de su vida una ética, no una moral. Entonces llegará la  poesía, la liberación y el recuento de la coherencia propia, la suya, la de nadie más.

miércoles, 20 de marzo de 2013

ACUERDO DE OLVIDO (EDUCAR PARA EL OLVIDO)


¿Es posible una educación sin historia? ¿Es posible una educación sin interrogantes? ¿Puede existir una educación de páginas en blanco? ¿Una educación hinchada a partir de la competitividad y del emprendedurismo? 

Acaso el argumento más temible y silenciado sea el de Educar para…, pero es algo que puede verse de distintas ópticas. Veamos.

Educar para sobrevivir: aprender para asegurarse un futuro “profesional”, un futuro sin hambre, un futuro digamos próspero. Un profesionista que busca  insertarse en el mercado laboral y ofrecer su conocimiento como producto al servicio del enorme engranaje social. El pacto entre padres, alumnos y educadores parece coincidir en casi todos los puntos: no importa la calidad de los contenidos ni de los maestros que los darán… lo importante es sacar el cartón, el resto se aprende en el camino.
Educar para la continuidad: este tipo de criterio educativo es el más conservador. Aprender los “valores” impuestos a partir de la religión o de la ideología como una manera de preservar la cultura y los valores hegemónicos. Ese conductismo en el que no caben los matices y en el cual las ideas liberales pueden ser tergiversadas o manipuladas inquisitorialmente. Es increíble que en pleno siglo XXI tales cátedras sean vigentes y populares entre los sectores aspiracionales y posicionados de nuestra sociedad.

Educar hacia el pensamiento crítico: aquí la piedra de choque. Educar para pensar. El magisterio es un ejercicio de argumentos y discusiones. Levantar el pensamiento crítico en una sociedad conservadora y mediocre es acaso la forma más temida que cobran las transformaciones sociales. Aprender y pensar. Aprender y devolvernos la memoria. Aprender y hacer magisterio. 

Ni el paternalismo estatal ni la quema de unos cuantos escritorios ni la imposición de un pénsum que sigue siendo lo mismo pero durante más años, son algo viable. Mi pregunta es: ¿Qué tipo de educación queremos para las generaciones venideras?: ¿La del ganapán ignorante? ¿La del intolerante adocenado por certezas medievales? ¿O la de los ciudadanos de una sociedad abierta?

miércoles, 13 de marzo de 2013

DE FUTUROS IMPERFECTOS


Uno escribirá con marcador negro en el baño y otro restaurará la puerta pintándola de nuevo. Uno arrojará huesos de pollo frito en las gradas del Portal y otro los recogerá con una pala dos horas más tarde. Unos verán con desesperación el reloj que marca la salida y otros se cubrirán del sol con un fólder mientras buscan trabajo. Uno le bocinará al carro que estorba en la vía y otro bajará para descargarle una tolva 45mm. Unos darán gracias por el chorrito de agua o por el túmulo o por el saco de fertilizante y otros se convertirán en los nuevos ricos todopoderosos del pueblo. Unos declararán la guerra contra las drogas y otros serán los que pongan todos los muertos. 

Unos pondrán los zapatos  y otros les darán brillo con un trapo sucio. Unos redactarán los discursos y otros recibirán los aplausos. Unos cruzarán el puente y otros harán su casa allí debajo. Unos firmarán los convenios y otros perderán todo  futuro digno. Unos cometerán el crimen y otros pagarán la condena.

Uno estrellará la camioneta y otros morirán en el accidente. Uno cerrará el banco y otros perderán los ahorros para su vejez. Unos viajarán colgando de las puertas de un autobús y otros serán los que protesten por esas “shumadas” que les afean las calles. Uno encubrirá con gritos  su incompetencia y otros corregirán la prepotente estupidez de su jefe. Unos serán los que actúan y otros serán los que únicamente se quejen. 

Unos tomarán su larga marcha al Norte y otros se quedarán aguardando una esperanza. Unos darán de gritos frente al televisor viendo un partido de futbol, mientras otros venderán todos nuestros recursos naturales sin que algún medio denuncie nada. Unos recibirán su primer libro y otros su primera pistola. Unos tendrán poder el tiempo que dura un parpadeo y otros conservarán su reino hasta que nuestros ojos se abran.

miércoles, 6 de marzo de 2013

PÁGINAS EN BLANCO


Cuando un periodista inquiere a un político respecto a un asunto complicado, uno puede observar un lapso en el cual su rostro es igual al de una página en blanco. No tiene, no puede, no quiere decir... habla por hablar, evade, decide aruñar todo el óxido de muletillas que le son familiares. 
Todos los guatemaltecos pensamos que tenemos la respuesta a cualquier problema. Atesoramos esa dichosa solución a la problemática nacional: “Metámosle huevos al asunto”,  “mandemos a la miércoles a toda esa gente y hagamos nuestra propia agenda”, “si el problema es simple, muchá, es cuestión de hacer que las cosas funcionen”...

Padecemos de un extraño pánico a quedarnos callados y pensar con claridad las cosas. Vemos un partido de futbol y todos opinamos acerca de cuál es el momento propicio para empujar el balón adentro de la portería. Pero nuestras chapinísimas opiniones de espectadores se dan contra la realidad cuando somos uno de los once  jugadores adentro de la cancha. 

Me desaniman  los arranques tan propios de nuestra apasionada verborrea. Quizá porque ya me cansé de las respuestas dadas a preguntas que nadie ha hecho. Qué tal si en el fondo los guatemaltecos no somos más que catorce millones de  páginas en blanco. Qué tal si de verdad nos gusta vivir entre el desorden y la angustia y el dolor y el desempleo y la injusticia social y la amnesia histórica. 

¿Cómo encontrarle sentido a un país que es inconsciente a su propia tragedia? ¿Cómo llenar de esperanza y de sentido la página que  tengo enfrente? ¿Puede acaso tener algún valor  esto que escribo o es que será mejor guardar silencio y pasar a la tribuna de los observadores? Pienso en la página en blanco. Pienso en el silencio. Pienso en aclarar mis ideas. Pero pienso y pienso acerca de seguir escribiendo.