miércoles, 6 de noviembre de 2013

TODOS LOS MISMOS

A todos los conozco. Los veo cada día en esta avenida, en la esquina esta, en el parque aquel o en el centro comercial... No lo había notado, pero son los mismos. Hablan de la misma manera, su ropa es idéntica y actúan sin matices: marcan un teléfono o entran en un parqueo o despliegan la catsup sobre sus papas fritas.
La música que escucho también es la misma. Hay altoparlantes en cada cuadra, suenan tan alto que parece que van a quebrar las vitrinas. Pero se oye la misma canción. Un pequeño cambio en la tonada, aunque en realidad sea algo que pueda repetirse una y otra vez. Todos tararean. Todos felices.

Detrás de los cristales de las tiendas todo se repite. Los mismos aparatos para el hogar. La misma chatarra tecnológica. Los jóvenes dependientes usan la misma ropa que ofrecen adentro. Es muy grande la fila de consumidores subiendo o descendiendo por las gradas eléctricas. Llevan sus bolsas (vacías o repletas), pero adentro va lo mismo.

Todo eso lo conozco, lo único que cambia es la luz del día que cubre las calles con la intensidad propia de la mañana o con la penumbra de las seis de la tarde a punto de anochecer.

Adentro de los buses van los mismos: hombres, mujeres, niños... pero todos iguales, serios y cansados, sin matices. Afuera en las colas de los carros van los mismos, escuchando la radio que da los mismos programas con la misma música antes referida; otros van discutiendo acaloradamente acerca del mismo partido de futbol que ven una y otra vez repetido cada sábado; otros van en la misma soledad que los trae de nuevo a la misma rutina.

Llega la hora, prendo el televisor y veo el mismo telenoticiero que vi ayer con las mismas noticias. Mientras me lavo los dientes, despego la vista del lavamanos y en el espejo encuentro al mismo que he visto pasar frente a mí durante todo el día.

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