miércoles, 27 de febrero de 2013

EL FUTURO EMPEZÓ AYER


El futuro existe en el horizonte de los guatemaltecos, pero siempre tomamos la ruta más larga. De eso que reincidamos en nuestra más insistente premisa: nuestro pasado es nuestro presente y nuestro futuro seguirá siendo nuestro pasado. 

Algo sucederá esta tarde en el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón (8a. calle y 2a. avenida zona 10 ); en ese lugar querido, en ese lugar amigo, se lanzará  la primera edición de un libro fundamental: El futuro empezó ayer. Una panorámica de la literatura guatemalteca que  toma a los autores publicados desde  el año 1996 hasta el 2011. Una antología que, a diferencia de muchas otras,  se ocupó de convocar a una muy heterogénea lista de académicos, de ensayistas, de narradores y de poetas, dando como resultado un documento babélico.

Leer el trabajo realizado por Carmen Lucía Alvarado y Luis Méndez Salinas con el apoyo de la Unesco, hace que valga la pena quedarse en un país como Guatemala. En una sociedad chapina que aborrece la crítica, la imaginación y el pensamiento. En una sociedad de centros comerciales rebalsando de zombis; en una sociedad en la que nuestros representantes políticos son capturados portando armas ilegalmente en el extranjero; en una sociedad donde los chicos de catorce años viven del sicariato usando mini-uzis que ni la misma policía tiene; en una sociedad donde dejan bebés muertos en los baños de los restaurantes de comida rápida... 

Celebro este libro que concluye uno de los esfuerzos culturales  más dignos que se han realizado en la última década. Autores jóvenes que ya tienen sus lectores jóvenes. Buenos escritores que no son los mismos que tienen las misses y los candidatos presidenciales en la punta de la lengua cuando se ven allanados en su ignorancia. En El futuro empezó ayer posiblemente usted no encontrará a Miguel Ángel Asturias, pero estoy seguro de que al leerlo hallará textos  vivos, que sangran y palpitan, que hablan desde lo claro o desde lo oscuro de nuestras conciencias.

miércoles, 20 de febrero de 2013

PARA UNA CRÍTICA ESTÉTICA DE LA DEMOCRACIA


Ni consultores ni gurús  ni guías espirituales ni expertos en mercadeo bien remunerados lograrán espabilarnos. Estamos inmersos en el dogma de una sociedad dividida por irreconciliables diferencias que parecen no tener convergencia alguna. Desde lo alto del poder económico, político o mafioso (ese sí muy coincidente en diversos puntos) es imposible hallar una coherencia a  los micro-climas emocionales de que adolecemos los guatemaltecos.

El ambicioso joven político usa la misma jerga trasnochada de sus antecesores, viejos lobos de mar en eso de la demagogia electorera. El gran capital estará de su lado, siempre y cuando sus postulados  mantengan intacto el discurso, el accionar  y los compromisos asumidos con los viejos comerciantes del Estado. Sucede que nada de esto cambia, porque desde lo alto de esta torre no existe otra versión de  Guatemala que no sea  la del cuadro al óleo de una calle de la Antigua  o la de aquella amarillenta postal con una niña indígena siempre sonriente.

A los grupos que tienen el poder de decisión en nuestro país  se les hace imposible comprender que ya existe  una  estética de nuestra democracia; una estética de nuestra multiculturalidad. Temas por demás re-ensamblados en cada gobierno y que luego de onerosas campañas publicitarias terminan cayendo en los mismos clichés.

Entonces: ¿Quiénes son los rostros de la democracia? ¿Quiénes son los rostros de la multiculturalidad?: son sus creadores; son sus invisibles; son sus artistas. Para hablar de ellos hay que referirse al presente y no solo a la obra  patrimonial, edulcorada por elogiosos comentarios periodísticos desinformados. Me refiero al arte y a la cultura en general. Toda esa obra que a partir de finales de la década del noventa (luego de los Acuerdos de Paz)  que viene surgiendo casi por generación espontánea gracias a esa suerte de  Big Bang de libre expresión que se abre paso en un país que intenta una y otra vez abrirse a un mundo contemporáneo que parece rebasarlo... 

miércoles, 13 de febrero de 2013

VOLVER Y ENSEÑAR


Aunque Borges se refiere a que no debemos volver al lugar donde fuimos felices, ahora lo pienso bien y creo  que esta sentencia no es aplicable a todo en la vida. Vivir es largarse muy lejos y después volver exactamente a los mismos sitios. Los lugares habrán cambiado, pero no  habrán cambiado tanto como nosotros mismos.

Sucede que vuelvo a una de las pasiones de mi vida: dar clases. Enseñar es aprender. Jean Jacques Rousseau nos dice que el maestro es quien tiene el poder de robarse el corazón de sus alumnos. No existe conocimiento verdadero que no sea una pasión compartida. De mi etapa de catedrático de secundaria quedan recuerdos intactos: sonaba el timbre de la hora del recreo y los chicos se quedaban conmigo discutiendo acerca del Infierno en la Divina Comedia. ¡Pueden imaginarlo! 
Uno no puede enseñar lo que no le apasiona. Cuando se habla del fomento de la lectura y lo importante que es impulsarla entre los niños, pienso en lo contrario. Lo más importante es hacer que los adultos-maestros-padres lean. Porque entre más analfabetos sean los maestros –juro que los hay y que abundan (he sido testigo)– habrán de crecer generaciones y generaciones de ignorantes que solamente vendrán a engrosar las filas de masas laborales obnubiladas por la religión del consumo y de las telenovelas.

Con un grupo de amigos artistas estamos iniciando un curioso experimento: una Escuela Libre de Arte. Nuestra intención es  acercar la creatividad y el interés por la cultura, tanto a personas ajenas a estos círculos, como a los colectivos de artistas emergentes. Por otro lado tendré el privilegio de dar un curso acerca de Literatura y Cine en la Escuela de Cine Casa Comal.

Ahora pienso en el grave conflicto generado por lo que han llamado Reforma Educativa: ¿Será que el Ministerio de Educación agregó un mínimo de calidad a la suma de años y cursos a impartirle a los  estudiantes del magisterio? ¿O será  más de lo mismo solo que durante más años?

miércoles, 6 de febrero de 2013

CAFRERÍA


Varios años atrás leí un libro que me dejó inmóvil: Desgracia (Disgrace), del novelista Premio Nobel J.M. Coetzee. Pocas veces he permanecido sin darle otro sorbo a mi taza de café luego de concluir una novela. 

En una nación multicultural (dichoso término que no compensa el largo resentimiento acumulado por siglos de abusos racistas) como la Sudáfrica que refiere Coetzee, suceden un cúmulo de tragedias a su protagonista. 
Un hombre blanco y catedrático de literatura en una prestigiosa universidad, luego de ser expulsado por un tribunal académico feminista por mantener relaciones “extracurriculares” con una alumna, decide pasar su vergüenza acompañando a su hija, una activista-agricultora que vive en una remota área rural. 

El horror se desata cuando el profesor y la hija son asaltados en su casa, golpeados hasta la inconsciencia y la muchacha violada por los miembros de una pandilla negra. 
La justicia no llega. La conciliación no llega. La tolerancia no llega. La compleja situación que vive un país rodeado de discursos reivindicativos, se queda en eso, en discursos. 
Vuelvo a la historia luego de hallar los deprimentes avances alrededor de las violaciones a mujeres que histórica o recientemente aguardan justicia en Guatemala. 

Violar y mutilar parecieran ser la clave Morse que el crimen organizado lanza a un gobierno que parece jugar tenis con diez pelotas y con una sola raqueta. 

El poder está en manos de la Cafrería: los salvajes toman la sartén por el mango y van repartiendo oscuridad por todos lados. 

Nosotros, impávidos, observamos las noticias y esperamos infantilmente que el horror desaparezca al nomás cerrar los ojos. Entre sartenazos y protestas la sangre sigue derramándose. 

La censura moral es justa y necesaria, pero hace falta apoyar a quienes se arrojan legalmente contra estos criminales. 
A la entrada de la calzada Roosevelt, Regina José Galindo –artista guatemalteca– puso una valla en blanco y negro que dice “No violarás”… tras leerla, uno no puede entrar a esta ciudad sin experimentar un fuerte escalofrío.